Okinawa

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‘Okinawa, el viento habla’
Susumu Higa
Reservoir Books, 2026

A comienzos de este año Reservoir Books publica en España ‘Okinawa, el viento habla‘, la obra más importante de Susumu Higa. Presentada originalmente en Japón en 2003, manifiesta una sentida afirmación de la memoria histórica, encontrándose en torno a la escena del fin de la Segunda Guerra Mundial, con el regreso a esos archipiélagos de las islas Ryukyu que, de una forma u otra, por el sentido biográfico y moral, ocupan un lugar fundamental en una obra que, a diferencia de la de numerosos artistas de la generación del mangaka, es tan precisa como escueta.

El libro se organiza a partir de la reunión de siete historias localizadas, efectivamente, durante la batalla de Okinawa, a finales de marzo de 1945. Estos asuntos son interrelacionados íntimamente en unas páginas que además de delinear un retrato emocional de la época, encargándose, ante todo, del comentario de las conmociones de una población civil afligida por la derrota inminente del imperio y las graves violencias del extranjero y también de los suyos, trata, con mano maestra, la identificación poética-sentimental de la geografía de los territorios diferentes.

Las historias recogidas por Higa comienzan con la conmemoración respetuosa de unos hechos reales. En las viñetas, la dinámica general verdadera cambia en la representación hacia lo particular, personificado por unas figuras anónimas e individuales, heridas e inefables, que, no obstante, casi nunca pierden en el recorrido por los relatos una entidad simbólica de grupo.

Esta determinación artística, naturalmente, pone en relieve el vínculo profundo en el total desde el orgánico engarzamiento de las anécdotas. Pese a la disposición episódica planteada, la unidad del total es notable.

Cubierta de ‘Okinawa, el viento habla’, de Susumu Higa.

En cierto sentido, ese viento mencionado en el título del manga conduce por los espacios isleños las diferentes narraciones y, tras explicarlas conforme a una economía expositiva sensacional, las unen hasta conformar algo así como una gran novela íntima acerca de la marcha por una maraña de recuerdos tempestuosos.

Con respecto a la interacción detallada de los diferentes artículos, en algunos casos, es tan profunda que, en efecto, surge muy pronto un pensamiento de actuación integral. El manga simultáneamente detalla lo específico y lo global, vertebrando así un laberinto de rememoraciones y alegaciones, en donde se produce una combinación natural de lugares, figuras y sentimientos.

Los distintos puestos retratados, en virtud de su asociación en las viñetas, forman un único cantar poético-fantasmal. Esta sensación de dependencias mutuas provoca el fluir de un río figurado con la lectura, de veras, inaudito por la aparente discrepancia entre el tono apacible de la narración y las violencias descritas.

La incompatibilidad fascinante continúa con la entrevista de precisamente esas agresiones y un dibujo prístino, muy aniñado en determinadas ocasiones. En ese flujo de imágenes y sentimientos los cuerpos variados se unifican en unas específicas unidades que generan una singular ambigüedad respecto al recorrido de los personajes en una o varias historias o a la metamorfosis de las cadenas de islas en un una sola.

En los siete capítulos del libro Susumu Higa rescata de la memoria popular historias acerca de los abusos ininterrumpidos de los dos ejércitos a la población civil. En el primero tres soldados norteamericanos agreden sexualmente a mujeres y niñas con total impunidad durante su estancia en una base situada cerca de una pequeña población; en otro, una adolescente es testigo del asesinato de su madre y sus hermanas por unos miembros de las tropas japonesas; en el último, un amable maestro vestido de agente del Servicio de Inteligencia se convierte en el tirano responsable de la migración suicida de una localidad a una isla infectada por la malaria.

Susuma Higa, autor de ‘Okinawa, el viento habla’.

A decir verdad, el desarrollo de los apartados sigue invariablemente una organización argumental semejante y clásica. Primero que nada, se identifica el conflicto y a continuación, por lo general, con la irrupción de un personaje que regresa o acaso ha permanecido mucho tiempo en un fondo discreto, en comunidad, se busca la manera de solucionarlo con el enfrentamiento a los villanos.

Este planteamiento sostenido en lugar de perjudicar al conjunto lo fortalece. También desvela el verdadero tema del proyecto: la afirmación de la dignidad del humillado. Sobre eso va, esencialmente, ‘Okinawa, el viento habla’, de restablecer y dar a conocer, por medio del arte, el orgullo de un pueblo pisoteado sin contemplaciones por los atacantes y los suyos en un tiempo de horrores.

En los alrededores de esta actuación emergen los poderosos retratos comunitarios e individuales. Entre estos resalta, quizá como el más logrado de todos, el de esa chica del segundo corte, Tomoko, que después de ver morir a su familia trabaja de voluntaria en un hospital de campaña. Allí identifica al responsable del crimen, y, seguidamente, acompañada por otras mujeres, considera la posibilidad de la venganza. 

La idea poética de travesía por la historia está muy bien explicada en la obra con ese fugaz epílogo en el que el propio mangaka interviene convertido en un dibujo. Esta parte final, a pesar de su fachada fútil, es ciertamente sustancial para el conjunto, puesto que una parte de sus mecanismos son revelados de manera apropiada apelando a la capacidad de la poética de evocación.

Dos páginas de ‘Okinawa, el viento habla’, de Susuma Higa.

El hombre, desde el nuevo siglo, tomando una respetuosa distancia con la cuestión de la guerra, pasea por las islas y se refiere a un fortuito encuentro con un niño que regresa de la escuela y a las importantes modificaciones experimentadas por los escenarios.

En solo un par de páginas, en unas pocas viñetas, aparece un verso casi secreto sobre la vuelta a la tierra, el encuentro entre tiempos conforme a la posible intervención del arte y la descripción sintética y afable de algunos de sus procesos.

Acá, Higa, cambiado a monigote, enumera con rapidez las alteraciones de los sitios provocadas por el paso del tiempo y el evidente avance del progreso. La de la geografía de las islas no es la única transformación revelada. El propio cuerpo del dibujo experimenta modificaciones.

Al final, se asemeja a un esbozo inestable, a una serie de palabras e imágenes que aún no han encontrado, realmente, su lugar en una historia llena de acontecimientos y circulaciones inesperadas.

Este boceto es una posibilidad temblorosa de percibir y reflexionar el pasado y el presente, los tiempos conjugados en las páginas. La posdata de ‘Okinawa, el viento habla’ trata la comprobación de su reunión y el comunicado de la propia obra.