Gonzalez-Sinde Grandi

#MAKMAAudiovisual
‘Después de Kim’, de Ángeles González-Sinde
Reparto: Adriana Ozores, Darío Grandinetti, Gloria March, Kevin Brand, Christina Rosenvinge y Roger Aranda
Música: Paula Olaz
Fotografía: Lara Vilanova
107′, España, 2026
Estreno: viernes 24 de abril de 2026

Juan y Gloria fueron pareja una vez. Después de veinte años del fin de su matrimonio, hoy viven separados en la ciudad de Buenos Aires. Una noche, de madrugada, Gloria irrumpe inesperadamente en el apartamento de Juan. Tiene que contarle una muy mala noticia: su hija Kim ha sido hallada muerta en su casa de Benidorm.

Consternados por este suceso, la pareja viaja hasta España para certificar su identidad y atender a los trámites correspondientes. Superada la primera impresión, sin embargo, aparecen muchas preguntas que necesitan responder: ¿quién la mató? ¿Por qué lo hizo?

Por si esto no fuera suficiente, otra noticia vendrá a desmontar todo aquello en lo que creían: Kim tenía un hijo pequeño. Y lo que es aún más dramático: el niño ha desaparecido con su padre. ¿El posible asesino?

A partir de ahí, y contra el consejo de la Policía, empieza para la pareja una búsqueda para descubrir el paradero de su nieto. Un viaje exterior por un paisaje extraño que se combina con otro viaje interior que les obligará a cuestionar todo aquello en lo que creían, incluso, sobre sí mismos. ¿Quiénes somos? ¿Cuánto hemos cambiado? ¿Quién es esa hija de la que, en el fondo, no sabemos nada? ¿En qué hemos fallado?

Interpretada por Adriana Ozores y Darío Grandinetti, ‘Después de Kim’ es la última película de la directora y guionista Ángeles González-Sinde, que este viernes se estrena en salas comerciales. Charlamos con la directora y el actor Darío Grandinetti sobre este trabajo, sobre los vaivenes del amor y el desamor, sobre el fin de la familia y, sobre todo, sobre el paso del tiempo.

La película adapta tu propia novela, del mismo título. ¿Cuál es el origen de esta historia?

Ángeles González-Sinde (AGS): Pues, mira, mi familia tiene una casa en Altea desde los años 80 y, con el tiempo, yo también me compré ahí un pisito. Yo paso mucho tiempo en Altea y, aunque ahora ya no hay prensa en papel, a mí me gusta mucho leer la prensa local y, sobre todo, unos periódicos que hay para extranjeros. Los hay en inglés, en holandés, en alemán… Es como ver ese territorio que ya conoces, pero desde otro lado, desde la perspectiva de un inglés que vive en Calpe o de una alemana que vive en La Nucia.

Un día vi en un periódico la noticia de que había aparecido muerta una mujer joven extranjera y ahí encontré un detonante. Lo primero que me pregunté fue: “¿Cómo recibió su familia esa noticia?”. Luego pensé que a lo mejor vivían en otro continente, en otro país que no tuviera nada que ver con el nuestro; que a lo mejor no habían tenido nunca la oportunidad de venir a conocer el lugar donde vivía su hija ni sabían nada de ella.

Este fue el detonante. Luego pensé: “Bueno, si además fueran unos padres que tampoco tienen relación entre sí…”. A mí siempre me interesan las dinámicas familiares, y este ingrediente de tener que descubrir la vida de una persona joven que ha muerto inesperadamente y reconstruir sus últimos años a base de pistas, hablando con la gente que la rodeaba, me pareció que estaba lleno de unas semillas muy fértiles para contar una historia.

No sé si estaréis de acuerdo, pero yo creo esta es, en el fondo, una película de detectives. De dos detectives de la tercera edad.

AGS: Sí, son unos detectives de andar por casa. Como te digo, tienen que reconstruir en lo posible la vida de una hija que ellos se perdieron, que a ellos se les escapó. Y esto exige un trabajo de detective aficionado que Gloria, el personaje de Adriana Ozores, no quiere hacer, pero que se convierte en una obsesión para él.

