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‘La guerra que cambió España’
Miguel Ángel Santamarina
Ediciones B
2026, 288 páginas
El espíritu de ecuanimidad de Manuel Chaves Nogales sobrevuela ‘La guerra que cambió España’ (Ediciones B) el último trabajo de divulgación histórica del editor de Zenda, el burgalés Miguel Ángel Santamarina. Construido a partir de un centenar de viñetas que retratan momentos esenciales de la contienda, es un libro en el que no falta nada: están la represión franquista y la republicana, los bombardeos a civiles de unos y otros, los fogonazos de heroísmo y altruismo de los dos bandos y también sus miserias y luchas internas. Están los asesinatos a religiosos de los milicianos republicanos, y el idealismo de las Brigadas Internacionales.
“El anticlericalismo fue un fenómeno importante al que dedico varios episodios. Los más de 6.000 religiosos asesinados tuvieron una gran proyección fuera de España y fue el mayor freno para que la República pudiera recibir ayuda exterior”, explicó Santamarina durante la presentación de su trabajo en la Feria del Libro de Valladolid.
Al final del ensayo, el escritor concluye: “Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil no podemos seguir pensando que todo es blanco o negro, que tú eres azul y yo rojo. Conmigo o contra mí, sin posibilidad de matices”. Quizás por eso critica también el afán por “imponer un relato” de la Ley de Memoria Histórica, que sólo ha conseguido “tirar de la espoleta de bombas que ya estaban desactivadas”.
No hay afán de equilibrismo, sino de complejidad y de justicia con la realidad, aunque lo más impactante es el esfuerzo por contar la Guerra Civil de otra manera, haciendo acopio de historias poco conocidas que ofrecen una nueva dimensión de la contienda; una dimensión más allá de la refriega política.
“La ecuanimidad es importante a la hora de contar las cosas. Hablo del asesinato de Federico García Lorca, pero también del de Pedro Muñoz Seca. No podemos hablar de unos y no de otros”, explica Santamarina.
“No busco dar certezas, ni pastorear a la gente. Cuento cosas para que cualquiera pueda configurar su visión personal”. A través de las microhistorias, de episodios que no suelen figurar en los grandes ensayos al uso, el lector entiende mejor la irracionalidad y brutalidad de la guerra.
Suele considerarse que el primer detonante de la guerra es el asesinato del teniente Castillo, que provoca como reacción el de Calvo Sotelo. “Pero yo no me fijo en el teniente, sino en su esposa, que se encuentra con que el nuevo régimen le niega la pensión de viudedad y la retiene en la cárcel, obligándola a abandonar a su hija, que termina muriendo. El drama de esa mujer ejemplifica muchas historias de personas arrastradas por el tsunami de la Guerra Civil”, resume Santamarina.

Pero está el otro lado de la guerra, el que se cuenta menos: todos esos personajes increíbles que aparecen en los momentos más terribles. Como el cirujano canadiense Norman Bethune, que diseñó un sistema pionero de transfusiones móviles de sangre, que permitió salvar muchas vidas en la Desbandá de Málaga.
O como el pintor Timoteo Pérez, cabeza visible de la Junta del Tesoro Artístico que diseñó una complejísima operación para sacar de España las obras de arte del Museo del Prado y protegerlas del peligro de las bombas. El 10 de noviembre de 1936 las joyas del Prado viajaron hasta Valencia, luego a Cataluña y desde allí, a través de Francia, hasta Ginebra, donde permanecieron hasta su regreso al fin de la contienda. Un operativo de setenta camiones afrontó una aventura compleja y no exenta de riesgos.
“Como esto no es Hollywood nos falta la película con la que darle las gracias a Timoteo y a su equipo, nuestros ‘monument’s men’”, en alusión a la película de George Clooney que muestra a un grupo de expertos salvando de los nazis las obras de arte de Francia durante la II Guerra Mundial.
