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Inés Ayala y Anna Boix (Ayala-Boix), Sofía Martínez Hurtado (Noema) y Giulia Torrisi
Restauradoras
El tiempo erosiona los cuerpos, los modela. Sin embargo, son congénitas las ansias del ser humano por detenerlo, por regresar, por recobrar cada instante perdido en este nuestro río de vida. Recordando la obra de Wilde ’El retrato de Dorian Gray’, donde se subvierte el camino hacia la vejez quedando atrapado en un objeto, en un cuadro, liberando a Dorian del paso del tiempo, que queda relegado a aquella pintura, podríamos preguntarnos: ¿acaso no envejecen los objetos también? ¿Tienen sus propios pactos con el diablo para remediar su envejecer?
La restauración es una disciplina que nace en el siglo XIX, pese a que la pasión por conservar y preservar tenga unas raíces más profundas. En España, el interés por el patrimonio comienza gracias a la influencia de la Ilustración y se desarrolla debido a la necesidad de intervenir el patrimonio tras las desamortizaciones. No obstante, no se institucionalizará hasta la llegada de la Segunda República, con la Ley de Defensa del Patrimonio Histórico-Artístico (1931), además de la creación del Instituto Central de Conservación y Restauración de Obras de Arte.
El recorrido de esta disciplina no terminará de consolidarse hasta las últimas décadas del siglo XX; los avances científicos y la creación de escuelas y estudios universitarios especializados propiciarán su profesionalización. Serán las restauradoras con quienes tendrán que pactar los objetos para recobrar su vitalidad.
En esta ocasión, contamos con Sofía Martínez Hurtado, de Noema; Inés Ayala y Anna Boix, de Ayala-Boix; y con Giulia Torrisi, expertas y profesionales de la restauración, que nos muestran su particular visión sobre esta disciplina artísitica.
Sofía Martínez Hurtado estudió Historia del Arte y Bellas Artes, especializándose en Restauración, y complementó sus estudios con el Máster en Gestión de Patrimonio Arquitectónico. Algunos de sus trabajos destacados son las pinturas murales del siglo XVIII de las fachadas del Palacio Ducal de Gandía (València) y la limpieza del retablo de alabastro de Antoni Dalmau, expuesto en la Capilla del Santo Cáliz de la Catedral de València. Actualmente, lidera Noema, donde, como señala su lema, “restaurar es respetar la memoria del tiempo”.
Anna Boix y Inés Ayala forman parte de Ayala-Boix; las dos restauradoras trabajan complementándose en la actualidad. Anna Boix Chornet es historiadora del arte y restauradora de bienes culturales. Ha trabajado en numerosas colecciones de ámbito público, como el Ayuntamiento y la Diputación de València y la Hispanic Society of America, donde restauró catorce obras del ciclo ‘Visiones de España’, de Sorolla. Además, en el ámbito privado ha trabajado con las fundaciones Banesto, Bancaja y Lladró y ha colaborado con museos como el IVAM, el MuVIM, el MUBAC y el CCCB.
Inés Ayala cursó Bellas Artes, especializándose en Restauración. Su trabajo se centra en la pintura mural y de caballete, el gran formato, la escultura y la cerámica. Ha trabajado principalmente en el ámbito privado; entre sus trabajos destaca la restauración de ‘Mujer con mantón’, de Benlliure, o ‘El bautismo’, de Eduardo Sales, perteneciente a la Iglesia de San Antonio Abad de València.
Giulia Torrisi cursó en la Sorbona el grado en Historia del Arte y Arqueología, en Preservación de Bienes Culturales, y el Máster de Conservación y Restauración de Bienes Culturales en la UPV. Ha trabajado en diversas empresas del ámbito privado, destacando Noema (València), Prevarti (Malta) o Policromía (Barcelona), donde restauró los elementos arquitectónicos de la ‘Sala del Fumado’ de la Casa Vicens Gaudí.
En primer lugar, nos preguntamos si se trata la restauración de una profesión totalmente vocacional. Su vinculación con la artesanía fue el puente que atrajo a Sofía Martínez, que, tras licenciarse en Historia del Arte, se inició en Bellas Artes y se especializó con el Máster de Arquitectura, de Conservación y Gestión de Patrimonio Arquitectónico.
Para Giulia Torrisi, fue la película ‘La casa dalle finestre che ridono’, de Pupi Avati, la que, a sus 16 años, le reveló el camino. Por su parte, Inés Ayala se inició en Bellas Artes, especializándose en Dibujo y Grabado, pero al ver los trabajos de sus compañeras de piso, que se encontraban en quinto de carrera ya formándose en Restauración, descubrió que eso era lo que le apasionaba.
Anna Boix, al venir de una familia de artistas, lo tuvo claro prácticamente desde el principio. “A los 12 años, nos trasladamos a los Estados Unidos –estuve allí cuatro años–. Todos los fines de semana íbamos al Metropolitan y teníamos muchos amigos, como Borja-Villel, que fue director del Reina Sofía”.

“En aquel momento, conocí a una restauradora de tejidos indígenas y del mundo egipcio. Ella, un día, me llevó al Metropolitan y me enseñó las neveras donde se conservan los tejidos de las momias egipcias y, a mí, una luz se me iluminó: era esto lo que quería hacer”, recuerda Boix.
