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‘Vampyr’, de Carl Theodor Dreyer
Reparto: Julian West, Sybille Schmitz, Henriette Gérard, Albert Brass, Jane Mora
Alemania, 1932, 68′
Semana Internacional de Cine (Seminci) de Valladolid
Del 23 al 31 de octubre de 2026
“En el cine es importante que la gente entienda lo que pasa en la pantalla. Y hay que lograr que se entienda a medida que sucede”. Esto declaraba el cineasta Carl Theodor Dreyer en el último tramo de su vida al director y periodista Eric Rohmer. Pues bien, seguramente ninguna película de su filmografía como ‘Vampyr’ se aleje más radicalmente de la afirmación anterior. Todo en esta insólita película de terror y vampiros es desconcertante y desasosegante.
Nada en ‘Vampyr’ encaja en una formalización narrativa convencional o realista, pues el relato no obedece a una lógica causal comprensible, lo que acerca al filme más al mundo de los sueños, la poesía y el surrealismo.
Esta dimensión fue subrayada especialmente por la interpretación de la banda sonora que brindó la Orquesta Sinfónica de Castilla y León durante la proyección especial organizada por la Semana Internacional de Cine (Seminci) de Valladolid en su edición de este año. La orquesta no sólo interpretó la partitura de la obra de Wolfgang Zeller, sino también los sonidos que Dreyer incorporó, y lo hizo remarcando su carácter casi irreal, más propios del sueño que de la vigilia.
El espectador de ‘Vampyr’ debe asistir a la función dispuesto a dejarse seducir por el mundo de sugerencias visuales y sonoras de la película y dejar en un segundo término la comprensión narrativa de lo que ocurre.
Vista desde esta perspectiva, la película de Dreyer podría verse como una película ‘lynchiana’ 40 años antes de que David Lynch comenzara su andadura. El entrecruzamiento entre distintas dimensiones de la realidad está aquí tan presente como en ‘Twin peaks’ o ‘Carretera perdida’.

Si la miramos con estos ojos, debemos admitir que Dreyer nos lo deja muy claro desde el primer cartel del filme, en el que explica que ‘Vampyr’ es la historia de un joven “fantaseador” que “deambula entre las fronteras de lo natural y de lo sobrenatural”. Dos mundos que en el relato parecen coexistir de modo parecido a como las apariencias de realidad y lo desconcertante se mezclan en los sueños.
Visto así, podría pensarse que todo está muy claro y que la primera película sonora de Dreyer –obra de transición que incorpora muchos elementos del cine mudo– sería fácil de ver. La fuga de algunos espectadores en la proyección especial que la Seminci dedicó a la película pone de manifiesto lo contrario. ‘Vampyr’ es una película que fascina y desconcierta.
Una segunda advertencia es necesaria. La obra de Dreyer suele presentarse como una película de vampiros, y, de hecho, la trama que finalmente va desvelando la obra nos habla de una mujer vampiro que ha emponzoñado con el veneno de sus colmillos a una joven convaleciente.
Pero que nadie espere una película de género al uso, pues aquí no encontrará ni la turbia fascinación con el representante del mal, ni las dosis de erotismo, más o menos sugerido, que son habituales en estos filmes, desde el ‘Drácula’ de Tod Browning al ‘Nosferatu’ de Murnau, o toda la saga Hammer.
Aquí tenemos lo que podríamos denominar como una historia de vampiros ‘deconstruida’, con su estaca, sus mordeduras en el cuello, el pavor que inspira el monstruo y el horror de lo incierto. Pero a la vampira protagonista prácticamente sólo la vemos con detalle en el momento en que se le aplica el estacazo mortal para acabar con su existencia.
Todos estos apuntes nos hablan de una película que se mueve en el terreno de lo experimental. Como ‘La pasión de Juana de Arco’, que le precedió, pero de un modo diferente. Si en Juana de Arco Dreyer experimenta con el montaje, sin que esto afecte a la comprensión narrativa, en ‘Vampyr’ dinamita la lógica del relato mostrando los efectos sin sus causas. Todo ello conduce a una intriga que se basa en un constante juego de funambulismo narrativo que resulta muy exigente para el espectador.
Pero, ¿adónde nos conduce todo esto? ¿Es sólo un juego formal en el que algunos espectadores entran y otros no? En sus escritos, Carl Theodor Dreyer nos ofrece una clave relevante para interpretar su obra: “Con ‘Vampyr’ quise crear sobre la pantalla un sueño con los ojos abiertos y demostrar que el terror no se encuentra dentro de las cosas que nos rodean, sino en nuestro mismo subconsciente. Si somos llevados, a causa de un acontecimiento cualquiera, a un estado de agitación, no existen ya límites a las invenciones de nuestra fantasía, ni a la atribución de significados extraños a las cosas reales que nos rodean”.
Es para transmitir esa idea de que el terror está dentro y no fuera por lo que Dreyer hace saltar por los aires la lógica causal. A fin de cuentas, si nos contara por qué ocurre lo que ocurre, como en una película convencional, pensaríamos que ese horror tiene un origen exterior, y no es ése su propósito. Pero ésta es la parte que toca a las explicaciones del director sobre su obra, aunque quizás la experiencia del espectador incorpore otras diferentes.
Más allá del misterio y desconcierto que causa la narración desarticulada de ‘Vampyr’ hay dos elementos que se imponen poderosamente en el relato. El más obvio es la constante presencia de lo fantasmagórico. El otro es su conexión con la dimensión más directamente escatológica de la existencia: una reflexión sobre la muerte y el destino que espera después.