Son dos personas que, cuando las ves en la pantalla, piensas: “Pero, bueno, ¿cómo pudieron estar casados alguna vez si no pegan ni con cola?”. Y, en efecto, ellos tienen maneras de enfrentarse a la vida completamente distintas; no me extraña que se divorciaran.

Y luego, también, tienen maneras muy distintas de enfrentarse a la pérdida y al duelo. Ella está en un momento vital en el que sigue trabajando, es una mujer muy activa, una mujer que no concuerda con la idea de una jubilada. A él, en cambio, le han prejubilado, se ha quedado viudo de su segunda mujer, está completamente abandonado de sí mismo y ha tirado la toalla.

Pero, cuando llega el momento del duelo, los papeles se cruzan: ella está completamente hundida y no puede salir de la cama, y él, en cambio, es el que quiere tirar de ella, entre otras cosas porque sabe que esta búsqueda no puede hacerla solo.

¿En qué sentido sentíais que os implicaba esta historia?

Darío Grandinetti (DG): Bueno, el asunto era ¿dónde está el duelo? ¿Cuándo hacen el duelo? ¿Por qué no lo hacen? Yo necesitaba encontrar para mi personaje esa respuesta. O encontrarle, por lo menos, alguna respuesta. Y eso me resultaba, siendo padre, muy difícil de entender; me refiero al hecho de que no supieran de una hija a la que no ven desde hace años.

Necesitaba encontrar eso y, en función de ello, ver cuál era su comportamiento, porque no paran de ir hacia adelante, no se detienen a sufrir. Hice algunas consultas a gente que sabe de estas cosas que me dijeron: “Porque está en shock”. Ni siquiera ha llegado todavía al momento de sacar conclusiones reales. Sí, aparecen las culpas, aparecen todos esos supuestos motivos que uno puede dar como explicación.

Yo, como actor, no juzgo, trato de entender, y el personaje tampoco puede hacer la lectura que hacemos nosotros como espectadores ni la que puedo hacer yo como actor. El personaje vive esa vida que yo juzgaré o entenderé o dejaré de entender como espectador. El personaje vive y, bueno, había que encontrarle ahí sus motivaciones; y en eso tuve la suerte y la ventaja de contar con la confianza de Ángeles y, sobre todo, de Adriana.

Ángeles González-Sinde, en un momento de la entrevista con Gerardo León. Foto: Fernando Ruiz.

La película nos habla de la descomposición de una familia, aunque, como decís, aquí son los padres los que han abandonado a su hija. En este tipo de relatos, casi siempre se plantea al revés, como un conflicto generacional, de abajo arriba. ¿De dónde procede este desgarro?

AGS: Las familias han cambiado mucho en las últimas décadas. Cada vez es más común que los hijos vivan en otro país, que esa movilidad, las circunstancias económicas y las oportunidades laborales o de estudiar una carrera hacen que, a nuestro alrededor, mucha gente viva en un país que no es aquel donde nació y que su familia no esté cerca.

Eso hace que unas relaciones familiares que, si tienes que verte todos los domingos para comer la paella, sean tensas; si hay de por medio un mar y un océano que los separa, sean más fáciles de diluir. Para las familias mediterráneas, las familias latinas, quizás es más incomprensible que pueda haber esta separación y esta distancia; pero se da, claro que se da.

Cada vez es más común que la gente decida no hacerse cargo, romper lazos con aquello que le supuso una dificultad. Es verdad que aquí la hija es joven y eso hace que quizá ellos piensen: “Pues ya lo arreglaremos, ya hablaremos”. Pero, claro, el tiempo va pasando y te alcanza.

DG: La película habla de esas soledades que hay debido a las grandes crisis que hay en el mundo, esto que nosotros podemos enmarcar bajo el título ‘inmigración’. Hay chicos, chicas, jóvenes y algunos no tan jóvenes que tienen que salir a buscarse la vida lejos. Son familias que, de una u otra manera, se desarman.

