#MAKMALibros
‘La hija’, de Sergio del Molino
Alfaguara, 2026
Presentación en la Llibreria Ramon Llull
Corona 5, València
Con Paco Cerdá y el autor
Míercoles 15 de abril, a las 19:00
Hay novelas que no solo nos cuentan una historia, sino que, además, corrigen nuestra forma de ver el mundo, las personas y las cosas. Nos cambian un hábito de percepción. No enmiendan un dato menor, no completan un expediente o no añaden una glosa a pie de página. Hay novelas que alteran el ángulo desde el que estábamos mirando.
Eso es, me parece, lo que logra Sergio del Molino en ‘La hija’ (Alfaguara, 2026). Y lo consigue, además, con una perspicacia que conviene subrayar desde el comienzo: no se entrega a una pedagogía enfática, no escribe una tesis disfrazada de ficción y no convierte el relato en ilustración de un subtexto. Es decir, no nos alecciona. Prefiere otra cosa, más difícil o más fértil: narrar de tal manera que el lector advierta que algo estaba mal enfocado desde hace mucho tiempo, si no desde el principio.
La novela parte de una figura lateral. O, mejor dicho, de una figura que había sido condenada a la lateralidad por la fuerza de un nombre mucho mayor: Rosario Weiss. Discípula de Goya, copista notable, dibujante extraordinaria, artista precoz, mujer talentosa en una época que no estaba precisamente preparada para reconocer el talento femenino con la misma naturalidad con que consagraba a los hombres.
Del Molino no se limita a rescatarla, verbo que a veces tiene algo de paternalismo retrospectivo. Hace una cosa más interesante: desplaza el foco del relato para que Rosario Weiss deje de parecer un apéndice del genio y empiece a ocupar el lugar problemático, ambiguo y central que le corresponde.
Eso exige una operación doble. Por un lado, una inmersión en una época convulsa: la España del absolutismo tardío, el exilio liberal, el peso de la corte, la circulación de artistas, el París y el Burdeos decimonónicos, la lenta profesionalización de la pintura y la dificultad material de vivir del arte. Por otro lado, exige un trabajo sobre la mirada misma: quién mira, desde dónde mira, qué recuerda y qué queda en la sombra. En ese punto, ‘La hija’ se revela como una novela especialmente consciente de sus propios medios. No quiere pasar por archivo neutral ni por reconstrucción definitiva. Sabe que toda restitución es parcial. Sabe también que toda omisión tiene una historia.
Uno de los mayores aciertos del libro está en su arquitectura narrativa. Del Molino no opta por una reconstrucción lineal, cerrada, con la falsa seguridad de quien ya lo sabe todo. Introduce una fisura, y de esa fisura sale el libro entero. Por un lado, comparece Juan Antonio de Rascón, diplomático liberal, hombre marcado por el recuerdo, enamorado de Rosario en su juventud, testigo desplazado y aún doliente. Por otro, aparece el propio Sergio del Molino, que se incorpora a la novela sin disimular su condición contemporánea y sin fingir una objetividad imposible.

Esta duplicidad de voces no es un recurso artificioso: es la forma exacta del problema. La historia no llega nunca objetiva, limpia o liquidada; nos alcanza en cada página mediada por papeles, lastrada por lagunas, sesgada por versiones, afectos, deseos y conjeturas.
Ese procedimiento, además, le permite al autor algo decisivo: sustraerse a la falsa autoridad de la novela histórica tradicional. Aquí no hay un narrador omnisciente que colonice el siglo XIX y lo ponga a hablar en una lengua segura de sí misma. Lo que hay es vacilación productiva, tanteo, conciencia de límite. Y eso, lejos de debilitar el relato, lo fortalece. Porque ‘La hija’ no pretende cancelar el misterio de Rosario Weiss. Pretende devolverle densidad, devolverle presencia, sacarla del marco estrecho en que había quedado recluida.
La novela trabaja con documentos, con biografías, con episodios conocidos por especialistas, pero no para blindarse con erudición, sino para crear un espacio en el que la imaginación intervenga con cautela, decoro y eficacia narrativa.
Del Molino lleva años regresando a ciertas zonas de sombra de España. Le interesan los huecos, los márgenes, los relatos mal cosidos, las mitologías nacionales cuando empiezan a mostrar sus costuras. Lo hizo en registros distintos: como cronista, como ensayista, como novelista.