Lo fantasmagórico nos deja algunas imágenes memorables, luego mil veces imitadas, como la de la sombra de un soldado que va al encuentro con el sujeto que la genera, o unos bailes de sombras, y ruedas de giro imparable proyectados sobre una pared blanca. O, sobre todo, la imagen más icónica de la película, el joven Alan Gray, el protagonista, desdoblándose y contemplando su propio entierro y su figura encerrada en un ataúd transparente.
Lo escatológico aparece desde el principio con la presencia de un campesino con una enorme guadaña y rostro desfigurado, en explícita alusión a la iconografía de la muerte. Pero también nos encontramos con una carreta de aires neblinosos, que tanto puede ser la carreta de la novela ‘Drácula’, de Bram Stoker, como la de ‘La carreta fantasma’ del sueco Víctor Sjöström, rodada diez años antes, y que seguramente un danés como Dreyer conocía.
Aunque, sobre todo, esta dimensión de reflexión sobre la muerte se hace visible en algunos de los escasos diálogos de la obra. Leone, la joven infectada por la vampira, no duda en confesar a su ama de llaves en su convalecencia: “Me da miedo morir. Estoy condenada”.

Podríamos decir que lo ‘fantasmático’ sitúa a ‘Vampyr’ en un terreno próximo a lo pagano y a lo esotérico, mientras que la conciencia de la muerte y el qué pasará después lleva a una reflexión más próxima al cristianismo. No hay que olvidar que buena parte de las obras de Dreyer giran en torno a la religión y lo espiritual. A menudo, para criticar sus excesos fanáticos, como en ‘La pasión de Juana de Arco’, que refleja la intolerancia católica, o en ‘Dies Irae’, que muestra la locura criminal protestante de la caza de brujas.
Pero también muestra el lado luminoso de la fe, como en ‘Ordet’, una de las pocas películas de la historia que ha sido capaz de narrar de forma creíble el milagro de una resurrección. Está claro que a Dreyer le ha interesado siempre el mundo del alma y de lo espiritual.
En esta cita, recogida en un documental de Rohmer sobre el cineasta, Dreyer habla de la importancia del rostro en sus películas y pone de manifiesto la relevancia que el cineasta danés da a lo que está más allá de la pura materia: “Lo que me interesa son los rostros, el alma que está detrás de ellos. En los rostros buscamos lo que nos conmueve, lo que nos crea una emoción. Pero, sobre todo, nos interesa el alma”.
En ‘Vampyr’ los rostros hablan también, pero sobre todo para mostrar el horror. Muy significativa es otra de las escenas más poderosas de la película: aquella en la que el médico, un personaje malvado ligado a la vampira, muere sepultado por el grano que cae al silo del molino donde está atrapado. Dreyer lo narra poniendo el foco en el rostro de desconcierto y terror del personaje, sin dejar de mostrar cómo va siendo enterrado.
Pero también en ‘Vampyr’ se hace presente el lado luminoso de la existencia, no únicamente el mundo de las sombras. Con justicia podría decirse que, tras tanto desconcierto, todo termina bien y triunfa la esperanza. La joven mordida se recupera, los malvados logran su merecido y Alan Gray se va con la chica que ama.
‘Vampyr’ es ciertamente una película insólita y de exigente contemplación, pero también una obra de sugestiva belleza visual, que, al renunciar al férreo anclaje de lo narrativo, permite que el espectador pueda volar hacia los terrenos de lo poético y lo onírico. Siempre y cuando esté dispuesto a soltar amarras.
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