Nacho López Murria

#MAKMALibros
‘La enfermedad de los viajes en el tiempo’, de Nacho López Murria
Libros Walden, 2025
45º Premio de la Crítica Literaria Valenciana en la modalidad de Narrativa
Otorga: Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE)

La adolescencia es una edad ingrata en la que uno anda perdido por el laberinto que conecta la infancia con el inicio de la vida adulta. Si en esa etapa crucial tus padres no te hacen puñetero caso, tus hermanos raritos van a su bola y hay una máquina del tiempo camuflada en un Fiat Ducato en el garaje de tu casa, las cosas se pueden poner muy chungas.

Es lo que le pasa a Caridad, Cari, Carimacho, narradora y protagonista de ‘La enfermedad de los viajes en el tiempo‘ (Libros Walden, 2025) segunda novela de Nacho López Murria ganadora del Premio de la Crítica Valenciana 2026, que, según el dictamen del jurado, se trata de «una aventura social y cultural por un paisaje reconocible y nostálgico, incluso delirante, de una España que nos impele a todos, pero también un disfrute para el lector, que goza de esta distopía fantástica». 

Por si eso no fuera ya suficiente, Cari vive atrapada en un bucle temporal, entre 1999 y 2004, que se repite una y otra vez. Un relato peculiar que habla de la necesidad del apoyo de la familia, de la belleza oculta en la edad del pavo y conjura el miedo al futuro apostando por gozar del presente. Porque viajar en el tiempo, queridos niños, no es bueno para la salud.

Actor, director, autor teatral y guionista, Nacho López Murria (València, 1987) es un artista versátil, una mente inquieta que se reveló como narrador con ‘París era una rave’, en la que ya acuñaba una voz propia en la que el humor es pieza clave.

La enfermedad de los viajes en el tiempo', de Nacho López Murria

Ganar el Premio de la Crítica con una segunda novela y con menos de 40 años no es fácil. ¿Has sobornado al jurado o es que los otros finalistas no te hacían sombra?

Sí, es cierto, hubo envío de batines personalizados al jurado… No, en serio, ha sido totalmente inesperado. Compartir nominación con escritores de la talla de Borja Navarro Sellés, Bibiana Collado o Iván Rojo es increíble. Hay que estar muy orgullosos de la buena hornada de escritores valencianos que hay en la actualidad. Así que estar ahí junto a ellos me da alegría y supone mucha presión. Supongo que es inevitable sentirse pequeño cuando hay tanta calidad.

Pareces muy cómodo en la piel de una quinceañera. ¿Has hecho aflorar a la mujercita que llevas dentro o crees que con una prota femenina venderás más? ¿Cómo has encontrado ese tono entre ingenuo y sabiondo que usa?

Cuando escribo, no planteo estrategias de venta; vamos, quien se ponga a pensar en remuneraciones o éxitos sin ni siquiera haberse sentado a escribir es un error gravísimo y no es precisamente el objetivo de contar historias. Intento pasármelo bien y, como digo muchas veces, me planteo nuevos retos que me sirvan para seguir aprendiendo y no acomodarme en lugares comunes que ya conozco. Pienso en el ejercicio de escribir como un juego y un trabajo en continua evolución.

La decisión del punto de vista vino solo y lo acepté. Si durante el proceso no salen obstáculos, dudas e inseguridades, si todo va viento en popa, siento que las cosas no van a salir bien. Cuando empecé a plantear el libro, recuerdo que pensé en cambiar a Cari y que fuera un chico inadaptado; entonces imaginé todos los clichés en los que caería –y que ya hemos visto infinidad de veces en la ficción– y me pareció que sería un rollo.

En cuanto al tono, fue lo más difícil precisamente por eso. Primero, por la narración en primera persona y el hecho de querer justificarla dentro de la historia; y, segundo, porque a pesar del elemento de la ciencia ficción que empapa el libro, quería que sonara lo más creíble posible. Ahí creo que entra la predisposición de los lectores por confiar en la voz de Cari. También creo que el hecho de que transcurra durante los años en que viví mi propia adolescencia ayuda a darle verosimilitud. Pero que resulte auténtica tiene más que ver con quien decide entrar en el libro.

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Aunque tu historia es bastante inclasificable, ¿a qué se aproxima más: a la autoficción o a la ciencia ficción?

No considero que sea una autoficción ni mucho menos. Cuando me impongo deberes para mejorar mi escritura, también trato de allanarme un pelín el camino. Desde hace diez años vivo en Madrid y, en las primeras fases del libro, iba a transcurrir en el barrio de San Isidro, pero me iba a costar mucho avanzar si recorría un mapa que, aunque conozco, no es el mío.

Así que trasladé la acción a València y, poco a poco, fui condimentando el guiso con elementos que me resultaban familiares. Hasta que me di cuenta de que pensaba claramente en personas que conocía y, luego, en situaciones propias o que viraban a mi alrededor e incluso mitos de mi verdadero barrio, la Avenida de la Plata. Al final, necesitamos siempre tener un escenario más o menos controlable y manejable.

Cari vive atrapada en un bucle temporal entre 1999 y 2004. Por esa época tú entrabas en la adolescencia. ¿Crees que fue mejor que la nuestra?

En esos años todavía no había estallado la burbuja inmobiliaria y teníamos el techo cubierto, pero como sociedad teníamos mucho que aprender. No se nos permitía ser vulnerables y daba miedo mostrar nuestras emociones. En la tele, la representación de la comunidad LGTBIQ+ tenía que aceptar perfiles cómicos que, a veces, eran hasta denigrantes y, en muchos casos, mantener perfiles bajos o seguir ocultos.

