Una boda y un funeral | Begoña Siles
‘¡Vivan los novios!’ (1970, producción y estreno en España)
MAKMA ISSUE #04 | Centenario Berlanga
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2021

Dos ceremonias rigen el universo narrativo de ‘¡Vivan los novios!’: una boda y un funeral. La boda de Leonardo Pozas, Leo, un trabajador de la banca, “un alma de Dios”, “un infeliz” hombre de Burgos, como lo describe su cuñado, con Dolores, Loli, “poquita cosa” para los ojos de la madre del novio, pero dueña de una tienda, ‘Dolores´s souvenirs’, y de cuatro apartamentos en Sitges, como le aclara Leo a su madre.

Y el funeral de la madre del novio, Doña Trinidad Navarro, o, más correctamente, viuda de Pozas, tal como precisa el apoderado del banco Pedro Calonge al redactar la esquela. Un guiño que, podemos pensar, remite a la consideración que Luis García Berlanga tenía de las mujeres como seres “indestructibles que siempre sobreviven a los hombres”, tal y como comenta el propio director en ‘Berlanga. Contra el poder y la gloria’, de Antonio Gómez Rufo.

En ‘¡Vivan los novios!’, la muerte de la madre de Leo rodea funestamente a la pareja. Una idea que Jano, el ilustrador del cartel de promoción de la película, reflejó magníficamente con esa corona mortuoria que acordona a los novios y en cuya cinta está inscrito el siguiente recordatorio: “R.I.P. A la pobre mamá”, dejando en evidencia no solo lo paradójico del título, sino también el dislate de la trama.

Centenario Berlanga
Portada de MAKMA ISSUE #04 | Centenario Berlanga. Diseño: Cruz más Cruz. Cartel: Cruz Novillo.

En esta primera película en color de Berlanga, el ángel negro de la muerte oscurece el estallido blanco de la ceremonia nupcial. El erotismo y el amor, es decir, la “llama doble de la vida” de Octavio Paz, que connota la exclamación del título, ‘¡Vivan los novios!’, no se festejarán durante el casamiento en esta película. Y podríamos pensar que tiene cierto sentido. La boda se está celebrando, mientras el cadáver de la madre de Leo yace en la bañera conservado en hielo, como objeto de desecho, por lo menos para la novia y su familia. Tampoco nos debería extrañar.

Recapitulemos.

En el cine de Berlanga no se celebra ni esta boda, ni otras, pese a ser un cine descrito, por el propio director, como “festivo, pirotécnico y fallero”. Unos rasgos que se manifiestan tanto a nivel estético, con esos planos secuencia, corales y carnavalescos, como a nivel narrativo, con una trama donde es raro que no haya un acontecimiento festivo, un banquete, marinado con paella y pasodoble.

Por ello, resulta paradójico que las cuatro nupcias representadas en la obra del cineasta, en concreto en las películas ‘Esa pareja feliz’ (codirigida con Juan Antonio Bardem), ‘Plácido’, ‘El Verdugo’ y ‘¡Vivan los novios!’, respectivamente, los banquetes nupciales estén omitidos a nivel visual por la enunciación. En cambio, no es contradictorio que el acto religioso esté narrado con un tono esperpéntico y en clave de humor negro, propios del estilo narrativo del cineasta.

Nada casa en los matrimonios berlanguianos. Es más, desvelan la discordia entre los sexos. Las desavenencias entre los intereses y deseos masculinos y femeninos, con respecto al matrimonio u otros asuntos, forman parte de la estructura dramática llamada “arco berlanguiano”.

El mismo director –en el discurso doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia, en 1997– describe esta peculiar estructura dramática como la imposibilidad que tiene el protagonista para “llevar su proyecto de futuro, alcanzar el bienestar deseado y la libertad personal anhelada”, ya que la sociedad –continúa explicando– “le tiende sinuosamente trampas que convierte sus historias en crónicas de un fracaso”. De este modo, para el personaje masculino, el casamiento es una de esas trampas que aboca su vida hacia una patética existencia; y, frente a él, un personaje femenino que desea casarse, formar una familia, ser madre y esposa.

Boda. ¡Vivan los novios!
Cartel de ‘¡Vivan los novios!’ realizado por Gema Amador Verdú para el proyecto ‘Berlanga Ilustrado‘.