Las guerras, a veces, dan ocasión al heroísmo. La historia de la excepcional resistencia del Alcázar de Toledo al asedio republicano es bien conocida. Como el gesto conmovedor del general Moscardó que sacrifica la vida de su hijo para no rendir la plaza. Pero lo que es menos sabido es que esta historia se estudiaba en las Academias Militares de Estados Unidos, tal y como descubrió en 1981 el ministro de Asuntos Exteriores José Pedro Pérez-Llorca durante un encuentro con el presidente Ronald Reagan.
“El tiempo pactado fue de cinco minutos, el habitual en este tipo de encuentros protocolarios. Pero se extendió hasta los catorce; la culpa la tuvo el general Moscardó”, explica Santamarina. “¡Qué hombre!”, le dijo Reagan al ministro en referencia a su dramática decisión. Una admiración más allá de las fronteras y del tiempo, 35 años después de los hechos.
‘La guerra que cambió España’ no olvida tampoco esos momentos de nobleza que a veces surgen en medio de la batalla. En el asedio republicano al Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, el comportamiento de los encerrados fue tan heroico, y su determinación tan grande, que cuando finalmente fueron derrotados, los soldados republicanos decidieron perdonar la vida a los derrotados. “Con 200 como vosotros llegaba yo a Burgos”, cuentan que dijo el comandante Martínez Carrión.
Más conocida es la historia de Melchor Rodríguez, el Ángel Rojo, uno de esos funcionarios que no se limitan a obedecer órdenes, sino que, sobre todo, obedecen a sus principios. “Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas”, cuentan que dijo.
En diciembre de 1936 fue nombrado delegado especial de la Dirección General de Prisiones de la República y, desde ese puesto, intentó mejorar la vida de los presos. Pero su papel principal fue defender la vida de los encerrados en la prisión de Alcalá frente a los afanes de venganza de los milicianos.
Su determinación salvó la vida del cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer; el director de ABC, Luca de Tena; el célebre locutor Bobby Deglané, y el mítico portero Ricardo Zamora. El testimonio de aquellos a los que había evitado la muerte le salvó a él tras el fin de la contienda y llegó entero hasta 1972.
Gracias a Santamarina descubrimos que Jesús Galíndez, el célebre detective de Manuel Vázquez Montalbán, está inspirado en una persona real, un espía del servicio de información vasco. Como Gustavo Durán, un miliciano vigoroso en la batalla, que terminó convertido en personaje de Hemingway y Malraux.
Dos de las historias más insólitas que cuenta ‘La guerra que cambió España’ tienen que ver con el cine. Ya durante la dictadura, y por exigencias del Gobierno, que exigía a las productoras norteamericanas realizar películas en nuestro país, se rodó una obra sobre el hundimiento del crucero Baleares.
El régimen esperaba una película de exaltación patriótica, pero lo que se encontró fue una historia de amor. La indignación de los generales, y del propio Francisco Franco, fue tal que la cinta nunca se estrenó y todas las copias fueron destruidas.
Pero aún mejor es la historia que terminaría inspirando el argumento de ‘Adelante, mi amor’, un filme dirigido por Mitchell Leisen y protagonizado por Ray Milland y Claudette Colbert. El gran Billy Wilder fue el encargado de dar forma de guion a la peripecia real del piloto estadounidense Harold E. Dahl, que había sido contratado como mercenario por la República, y su esposa, la cantante de vodevil Edith Rogers.
La historia arranca con el apresamiento de Harold por las tropas nacionales. Al conocerlo, su esposa removió Roma con Santiago para intentar su liberación. Rogers realizó una gira por todo Estados Unidos para recabar fondos para que su marido volviera a casa, y llegó incluso a escribir al mismísimo Franco en demanda de clemencia. En el interior de la carta se adjuntaba una foto de la cantante con un bañador de dos piezas.
No podemos saber si la foto provocó la magnanimidad del dictador, pero lo que es seguro es que no le molestó, pues Harold fue finalmente liberado y pudo reencontrarse con su corajuda esposa. Historias en la trastienda de la contienda bélica que nos muestran un panorama humano, demasiado humano.

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