A alguien con depresión se le tildaba de loco y una persona en el espectro era el tonto de clase. No era una época perfecta ni mucho menos. Internet llegaba a algunas casas, pero no estábamos todavía hiperconectados. Para quedar con alguien tenías que ir hasta su piso y tocar el telefonillo. Si no estaba, ibas a la casa del amigo más cercano y hacías lo mismo, hasta que cantabas bingo. Eso sí era bonito y mejor.

La familia de Cari no es precisamente modélica. Sin embargo, tu relato entona un canto de amor a la familia, a la necesidad que tenemos de sentirnos acogidos y respaldados por ella.

Sin duda. A pesar del maltrato o, más bien, del no trato que reciben Cari y sus hermanos, ella intenta entender los motivos del extraño comportamiento por parte de sus padres. Se desvive por averiguar de dónde vienen e, incluso, si son en realidad sus padres. Y, mientras tanto, por fin decide relacionarse con los compañeros de su clase, que son los que le ayudan a descifrar las emociones que tanto tiempo llevan bloqueadas.

Cari se ha criado a base de mamar tele y entiende el comportamiento humano y los sentimientos gracias a series como ‘Cosas de casa’ o ‘Los Simpson’, pero la ficción viene edulcorada e incluso el entorno cultural de esas series difieren mucho de la realidad; de su realidad y de los comportamientos de su entorno.

Así que, tras muchos años condenada a criarse en ese bucle, decide aceptar que tiene amigos que se interesan por ella, aunque sus inseguridades pesan más que cualquier otra cosa. Y, en ese proceso, decide que a pesar de las diferencias, de la distancia que hay entre ella y sus padres, no le queda otra que aceptarlos, mal que le pese.

La nostalgia por la edad del pavo pese a todas sus sombras es muy evidente. ¿Cómo viviste la tuya?

Era un chaval bastante simple, vago en los estudios, pero que valoraba mucho la amistad, igual que ahora. Me pasaba el tiempo leyendo y dibujando. Pienso que era el típico figurante con frase de peli de instituto que hace un comentario en clase para chinchar al profesor y del que todos se ríen, pero que no vuelve a salir más. Podía estar en el patio con los populares, pero, en realidad, me sentía más cómodo con los raritos.

¿Igual que Cari y sus hermanos, te destetaste con la tele? ¿Qué series o programas fueron los que más te marcaron?

En mi casa nunca hubo un control parental. Si en la tele estaban emitiendo ‘El silencio de los corderos’, pues se veía ‘El silencio de los corderos’. Con 6 años, me sabía los nombres de la mayoría de los actores y actrices de los 90, así que la cultura popular, el cine, las series, los libros me han nutrido desde siempre. Por aquel entonces veía absolutamente todo.

Como mi madre falleció cuando éramos pequeños, nos quedábamos despiertos hasta muy tarde para esperar a que mi padre volviera de trabajar, así que la tele estaba encendida todo el tiempo. Creo que lo que más me ha marcado fue ‘Los Simpson’, pero guardo cariño a ‘Los Guiñoles’ , ‘Lo + Plus’ y también a ‘El Informal’.

¿A qué crees que se debe el temor que sienten los jóvenes hacia el futuro?

Han perdido la confianza en la posibilidad de soñar o de tener un futuro digno. No creo que sea ya una cuestión solo de los jóvenes. La situación actual, centrada en el tema de la vivienda, es para mí la gran desgracia y es desesperante para todo el mundo.

Por un lado, la gente más joven no está dispuesta a independizarse para malvivir por un sueldo que ni da para pagarte una habitación o un cuchitril. Los que ya estamos en la rueda vivimos inmersos en una especie de ‘Juegos del hambre’ haciendo malabares para llegar a fin de mes. Nos limitamos a vivir al día.

En resumen, lo veo muy mal y el problema es que estamos cada vez más adormilados. Muchos creen que con quejarse por redes sociales es suficiente; otros, entre los que me cuento, que hay que salir a las calles; y quien debe tomar partido de la situación se limita a poner parches que no sirven para nada. Ignoran la triste realidad porque no les afecta lo más mínimo.

¿Hay mucha diferencia entre el López Murria novelista y el guionista a la hora de plantearse un proyecto? ¿Qué motivación te hace seguir inventando historias?

Cuando hago guiones suelo escribir en equipo y, en los últimos años, es lo que más me motiva y donde me siento más cómodo. Me encanta las energías que se generan en un proceso creativo que está vivo porque hay más voces con las que negociar, donde si te equivocas sales a flote con el apoyo de tus compis o si llega una gran idea es compartida y se celebra por todo lo alto.  En resumidas, no estás solo.

Las novelas son un refugio, soy más libre, pero no concibo acabar un libro sin tener el apoyo de una editorial desde una fase casi inicial. Así que lo que hago es plantear la trama, escribir los primeros capítulos y, luego, ver a quién le puede interesar el manuscrito.

Me parece importante que el editor esté presente en el desarrollo, que pueda opinar y aconsejar. Y, sobre todo, para que, en los momentos de colapso, te puedas permitir llamar a tus editores o irte a tomar unas cervezas con ellos y encontrar una solución a ese bloqueo. Para eso también es superimportante que entre la editorial y el autor exista una conexión especial, y eso no sucede siempre.

¿Tu capacidad para describir situaciones descacharrantes te viene de fábrica o la has pulido con el tiempo?

Siempre me he sentido cómodo en la comedia. Incluso en el drama me gusta que se perciba un tono más ligero. Es lo que sucede en la vida real: puedes estar discutiendo con tu pareja y llevar puestos unos calzoncillos viejos con un agujero ridículo o un moco asomando en la nariz. Creo que en mi novela hay mucho humor que, en ocasiones, es incómodo y otras tantas es cruel, pero cuando pienso en el libro siento que tiene un poso oscuro y que pesa más el dolor que la risa.