La seducción del cartel

Mensajes desde la pared. Carteles en la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao (1886-1975)
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 18 de enero, 2016

El Museo de Bellas Artes de Bilbao inaugura una muestra con más de doscientos carteles de fondo propio. Son carteles comerciales, turísticos, taurinos, de cultura y entretenimiento, de ferias y congresos, deportivos y políticos. Abarcan un período de casi cien años (de 1886 a 1975) y reúne a autores de la talla de Picasso, Dalí, Miró o Chillida. Pueden verse por ejemplo los famosos carteles que el fotógrafo Richard Avedon creó para The Beatles, el de Milton Glaser para Bob Dylan, los de Saul Bass para varias películas de Otto Preminger, o el de Dorotea Fischer-Nosbish para el de Billy Wilder protagonizada por Marilyn Monroe, La tentación vive arriba.

Cartel de Bob Dylan, por Saul Bass. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Cartel de Bob Dylan, por Milton Glaser. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

El cartel moderno, como todo acto publicitario, entra en el orden (o desorden) de la seducción. Visitar un lugar turístico, comprar una marca, acudir a un espectáculo o difundir una idea política, se convierten en objetos de seducción, y por supuesto en producto. Algo que hay que consumir. El consumismo es el objetivo final. Y la seducción, el medio.

Uno de los carteles de la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

El cartel arranca a mediados del siglo XIX como uno de los nuevos lenguajes del liberalismo económico, es decir, de la burguesía. La burguesía, excluida de todo protagonismo en los gobiernos feudales y absolutistas, se reivindica cuando estos se derrumban proclamando la autoridad del individuo como auténtico eje social. Aunque también para convertirlo en el perfecto consumista, en el eterno comprador que mantendrá el nuevo orden basado en esa consideración de que absolutamente todo puede ser considerado producto, incluido por supuesto el propio consumidor.

Cartel de John Lennon en la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Cartel de John Lennon en la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

También las litografías de contenido político que pueden verse en esta exposición, demuestran cómo el aparato propagandístico se unió a esa corriente liberal desde la convicción o la necesidad de considerar la idea política también un producto que había que difundir, a través de la cual había que persuadir, seducir, para satisfacer los propios intereses de cada partido.

Cartel de la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Cartel de la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Una situación no muy distinta de la actual, donde la relación (individual o colectiva, pública o privada) se basa en el intercambio, el servicio, la funcionalidad, el uso y la persuasión. Una muestra de este gran escenario propagandístico, de este enorme trabajo persuasivo y seductor, son estas litografías donde la creatividad de los autores se mantiene en perfecto equilibrio con lo que, no lo olvidemos, debe anunciar. Que para eso están.

Cartel de Marilyn de la película La tentación vive arriba en la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Cartel de Marilyn de la película La tentación vive arriba en la exposición Mensajes desde la pared. Cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Las esculturas inacabadas de William Tucker

Tucker: masa y figura
Museo de Bellas Artes de Bilbao
C / Museo Plaza, 2. Bilbao
Hasta el 14 de septiembre, 2015

El Museo de Bellas Artes de Bilbao acoge una amplia selección de voluminosas obras de la etapa más figurativa del escultor anglo-americano William Tucker, uno de los pioneros del movimiento minimal europeo en los años 70. Bajo el título Tucker: masa y figura, la primera exposición que protagoniza en España, presenta 48 piezas, 24 esculturas de tamaño grande y medio y 24 maquetas previas de las mismas, y 57 dibujos, en una retrospectiva que abarca sus últimos 30 años de carrera escultórica, en los que dio un giro de 180 grados a su obras, según informa Efe.

William Tucker en su exposición 'Tucker: masa y figura'. Imagen del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

William Tucker en su exposición ‘Tucker: masa y figura’. Imagen del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Tucker, según explicó el comisario de la muestra, Kosme Barañano, dejó el minimalismo a mediados de los años 80, tras trasladarse a vivir y trabajar a EEUU. En esa época dejó de hacer piezas de carácter conceptual y frío y comenzó a interesarse por la escultura de grandes volúmenes que podía modelar y realizar, en yeso o bronce, con sus propias manos, al estilo del francés Auguste Rodin.