En ‘La hija’ vuelve a una de sus obsesiones más fecundas: aquello que ha quedado fuera de sitio. Rosario Weiss está fuera de sitio en la historia del arte español; Goya en Burdeos está fuera de sitio, propiamente en el exilio; las ‘Pinturas negras’, cuando aparecen en París, están fuera de sitio, al menos para el gusto o el juicio estético del momento. El propio Rascón, cesante y memorioso, también lo está. La novela convierte ese descentramiento en su materia principal. Todo lo significativo está fuera de lugar o desenfocado, podríamos decir.
Hay una escena especialmente relevante: la contemplación de las ‘Pinturas negras’ en París. No son todavía las obras canonizadas, absorbidas por la devoción museística y académica. Desconciertan, molestan, parecen incluso desubicadas. Esa escena importa porque resume el programa del libro: lo que no encaja revela más que lo que se integra dócilmente. Del Molino no se limita a usar a Goya como telón de fondo ilustre. Le interesa, más bien, el modo en que el genio consagrado puede proyectar una sombra devastadora sobre quienes lo rodearon. Y le interesa también la operación inversa: cómo una figura tenida por secundaria puede alterar el relato entero cuando se la mira de verdad.
Ese mirar de verdad no es una fórmula casual. Ahí está quizá el núcleo de la novela. Antes de investigar, antes de clasificar, antes de ordenar, hay una conmoción. El narrador contemporáneo se detiene ante el autorretrato de Rosario Weiss en el Prado y siente algo que no cabe despachar como impresión pasajera.

De esa impresión nace la novela. Ese origen es importante porque impide leer ‘La hija’ como simple reparación identitaria o como gesto de justicia retrospectiva mecánica. No se trata de cumplir una cuota de visibilidad. Se trata de reconocer que la experiencia estética puede ser el comienzo de un conocimiento, y no un adorno sentimental añadido después.
Desde luego, el riesgo de ese punto de partida era alto. La emoción, mal administrada, deriva en sentimentalismo; la fascinación, si no se disciplina, degenera en culto; la relectura contemporánea del pasado, si se vuelve demasiado explícita, cae en anacronismo moral.
Del Molino evita esos peligros con una notable sobriedad. No hace de Rosario Weiss una santa laica ni una víctima abstracta. La muestra en su formación, en su trabajo, en sus límites, en su ambición artística, en su necesidad de ganarse la vida, en su dependencia de encargos, en su excepcionalidad concreta. Esto es muy importante. La excepcionalidad de Rosario no es alegórica, sino profesional. Fue una reconocida dibujante, una copista admirada y, en fin, una artista capaz de abrirse paso en instituciones y circuitos cerrados u hostiles para una mujer de su tiempo.
Los materiales históricos que rodean su vida son, además, de una riqueza extraordinaria. La infancia junto a Goya en la Quinta del Sordo; el aprendizaje temprano, casi lúdico, basado en el dibujo compartido; el exilio en Burdeos; la formación posterior con Pierre Lacour; el regreso a Madrid; el trabajo como copista en el Prado y en la Academia; su inserción en los ambientes artísticos del romanticismo español; el nombramiento como maestra de dibujo de Isabel II; la muerte temprana, siempre prematura.
Todo ello compone una trayectoria asombrosa, y, sin embargo, durante mucho tiempo quedó reducida a un apéndice biográfico del pintor aragonés o a una nota curiosa para especialistas. ‘La hija’ se instala precisamente ahí: en el escándalo silencioso de esa reducción.
Hay una pregunta que recorre la novela y que también debería recorrer la lectura: no solo quién fue Rosario Weiss, sino por qué durante tanto tiempo la vimos mal. La cuestión no afecta únicamente a la historia del arte. Afecta a los modos de construcción del canon, a la manera en que las tradiciones organizan su centro y sus periferias, a la comodidad con que aceptamos ciertas jerarquías. En ese sentido, ‘La hija’ no es únicamente una novela sobre el XIX ni sobre Goya y su entorno. Es también una reflexión muy contemporánea sobre lo visible, la herencia y los mecanismos de exclusión narrativa.
