Almodóvar

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‘Amarga Navidad’, de Pedro Almodóvar
Reparto: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Patrick Criado, Victoria Luengo, Milena Smit, Quim Gutiérrez, Carmen Machi y Rossy de Palma
Música: Alberto Iglesias. Canción: Amaia
Fotografía: Pau Esteve Birba
111′, España, 2026

En nuestra crónica sobre ‘La habitación de al lado’, su anterior película, apuntábamos como uno de sus mayores deméritos el intento por parte de Almodóvar de llevar su particular mirada cinematográfica (y cultural) a un espacio geográfico y político que no le era propio.

Podríamos decir, para entendernos, que quitarle al cine de Almodóvar aquello que lo hacía, precisamente, el cine de Almodóvar era algo así como quitarle el arroz a una paella: lo que queda es un poco de pollo pasado por una sartén. Por mucho que te empeñes en defenderlo, le quitas toda su esencia. Tuvo que tomar buena nota el propio Almodóvar de este resultado cuando, en su último trabajo, ha vuelto con todo.

Amarga Navidad’ no cuenta una, sino varias historias. De un lado, tenemos a Raúl, un cineasta maduro que está implicado en la escritura del guion de su siguiente película. Mientras Raúl lucha con la página en blanco, Mónica, su asistente personal, le anuncia que va dejar su trabajo y alejarse de él, al menos durante un tiempo.

Esta separación es, en principio, amistosa. Tras veinte años de colaboración, ha llegado la hora de tomarse un descanso. El problema llega cuando Mónica descubre que Raúl está utilizando cierta información referida a su pareja para el libreto de su película, lo que ella entiende como una usurpación.

Por otra parte, la cinta nos acerca a la vida de Elsa, la protagonista del relato que está escribiendo Raúl, una directora de cine que, tras varios fracasos, lleva años sin concretar un proyecto. Esta sensación de fracaso, unida a la pérdida reciente de su madre, hace que Elsa se encuentre en un alto estado de ansiedad al que debe dar una salida.

Para ello, viaja a Lanzarote acompañada de su amiga Patricia, una mujer que se halla en una relación tóxica con su marido, mientras se distancia a su vez de Bonifacio, un bombero y stripper con el que tiene una relación sentimental. El conflicto entre ambas mujeres estalla cuando Patricia descubre, como Mónica, que Elsa está escribiendo su historia para su próxima película.

Amarga Navidad. Pedro Almodóvar. Estudio Javier Jaén. El Deseo
Cartel de ‘Amarga Navidad’, de Pedro Almodóvar, realizado por el Estudio Javier Jaén. Imagen cortesía de El Deseo.

Antes que nada, vale la pena reconocer que, para el cronista, no es fácil sentenciar ni absolver una película como esta. Y es que, en ‘Amarga Navidad’, Almodóvar no nos propone exactamente un relato. O mejor cabría decir que sí hay relato, pero un relato especial que esconde un juego del gato y el ratón entre la propia película, por un lado, y el espectador, la industria cultural o la crítica de cine y el propio Almódovar, por otro.

En la relación entre la película con el espectador o la industria cultural quizá se encuentre lo mejor o más sugerente de esta propuesta. Lo que no estoy tan seguro es que Almodóvar haya salido airoso del reto que se ha puesto a sí mismo. Pero vayamos por partes.

Decíamos unas líneas más arriba que Almodóvar ha vuelto a su casa, algo que se nota ya desde su puesta en escena. No es que ‘Amarga Navidad’ aporte nada novedoso a su manera de filmar. Ahí están sus composiciones, siempre tan simétricas y equilibradas, sus calculados (y, para mí, algo rígidos) movimientos de travelling, y el uso, algo saturado, de los primeros planos y los planos de conjunto o por pares de los actores.

Fotograma de ‘Amarga Navidad’, de Pedro Almodóvar.