El artista, presente en la inauguración, reconoció que lo que le interesa de Rodin es que el escultor francés, contemporáneo de los pintores impresionistas, “era un artesano, que sabía cómo hacer sus propias esculturas”. “No era como la gente actual que tiene una idea y le pide a alguien que se la haga”, indicó, al tiempo que reconoció que le gusta dejar inacabadas sus obras a propósito para que el espectador tenga que cavilar y pensar qué es lo que ha querido plasmar en sus voluminosas piezas.

Escultura de la exposición 'Tucker: masa y figura', en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Imagen del video de Efe.

Escultura de la exposición ‘Tucker: masa y figura’, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Imagen del video de Efe.

“Son obras -explicó Barañano- que nos hacen trabajar para ver qué hay detrás de la presencia del bronce o del yeso. Las figuras, cabezas y manos que plasma en sus obras se ven cuando damos una vuelta a las esculturas”. Barañano puso como ejemplo de ello la pieza en yeso titulada Odalisque (2008), que vista desde un ángulo se asemeja a una masa informe en forma de uve pero que, contemplada desde otro, se revela como el torso, sin cabeza ni pies, de una mujer sentada con las piernas en alto.

Respecto a los dibujos a carboncillo que acompañan y en muchos casos explican las esculturas, Barañano comentó que también el lugar y la distancia desde la que se observen influye en lo que el público ve reflejado. “Al alejarse -matizó-, uno puede ver manos, torsos y cabezas, pero al acercarse al dibujo, sólo contempla una serie de líneas abstractas, aparentemente sin sentido”.

Tucker: masa y figura, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Imagen del video de la agencia EFE.

Tucker: masa y figura, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Imagen del video de Efe.

Equipo Crónica, grandes carteles, ¿buenas obras?

Equipo Crónica
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 18 de mayo, 2015

Cuando soñamos pasa una cosa curiosa: estamos convencidos de que todo lo que sucede es de verdad. La lógica onírica es tan convincente que lo que vivimos en el sueño nos parece real. Y nos lo parece porque en el sueño es real.

Con el arte pasa lo mismo. Cuando una obra es capaz de atraernos a su espacio narrativo y dejarnos atrapados en él haciéndonos olvidar toda realidad que queda fuera, construye de pronto a través de la ficción otra realidad y otra verdad que reconocemos de manera inesperada como parte de nosotros mismos. Esa es su magia y su poderoso atractivo.

El intruso, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

El intruso, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Suele pasar lo contrario cuando va cargada con el lastre de intenciones políticas, sociales, filosóficas o satíricas. Como estas ideas funcionan en la realidad efectiva de las cosas, nos empujan fuera de la ficción creándonos un conflicto de posicionamiento: no sabemos a qué atenernos, si a la realidad sobre la que nos obligan a pensar, o al disfrute estético.

El valor político o filosófico que una obra pueda tener es algo que debe venir luego, cuando se piensa sobre ella. Pero si esas ideas forman parte de la obra tienen que quedar dentro de la lógica narrativa como partes de la ficción. De no ser así, acaba resultándonos falsa, o simplemente no nos convence.

Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Heartfield-El Lissitzsky, dos frentes, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

En 1964 los artistas valencianos Rafael Solbes (1940-1981), Manuel Valdés (1942) y Joan Antoni Toledo (1940-1995), forman Equipo Crónica, activo hasta 1981. El Museo de Bellas Artes de Bilbao le dedica, patrocinado por BBK Fundazioa, una exposición retrospectiva con 146 obras que resumen su trayectoria a través de pinturas, dibujos, carteles, y esculturas y grabados en serie. Incluye también documentos del movimiento Estampa Popular de Valencia, en el que los tres artistas participaron antes de crear Equipo Crónica. El caso es que estos artistas entendieron que su actividad tenía que quedar expresamente ligada a una referencia externa, en su caso a la situación política española que va desde la última década de la época franquista hasta el cambio de poderes en el Estado (de un régimen totalitario… a una oligarquía de partidos).

Juegos peligrosos, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes Bilbao.

Juegos peligrosos, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes Bilbao.

Al tener como propósito la crítica de la situación sociopolítica de ese momento y usar lo artístico como excusa para satirizarla, nos pasa que cuando estamos delante de estas obras no sabemos si pensar sobre la crítica que representan o disfrutar de lo artístico que pueda haber en ellas. El resultado es que no conseguimos ni lo uno ni lo otro. La obra ha quedado abortada de tal manera que muere presa de su propio conflicto.