Me interesa, además, el modo en que Del Molino trata la posible filiación de Rosario respecto de Goya. La leyenda está ahí desde hace mucho tiempo, y resultaba tentador convertirla en revelación novelesca o en motor melodramático. El autor actúa con mayor prudencia. No liquida la incógnita ni la recarga. La mantiene como hipótesis, como zona de sombra, como posibilidad significativa pero no cerrada. Ese gesto me parece honesto literaria e intelectualmente. La novela no coloniza los silencios del archivo (que son muchos): se hace cargo. Y esa prudencia, que algunos podrían leer como contención excesiva, es en realidad una forma de respeto por la complejidad de lo real.
También conviene destacar que ‘La hija’ no cae en el costumbrismo ornamental. La época no aparece como atrezo ni como fin. El siglo XIX español que reconstruye Del Molino está lleno de turbulencias, de precariedad, de desplazamientos, de ansiedades políticas, de fragilidad institucional. No se trata de ambientar: se trata de entender cómo las vidas de los personajes fueron sacudidas por esos temblores. Goya aparece ya como viejo maestro, exiliado, enorme y vulnerable. Rosario aparece como una artista que debe profesionalizarse en un mundo escasamente dispuesto a admitir esa profesionalización. Rascón aparece como un hombre del recuerdo, de la pérdida y de la escritura tardía. Todos, a su modo, viven en una intemperie. Nuevamente, fuera de sitio.
Quisiera subrayar aquí otra virtud de la novela: su relación con la memoria. Del Molino sabe muy bien que recordar no es fotografiar el pasado. Recordar es montar, seleccionar, distorsionar, insistir, velar. La voz de Rascón no informa. Persigue una presencia que ya no está, una vida interrumpida, una deuda afectiva que no se salda. Por eso su manuscrito no debe leerse como acta notarial, sino como tentativa de restitución. Esa dimensión elegíaca está muy bien modulada. Nunca se convierte en lamento monocorde. Sostiene, más bien, una tensión constante entre deseo, pérdida e inteligencia narrativa.
Hay libros que explican demasiado. ‘La hija’, en cambio, confía en la escena, en el detalle, en la insinuación y en el peso concreto de los gestos. El rechazo del matrimonio por parte de Rosario, por ejemplo, no se formula como manifiesto ideológico, sino como incompatibilidad material entre una vida consagrada al trabajo artístico y las servidumbres previsibles de la vida conyugal en su tiempo. Ahí, la novela dice mucho sin subrayar casi nada. Y esa capacidad de mostrar antes que pontificar es una de sus mejores cualidades.
Desde un punto de vista estilístico, Del Molino escribe con una limpieza muy trabajada. No busca el alarde. No fuerza el fraseo para hacerse notar. Pero esa aparente transparencia está muy construida. La prosa avanza con seguridad, combina información y decurso narrativo, y sabe cuándo detenerse en una imagen y cuándo acelerar. En una novela de este tipo, el principal peligro sería el desequilibrio: o bien la documentación ahoga al relato, o bien la invención trivializa el espesor histórico. Del Molino mantiene un equilibrio difícil y, lo que es más importante, lo hace sin que se noten demasiado las costuras del mecanismo.
‘La hija’ dialoga, desde luego, con otras zonas de la obra de su autor. No solo por su interés en las figuras laterales, sino por una preocupación más amplia: la de cómo una comunidad imagina su pasado y distribuye sus prestigios. En ‘La España vacía’, el asunto era el territorio y sus huecos; en otros libros fueron la memoria política, las biografías públicas o las formas del duelo. Aquí, el centro de gravedad es una pintora desplazada por la monumentalidad de otro nombre. Pero el gesto de fondo se parece: mirar allí donde el relato dominante dejó una grieta, o un silencio, o una simplificación.
Valencia también es casa, así que me encanta llevar allí a mi Rosario. Les veo mañana. pic.twitter.com/HRym31mm58
— Sergio del Molino (@sergiodelmolino) April 14, 2026
No me parece casual, por eso mismo, que la novela se sitúe en un terreno fronterizo entre investigación, evocación y ficción. Del Molino nunca ha sido un escritor cómodo en las fronteras genéricas. Se mueve bien en esas zonas mezcladas donde el reportaje se vuelve meditación, donde la memoria roza el ensayo y donde la novela se permite discutir con el archivo sin impostar una superioridad. ‘La hija’ pertenece plenamente a esa estirpe. No es una novela histórica al uso, y hace bien en no serlo. Aspira a algo menos aparatoso y quizá más durable: a intervenir en la sensibilidad del lector.
