#MAKMALibros
‘Las fronteras’, de Carolina Sarmiento
Siruela, 2026
No es un lunes cualquiera. Carolina Sarmiento acaba de publicar ‘Las fronteras‘ con la editorial Siruela ––en esa colección de narrativa que me chifla–. Me faltó tiempo para echarle el guante y secuestrarla un rato en la radio.
Acabamos de salir de ‘La buena tarde’ –después de haberle dedicado la sección entera de ‘Carlota en la radio’, en RTPA, a su novela– y, aun así, seguimos con ganas de charla. Porque ninguna de las dos sabe decir eso de “nos vemos otro día”.
En la primera cafetería que nos seduce, entramos. Dos cortados. Un par de recomendaciones literarias cruzadas bajo la premisa estricta (cada vez menos) de Carolina de que no superen las 300 páginas.
Y más preguntas. Porque Carolina Sarmiento –amiga, compañera de letras y una de las voces más originales que conozco– ha tenido la generosidad y paciencia de seguir respondiendo. Aquí la tenéis. Sin red, sin filtros y con el poso de un cortado recién servido.

Cuentas que ‘Las fronteras’ nace de un viaje (a Laponia, donde viste carteles de “Peligro, no pasar”), una frontera verde (entre Rusia y Finlandia), la charla de un científico (sobre reducir la población humana para salvar el planeta) y un sueño. ¿En qué momento pensaste “esto es una historia”?
El desencadenante de la escritura fue un sueño y, como los sueños son imprevisibles y yo escribo de un modo intuitivo, a tientas, se fueron sumando los paisajes de aquel viaje. La naturaleza como frontera de dos países enfrentados se convirtió en el escenario ideal para la aventura y un guarda en el protagonista. El tiempo de la acción fue el de esa tesis científica: la mitad de la tierra ya está en proceso de ser despoblada.
Una de las cosas que más me gusta de ‘Las fronteras’ es que se te ve leyendo. Me explico: es un libro lleno de lecturas bien digeridas, desde el ensayo de E. O. Wilson ‘La mitad del planeta’ hasta la cita de Cormac McCarthy que abre la novela. ¿Te susurran las lecturas hasta que sientes la necesidad de escribir o vas a la par, dejando que otros autores te hablen mientras la historia crece?
Las lecturas que provocan una especie de música en mi cabeza son las que me invitan a escribir. También me sucede con otras artes, sean cuales sean: si la propuesta es pura, honesta y me seduce, se pone en marcha ese mecanismo de la inspiración por contagio. Ya que lo citas, me pasó con ‘La carretera’, de McCarthy: su ritmo, su prosa, su ambiente. Durante la escritura de la novela también recordé la nube en la que me envolvió Onetti en ‘El astillero’. Eso no quiere decir que luego lo haya intentando trasladar a ‘Las fronteras’, aunque ojalá se me haya pegado algo. Intento generar una atmósfera que trascienda el papel a través del estilo.
Hablando de McCarthy: en la presentación de la Alberti, Julio Llamazares dijo que escribes “con el cuchillo entre los dientes”, y es verdad: tus frases son cortas, precisas, a veces violentas. Pero también hay momentos de una delicadeza enorme, como cuando hablas del caballo o de los cuidados. ¿Es algo natural o lo trabajas de forma consciente?
Como te comento, cuando escribo, intento ir mucho más allá de la trama. Nunca la pierdo de vista, pero creo que el lenguaje y en concreto las metáforas y las imágenes poéticas tienen ese poder de aproximarse a lo que no logramos explicar. Una comparación puede lograr que entiendas un sentimiento escurridizo.
Cuando estoy conectada con el aura de la historia, escribo como quien baila dejándose llevar. Si no siento esta conexión, no escribo. No me fuerzo, saldría algo artificial. Eso es así en la fase inicial, que para mí es de exploración y, por lo tanto, en respuesta a tu pregunta, sí que es algo natural. En la relectura y reescritura, afilo aún más el cuchillo, ya de manera consciente, para que cada palabra sea la más adecuada. Sé que todo esto puede sonar exagerado o incluso etéreo, pero es así, de corazón.