Por otra parte, desnudado del contexto histórico al que pertenece, su trabajo nos deja el regusto amargo que suelen dejar las cosas que se han hecho con retales de otras sin aportar nada original. Nos parecen buenos carteles, pero no grandes obras. Influido por el pop y la renovación figurativa de los 60, Equipo Crónica usa como medio plástico impresiones gráficas con colores planos, y toma como excusa lo artístico para articular su trabajo crítico-satírico a través de imágenes tomadas de los medios de comunicación y de referencias icónicas de la historia y el arte.

A un lado y otro de la cuerda, de la Serie Negra, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

A un lado y otro de la cuerda, de la Serie Negra, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

El haiku en piedra de Cristina Iglesias

Cristina Iglesias
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 13 de abril, 2015

La apariencia de esta obra, su forma, es la del tejadillo de una tienda cualquiera, un lugar público, corriente, que pasa totalmente desapercibido. Pero cuando uno se fija en ella y se acerca, descubre la filigrana oculta de una piedra semipreciosa sumergida en una luz apagada, translúcida, abstraída en su mundo cromático interno.

Este juego que las vetas del alabastro hacen con la luz que le llega indirectamente desde arriba, hacen que el objeto, que es una piedra, se convierta en un cristal. Combina las propiedades luminosas del vidrio con la textura natural de la piedra, cobrando así matices refinados. Seguramente sería por esta sutil belleza secreta por la que en el pasado tallaran con ella objetos sagrados y funerarios.

Detalle de la obra de Cristina Iglesias expuesta en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Cortesía del museo bilbaíno.

Detalle de la obra de Cristina Iglesias expuesta en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Como un haiku japonés, su discreta sencillez transforma de un modo recogido y femenino el lugar de la sala donde se ubica, al fondo de un corredor que las térreas esculturas de Basterretxea proponen abruptamente como bosque.

Y sin embargo, no por femenino menos escabroso y rotundo. La voluptuosidad de la piedra no oculta la delicada belleza del cristal, su relieve.

“Siempre me ha atraído -dice la autora- la geografía de los objetos, los pequeños detalles que hacen de la orografía un mapa nuevo, un descubrimiento que se observa más con los ojos del alma que con los del cuerpo”.

Obra de Cristina Iglesias en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Cristina Iglesias en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Tiepolo y sus retratos de fantasía

Giandomenico Tiepolo
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 20 de abril, 2015

¿Pueden convivir las obras de arte sean de la época que sean? ¿El mural más reciente de Banksy o la última ilustración de Pawel Kuczynski por ejemplo con un grabado de Goya? Las afinidades y divergencias entre las obras podrían tener que ver, más que con el tiempo, con la manera de ver el mundo de los artistas. Miró puede ser más afín a un artista pictográfico de hace doce mil años que a cualquier expresionista de su época.

Los que se interesan sólo por lo último de lo último, o los que consideran que arte es sólo lo que hicieron los clásicos, o sea, que murió antes del impresionismo, creen en la idea de la evolución (o involución) del arte. Pero puede ser que no tenga nada que ver con eso. Que las obras simplemente coexistan.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Al fin y al cabo, la evolución es una idea que afirma la existencia de un punto fijo desde el cual arranca todo el proceso. Pero el caso es que aquí no hay ningún punto fijo, ningún centro sobre el que gire nada. Por tanto, no hay proceso lineal. Parece más bien que en el arte el punto es móvil y se desplaza con cada obra que se crea. Como si no pudiera parar quieto. Los estilos se suceden recogiendo elementos de los otros estilos, modificándose y envolviéndose continuamente. Es como un ADN en el que todo está en todo.

Por esas afinidades y divergencias, el tiempo, en el arte, se esfuma, y en su lugar aparece la simple comunicación entre las obras, que parecen hacerse confidencias, como invitados en una fiesta con ganas de conocerse, o que discuten y, al hacerlo, se revelan sus tensiones íntimas, como en una cena de navidad −aquello que más les preocupa o que precisamente mejor (o más dolorosamente) las define.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Bingyi, por ejemplo, con su pandemonium de luces y sombras, tendría mucho de qué hablar con Turner, pero también, por contraste, con su actual coetánea He Zhihong. Los poéticos paisajes de esta, a su vez, convivirían perfectamente con los de Constable, Friedrich o incluso Cézanne, pero se destacarían sobre todo si se encontraran con los de Van Gogh. O en fin, si los retratos en lejía de Barceló tuvieran delante los de Giandomenico Tiepolo que el Museo de Bellas Artes de Bilbao acaba de presentar en su nueva exposición, en colaboración con BancaMarch y Consulnor.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Cortesía de Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de Giandomenico Tiepolo. Cortesía de Museo de Bellas Artes de Bilbao.