Salvo un par de situaciones, el cine del director manchego se basa –y en esta película en particular de manera muy profusa– en los diálogos, en aquello que se dicen o se cuentan los personajes entre sí, lo que da poca oportunidad para experimentos formales. Ahora bien, de vuelta a un espacio conocido, su cine recupera parte de su encanto.

No es que Almodóvar hiciera algo diferente en ‘La habitación de al lado’, pero, sin duda, el contexto físico en el que se desenvolvía la trama parecía rebajar el interés. Aquí, los colores saturados, el trabajo de vestuario y peluquería, los escenarios (esos pisos en los que viven los personajes, una sala de urgencias de un hospital, la sala de un club de strippers) vuelven a cobrar parte de su fuerza.

Será, creo yo, esa mezcla de sofisticación un poco venida a menos, como de pueblo, como de quiero y no llego, que otorga a sus imágenes ese tono particular que perdía en aquel Nueva York de cuento que sirvió de fondo en su anterior propuesta. Puestos a no llegar, creo que merece la pena hacerlo a tu manera que tratar de imitar a Woody Allen.

Fotograma de ‘Amarga Navidad’, de Pedro Almodóvar.

A este elemento habría que añadir la interpretación. No es que Julianne Moore, Tilda Swinton o John Turturro sean malos actores, claro. Pero creo que si algo quedó evidente en su anterior proyecto es que no estaban en la línea del modo de escribir de Almodóvar, o quizá fue el director quien no logró encontrar una forma diferente de expresarse para este cambio geográfico que supuso aquella historia. Un algo que aquí reverdece y que tiene que ver, desde luego, con el trabajo de un reparto que no tiene nada que envidiar a aquel.

Desde Leonardo Sbaraglia, que interpreta a Raúl, pasando por una brillante Bárbara Lennie, en el papel del Elsa, y una muy acertada Aitana Sánchez-Gijón, como Mónica, verdaderas protagonistas de la historia, pasando por otras intervenciones menores, todos ellos conectan con esa manera propia de la sintaxis del director, elevando a sus personajes, dotándolos de esa carga, entre cómica y melodramática, que hace de su cine un suceso, como poco, particular.

Un algo que está en la lengua madre de Almodóvar y que queda unido a una dicción que recoge un carácter particularmente nuestro de confrontarnos al mundo. Sin eso, el cine de Almodóvar pierde enteros; el arroz.

Ahora bien, las mayores dificultades llegan a la hora de enfrentarnos al relato. Hablábamos unas líneas más arriba de que ‘Amarga Navidad’ encierra un triple juego del escondite. El primero será con el propio espectador. Y aquí no tengo por menos que mostrar mi fascinación por la capacidad que tiene Almodóvar para plantear historias.

Fotograma de ‘Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar.

Ahora bien, el problema en su cine no es tanto el planteamiento como el desarrollo. Hay en esta película, al menos, seis historias diferentes –una por cada personaje protagonista– y alguna más que se centra en las historias o relaciones que tienen estos entre sí. Y, de alguna manera, todas son interesantes.

El problema es que, formulado ese planteamiento de cada conflicto, no cierra ninguno. Al acabar la proyección, no sé cuál es la meta a la que ha llegado el periplo de Elsa: ¿en qué ha cambiado su vida? ¿Ha superado sus traumas? ¿Acabará ese guion que está tratando de escribir?

Y lo mismo sucede en el caso de Mónica: ¿en qué medida su enfrentamiento con Raúl la lleva a su propia emancipación? ¿Qué es exactamente aquello que queda resuelto? O el propio Raúl: ¿a dónde le lleva su enfrentamiento entre esa ficción que trata de escribir y la realidad? ¿Qué dice de sí mismo esa usurpación de las vidas ajenas? O Patricia: ¿resolverá sus problemas con su marido o todo queda simplemente como estaba?