En los grandes procesos migratorios, sobre todo los de final del siglo XIX, por ejemplo, con la cantidad de inmigrantes que llegaron a la Argentina, muchos de ellos dejaban vidas atrás, familias a las que pensaban reencontrar después de un tiempo, y volver. Pero, al cabo de dos, tres años, dejaban de tener contacto, se olvidaban y formaban una familia nueva.

Y, bueno, hay un poco de eso en el mundo. No digo que esta historia que contamos nosotros sea algo fácil de ver, pero no es tan increíble si nos ponemos a mirar no tan lejos, a los costados, lo que nos está pasando hoy en día a todos.

La película tiene su mayor punto de apoyo en la fuerza y el carácter de estos dos personajes, Juan y Gloria. ¿Cómo fue colaborar entre los tres en su construcción?

AGS: Yo conozco a Adriana desde hace mucho tiempo porque fue la protagonista de mi primera película, ‘La suerte de dormida’. Y con Adriana sí tenía una manera de comunicarnos, de trabajar juntas muy elaborada, muy trillada, muy conocida. Tenemos ese lenguaje común, hay muchos temas que nos interesan.

En cambio, yo no conocía a Darío. Tampoco Adriana y Darío se conocían entre ellos y tener que construir una relación, tanto fuera como dentro de la pantalla, suponía un riesgo. Pues, bueno, son superprofesionales y tuvimos la suerte de que, desde el primer ensayo, conectaron, sobre todo porque tienen una manera de abordar el trabajo muy parecida. Desde la primera lectura de guion, aquello funcionaba de maravilla. Lo que sí teníamos era como un mapa que yo preparé, una estructura de cómo era esa dinámica de acercamientos y alejamientos que ellos tienen a lo largo de la película.

Como las películas se ruedan en desorden, necesitábamos tener algún tipo de recordatorio de cuándo las cosas se ponen más frías, cuándo están más extremas, cuándo las discusiones son más ácidas o cuándo vuelven a recuperar cierta cordialidad hasta irse aproximando, en el final, el uno al otro, cuando ella toma una posición más cercana a la de él. Es verdad que ese mapa lo estuvimos analizando y trabajando para estar seguros de que no generábamos confusión en las escenas.

Darío Grandinetti, durante la entrevista con Gerardo León. Foto: Fernando Ruiz.

DG: Fue muy cómodo porque enseguida entendimos cómo y de qué manera queríamos contar esto. Había algo que nos llamaba la atención y que no queríamos evadir, que era un cierto humor que aparece en la película en algún momento. Y, bueno, a ver, uno desde afuera puede decir: “Pero ¿están de humor para hacer bromas?”. No, pero son cosas que aparecen, como aparecen en un velorio, en cualquier lugar.

El humor aparece, a veces, de la manera más inesperada. Sabíamos que eso tenía que aparecer, pero, a la vez, los personajes tenían que estar teñidos de la manera en que están definidos. En ese sentido, había momentos en los que Ángela decía: “No, no, much”, porque se nos iban. Yo quiero hacer una comedia con Adriana. Lo que me puedo llegar a divertir, porque Adriana es muy graciosa. Se le ocurren cosas que a mí me tentaban mucho, la verdad.

Y sabíamos que eso podía aparecer, pero nos cuidábamos de que no apareciera, a pesar de la situación. Porque una cosa es que haya una situación de humor en un momento y otra cosa es que tú la busques, o que el personaje busque hacerse el gracioso. Eso tuvimos que cuidarlo.

Los personajes tienen dos visiones muy diferentes de la vida. Ella es muy confiada. Confía en las reglas, en la Policía… Él, en cambio, es muy receloso. Ahí está la guerra entre los dos. Viendo la película, de alguna manera me acordé del dúo que formaban Jack Lemmon y Walter Matthau.

AGS: También, claro, claro.

DG: [Risas] Sí.

Ángeles González-Sinde y Darío Grandinetti, junto al cartel de ‘Después de Kim’. Foto: Fernando Ruiz.

¿Dónde estarías vosotros o los personajes, entre los recelosos o en los confiados?

