Abelardo Muñoz

#MAKMALibros
‘Chungas calles’, de Abelardo Muñoz
Libros del Baal (Ediciones Canibaal), 2023

«Es más peligroso ser buen periodista que mal asesino»
(Jean-Paul Sartre)

Abelardo Muñoz es un periodista y escritor valenciano con una extensa y particular carrera en su mochila: Diario de Valencia, Hoja del Lunes, Qué y Dónde, Cartelera Turia, Levante, etc. A los 16 años leyó ‘La náusea’ de Sartre –seleccionada entre los muchos libros de la biblioteca de su padre–, y eso le hace aterrizar en la brutalidad de la existencia.

Con una libreta y un bolígrafo, fue testigo y cómplice de todos los cambios que se producían en su ciudad tras la muerte del dictador. Su escritura es un fiel reflejo de la infrahistoria valenciana, de los barrios deprimidos, de la droga y la apertura europea…

Abelardo, este año se publicará en Ediciones Canibaal un libro que quizá ya está escrito hace muchos años; ‘Chungas calles’ puede que sea un recorrido por esas calles de València por las que no todos paseaban. ¿Qué se va a encontrar el lector?

En esencia, mi visión subjetiva de las trapisondas callejeras y narcóticas que viví en los años 90 del siglo pasado por los tugurios, solares y espacios lúdicos de la ciudad. Fue un tiempo irrepetible en el que la Administración, torpe de natural, aún no había caído en la cuenta del creciente auge del trapicheo de drogas duras callejero.

Por ejemplo, la comunidad de inmigrantes clandestinos subsaharianos que vendían al menudeo cocaína y caballo turco. También escribo sobre vagabundos, como aquellos que sacaba en la novela ‘Tallo de hierro’, de William Kennedy, en 1983.

La banda de rock estadounidense Talking Heads.

Los años 80 se dice que significaron un cambio muy grande en la sociedad: música, locales, fiesta, drogas… ¿Fue solo en Madrid o también se produjo en València? Visto en perspectiva, quizá hayamos idealizado mucho esa época.

En los 80 se gesta la tontería y la izquierda cuqui que padecemos en la actualidad. Para empezar, el glam destroza las tendencias blues del buen rock; en otras palabras, el altísimo nivel del rock de los 70 baja a niveles mínimos; hay excepciones, desde luego como Talking Heads y otros.

Pero el soft change socialista convierte a este país en un lugar para vanidosos y deteriora el talento. La Ruta del Bakalao, Ximo Bayo, Los Inhumanos, bueno, aquello fue inhumano. La cultura beat bajo las piedras y los pijos en la cumbre. La ciudad se llenó de locales de copas donde no se podía ni hablar. Quizás lo único bueno fue la emergencia de la cultura gay y la mayor libertad de movimientos, por supuesto.

Fotograma de ‘Un negro con un saxo’, de Francesc Bellmunt.

Tus comienzos en el periodismo te llevaron a ser corresponsal radiofónico en una isla caribeña, y de ahí a recorrer las calles en busca de noticias para el Diario de Valencia –donde estaban Javier Valenzuela, Miguel Ángel Villena, Juli Esteve–. ¿Qué había en esas calles, eran tan xungas?

Hace poco vi ‘Un negro con un saxo’, la peli de [Francesc] Bellmunt basada en la novela del amigo Ferran Torrent. No había visto la peli, ni he leído el libro del colega, pero lo que cuenta Torrent en esa novela es lo que pasaba en las calles chungas. Trata de blancas, el inicio del snifado general, policías, jueces, mucha basurilla.

Yo me encargué de sucesos en La Hoja del Lunes a mitad de la década y eran tiempos dulces para el periodismo, teníamos una asociación de polis, jueces y periodistas que llamábamos ‘Vive y deja vivir’. Hoy, como sabes, vivimos la dictadura de la mentira, de desinformación y, lo que no es moco de pavo, el regreso del fascismo español más chulesco.

Abelardo Muñoz, en el centro, en una fotografía tomada en Marruecos. Imagen cortesía del autor.

El propio Javier Valenzuela siempre ha dicho que si te hubieses ido a Madrid hubieses triunfado. ¿Te planteaste alguna vez hacer la capital o, quizá, había demasiado amor en tu boli? Me refiero a si te quedaste en València por principios, por amor a la tierra o por amor a una mujer.

Yo creo que he triunfado de todas las maneras. Amo mi ciudad y Madrid jamás me gustó. Barcelona sí, por supuesto –trabajé para La Vanguardia–, pero soy un poco cobardón y preferí quedarme en casa pegado a las faldas de mis novias. Las mujeres, para mí, son algo muy importante, más inteligentes y prácticas, ¡dónde vas a parar! Las admiro.

Tengo la sensación de que el periodismo en los 80 era como una novela de Raymond Chandler: colaboraciones con la policía, investigaciones, alcohol, drogas, garitos y mucha calle. ¿En qué ha quedado el periodismo hoy en día? Sin embargo, en los 80 decides desaparecer: Cádiz, Marruecos, Teruel. ¿Había demasiada calle xunga?

El periodismo es un cuento. Mandan los empresarios y los reporteros somos peones. No sé si lo dijo Capote o Carver. El que ahora se hace aquí apesta. Claro que hay buenos reportajes y periodistas. A tíos como Xavier Aldekoa o Martin Caparrós da gusto leerlos. Van a su aire y trabajan sobre el terreno, que es la clave.

Me largué de València, primero, porque me encanta cambiar de aires y escribir en la soledad de un país o terreno ajeno y, segundo, para escapar de las adicciones varias con que esta ciudad me ha atrapado en diversas ocasiones.

Decir que el periodismo ya no es lo que era puede ser algo muy manido, pero me queda una pregunta: ¿compras algún periódico o hubo un tiempo en que dejaste de hacerlo?

Hasta en el culo del mundo –por ejemplo, Cuba– compraba el periódico, o en el Magreb, Le Monde. Claro que compro un periódico en papel todos los santos días. La Vanguardia es mi preferido y el mensual Le Monde Diplomatique en español; ese de Ramonet es buen periodismo. sí señor. Como profesional, considero un deber ir al quiosco a diario. Por descontado, leo CTXT, elDiario.es e infoLibre, en la red. Lo demás…, ¡uf!

¿Crees que ‘Chungas calles’ es un testimonio de una València que siempre se ha querido esconder tras una mantilla fallera?

Yo no lo podría haber dicho mejor.