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‘La luz’, de Fernando Franco
Reparto: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Luis Callejo, Ramón Barea, Pablo Gómez-Pando y Nacho Sánchez
Música: Maite Arroitajauregi
Fotografía: Santiago Racaj
118′, España, 2026
El cine contemporáneo no ha perdido la ocasión de abordar una de las cuestiones que más controversia social ha creado en las últimas décadas: el abuso a menores por parte de la Iglesia católica. Allá por el año 2015, el director estadounidense Tom McCarthy presentaba ‘Spotlight’, cinta en la que narraba la investigación llevada a cabo por un grupo de periodistas que destaparon la ocultación de dichos casos por parte de la Archidiócesis de Boston; sin duda, un suceso de gran repercusión que despertó el interés mundial.
Pero el cine estadounidense no iba a ser el único en tratar esta cuestión tan espinosa. En el mismo año del estreno de la cinta de McCarthy, el chileno Pablo Larraín firmaba la que quizá sigue siendo la pieza más interesante de su carrera, ‘El club’, en la que contaba la vida de un grupo de sacerdotes autoexiliados en una casa para purgar sus pecados.
Títulos como ‘Gracias a Dios’, dirigida por el francés François Ozon, o ‘La mala educación’, de Pedro Almodóvar, han acometido, de una u otra manera, este asunto. A todos ellos se suma la última propuesta del sevillano Fernando Franco.
‘La luz’ presenta a Manuel, un cura de mediana edad, muy querido en su diócesis, que lleva una vida aparentemente sencilla. Solo hay un asunto que parece perturbarle: desde hace un tiempo, ha solicitado la tramitación de su dispensa, una diligencia por la que aspira a abandonar el ejercicio del sacerdocio.
Aunque no se lo ha dicho a nadie, Manuel desea empezar una nueva vida junto a Víctor, un joven con el que tiene una relación platónica. Pero los tramites que le permitirán disfrutar de esa libertad que anhela parecen atascados y, ante su insistencia, sus superiores no le dan una explicación convincente.
Tratando de acelerar el proceso, Manuel contacta con el director de un antiguo colegio donde dio clases, treinta años atrás, para saber qué ha ocurrido con su solicitud. Es entonces cuando descubre el verdadero motivo de tanta dilación: Manuel ha sido denunciado por abusos por uno de sus antiguos alumnos. Sorprendido ante la noticia, Manuel empieza la búsqueda del denunciante con un propósito: el de hacer examen de conciencia por sus pecados.

Creo que si hay que reconocerle algo a esta propuesta es la valentía de Fernando Franco a la hora de escoger el punto de vista de su narración. Al contrario que en otras ocasiones, el sevillano se coloca del lado de los victimarios como punto de partida de esta historia, lo que sin duda le presentaba muchos desafíos.
Podemos entender rápidamente cuál sería el conflicto en el caso de las víctimas, bien al tratar sus consecuencias, como haría Ozon, o el proceso de denuncia y señalamiento, fruto de una investigación, como en la película de McCarthy. En estos dos casos, la narración se sostiene sobre el proceso de descubrimiento y confrontación contra una realidad oculta para los protagonistas.
Dicho proceso de descubrimiento marcará la línea narrativa que va a sostener todo el andamiaje de la película. Preguntas como el quién, el cuándo, el cómo, devienen en hitos que puntearán el desarrollo del relato. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el protagonista ya sabe todo lo que hay que saber?
Descubierta la causa del retraso en la tramitación de su expediente, Manuel comienza un proceso de búsqueda de sus antiguas víctimas con un propósito: pedirles perdón. A ojos del espectador, Manuel es un hombre sinceramente arrepentido por lo que sucedió y que se propone enmendarlo de la única manera que entiende, es decir, reconociendo el daño que ha causado.
Este propósito marca lo mejor de la propuesta de Franco. Reunido con cada uno de sus antiguos alumnos, Manuel pasa por el trance de tener que exponerse en público. Será en ese momento cuando Franco logre colocar en un brete al espectador. Una situación que viene marcada por un doble reconocimiento.

Por un lado, nos encontramos con el dolor de las víctimas de los abusos de Manuel. ¿Cómo resarcir toda una vida?, se pregunta y nos pregunta el realizador. Y aquí no podemos por menos que dar muestra de nuestra empatía y compartir el dolor de todos ellos.
Por otro lado, tenemos la propia situación en la que se encuentra Manuel, que nos incitará, a su vez, a preguntarnos: ¿qué habríamos hecho en su lugar? ¿Cómo habríamos soportado semejante despojamiento? Franco confronta a su personaje con sus faltas, exponiéndolas a la luz de los demás, lo que sin duda lo coloca en una situación de una extrema indefensión, haciendo que surjan, así, nuevas preguntas.
¿Quién no guarda algún pecado en su interior? ¿Quién no oculta algo que no sería bien visto por la sociedad? Como sucedía en ‘Marco’, la cinta de Aitor Arregi y Jon Garaño que contaba la historia de un falso superviviente del Holocausto, Manuel expone una vida sostenida por la mentira, destruyendo todo el armazón exterior con el que ha sustentado su identidad. Y eso también duele.
Sin embargo, superados estos momentos, empiezan a aflorar los problemas de un arranque que no tiene bien articulado su desarrollo. En ese sentido, Franco se siente más preocupado por el discurso que contiene su película que por armar una trama poderosa que coloque al espectador ante un verdadero dilema; más pendiente del qué decir que del cómo o de lograr decir algo que se escape a las cuatro consignas ya consabidas en torno a este asunto.
Como en otras ocasiones, no hay aquí un proceso, sino una serie de escenas que sirven de trampolín para que los personajes vayan verbalizando aquello que se quiere denunciar.
Ya el mismo motor de la trama se presenta algo difuso. Manuel descubre la denuncia de su alumno por casualidad, a raíz de una motivación muy poco orgánica, podríamos decir, dentro de la trama que Franco irá desplegando. A partir de ahí, Manuel entra en un proceso de inmolación voluntario cuyas causas se conocen simplemente porque él nos lo dice, pero que no vienen impulsadas por la evolución de los acontecimientos, cuando no se presentan algo caprichosas ante el espectador.
¿Es lógico que alguien se exponga a sí mismo de la manera en que lo hace Manuel sin pasar antes por un duro proceso de examen? Franco nos dice, desde las líneas de su libreto, que Manuel lleva pensando en pedir solucionar el asunto “desde hace mucho tiempo”. Y, sí, desde un punto de vista netamente humano, tiene su propia lógica, pero desde el punto de vista dramático parece una exposición un tanto endeble.