No son retratos de personas concretas, sino de fantasía, es decir, son inventados. Y lo que Tiepolo ha inventado son tipos genéricos –tres hombres maduros con toque oriental y ocho mujeres jóvenes pintados con un estilo que recuerda a Rembrandt-. Están fechados alrededor de 1768 cuando aprovechó su estancia en Madrid, a donde había ido con su padre y su hermano para pintar al fresco varios techos del Palacio Real.

Al no representar a nadie en concreto, este artista se decide por pintar tipos, como si dijéramos a la manera de Jung, es decir, arquetipos. Su preferencia son los filósofos de la antigüedad, en cuanto a los hombres, y su ideal de belleza femenina en el caso de las mujeres (inocencia, austeridad, personalidad, decisión, bondad). Temas estos que, por sí solos, abren un sin fin de interrogantes.

Completa la exposición doce aguafuertes cedidas por la Biblioteca Nacional de España.

Retrato de mujer de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Retrato de mujer de Giandomenico Tiepolo. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Hiperrealismo: imágenes en alta definición

Hiperrealismo 1967-2013
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 19 de enero de 2015

La muestra comienza con los fundadores del fotorrealismo norteamericano de los años 60 y 70, cuando la abstracción dominaba el horizonte artístico (cumpliéndose así una vez más ese movimiento pendular que parece inevitable entre los opuestos): John Baeder, Robert Bechtle, Chuck Close, Don Eddy, Ralph Goings, Richard Estes, John Kacere, Ron Kleemann o John Salt, para continuar con su internacionalización en las siguientes generaciones hasta la actualidad: Anthony Brunelli, Davis Cone, Robert Gniewek, Gus Heinze, Don Jacot, Ben Johnson, Yigal Ozeri, Raphaella Spence o Bernardo Torrens, entre otros.

Los primeros comparten con ese otro estilo característico de la década, el arte pop, el gusto por los motivos triviales y cotidianos: coches y motos relucientes, letreros luminosos, gasolineras, escaparates, el colorido artificial de los bares de carretera… Suelen ser primeros planos, con ese efecto borroso tan propio de la escasa profundidad de campo de las fotografías que utilizan como modelo.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque estos pintores utilizan la fotografía como instrumento para la pintura, con técnicas como la proyección de diapositivas o el sistema de mallas. El proceso que siguen es el de captar la realidad mediante la fotografía para luego copiarla en el lienzo hasta en sus mínimos detalles. Pintan con pistola a través de mallas copiando la foto celda por celda, o, si utilizan pincel, raspan la pintura para quitar su huella, para no dejar ninguna textura, ninguna materia, buscando que el cuadro se limite a reproducir el efecto de la pura ilusión fotográfica. De esta manera, el aumento del realismo (hiperrealismo) es en este caso la operación que surge de esta doble manipulación de la realidad, la cual queda como bajo un efecto de postal.

Está claro que es la realidad de los objetos, no del sujeto, lo que les interesa. Tal como les llega la imagen, la devuelven aumentada. En esa devolución, en esa copia, apenas van restos de subjetividad, ningún poso ni rastro alguno de la impresión o movimiento íntimo que ha podido suscitar en ellos. Es la realidad puramente visual, la imagen como pura imagen lo que les atrae de tal manera que cualquier filtración que no sea puro dato objetivo, queda eclipsado. Aquello que no sea imagen veraz, perfectamente reconocible, cualquier interferencia del sujeto, queda excluida.

Obra de Neffson en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Neffson en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Al no haber respuesta del artista, ningún rastro de él en el cuadro a excepción de su extrema habilidad, se puede decir que este estilo es unidireccional, un viaje pictórico de sentido único.