Uno como espectador se siente como subido en una montaña rusa. Decidido a entregar su atención, entra en uno de estos relatos. Pero, cuando menos se lo espera, cuando más implicado se siente en cualquiera de estas historias (algo que consigue con destreza; Almodóvar es un buen urdidor de chismes, y el apelativo no pretende ser peyorativo), el texto lo saca abruptamente de ahí para entrar en la de al lado y, así, una vez tras otra.

Llegados a este punto, caben dos posibilidades. La primera sería que este juego de relatos esté concebido a propósito. En este caso, cabe reseñar que al menos este espectador voluntarioso no acabó de percibir cuál es el fin último de esta propuesta. Porque, una de dos, o las historias nos llevan a algún sitio o es el propio juego el que nos dirige hacia algún lugar concreto.

Fotograma de ‘Amarga Navidad’, de Pedro Almodóvar.

Pero si no se cumplen ni una ni la otra condición, lo que queda es una sensación de frustración. ¿Por qué le pasa a Elsa todo lo que le pasa? ¿Por qué tiene que importarme su dolor? La otra opción es que, metido en este juego de cajas chinas, Almodóvar no supiera cómo concluirlo y quisiera escabullirse o disfrazarlo, ocultándose detrás del propio juego, como una especie de estilizado macguffin que acaba en un callejón sin salida.

Lo que sí parece claro es que Almodóvar conoce todos estos problemas. Es más, lo ha dejado patente en su película. En una de las secuencias aparentemente clave, tras una agria disputa, Raúl y Mónica discuten el guion que ha escrito el primero. No desvelaremos el contenido. Lo interesante, sin embargo, se encuentra en la crítica que hace Mónica al trabajo de Raúl.

Como si Almodóvar se anticipara a las críticas que la crítica real hará sobre ‘Amarga Navidad’ y, en definitiva, sobre todo su cine, Mónica le reprocha precisamente lo que estamos comentando aquí, esa falta de cohesión de sus personajes y su incapacidad para ordenar la trama de la película de una manera “orgánica” (el término utilizado es literal).

Almodóvar juega con su propia imagen como director y desafía a sus críticos como diciendo(nos): “Lo mío no va de esto”. Y eso está muy bien. Ahora bien, en el caso de esta ‘Amarga Navidad’, si no va de esto, de historias, entonces, ¿de qué va? ¿A dónde nos quieres acompañar además de hacia ti mismo? “Miradme, aquí estoy yo. Caótico e incoherente. ¿Y no es la vida caótica e incoherente, también?”. Podría ser. No obstante, en la misma medida podríamos preguntarnos, igualmente, cuántas veces cabe decir lo mismo.

Aquí aparece el tercero de los juegos y que remite al propio director. De entre las muchas cuestiones que apunta una película como ‘Amarga Navidad’, una de ellas parece predisponernos a reflexionar sobre los mecanismos de la relación entre ficción y realidad.

Como dijimos al principio, Raúl está escribiendo una historia de una directora que está escribiendo la historia de una amiga que, a su vez, está relacionada con la historia de la pareja de Mónica. Si a eso le añadimos que el propio Almodóvar está escribiendo, por su parte, todas estas historias, lo que nos da es un auténtico puzle.

Ahora bien, una vez planteado este enigma, ¿a dónde nos lleva? ¿Cuál es el lazo que las relaciona a todas? No está tan claro. ¿Quiere hacernos reflexionar Almodóvar sobre la relación entre el arte y la vida? Bien, pero, una vez enunciado este hecho, ¿qué? ¿Cómo se influyen ambos planos? Pensemos en una película como ‘Valor sentimental’, de Joachim Trier. Tratando una misma cuestión, la dimensión que separa ambas propuestas es abismal.

Y el caso es que quizá lo que más me frustra de ‘Amarga Navidad’ es la enorme película que se adivina detrás de tanto juego. Hubiera bastado con que Almodóvar se hubiera esforzado un poco y, siguiendo su intuición, hubiera tratado de cavar un par de metros más profundo (buscando a un nivel más humano qué une a todos estos personajes). Estaríamos ante una obra maestra.