Ximo Michavila

#MAKMAArte
‘Ximo Michavila. Centenario (1926-2026)’
Comisariado: Juan Manuel Bonet
Fundación Bancaja
Plaza de Tetuán 23, València
Del 7 de octubre de 2026 al 14 de febrero de 2027

El presidente de la Fundación Bancaja, Rafael Alcón, se refirió a Ximo Michavila, de quien celebra el centenario de su nacimiento con la mayor exposición retrospectiva hasta la fecha, utilizando las propias palabras del artista, pronunciadas en 2002 con motivo de otra muestra en el centro cultural de la entidad bancaria: “Trato de representar, mediante la racionalidad, de forma plástica, mis pensamientos, esa parte tan oscura del alma que todos tenemos”.

Frente a la racionalidad, pues, cierto desgarro existencial; frente al análisis y la geometría, la pasión de quien se sabe habitado por esa parte oscura del alma y necesita, para no caer en el abismo, encontrar vías expresivas que la contengan. Que la contengan en el doble sentido de la expresión: que aparezca en el contenido de la obra y que, precisamente por ello, por ese trabajo de insistente elaboración simbólica, quede contenida para desactivar su bilis negra.

Para que tal amalgama de racionalidad y desgarro pueda ser fructífera, se hace necesario escuchar la energía que proviene del exterior –incluso en su desmesura– poniéndola en diálogo con la que procede de nuestro propio interior, de manera que, abiertos a sus interrogantes, podamos hallar ciertas respuestas, por precarias que sean, al sinsentido de la vida.

Es, de nuevo, el propio Michavila quien nos auxilia con esta otra definición de la experiencia plástica recogida en la nota de prensa: “Pintar es una forma de entender el mundo, porque cuando se pinta se producen continuos descubrimientos”. Es decir, que entender el mundo requiere la premisa de su falta de comprensión previa –entender que el mundo no está hecho a nuestra medida– y que, precisamente por ello, el artista pinta aguardando esos descubrimientos que le permitan, de verdad, entenderlo.

Vista de la exposición ‘Ximo Michavila. Centenario (1926-2026)’, en Fundación Bancaja de València. Foto: Tato Baeza.

Esa búsqueda de continuos descubrimientos es lo que no ha dejado de animar la obra de Ximo Michavila. Animar, de nuevo, en su doble sentido de dotar de movimiento a su pintura, de inyectarle ánimo y energía, y de tratar de inscribir en el interior de la obra esa alma oscura que, pudiendo someter la creación a la parálisis por melancolía, motiva el anhelo de nuevos desvelamientos con el fin de ceñir lo que nos desborda.

Comisariada por Juan Manuel Bonet, en colaboración con la hija del artista, Carmen Michavila, la exposición ‘Ximo Michavila. Centenario (1926-2026)’ recorre sus diferentes etapas creativas a lo largo de seis décadas, para tratar de aproximarnos a su fértil búsqueda de aquello que, siendo ignoto o por serlo, fue el motor de su creatividad.

De ahí que fuera pasando por diversas fases estilísticas y postulados filosóficos: de la figuración inicial (década de los 50) a la geometría y constructivismo (años 60 y 70), pasando por la abstracción paisajística vinculada con la Albufera de València, a finales de los 70, sin olvidarnos de su pasión por la música que, según Bonet, se acrecentó tras escuchar a John Cage en Barcelona a principios de los 90.

Conviene destacar que, tras su primera etapa figurativa, pero “renovadora, de carácter geometrizante”, dirá Bonet, Michavila transitó por una geometría “de sello lírico y emocional”, según el comisario, al igual que por un constructivismo que terminó produciéndole cierta desazón. “Me fascinaba el constructivismo, pero me cansé y llegué a tener una crisis”, señaló el propio artista en aquella muestra de 2002 en Fundación Bancaja.

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Crisis que le llevó a la Albufera para recuperar sensaciones en un paisaje que siempre le cautivó. Como señaló su hija Carmen, el psicólogo al que acudió en plena crisis le dijo: “Pinta como si no hubieras pintado nunca”. Y así fue: la pintó en negro escuchando esa alma oscura que todos llevamos dentro.

Bonet explicó que, en su serie ‘El llac’, Michavila abordó “una etapa impresionista abstracta, que fue la más prolongada de su trayectoria con obras a medio camino entre la figuración y la abstracción”. Es decir, entre el paisaje más reconocible, más amable, más próximo a cierto imaginario feliz de la infancia, y el más misterioso e inquietante por hallarse atravesado de fantasmas interiores.

“Son variaciones cada vez más líricas con ese trasfondo de la Albufera”, apuntó Bonet, para quien esa mirada al humedal valenciano carece de tintes ecologistas, “aunque haya gente que ha llegado a verlo en clave ecologista”. Y añadió: “No es ecologista, en el sentido militante, pero sí es verdad que tenía conciencia del deterioro de la Albufera”. En todo caso, precisó, “no veo obra de denuncia, sino pasión por ese paisaje”.

Vista de la exposición ‘Ximo Michavila. Centenario (1926-2026)’, en Fundación Bancaja de València. Foto: Tato Baeza.

No cabe, por tanto, una mirada estrecha, ideológica, en la pintura de quien precisamente huía de las cómodas adscripciones; a quien la pintura le empujaba más allá de lo trillado para buscar otros territorios más vírgenes. Como resaltó su hija Carmen Michavila, “mi padre experimentó casi todo, era muy creativo, y esa faceta múltiple es lo que queríamos mostrar en esta exposición”.

Exposición que también recoge su pasión por una música igualmente teñida de la oscuridad del alma, del paisaje negro. Siguiendo la sentencia de Eusebio Sempere de que la luz es negra, Michavila trasladó al lienzo determinadas visiones cosmológicas inspiradas en la música de figuras como Kurt Weil, Arnold Schönberg o el citado John Cage, quien, al alimón con el espíritu del propio artista, dijera no entender a la gente que se asusta de las nuevas ideas, “a mí me asustan las viejas”.

Y también Cage, como Michavila, entendía que el propósito del arte era poner orden en el caos para unir el mundo fragmentado. De ahí su fragmentada trayectoria artística, repleta de indagaciones del mundo a través de diversos estilos, unidos todos ellos por el común denominador de su inquebrantable curiosidad por explorar la luz desde la oscuridad. “Llegué por el dolor a la alegría”, que diría el poeta José Hierro.