Pero el caso es que si una obra de arte vive realmente es por la respuesta que el artista (y el espectador) dan a la realidad que les llega, y su valor está en proporción a la cantidad de interrogantes que suscita esa realidad. En el caso hiperrealista, la carencia de ida y venida, de viaje de doble sentido, es un deseo, una meta, que se consigue implacablemente.

Obra de John Kacere en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Kacere en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Llama la atención este delirio por la perfección, por la reproducción exacta, el énfasis en la precisión extrema y la minuciosidad. Hiperdefinición, exactitud, perfección, minuciosidad, son palabras extremas. Y por el hecho de serlas vienen de rebote las opuestas: vaguedad, imprecisión, improvisación, fantasía, imperfección… Parece como si lo humano fuera aquí tabú. Delirio de perfección, es decir, intolerancia del error, de la contradicción, de la sorpresa. El hiperrealismo tiene esta faceta de máquina. El hecho de querer que no exista el fallo, es decir que no haya intrusión de lo subjetivo, remarca este rasgo de reproducción androide.

La condición para este estilo es el virtuosismo, el dominio absoluto de la técnica. La obra no debe quedar fuera del control del autor. De esta manera se ejerce sobre ella absoluto poder, tanto que la obra queda amordazada, fija, tan exacta en su perfección como fría y cerrada. Todo ese virtuosismo, ese despliegue descomunal de talento y técnica, toda esa elocuencia, no evitan sin embargo que la pintura sea muda. Y es que hay que tener claro que lo que se pinta así no ha sido hecho para que el espectador vierta en la obra aquello que pueda completarla. Este sólo puede verla y dejarse asombrar por ella. Es perfecta, y su perfección es la conquista de su autor, como Pigmalión.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Pero la idea de una imagen hiperdefinida, acabada, perfectamente reconocible, es la utopía del gusto imitativo, que al no tener en cuenta la naturaleza fugaz de la imagen, su movimiento transitorio, comete el error de sobrevalorar una realidad que es sólo un estado entre otros muchos de la cosa representada. Por mucho que el hiperrealista se empeñe en lo contrario, las cosas siempre serán más y de otra manera que como las vemos o las pensamos.

En nuestro deseo de realismo para poder movernos con seguridad por el mundo, solemos tomar la idea por la cosa en una placentera ilusión de reconocimiento e inteligibilidad. Dicho con otras palabras, se suele caer en esta idealización de la imagen, de la apariencia, tomándola por lo real porque nos permite hacernos la ilusión de entender la realidad, el mundo que nos rodea y a nosotros mismos.

Obra de Raphaella Spence en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Raphaella Spence en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Nos da un placer de complacencia narcisista. El pintor que se complace en el hiperrealismo de la representación goza de sí mismo a través del cuadro. Igual que el espectador que se complace en reconocerlo, en entenderlo. La obra se convierte así en pretexto para ese tipo de narcisismo que la inspira, pues se admira la habilidad del artista, su goce, y no el valor en sí mismo de la obra, es decir, en lo que esta tiene de disparadora de contenidos del sujeto.

Lo mismo pasa con el espectador que se complace en esta relación de espejos; lo que espera del arte es lo que espera de una cámara fotográfica en su gesto objetivador: que se ajuste al orden racional de las cosas, ese orden programado para que no falle el entendimiento con la imagen. Por eso el espectador ve satisfecha en la obra que reconoce y entiende, su propia complacencia. Es así que quiera verse por encima de la obra y hacerse dueño de ella. Quizá sea por esto tan del gusto de la mayoría y esté vigente siempre en el modo de mirar (y enjuiciar) la obra artística.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque a fin de cuentas parece que el arte va a padecer siempre esta confusión, la del enfrentamiento entre dos puntos de vista paralelos, condenados a no encontrarse nunca: por un lado, el artista-espectador que se mueve en la lógica de lo que es reconocible y entendible, y por otro el que, sintiendo la experiencia de otra lógica que quiebra todo lo conocido, no puede evitar moverse a tientas en ese vasto espacio de incertidumbre.

Obra de Don Eddy en la exposición sobre el Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Eddy en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Video de Néstor Navarro sobre la exposición:

Hiperrealismo Bellas Artes de Bilbao from Makma on Vimeo.