Sofía Martínez, por su parte, describe la evolución de Noema en el ámbito profesional de la restauración: “Desde trabajar con equipos pequeñitos, de cuatro a seis personas, al día de hoy, que somos una empresa consolidada, con 25 en plantilla y haciendo obras maravillosas en el ámbito nacional, sobre todo València, pero también fuera”.
Ayala-Boix, que celebran sus bodas de plata laborales (25 años trabajando juntas), empezaron en la cúpula de la Font de la Salut de Traiguera, en Castellón, donde se lanzaron a formar una empresa: “Lo que no resuelve la una, lo resuelve la otra. Somos un binomio”, afirman.
Giulia Torrisi, con una trayectoria nómada desde Italia a España, pasando por la Sorbona, confiesa que “he aprendido muchísimo trabajando en la restauración de los Santos Juanes como colaboradora, trabajando con el equipo de la UPV”.
En torno a los retos que plantea este sector, Ayala y Boix señalan que la parte administrativa es la más dificultosa: “A veces es difícil hasta valorar lo que vales”. Martínez apunta que, cuando trabajan con constructoras, no siempre es fácil conciliar las visiones de ambos campos y subraya que el trabajo con patrimonio arquitectónico es duro. “Ahora mismo, estamos con toda la Estación del Norte de València, con lo que ello conlleva: andamios en exterior, con temperaturas muy altas en verano y muy bajas en invierno. Son trabajos duros, ese es nuestro día a día, pero nos compensa lo que disfrutamos”.
Sobre los materiales, técnicas y soportes con los que trabajan con frecuencia, Ayala y Boix indican que están más habituadas a trabajar con pintura, escultura y cerámica. Además, Inés Ayala describe que “yo respondo más al volumen y ella a la parte cromática”, y ambas insisten en que es fundamental recurrir a los artesanos para labores específicas.
En Noema, Martínez reivindica: “Nuestro ámbito es el patrimonio arquitectónico, trabajamos sobre todo en material pétreo, pintura mural, todo tipo de técnicas tradicionales. En el equipo tengo dos especialistas en pintura de caballete, un dorador y el taller. No realizamos trabajos con vidrieras y orfebrería”.
En cuanto a ese primer momento de recepción de un encargo, tanto desde Noema como desde Ayala-Boix ponen el acento en facilitar una intervención profesional temprana. “Cuando nos llegan las obras, tienen muchas intervenciones inadecuadas, están en estados de conservación muy deficientes y las intervenciones son bastante invasivas para poder restablecer un estado óptimo de conservación”, matiza Sofía Martínez.
Mientras, desde Ayala-Boix advierten que “el 50 % de las obras que nos llegan son obras en las que alguien ha metido la pata. Hay mucho que hacer aún para dar valor a nuestra profesión. Todo el mundo piensa que puede restaurar una obra, y cuando tenemos un problema es cuando acuden. Hay que hacer mucha didáctica de nuestra profesión”.
A propósito de la colaboración entre el ámbito privado y el público, para Ayala-Boix resulta necesario el equilibrio entre ambos. Torrisi destaca la importancia de la investigación a la hora de acometer un encargo, tanto en el sector público como en el privado, y defiende que “los métodos italianos son un ejemplo”, diferenciando los recursos económicos con los que cuenta una universidad frente a los métodos privados, donde el tiempo y el valor económico son aspectos decisivos.
En cuanto al papel de las instituciones, Martínez cree que “cada vez nos sentimos más apoyados; hasta ahora los restauradores éramos mano de obra especializada y barata. Pero eso está cambiando y las Administraciones nos están apoyando mucho. Se nos tiene mucho más en cuenta. Yo estoy notando un cambio importante en ese sentido. Creo que eso es bueno para todos, que cada uno aporte lo mejor de sí mismo y de sus conocimientos para que los proyectos cada vez sean más rigurosos”.
Paralelamente, Ayala y Boix subrayaban que “todavía hay mucho por hacer. Creación de un colegio, protección y defensa de nuestro trabajo, organismos de referencia a los que acudir. Necesitamos un convenio laboral conjunto”.
En sintonía con este alegato, las dos restauradoras que han colaborado en proyectos de recuperación de la DANA, en concreto con su voluntariado en ACRE, denuncian que “la DANA nos ha hecho descubrir que faltan protocolos de actuación. Intentamos decirles que no tirasen nada; en cambio, el voluntariado tiraba muchas cosas”.
“La información debería llegar a través de algún organismo. En aquel momento, voluntariamente, restauradores y restauradoras nos pusimos a divulgar consejos de urgencia”. No obstante, “la DANA también ha demostrado que restituir una pieza familiar ha ayudado en el duelo”.
Además, las cuatro profesionales coinciden en señalar que se trata de un sector feminizado, dado que pone los cuidados en el centro. Esta profesión, como indican, no está exenta del techo de cristal, del síndrome de la impostora, de problemas con la conciliación laboral, de cansancio físico o mental.
Como conclusión, recuperando esa vindicación sobre la profesionalización de esta disciplina, Ayala y Boix manifestan que las restauradoras son “doctoras del arte”. Por tanto, las obras artísticas, sus pacientes, requieren de unos cuidados y unas atenciones específicas antes de ser abandonadas a los estragos del tiempo y su profesión es esencial para devolverle la vitalidad a aquellas piezas que necesiten recobrar el aliento.

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