Y aquí conviene volver al comienzo. Una reseña debería decir no solo de qué trata un libro, sino qué clase de experiencia propone. ‘La hija’ propone una experiencia de rectificación de la mirada. No descubre sin más a Rosario Weiss, porque Rosario estaba ya en catálogos, estudios, exposiciones y trabajos de historiadores del arte.
Lo que hace es modificar la intensidad con que la vemos, y también el lugar desde el que la pensamos. La vuelve presente. La desprende de la condición de satélite. La devuelve no al centro triunfal de una reparación total –eso sería ilusorio–, sino al centro problemático, vivo y narrativamente fecundo de una historia que ya no puede contarse igual después de leer esta novela.
Hay, en el fondo, una cuestión moral en todo esto, pero una moral sin énfasis doctrinario. ¿Qué puede hacer la literatura ante las omisiones de la historia? No puede sustituir el archivo. No puede emitir sentencias definitivas. No puede resucitar a los muertos ni rehacer las condiciones que los silenciaron. Pero sí puede alterar la mirada colectiva del presente. Puede insistir allí donde antes pasábamos de largo. Puede devolver atención, y la atención –cuando es verdadera, cuando no se confunde con la pose de la sensibilidad– es una forma exigente de justicia.
Eso es lo que hace ‘La hija’. Nos obliga a mirar otra vez. Nos obliga a preguntarnos por el precio de los mitos y por las vidas que quedaron ocultas. Nos recuerda que la historia del arte, como cualquier otro relato cultural, no está hecha solo de grandes nombres, sino también de presencias desplazadas, de filiaciones rotas, de trabajos minusvalorados, de figuras mal situadas. Y hace todo eso sin renunciar al placer de narrar, sin petrificarse en alegato, sin convertir la ficción en expediente.
Al terminar la novela queda, sobre todo, una impresión de persistencia. Rosario Weiss permanece. No como una reliquia rehabilitada por corrección retrospectiva, sino como una artista cuya singularidad vuelve a irradiar cada vez que vemos su autorretrato. Del Molino consigue algo poco frecuente: que el lector sienta curiosidad por la obra real de Weiss, por sus dibujos, por sus copias, por su autorretrato, por su inserción en el romanticismo español, por la trama histórica que la sostuvo y la borró a la vez. Esa es una prueba de éxito literario. La ficción no liquida la realidad que toca, sino que la abre.

Por eso ‘La hija’ merece leerse con atención y sin prisa. No es solo una novela sobre Goya, ni una novela sobre una discípula excepcional, ni una meditación sobre el Ochocientos español. Es un libro sobre la dificultad y la necesidad de mirar bien. Sobre lo que ocurre cuando la literatura no se conforma con la versión más cómoda de las cosas. Sobre el momento en que una historia lateral deja de ser lateral y revela, de pronto, no solo un detalle, sino el dibujo entero.
Y quizá ahí resida uno de sus mejores logros. Nos muestra que las vidas aparentemente secundarias no complementan la historia principal: a veces la desmienten, la corrigen o la explican mejor que el centro mismo. Sergio del Molino ha escrito una novela que se interna en esa verdad con tacto, con ambición y con una perspicacia narrativa. ‘La hija’ no añade una figura al museo de nuestras curiosidades cultas. Hace algo más serio: altera el orden de la sala.
Conviene detenerse un poco más en Rosario Weiss, porque uno de los alcances de la novela consiste precisamente en no dar por supuesto aquello que la tradición ha escamoteado. Rosario no fue solo una muchacha favorecida por la cercanía de un maestro. Fue una trabajadora del dibujo y de la pintura en el sentido más material del término. Aprendió copiando, corrigiendo, observando, repitiendo, afinando la mano.
Esa dimensión del oficio, que a veces se pierde cuando la crítica se deja arrastrar por el mito goyesco, queda muy bien sugerida por Del Molino. Lo decisivo no es únicamente la proximidad al maestro, sino el modo en que esa proximidad se transforma en disciplina, en técnica, en perseverancia y, finalmente, en una forma y fondo propios.
Sabemos que la biografía de Weiss fue quedando dispersa entre atribuciones dudosas, documentos fragmentarios, leyendas familiares, malentendidos críticos y una larga tradición de lecturas. También sabemos que en las últimas décadas la historiografía artística ha ido corrigiendo ese descuido, reuniendo dibujos, precisando etapas, analizando su trabajo en Burdeos y Madrid, devolviéndole poco a poco una entidad más nítida. Del Molino no ignora ese trasfondo. Se beneficia de él, pero no se limita a traducirlo en forma de novela.