El guarda es un personaje incómodo. Un soldado, a veces deshumanizado por las guerras, en comunión con la naturaleza…, que a ratos resulta casi odioso. ¿Hubo momentos en los que pensaste: “Este tío me cae mal. Cómo voy a pasar más de cien páginas con él”?
No, durante el proceso empaticé completamente con él. Es un tipo roto, harto de todas las barbaridades que ha visto a lo largo de las guerras en las que ha participado. Regresa a su pueblo en busca de identidad. El diálogo interno nos permite atravesar la frontera de su coraza. Escuchamos, entonces, a un hombre que reflexiona sobre su lugar en el mundo. ¿Cuál es el nuestro? ¿Hemos dejado de sentir? La búsqueda de la identidad es colectiva además de individual.
El guarda sueña mucho. Uno de los anzuelos de ‘Las fronteras’ nos lo lanza un caballo que traspasa la frontera de lo onírico. Carolina sueña mucho y, cuando recuerda lo que sueña, los lectores somos los premiados. ¿Crees en esas conexiones? ¿Crees que hay historias agazapadas, esperando a que las sueñes para dejarse ver?
Los sueños suceden cuando la consciencia se desconecta; me interesa ese mecanismo. En lo creativo, aspiro a alcanzar la zona del cerebro que no entiende de lo establecido ni de educación ni de modales. A veces, los sueños asustan, otras perturban, en ocasiones divierten y casi siempre nos ponen frente al espejo de lo que intentamos ocultar. Creo que nunca he usado un sueño para una historia, pero el proceso creativo, en mi experiencia, es auténtico cuando se asemeja a los mecanismos del sueño. Escribir como soñar, sin normas, esa es mi aspiración.
El caballo. Me has contado que viene de tu infancia, de los juegos con el fuerte de Playmobil y el cine de vaqueros. En la novela es real, pero también es misterio, deseo, un fantasma. Pertenece a un joven que no está, y el guarda lo mira, lo desea, le tiene miedo. ¿Qué es ese caballo? ¿Por qué él y no otro animal?
Durante siglos, fueron nuestro medio de transporte, también animales de trabajo, pero aún así los caballos están en la frontera entre lo salvaje y lo doméstico y los hemos convertido, además, en seres mitológicos. Su figura forma parte del imaginario cultural y legendario de una manera tan potente que trasciende a su animalidad. Es cierto que me fascinan desde niña y que no sé explicarlo. Tal vez por eso he escrito esta novela. El caballo de Aki es símbolo de muchas cosas: de la libertad, de lo animal, de lo salvaje, de los sueños, del amor…
Me encanta el detalle de la maleta llena de billetes en un mundo donde ya no existe el dinero. Es una imagen muy potente y visual. ¿Cómo llegó esa idea a la novela? ¿Qué simboliza para ti ese dinero que ya no sirve para nada?
Exacto. En un mundo en el que el dinero no sirve de nada, un vecino denuncia el robo de una maleta llena de billetes. Aunque las zonas fronterizas sean lugares de contrabando, esta desaparición resulta muy extraña en un pueblo donde todas las necesidades de los habitantes están cubiertas. El guarda debe resolver este misterio, uno más. Puede funcionar como un macguffin dentro de la trama, pero también invita a una reflexión: ¿qué sucede cuando desaparece la motivación del dinero? La idea apareció y la cacé. No escribo de manera premeditada. Jorge Martínez, de Ilegales, decía que hay que estar atento para cazar las canciones. El espíritu es el mismo.
En la novela, la naturaleza avanza y tapa carreteras, fábricas…, las huellas del hombre. Es una imagen bellísima y terrorífica –tanto como lo fue a la inversa–. Aquí, en Asturias, que tenemos el monte cerca, es fácil pensar en cómo sería el paisaje sin nuestra presencia. ¿Tan mal lo hemos hecho que es fácil imaginar un momento en el que haya que elegir? ¿Cuándo hemos dejado de convivir de forma sana con esa naturaleza de la que somos parte?
