Pedro Bravo. Antes todo esto era ciudad

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‘Antes todo esto era ciudad’, de Pedro Bravo
Debate, 2026

12 de octubre de 2010. Como es habitual por esas fechas, el cielo amaneció nublado y jarreó durante todo el día, no en plan chaparrón mediterráneo, sino al estilo del norte: una lluvia fina y suave, sirimiri o calabobos. Condiciones perfectas para pasear oyendo el chispear de las gotas sobre la superficie del paraguas.

Recuerdo esa fecha porque fue la última vez que recorrí el centro histórico de mi ciudad sin apreturas ni sobresaltos. Hubo, después, muchos otros paseos que de forma gradual se iban haciendo cada vez menos placenteros, pues te obligaban a esquivar recuas de bicicletas y rebaños de turistas pastoreados por guías vociferantes –con o sin micrófonos– y, tras la pandemia, el proceso de aceleró en progresión geométrica.

Hace tiempo que no visito el centro y, si no me queda más remedio, lo hago con una armadura emocional para no sucumbir a la penosa sensación de que me han arrebatado una parte de mi ciudad: la parte más bella. Su núcleo esencial, que unos poderosos e invisibles escenógrafos han cambiado la atmósfera y los elementos que la constituían por otros que me agobian, que no me gustan y con los que no me identifico. Por decirlo de forma coloquial: aquí ya no cabe ni un alfiler y se nos van a romper las costuras.

Pedro Bravo analiza esa sensación de desamor y extrañeza en su último libro, ‘Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla‘ (Debate, 2026), un ensayo de enfoque multidisciplinar profusamente documentado y dividido en dos partes. En la primera, analiza las causas que provocan ese extrañamiento, las dinámicas económicas, políticas, sociales, tecnológicas y culturales que están convirtiendo las ciudades en lugares cada vez más difíciles de habitar.

En la segunda, plantea una serie de ideas para transformar los lugares y comunidades en los que vivimos, desde aprender a renunciar y a contar la ciudad de otras maneras y a través de otros puntos de vista a agilizar procesos y servirse de la innovación para asomarse a la incertidumbre y plantear los diversos futuros posibles.

«En un momento en el que el mundo parece inmerso en un temporal autoritario, nacionalista e individualista, este ensayo defiende la necesidad de luchar con firmeza y esperanza en defensa de esa forma de encontrarnos y relacionarnos que llamamos ciudad».

En esa misma línea, el geógrafo y periodista valenciano Vicent Molins publicó en Barlin Libros ‘Ciudad Clickbait‘. Dos textos muy útiles para descifrar las claves de un fenómeno que afecta de forma transversal a toda la sociedad. Porque hay que alcanzar cierta altura sobre el nivel del suelo para divisar el bosque sin tener que talar o quemar los árboles que ocultan su vista.

Las primeras ciudades se levantaron sobre un pacto tácito de intereses mutuos, pues las ventajas que supone compartir un espacio superan los inconvenientes. La posibilidad de encontrar una ocupación remunerada y los bienes necesarios para la subsistencia.

Sobre ese pacto las urbes han crecido, evolucionado y se han multiplicado porque constituyen la fórmula perfecta para satisfacer la naturaleza colaborativa y social del ser humano y, al mismo tiempo, ofrecerle momentos de intimidad y anonimato.

Arrollado por el turismo de masas, ese pacto milenario de convivencia se quebró entrado el siglo XXI cuando las ciudades dejaron de gestionarse en función de las necesidades y el bienestar de sus habitantes para convertirse en marcas y empresas cuyo objetivo es vender lo más posible, atraer al mayor número de visitantes. Y para ello no se ha dudado en pervertir su esencia y convertirlas en platós de cine, donde a los ciudadanos residentes nos toca el ingrato papel de resignados figurantes, para complacer la mirada foránea.

Cada ciudad es un enigma; un prodigio a la medida del hombre. Un Frankenstein conectado por tuberías cables y líneas de metro y autobús que cada día recibe lo que necesita para sobrevivir, expulsa sus desechos e intenta respirar a través de las hojas de sus árboles. Un ámbito plagado de ruido y crispación.

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Lejos de arcadias y utopías, han sido territorio de guerras, revoluciones, matanzas y todo tipo de violencia, pero tras esos episodios conflictivos alcanzan cierta estabilidad y equilibrio que facilitan la vida a sus habitantes. Espacios comunes en constante cambio y en cierta manera inmutables.

Nos asombra que en el pasado los vecinos tiraran sus heces a la calle al grito de «¡Agua va!». Nos creemos mucho más civilizados y, sin embargo, permitimos que un enjambre de vehículos altere la atmósfera, esas motos que resuenan como aviones a reacción. Como muchos de sus habitantes, València está inflamada. Y como las noches de muchos de sus habitantes, está también insomne.

La tensión entre descanso nocturno y ocio se acentúa en un lugar donde multitud de celebraciones encadenadas a lo largo del año se expresan mediante explosiones pirotécnicas que, sin respetar horarios, acentúan el furor decibélico en el que estamos fatalmente sumidos, con graves consecuencias para la salud física y mental.

La València de hace un par de décadas era ideal para flâneurs. Por clima, orografía y estructura, un paraíso para el caminante ocioso que deambula sin prisa, rumbo ni destino deleitándose en la contemplación del paisaje y paisanaje complaciendo así su curiosidad y ansia de conocimiento.

Un extenso centro histórico rebosante de solera y monumentos de múltiples estilos artísticos y una galaxia de barrios con personalidad propia. El Ensanche pequeño burgués, con sus calles sombreadas y variada oferta gastronómica; el exótico Russafa, núcleo de talleres y galerías de arte, artesanía cool; y el pintoresco Cabanyal, acariciado por la brisa marina.

Ya en la periferia, el paseante cree haber viajado hacia atrás en el tiempo al adentrarse en lo que antes fueron pueblos como Benimaclet, Campanar o Patraix, donde sobreviven de momento hileras de viviendas unifamiliares. Y como culminación, los Jardines del Turia que vertebran la urbe, pulmón y parque popular hoy saturado de eventos, ferias y festejos.

En mayor o menor medida, todo ha sido arrastrado por la misma apisonadora. Era previsible. Tras Barcelona y Madrid, nos tocaba el turno de ser engullidos por ese magma, al igual que otros muchas ciudades medianas y atractivas como Málaga o Alicante. Es el precio por estar de moda.

Lástima que quienes lo pagan sean, precisamente, los que menos tienen que ganar. La cuestión que se plantea es hasta cuándo y hasta dónde. Y una tercera más inquietante: ¿qué pasará si el manantial que hoy alimenta nuestra economía deja de fluir?