La literatura hace aquí algo que la monografía académica no puede ni debe hacer: dota de espesor vivencial a los personajes empleando materiales dispersos, explora la textura emocional de una existencia y hace visible la violencia con que el canon arrincona a quienes no encajan del todo en su relato.
No deja de ser revelador que Rosario destacara como copista. La copia, en el imaginario moderno, suele ocupar un lugar menor, casi servil, como si fuera la fase preliminar o subsidiaria de una auténtica creación. Pero el siglo XIX tuvo otra relación con ese trabajo, y Del Molino acierta al mostrar que en la copia se juegan no solo la pericia técnica y la subsistencia económica, sino también una forma de inteligencia visual. Copiar no es duplicar mecánicamente, sino comprender la lógica interna de una imagen, penetrar en su estructura, reproducir una decisión ajena desde la propia mano.
En Rosario, esa práctica no aparece como una disminución, sino como una de las pruebas de su maestría. Quizá por eso mismo resulta todavía más injusta la facilidad con que su nombre fue absorbido por el de Goya.
Esa absorción tiene, además, un componente muy reconocible: la tendencia cultural a aceptar que el genio masculino ocupe toda la escena, incluso cuando a su alrededor hubo colaboraciones, aprendizajes compartidos, dependencias afectivas y legados difusos que complican la imagen heroica. ‘La hija’ no emprende una demolición simplista del mito de Goya; no tendría sentido, ni sería justo. Lo que hace es mucho más fino: muestra que el mito, para mantenerse intacto, necesitó dejar fuera determinadas presencias, o reducirlas a la condición de satélites. Rosario Weiss fue una de esas presencias. La novela hace visible la maniobra sin necesidad de convertirla en alegato estridente.
En este punto se percibe una madurez notable por parte de Del Molino. Otro novelista habría podido caer en la tentación de enfrentar crudamente dos figuras: el maestro gigantesco y la discípula desvaída y desvalida. Pero la realidad es más compleja y la novela la respeta. Goya aparece como fuente de aprendizaje, de afecto, de fascinación, de tutela y de misterio.
Aparece también como una figura rodeada de zonas opacas, y no solo por la hipótesis de la paternidad. Hay en él una mezcla de poder artístico, agotamiento físico, exilio y retraimiento que impide cualquier reducción tranquilizadora. Esa ambivalencia beneficia al libro. La relación entre Goya y Rosario no queda resuelta en una fórmula, y esa irresolución la vuelve más verosímil.
La propia Leocadia Zorrilla, tan a menudo reducida a nota al pie de la biografía goyesca, forma parte de esa red de existencias condicionadas por la proximidad al artista célebre. Del Molino entiende bien que el problema no es solamente individual, sino estructural: alrededor de ciertos nombres se forma un campo gravitatorio tan intenso que todo lo demás parece existir solo en función de ellos. Rosario, Leocadia, incluso los observadores posteriores, quedan atrapados en esa órbita. La novela consiste, en buena medida, en medir la fuerza de esa atracción y en encontrar una manera de sustraerse a ella sin falsificar la historia.
Hay también en ‘La hija’ una meditación muy sugerente sobre el prestigio póstumo. No todos los muertos son recordados de la misma manera, ni todos los legados encuentran la misma fortuna material y simbólica. Goya acabó integrado en el gran relato del arte occidental. Rosario Weiss, en cambio, quedó durante mucho tiempo en un limbo de atribuciones, de curiosidades eruditas y de menciones subordinadas.
El libro de Sergio del Molino no corrige por sí solo esa desigualdad, pero la dramatiza con eficacia. Muestra que la posteridad no es un tribunal objetivo. También allí operan inercias, conveniencias, olvidos y hasta cegueras.
En esto la novela se aproxima a una cuestión mayor: la relación entre archivo y relato. El archivo conserva, pero no interpreta por sí mismo. Y cuando el historiador interpreta, lo hace desde marcos que no son inocentes. El relato, por su parte, organiza, jerarquiza, enlaza. Lo que Del Molino pone en juego es precisamente la tensión entre esos dos órdenes.

Hay documentos sobre Rosario Weiss, hay necrológicas, catálogos, permisos, atribuciones, rumores, exposiciones, textos de historiadores. Pero durante mucho tiempo faltó una forma de relato capaz de reorganizar ese material y de producir una evidencia distinta. ‘La hija’ ocupa ese espacio. Lo hace desde la ficción, sí, pero con una conciencia muy clara de que la ficción no suprime la precariedad del saber.