 

Néstor Basterretxea fallece muy a su pesar

Fallece Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924 – Hondarribia, 2014)
Escultor, pintor y cineasta vasco

Néstor Basterretxea Arzadun, escultor, pintor y director de cine, falleció el pasado sábado 12 de julio en su casa de Hondarribia (Gipuzkoa), a los 90 años de edad. Basterretxea nació en Bermeo (Bizkaia) y en 1936 se exilió junto con su familia, primero a Casablanca y luego a Argentina, según recoge Europa Press tras la noticia de su fallecimiento. En 1952 regresó a España y ganó el concurso para la realización de las pinturas murales de la cripta de la basílica de Arantzazu, en Oñate. Allí entró en contacto con el escultor Jorge Oteiza.

A finales de la década de los cincuenta formó parte de los grupos de vanguardia más importantes del campo creativo español: el Equipo 57 y el grupo Gaur, con Oteiza, Chillida, Mendiburu, Ruiz Balerdi, Amable Arias o Sistiaga, entre otros. A partir de 1963, y durante diez años, desarrolló su trabajo en el campo del diseño industrial, sobre todo en la decoración de hoteles y diseño de muebles. También practicó la fotografía experimental e hizo una exposición en Bilbao en 1969.

Una de las obras escultóricas de Néstor Basterretxea.

Una de las obras escultóricas de Néstor Basterretxea.

En 1982, una escultura suya, que representaba un árbol de siete ramas, resultó ganadora en el concurso de ideas, convocado por el Parlamento vasco, para presidir el hemiciclo. En septiembre de 1987 realizó su primera exposición individual en Madrid, en el Museo Español de Arte Contemporáneo. La antología, que constaba de 140 piezas, entre esculturas, pinturas, dibujos y collages, recogía distintas épocas de su actividad.

En 1988 se inauguró su obra Paloma por la Paz, de siete metros de alta por nueve de ancha, que se instaló en el paseo de Zurriola de San Sebastián, cerca del estadio de Anoeta. Otra obra suya, Monumento al pastor vasco, se encuentra instalada en la localidad de Reno, en el estado norteamericano de Atlanta. Además de la escultura y la pintura, también ha realizado cine, con cortometrajes como Operación H (1963), Pelotari (1964), y Alquézar, retablo de pasión (1965), y el largometraje Ama Lur – Tierra Madre (1966), además de varios documentales.

En Valencia, la galería Alba Cabrera fue quien se encargó de difundir su obra con dos singulares exposiciones. Su responsable, Graciela Devincenzi, lo recuerda como un artista «de una gran honestidad», al que la muerte le incomodaba «por absurda, debido a las muchas cosas que todavía le quedaban por hacer», según recuerda la galerista, que sentía un «profundo afecto» por el escultor vasco.

En MAKMA le dedicamos un artículo con motivo de su exposición antológica en el Museo de Bellas Artes de Bilbao el pasado año. Ésta es la reseña publicada acerca de su obra y su persona, que volvemos a editar a modo de homenaje.

Obra de Néstor Basterretxea, escultor vasco recientemente fallecido.

Obra de Néstor Basterretxea, escultor vasco recientemente fallecido.

Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924) tiene los pies en el suelo, pero la cabeza siempre en otros sitios. Siendo nacionalista vasco, proyecta sus casi 90 años tan lejos como le da su fértil imaginación cosmopolita. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, pertenecer a una tierra no es un obstáculo, sino el punto desde el que partir hacia otros lugares. De hecho, su serie sobre Cosmogonía Vasca bien pudiera ser el lugar común de los mitos que otros pueblos abrazan. Formas particulares para transmitir sentimientos universales.

De ahí lo apropiado del título de la exposición antológica que le dedica el Museo de Bellas Artes de Bilbao: Néstor Basterretxea. Forma y Universo. Se trata de la retrospectiva más completa celebrada hasta la fecha de la obra del pintor y escultor vasco. Bueno, pintor, escultor y muchas cosas más, como lo demuestra la propia antológica, que repasa 60 años de trayectoria dividida en apartados que vienen a dar testimonio de la inquietud del artista.

De su interés temprano por la arquitectura y el urbanismo, pasamos a la pintura, el diseño industrial, los fotomontajes, su Serie Cosmogónica vasca y sus correlativas esculturas policromadas sobre culturas precolombinas. Además de los carteles, obra gráfica, volumetrías e incluso el cine. No había disciplina artística en la que Basterretxea no picara, atraído por las posibilidades creativas que cada medio rendía a su fértil imaginación. Cada apartado por separado hunde sus raíces en la capacidad expresiva del artista para sembrar en terrenos dispares. Terrenos que, sin embargo, acaban unidos por la línea de puntos del mapa universal que Basterretxea crea a partir de esa línea quebrada que él descubrió investigando sobre el plano.