A partir de la Revolución Industrial, el paisaje empezó a transformarse y nuestro modo de vida rompió el equilibrio con la naturaleza. La evolución socioeconómica inició una involución medioambiental. Pros y contras. Desde entonces, hay una corriente de pensamiento que cuestiona la huella del ser humano en el planeta. Esa corriente está, por ejemplo, en el ensayo de finales del XIX de Thoreau, ‘Walden’, o en novelas como ‘El muro’ o una de principios del siglo XX, ‘La nube púrpura’, donde se plantea una desaparición total del ser humano en la Tierra.
Hay numerosa bibliografía al respecto. La diferencia es que ahora el cambio es aún más patente y seguimos en esta huída suicida hacia delante. El momento de elegir debería ser ya, pero la máquina de la ambición parece imparable.
Dijiste en alguna entrevista que la parte más luminosa de la novela es la de los cuidados y el cariño. En un mundo tan deshumanizado como el que describes, ¿dónde encontraste ese hueco para la luz? ¿Fue algo buscado o surgió mientras escribías?
El protagonista desea alejarse de la humanidad porque ha visto demasiados horrores en sus años de soldado, pero ante una persona que siente, que es lo que hace Aki, hablar de sentimientos, el guarda poco a poco se va abriendo. Podemos ser más o menos individualistas, pero todos necesitamos un mimo, un cariño, un abrazo.
En algún momento de la novela dice algo así como “al menos nos queda el tacto”. Así es. En mis novelas siempre aparece un personaje de luz. Fátima, en ‘Tarada’, y Lía, en ‘Vrësno’. No los busco, nunca busco nada, pero aparecen porque es inevitable. Siempre hay gente buena y amable y esa para mí es la mayor esperanza y la mayor fortaleza que tenemos.
Los capítulos van hacia atrás: del 24 al 0. Una cuenta atrás. Un día, las últimas horas del guarda en ese puesto. ¿Por qué esa estructura? ¿Para meter tensión, para que se note que el tiempo se acaba?
Es una cuenta atrás, una carrera antes de que se vaya la luz y una puesta a punto tanto para el protagonista como para la civilización, que ha decidido pegar un giro de ciento ochenta grados y virar la tendencia de destrucción. Creo que esa estructura, además de imprimir tensión, aporta simbolismo. El último capítulo apunta a un nuevo inicio; tenía que terminar en cero.
Para terminar: ahora que ‘Las fronteras’ ya está en el mundo, ¿qué estás leyendo tú? ¿Qué libro tienes en la mesilla, o en ese cuaderno con esquinas dobladas del que no te separas? Y, ya puestos, ¿qué le recomendarías a alguien que acaba de terminar tu novela y no sabe muy bien qué hacer con todo lo que le ha removido?
Estoy leyendo ‘La otra parte’, una novela de 1926 reeditada este año por Siruela. Es una historia con una atmósfera entre la aventura, lo onírico y el cuento tradicional. Es muy singular e imaginativa y me está fascinando. Y, para después de ‘Las fronteras’, me parece una buena transición leer ‘Majareta’, de Juan Manuel Gil. Tiene una prosa ágil y una trama ingeniosa, sello característico en la obra del autor. Me sedujo desde el principio. Me ha encantado.
Coda
Cuando apunto la última respuesta, los cortados ya llevaban rato fríos. No importa. Una buena conversación no se mide por la temperatura del café, sino por lo que te llevas al salir.
Nosotras nos llevamos esto: que una distopía no tiene que ser un ladrillo de moralina; que un guarda roto y harto de guerras puede resultar más humano que diez héroes de manual; que un caballo puede ser libertad, deseo, miedo y hasta un homenaje a los Playmobil de la infancia; que una maleta llena de billetes en un mundo sin dinero es tan absurda como útil: un macguffin, un misterio y una pregunta incómoda: ¿qué demonios hacemos cuando la ambición ya no tiene sentido?
Aprendimos que Carolina escribe y sueña, o sueña y escribe ––porque entre su pluma y sus sueños no hay frontera––. Y que, por mucho que el mundo se deshumanice, siempre aparece un personaje de luz. Por suerte. Porque al menos nos quedan los abrazos, las letras y los cafés compartidos.
‘Las fronteras’, de Carolina Sarmiento, ya está en las librerías. Si te gustan las distopías que no dan lecciones, los westerns crepusculares y los caballos que cruzan los sueños, este es tu libro.
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