AGS: Bueno, los dos personajes tienen algo de mí. Por ejemplo, algo por lo que también me interesaba que los personajes fueran maduros, que no fuera una historia que le ocurre a padres más jóvenes con hijos más jóvenes, era que quería que ellos estuvieran en una edad en la que crees que ya lo tienes todo claro y que tus creencias, tus principios, tus opiniones de las cosas están muy asentados, y que esto fuera algo que les ocurre y que hace tambalear completamente lo que ellos pensaban que eran sus asideros emocionales, intelectuales o ideológicos.

Él tiene muchos prejuicios: tiene prejuicios hacia los extranjeros, tiene prejuicios hacia su propia hija, tiene prejuicios hacia ella, tiene prejuicios con todo. Con los únicos con los que muestra humanidad y paciencia es con los animales, con los que palía su soledad en los últimos años.

Era una manera de cuestionar que, incluso en la edad madura, hay muchas cosas que pensamos que sabemos, pero sobre las que podemos estar equivocados, y hay que estar abierto a que las cosas no sean como creemos.

DG: Él no confía en nada. Juan es un doctor en Física y para él las cosas son así. Si no son como yo las veo, como las puedo ver, como las puedo contrastar, como la ciencia me las presenta, digo “no”. Y también está el prejuicio de cualquier ser humano. Yo, muchas veces, pienso en eso que te dicen: “No hay que ser prejuiciosos”. No hay que ser, entonces, porque uno llega al punto al que llega en su vida en función del camino que ha recorrido, de lo que ha creído y de lo que le ha demostrado la vida.

Todo ese bagaje es un preconcepto. Entonces, ¿cómo haces? Pero, bueno, hay gente que hace el ejercicio de no dejarse llevar por eso y hay otra a la que le cuesta más. Juan es un tipo al que le cuesta, quiere cosas concretas. Y, además, todo lo que ve ahí: la mafia, los rusos, Benidorm, que es un sitio muy particular.

Mira, yo llegué a Benidorm por la noche, como a las doce, y cuando vi todo eso en la calle, dije: “Mamma mia, esto es un circo constante”. Bueno, todo eso también ayuda al preconcepto, al dónde estoy, qué hago aquí. Juan tiene que ir bajando esos preconceptos, tiene que ir dejando de lado esta idea que se armó.  Al final, el pibe, el marido de su hija, es un bombón, algo que van a ir descubriendo. Yo digo que termina la película y, a partir de ahí, hacen su duelo.

Adriana Ozores y Darío Grandinetti, en un fotograma de ‘Despúes de Kim’, de Ángeles González-Sinde.

Tu personaje dice: “Confiar es más cómodo, uno ve el mal y mira hacia otro lado, elude su responsabilidad”. ¿Estás de acuerdo con él?

DG: No, yo no creo que confiar sea una irresponsabilidad. Yo elijo confiar. Si tengo que elegir, tengo que elegir confiar porque es muy pesado vivir desconfiando. Solo encontrarte un par de veces con alguien en quien no confías, no te digo andar desconfiando de la vida en general, solo tener que relacionarte con alguien en quien no confías, ese momento ya nomás, ya es pesado. Entonces, yo prefiero confiar… todavía [risas].

Benidorm le proporciona a la película un marco muy particular. ¿Qué aportaba al relato?

AGS: La película no podría ocurrir en ningún otro sitio. Si la película ocurriera en València, en febrero, no digamos ya en Madrid, en Zaragoza, en Bilbao, en Barcelona o en cualquier otra ciudad, no sería lo mismo, porque ellos están viviendo este desmoronamiento de sus creencias y de aquello a lo que se agarraban en un lugar que va totalmente a contrapelo; un lugar vacacional donde la gente vive días excepcionales en los que se saltan su rutina, en los que el estado de ánimo general no tiene nada que ver con el suyo.

Benidorm es un protagonista más de la historia. Era muy importante poder rodar en la Comunidad Valenciana. Para mí era importante el contraste con eso que la gente no conoce tanto que es el interior de la provincia de Alicante, el campo, la montaña; que ellos pasaran de esa zona tan densamente poblada, como es una ciudad de vacaciones, como Benidorm, con la masificación, a unos paisajes de montaña desolados en que los que están completamente solos, sin ninguna ayuda.