Más de 200 piezas dan fe de esa forma singular de tratar la línea, hasta convertirla en trasunto universal. El Museo de Bellas Artes de Bilbao, al que Basterretxea ha donado ya un buen puñado de obras fruto de su vinculación emocional con el museo, despliega en una de sus salas ese universo del artista vasco, propiciando que se vea en un solo plano la multitud de formas que adopta su plástica imaginación.

Sorprendentes sus esculturas mitológicas, al igual que sus volumetrías, con esa Atlántida proyectada como museo de las ciencias para la central nuclear de Lemoiz. En esta línea, sorprenden igualmente sus fotomontajes: esculturas ubicadas en contextos imaginarios (ruinas románticas, jardines barrocos o selvas amazónicas). Y es que Basterretxea, con los pies siempre en tierra vasca, no ha parado de imaginarse otros mundos distantes que, siguiendo al poeta francés Paul Éluard, se hallaban en cualquier caso dentro del suyo. Un artista, pues, de las raíces al tallo.

El escultor vasco Néstor Basterretxea, en una imagen de rtve.es.

El escultor vasco Néstor Basterretxea, en una imagen de rtve.es.

Salva Torres

Basterretxea, de la raíz al tallo

Museo de Bellas Artes

Néstor Basterretxea

Bilbao

C/ Museo Plaza, 2

Hasta el 19 de mayo

Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924) tiene los pies en el suelo, pero la cabeza siempre en otros sitios. Siendo nacionalista vasco, proyecta sus casi 90 años tan lejos como le da su fértil imaginación cosmopolita. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, pertenecer a una tierra no es un obstáculo, sino el punto desde el que partir hacia otros lugares. De hecho, su serie sobre Cosmogonía Vasca bien pudiera ser el lugar común de los mitos que otros pueblos abrazan. Formas particulares para transmitir sentimientos universales.

De ahí lo apropiado del título de la exposición antológica que le dedica el Museo de Bellas Artes de Bilbao: Néstor Basterretxea. Forma y Universo. Se trata de la retrospectiva más completa celebrada hasta la fecha de la obra del pintor y escultor vasco. Bueno, pintor, escultor y muchas cosas más, como lo demuestra la propia antológica, que repasa 60 años de trayectoria dividida en apartados que vienen a dar testimonio de la inquietud del artista.

De su interés temprano por la arquitectura y el urbanismo, pasamos a la pintura, el diseño industrial, los fotomontajes, su Serie Cosmogónica vasca y sus correlativas esculturas policromadas sobre culturas precolombinas. Además de los carteles, obra gráfica, volumetrías e incluso el cine. No había disciplina artística en la que Basterretxea no picara, atraído por las posibilidades creativas que cada medio rendía a su fértil imaginación. Cada apartado por separado hunde sus raíces en la capacidad expresiva del artista para sembrar en terrenos dispares. Terrenos que, sin embargo, acaban unidos por la línea de puntos del mapa universal que Basterretxea crea a partir de esa línea quebrada que él descubrió investigando sobre el plano.

Más de 200 piezas dan fe de esa forma singular de tratar la línea, hasta convertirla en trasunto universal. El Museo de Bellas Artes de Bilbao, al que Basterretxea ha donado ya un buen puñado de obras fruto de su vinculación emocional con el museo, despliega en una de sus salas ese universo del artista vasco, propiciando que se vea en un solo plano la multitud de formas que adopta su plástica imaginación.

Sorprendentes sus esculturas mitológicas, al igual que sus volumetrías, con esa Atlántida proyectada como museo de las ciencias para la central nuclear de Lemoiz. En esta línea, sorprenden igualmente sus fotomontajes: esculturas ubicadas en contextos imaginarios (ruinas románticas, jardines barrocos o selvas amazónicas). Y es que Basterretxea, con los pies siempre en tierra vasca, no ha parado de imaginarse otros mundos distantes que, siguiendo al poeta francés Paul Éluard, se hallaban en cualquier caso dentro del suyo. Un artista, pues, de las raíces al tallo.

Salva Torres