En ‘¡Vivan los novios!’, tenemos a un novio que quiere posponer la boda hasta enterrar a su madre: “Primero enterrarla. Aplazamos la boda una semana, un mes…”. Y, en cambio, una novia que no está dispuesta: “Y yo esperando el anillo de luto, sin ilusiones, sin nada”. Será la voluntad de Loli la que arrastre a Leo al altar, tal y como el propio personaje gimotea ante su jefe, el apoderado del banco: “Mire. ¿Comprende? ¿Comprende por qué no quería que trajese usted la tarta? ¡Está muerta desde anoche y ellos la han dejado aquí con hielos y me han casado, me han hecho ir al banquete y hasta bailar!”.

Una secuencia que termina con la recriminación de Loli, ya su mujer: “¡Por tu culpa, canalla, sinvergüenza! Dejó a su madre sólo para irse a pendonear. Que se entere todo el mundo”, a la vez que le lanza enfurecida el trozo de tarta nupcial, que se estampa en el rostro yacente de la madre.

Esta escena de un agudo humor negro y sarcasmo es, para el director, “el ataque más feroz a la institución matrimonial y a la familia”, según declaró en la entrevista del Berlanga Film Museum. Una declaración que deja entrever cómo cierto deseo subversivo del director hacia el matrimonio y la familia atraviesa el relato de ‘¡Vivan los novios!’. Este deseo subversivo del autor orienta la boda hacia el infortunio, desde el inicio del relato; y, por tanto, el fallecimiento de la madre es el clímax para el descalabro definitivo del casamiento.

En ‘¡Vivan los novios!’, todos los gestos rituales que adornan la boda son diluidos. Las costumbres y tradiciones previas a la ceremonia nupcial son perturbadas por cierta exhibición grotesca y monetaria.

De este modo, el vestido de la novia se exhibe en la tienda de souvenirs: el regalo de la novia, unos pendientes familiares, pierde todo el valor simbólico para adquirir un valor de cambio –“¡70.000 pesetas, dicho por el tasador!”, apostilla el novio–; y, por último, el novio, la víspera de la boda, después de estar toda la noche pendoneando –esto es, andando sin provecho alguno de un sitio para otro entre turistas, sin poder, ni saber ubicar, metafóricamente, el pendón en ninguna parte–, decide penetrar patéticamente en la habitación de la novia.

La inigualable mirada irónica de Luis García Berlanga vacía de sentido simbólico la ceremonia. Será la exclamación “¡It is funny!”, pronunciada por uno de esos fantasmagóricos y ambulantes turistas, en el momento en que los novios con los invitados están haciéndose la foto a la salida de la iglesia, la que exprese con precisión la extravagancia artificial y anacrónica de la boda. De este modo, los turistas tienen la función dramática de ser el contrapunto entre “la España medieval y la Europa moderna”, como explica el cineasta en el libro de ‘El último austrohúngaro. Conversaciones con Berlanga’, de Manuel Hidalgo y Juan Hernández Les.

Frente a la España de ritos en blanco y negro, la Europa liberada y en color. Ahora bien, la narrativa de Luis García Berlanga no se deja atrapar en una dualidad estereotipada; es más compleja y sutil. Por ello, el director muestra que en esa Europa sin los corsés de la tradición habita un cierto desencanto. Un desencanto reflejado en esa pareja de turistas que se suicida y cuyos cuerpos están en el depósito de cadáveres junto al de la madre de Leo. El propio director reconoce, en las conversaciones con Hidalgo y Hernández Les, que “quería miserabilizar a los turistas (…), a la extranjera, que se supone que es la liberada y la progre”.

A modo de colofón, el filósofo Byung-Chul Han, en su último libro ‘La desaparición de los rituales’, argumenta que los ritos son “acciones simbólicas. Transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad (…), hace que la vida resulte festiva y no una mera supervivencia (…). Donde no se celebran rituales, como dispositivos protectores, la vida está totalmente desprotegida”.

En ‘¡Vivan los novios!’, al igual que en otras películas del director, se podría decir que, a pesar de su mirada irónica y esperpéntica hacia el rito matrimonial, hay un intento desesperado de velar por una idea de comunidad como protectora ante el desamparo de la vida. Por eso los individuos que la conforman, a la vez que miserables, son entrañables; las fiestas, las tradiciones y las costumbres, aunque se diluyan, no desaparecen.

Este artículo fue publicado en MAKMA ISSUE #04 | Centenario Berlanga (junio de 2021).

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