El tiempo o el paso del tiempo es un elemento que aparece durante toda la película. Darío dice: “Eso es el tiempo: una liberación”. ¿Cuál es vuestra relación con el tiempo?

AGS: Mi relación con el tiempo es mala, siempre tengo enormes dificultades. Quizás es una de las cuestiones por las que el cine nos atrapa a ciertas personas, porque te permite manipular el tiempo, atrapar el tiempo, fijar el tiempo, volver sobre ello, hacer que las cosas sean de otra manera, darles otro final.

Pero, sí, es difícil asumir el paso del tiempo. Es muy difícil asumir que en la vida también desperdiciamos mucho el tiempo y que no hay otra manera de vivirlo. No puedes estar viviendo al 100 % de intensidad y que cada minuto sea como en esa publicidad de coches y de ciertos productos que te promete que tu tiempo va a ser siempre extraordinario. El paso del tiempo es algo terrible, y el tiempo y la muerte son una combinatoria que te hace reevaluar tu vida de nuevo, quieras o no.

DG: Yo creo que, en algunos casos, el tiempo puede ser una liberación de algunas urgencias que uno ya sabe que no son importantes. Pero yo elijo creer que lo mejor que me pudo haber pasado es haber sabido aprovechar el tiempo, sentir que lo pude aprovechar.

Uno no siempre sabe aprovecharlo. Estoy preparando ahora una obra que voy a hacer en Argentina en la que, en un momento dado, el personaje dice: “Lo más duro de llegar a la madurez, o eso que llaman la madurez, es sentir que uno perdió el tiempo, porque el tiempo un día se termina, el tiempo no está siempre”.

Para mí, el problema es sentir que uno desaprovechó la vida, y yo, afortunadamente, a pesar de que sé que podría haber hecho las cosas mejor, desaprovechar, no la desaproveché. Tengo tres hijos, así que… [risas].

La película habla del desamor, pero un desamor que puede ser la consecuencia de un simple malentendido.

AGS: Sí, es verdad. Yo creo que en las relaciones afectivas hay grandes malentendidos, también entre los padres y los hijos. Ellos tienen un gran malentendido con su hija. Pero creo que es así. Es por lo que muchas veces vamos al psicólogo, para que intenten desarmar esos malentendidos sobre los que hemos basado todas nuestras relaciones afectivas.

DG: Muchas veces, los grandes desacuerdos vienen a partir de tonterías. Lo que pasa es que, si se desarrolla ese desacuerdo y deriva en otro, después llegás a lugares de los que a veces es muy difícil volver. Si nos quedáramos en resolver rápidamente esta primera discusión, a lo mejor sería más fácil. Pero, no sé. Uno de los motivos por los cuales soy actor es porque sé poco de la vida [risas]. Porque me va mejor actuando.

Según pasa el tiempo, ¿diríais que seguimos siendo los mismos o es que no nos acordábamos de cómo éramos?

DG: [Risas] No, yo creo que es más que no nos acordamos de cómo fuimos [risas]. La memoria es muy tramposa. Uno recuerda como quiere, y no siempre recuerda lo mismo. Mira este matrimonio: los dos no recuerdan lo mismo. A lo mejor, ante el mismo hecho, uno recuerda una cosa y el otro, otra.

La memoria es tramposa, el paso del tiempo también te hace acomodarte a cómo tú crees que fue. Es decir, cómo lo acomodas todo para justificar que haya pasado o no haya pasado eso que pasó o dejo de pasar en el momento. Tú lo recuerdas, acomodándolo. No pasó porque yo hice tal cosa, te dices. No, mira, no pasó porque no pasó, no porque tú hayas hecho algo. Sí, la memoria es tramposa.

AGS: Uf, yo creo que no nos acordamos de cómo éramos. Yo creo que cambiamos. Esa es la frase final de la novela: “Cambiamos y menos mal que cambiamos”. Afortunadamente, cambiamos.

Ángeles González-Sinde y Darío Grandinetti
Darío Grandinetti y Ángeles González-Sinde, tras la entrevista en los Cines Lys de València. Foto: Fernando Ruiz.