No es un detalle menor que uno de los narradores sea Juan Antonio de Rascón. Su figura, a medio camino entre el personaje histórico y la invención reconstruida, introduce una tonalidad muy particular. No es solo el enamorado tardío o el memorialista doliente. Es también el representante de una masculinidad fracasada, desplazada, que contempla la grandeza ajena desde la pérdida y la consciencia de no haber estado a la altura de lo vivido. Su voz aporta una perspectiva melancólica, pero también una forma de verdad.
En la novela de Del Molino, los testigos no son simples transmisores de hechos: son sujetos atravesados por afectos, por vergüenzas, por idealizaciones y por remordimientos. De ahí que la memoria que ponen en marcha no sea fiable en sentido positivista, aunque sí profundamente elocuente.
La melancolía de Rascón, además, dialoga con otra melancolía más amplia: la de una España que no termina de encajar consigo misma y que produce, una y otra vez, figuras descentradas, exilios, carreras rotas, vocaciones malogradas o talentos tardíamente reconocidos. Del Molino ha pensado mucho sobre España, sus relatos y sus huecos.
En ‘La hija’ esa preocupación no comparece en forma ensayística, pero sí como fondo sensible. El Ochocientos español no es aquí un decorado remoto, sino una cantera de conflictos que siguen siendo inteligibles: el peso del poder, la fragilidad de las instituciones, la violencia de la historia, la precariedad del reconocimiento y la dificultad de sostener una vida artística fuera del favor, del encargo o de la tutela.
Tal vez por eso la novela evita la nostalgia. No idealiza el pasado. No convierte el romanticismo en postal cursi. La belleza de algunos pasajes no elimina la dureza de las condiciones materiales. Rosario necesita trabajar, encargos. Necesita ser admitida en circuitos donde su presencia, por excepcional que sea, sigue siendo anómala. Necesita hacer de sus capacidades una profesión en un mundo poco dispuesto a admitir esa combinación en una mujer. Sergio del Molino no transforma esa circunstancia en eslogan. La deja actuar narrativamente. Y el resultado es más poderoso que cualquier énfasis declarativo.
Quisiera insistir también en la relevancia del autorretrato de Rosario Weiss como detonante del libro. El hecho de que una novela pueda nacer de una mirada detenida ante una pintura dice mucho sobre la ética de escritura de Sergio del Molino. No escribe porque tenga una tesis previa y necesite ilustrarla. Escribe porque algo le sale al encuentro y lo desordena. Ese desorden inicial es fecundo. Obliga a buscar, a leer, a reconstruir, pero también a admitir que hay un resto irreductible en la experiencia estética. La novela conserva ese resto. No lo liquida. Y al hacerlo, permite que el lector participe de una suerte de descubrimiento que no es exactamente información nueva, sino intensidad nueva.
Esta intensidad tiene mucho que ver con la experiencia de la epifanía. No en el sentido de una revelación total que aclara por fin lo que estaba oscuro, sino en el de un instante de iluminación parcial que altera nuestro trato con la realidad. ‘La hija’ parece escrita desde esa clase de estremecimiento. No quiere domarlo del todo, aunque sabe que toda novela necesita forma, selección y montaje. Quizá por eso deja una impresión tan singular: la de estar leyendo un libro muy construido y, al mismo tiempo, movido por una emoción originaria que no ha sido sofocada por la técnica.
Tampoco habría que pasar por alto la dimensión política del libro, entendida en un sentido amplio. No me refiero a la política como consigna contemporánea adherida a un argumento del XIX, sino a la política de la memoria cultural. ¿Quién merece relato? ¿Qué vidas consideramos dignas de figurar? Son preguntas políticas, aunque la novela no las formule en ese vocabulario. Las desplaza hacia la experiencia de lectura, hacia la incomodidad del lector que advierte hasta qué punto había aceptado sin discusión una determinada disposición del pasado.
A esto se añade otro mérito: Sergio del Molino sabe insertar en el relato materiales de historia del arte sin pesadeces académicas. La formación de Rosario, su relación con los dibujos iniciados por Goya, la práctica de la litografía, la copia de maestros, los ambientes expositivos y académicos, las derivas de atribución, etcétera: todo eso aparece con naturalidad narrativa. No asistimos a una lección, sino a una circulación viva de saberes. Esa fluidez es difícil de conseguir. Requiere no solo documentación, sino también un oído muy fino para el ritmo de la novela.