Recibido el lógico rechazo por parte de sus víctimas, Manuel se pregunta qué debe hacer a continuación. Para sorpresa de este espectador, Franco empuja su película a un giro de guion ciertamente inesperado, por dramáticamente tosco: una revelación divina (tal cual).
Es a partir de ese instante, cuando la película deriva por una senda meramente discursiva, olvidando su lado dramático, quizá porque, en el fondo, resuelto el primero de sus conflictos, la propuesta ya no daba más de sí. Sobre una débil premisa argumental, Franco diseña sus escenas como un cuadro de Excel, es decir, como una trama de casillas en las que ir engarzando cada una de las cuestiones que quiere abordar.
Pero nada de todo esto nos pilla por sorpresa, por conocido. Parece dudoso, incluso, que funcione el prescriptivo proceso de identificación (al menos a mí no me funcionó). En el fondo, Franco no nos dice nada que no hayamos leído o escuchado en cualquier foro de debate público sobre este asunto (en los periódicos, en las tertulias de la radio o de la tele, en las redes sociales, etc.) ni nos relata nada que sea netamente particular.
La responsabilidad de la Iglesia en esa ocultación de estos casos de abuso, el matrimonio dentro la Iglesia como una de sus causas, la inclusión de la mujer, etc., son algunas de las cuestiones que aborda la película, haciendo, en ocasiones, relaciones algo (o muy) superficiales, por atropelladas. Es el problema de querer abarcarlo todo en un solo trabajo. Franco expone estas cuestiones en boca de los personajes, pero nada de todo ello surge de la propia acción de la película.
En opinión de este cronista, había en este caso dos cuestiones relevantes que Franco sugiere, pero que no acaba de tratar con verdadera hondura. La primera apelaría al sentimiento de culpa, ya fuera dentro del marco propio de la religión, como en términos generales.
Manuel se siente responsable de lo que hizo. Eso es, al menos, lo que dice. Sin embargo, no lo percibimos, no lo sufrimos con él. Expresado este sentimiento de viva voz, solo quedará descubrir cómo saldrá airoso de la situación, pero nada más. ¿Cómo lidiamos con ello?, nos preguntaríamos.
La otra cuestión relevante apuntaría a lo siguiente: reconocido el pecado, ¿es posible el perdón? ¿Cabe la posibilidad de enmienda en una sociedad como la nuestra? De nuevo, Franco plantea el asunto, pero no lo desarrolla más allá de un par de escenas finales, muy previsibles y de muy corto recorrido dramático.
Ambas líneas argumentales posibles habrían dado una trama mucho más interesante, con más aristas, más centrada en esa confrontación entre ese interior y exterior que quiere plantear la película, pero que no desarrolla de manera efectiva y, sobre todo, íntima.
En cambio, Franco ha preferido convertir su propuesta en una plataforma de denuncia. Esto condiciona todo el entramado formal de una obra que ya no sigue un argumento, sino que hace equilibrios entre el supuesto conflicto planteado y la obligación de que este nos lleve (forzosamente) a dónde se quiere dirigir.
Esta circunstancia condiciona el trabajo de su actor protagonista, Alberto San Juan (y, con él, el del resto de actores), quien construye un personaje psicológicamente llano, sin matices, que va de un lado a otro como a la deriva, saltando de escena en escena como correa de transmisión de un discurso, pero que no se transforma de acuerdo a una personalidad bien construida, un personaje que cambia, pero que no evoluciona.
San Juan se acoge a una serie de gestos, a un tono, para dar cuerpo a su creación, pero no puede ir más allá, pues su Manuel no acompaña a un argumento, como decimos, sino que sigue, sin cuestionarlas, las etapas previamente impuestas por el libreto de Franco.
Con todo ello, Fernando Franco convierte a su Manuel en un héroe imposible (o muy poco verosímil) que pasa por encima de sus contradicciones en favor de las conclusiones a las que quiere llegar el director.
Un héroe que se transformará, más que en un personaje con cuerpo propio, en un activista que, cómo no, se acabará revelando contra la institución que, se supone, lo creó. Un activista de una causa que, además, no termina de estar del todo clara. No lo desvelaremos.
‘La luz’ se suma así a una larga serie de películas que toman la ficción para reflejar de manera literal una serie de conflictos de actualidad, pero que no trata de buscar nuevos caminos, abordando contradicciones, asaltando ese espacio necesario entre sombras que hace que la ficción cobre volumen. Echando anclas allí donde el espectador pueda tener algo que aprender o sobre lo que debe reflexionar, no inducido por un discurso, sino apelado por una serie de dilemas relacionados con esas cuestiones que dice agitar hoy a la sociedad contemporánea.
Una obra de arte debe mirar allí donde el espectador no ha mirado y no quiere mirar, allí donde se nos acerca a un conocimiento un poco más profundo de la experiencia humana. El resto se queda para un documental al uso o un artículo de opinión.
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