Carlos Gimenez

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‘36-39: Malos tiempos (Edición total)’, de Carlos Giménez
Reservoir Books, 2026

Hace algo más de un año, el sello editorial Reservoir Books publicaba una monumental edición integral y corregida del imprescindible ‘Paracuellos’, el cómic en el que Carlos Giménez recupera sus propios recuerdos de infancia y los duros sinsabores de los Hogares de Auxilio Social de la posguerra.

Unos pocos meses más tarde llegaba a las librerías la reedición completa del no menos colosal ‘Pepe’, el retrato del oficio de dibujante construido a partir de la figura del desaparecido José González, autor de la serie erótico-terrorífica ‘Vampirella’.

La lectura conjunta de ambos volúmenes permite contemplar la obra de Giménez como un sentido y revelador ejercicio de memoria histórica. El primero, situado en un espacio concreto y claustrofóbico, se adentra con mano maestra en el tiempo de oscuridad del franquismo. El segundo, por su parte, habla, a través de la experiencia particular de su protagonista, de una época de aperturas y descubrimientos y, en definitiva, de la conquista de nuevas libertades.

En las últimas semanas, la editorial presenta, alrededor de la cuestión de la memoria, la recuperación de un tercer trabajo del dibujante: ‘36-39: Malos tiempos’, que, como su título ya anuncia, se adentra en los años de la Guerra Civil, completando así un recorrido político, social y personal por una parte determinante de la historia de España durante el siglo XX.

‘36-39: Malos tiempos (Edición total)’, de Carlos Giménez. Reservoir Books, 2026

Publicado originalmente en cuatro tomos por la desaparecida Glénat entre 2007 y 2009, el cómic vuelve ahora, oportunamente reunido en un solo volumen, en torno al 90º aniversario del golpe de Estado y del comienzo de la guerra, en una evidente operación de llamada a la memoria y de rememoración.

El libro atraviesa, efectivamente, los tres años de conflicto y añade, además, unas notas importantes a propósito de la época inmediatamente anterior y, sobre todo, de las consecuencias de la victoria de los sublevados. El relato, planteado en sus distintas etapas, aspira, lo mismo que ‘Paracuellos’, a ofrecer una mirada colectiva sobre una escena concreta.

No obstante, como en ‘Pepe’, lo particular se convierte muy pronto en la herramienta fundamental para avanzar en el estudio de una realidad dramática y compleja. Giménez sitúa el centro de su trabajo alrededor de la familia de Marcelino, antiguo oficial cortador en una fábrica de fajas propiedad de unos falangistas. La observación atenta de este grupo, o al menos de una parte de él, le permite acercarse a distintas personalidades y circunstancias asociadas a las clases populares de la época.

El dibujante habla de procesos históricos a través de vidas concretas. Esta concreción se materializa en las viñetas mediante el seguimiento constante del padre, la madre y el pequeño Marcelinito, entre esas ruinas físicas y simbólicas, mientras el niño crece rodeado de cadáveres, violencia y necesidades básicas.

Sus peripecias ocupan algunos de los tramos más conmovedores y expresivos del conjunto. Ciertamente, se recuperan aquí algunas de las estructuras más notables de proyectos previos, como ese viaje por el horror y su intento, siempre frustrado, de explicación desde la mirada de un chiquillo.

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No obstante, en el seno de esta familia permanece, en un discreto segundo plano, una figura tan enternecedora como esencial para comprender el impacto de la monstruosidad en las vidas comunes: Sole, una de las tres hijas de Marcelino y Lucía. Discreta, silenciosa y metódica, la niña atraviesa varios capítulos del conjunto, guardando debajo de su cama los escasísimos alimentos que consigue encontrar y ayudando siempre que puede. En medio de la escena lastimada, encarna la posibilidad de una mirada de hermosa inocencia.

La narración de ‘36-39: Malos tiempos’ se mueve, efectivamente, alrededor de esta familia obrera republicana, sobre todo a partir de la segunda parte. La anterior, si bien les concede desde el principio una relevancia indiscutible –muy bien representada, además, por esas dos primeras páginas que muestran el paso de lo general a lo individual, casi de la abstracción a lo preciso, y que anuncian la organización formal de la historia posterior–, todavía avanza, en su identificación de algunas de las claves del comienzo de las violencias, hacia la colectividad.

Así, relata diversas anécdotas significativas para establecer los tonos y representar los diferentes caracteres. En este primer tramo, Giménez deja parcialmente a un lado a Marcelino y los suyos para describir historias particulares, conectadas de un modo u otro con el núcleo sentimental del relato, que contribuyen a definir los estados de ánimo y a mostrar la realización de acciones espantosas.

En la cadena de estas historias fugaces encontramos los tejemanejes de un tendero usurero, la venganza de un teniente nacional contra el falangista asesino de su padre o los anuncios fúnebres de un vendedor de fruta ambulante.

Ciertamente, el desfile por las páginas de estas personalidades secundarias confirma la elección consciente del autor de organizar su trabajo a partir de la observación atenta de los movimientos y los revuelos de un grupo de figuras desconocidas y sin ningún peso en la historia oficial. Así, en ningún caso, las individualidades famosas, de un lado u otro, intervienen, ni siquiera mínimamente, en el desarrollo del asunto.

Una de las páginas de ’36-39. Malos tiempos’, de Carlos Giménez.

En los diferentes capítulos que dividen y articulan el conjunto aparecen, por supuesto, personajes del bando rebelde, pero siempre son contemplados con manifiesta desconfianza y evidente hostilidad.

Giménez, excepto en contadas ocasiones, como ese último capítulo dominado por una bruja beata, rara vez demoniza al contrario individual o cae en la caricatura grotesca. Generalmente, parte de un humanismo complejo.

Esto no significa, en absoluto, que su obra caiga en esa imperdonable equidistancia característica de algunas propuestas posteriores surgidas desde distintos ámbitos artísticos. Las cosas están muy claras en ‘36-39: Malos tiempos’, aunque no se comete el error de la simplificación revanchista. Este es uno de los puntos más felices de una crónica que, con un trazo en apariencia simple, configura un retrato muy valioso y acertado de un momento de caos y destrucción.

Todo esto se presenta al lector con ese inconfundible realismo costumbrista de línea clara y gran capacidad expresiva del autor. Las viñetas en blanco y negro proponen una panorámica de lo perdido y de los caídos. Los dibujos intentan con eficacia devolver algo de orgullo a unos individuos rotos y humillados. Hacen frente a la tarea esencial de situar en el debate colectivo la cuestión de la memoria histórica, le pese a quien le pese. Con respecto a eso, este cómic es un dispositivo puntiagudo e inefable de rescate de miradas lastimadas.

El dibujante Carlos Giménez, en pleno trabajo. Imagen cortesía del autor.