Quizá haya lectores que esperen de ‘La hija’ una trama más rotunda, más dada al golpe de efecto, a la resolución concluyente o a la espectacularización de la intriga filial. Creo que se equivocarían al acercarse por ahí. La fuerza del libro no está en la sorpresa argumental, sino en la reordenación de las evidencias. Su verdadero suspense consiste en preguntarse hasta dónde llegará esta restitución y qué clase de verdad se puede alcanzar sin traicionar la resistencia de los hechos. Esa forma de suspense es más intelectual y más moral, pero no menos novelesca. Al contrario: compromete de una manera muy honda.
También cabe decir que ‘La hija’ prolonga una línea muy valiosa de la literatura contemporánea: la que entiende que la ficción puede dialogar con la historia sin rebajarse a estampación museística ni entregarse al relativismo banal. Aquí no se trata de inventar arbitrariamente otra versión de los hechos, sino de explorar las posibilidades narrativas que emergen cuando el archivo es insuficiente, cuando el canon ha sido parcial y cuando una vida es exhumada. La novela no sustituye la investigación histórica, sino que la acompaña desde otro régimen de verdad. Y ese acompañamiento, cuando está bien resuelto, puede resultar decisivo para la sensibilidad pública de una época.
Desde esta perspectiva, ‘La hija’ posee una rara virtud cívica. Nos recuerda que la cultura no es solo acumulación de nombres ilustres, sino también revisión permanente de cómo y por qué esos nombres llegaron a imponerse. Nos obliga a desconfiar un poco de las simplificaciones gloriosas. Nos invita, en fin, a una forma de atención que vale para el arte, pero también para la vida histórica y política: mirar bien, mirar mejor, sin dejarse llevar por las inercias.
No sé si esta será una de las novelas más celebradas de Sergio del Molino. Eso dependerá de muchas cosas, algunas literarias y otras extraliterarias. Pero sí me parece una de las más reveladoras de su trayectoria. Porque en ella convergen una buena parte de sus mejores cualidades: la curiosidad por las historias desplazadas, la capacidad de enlazar biografía y clima histórico, el rechazo de la consigna fácil, la mezcla de documentación e imaginación, y una prosa que es pensamiento sin dejar de narrar. A estas alturas, Del Molino no necesita demostrar oficio. Lo que importa es otra cosa: comprobar si sigue siendo capaz de encontrar preguntas nuevas en materiales aparentemente conocidos. ‘La hija’ prueba que sí.
Al cerrar el libro, uno no se queda solo con Rosario Weiss. Se queda también con una sospecha productiva: cuántas otras figuras hemos leído mal, cuántas presencias han sido subordinadas por la comodidad del relato heredado, cuántas veces el prestigio de un centro oculta el trabajo silencioso de sus márgenes. Esa sospecha es uno de los mejores efectos que puede producir una novela. Nos saca del texto con más preguntas de las que teníamos al entrar. Nos hace lectores menos inocentes.
Por eso diría que ‘La hija’ es una novela de restitución, sí, pero no en el sentido burocrático o reparador que a veces se da a la palabra. Es restitución como acto de atención, como desplazamiento del foco y como examen severo de una ceguera colectiva. Sergio del Molino no escribe un monumento para Rosario Weiss, sino una novela que la devuelve a la circulación viva. Y en ese gesto hay literatura de la buena: la que no se contenta con ilustrar lo sabido, sino que reorganiza lo visible.
Quien lea ‘La hija’ buscando solo una intriga decimonónica encontrará bastante más. Encontrará una reflexión sobre el arte y su posteridad, sobre la fragilidad del reconocimiento, sobre la dureza de las vocaciones, sobre las sombras que proyectan los grandes nombres y sobre la posibilidad de mirar de otro modo. Encontrará, sobre todo, una novela que entiende que las historias laterales no son un adorno del gran relato, sino hijuelas con verdades incómodas y fértiles.
- Mirar de verdad. Las hijuelas de Sergio del Molino - 15 abril, 2026
- Umberto Eco. Lecciones póstumas - 6 marzo, 2026
- Arturo Pérez-Reverte. ¿La guerra que todos perdimos? - 29 enero, 2026


