La ciudad a ojo de aguja

Valencia al detalle, de Tono Giménez y Tomás Gorria
Guía inusual de Valencia, que se presentará en octubre de 2016

Tono Giménez, que durante años ha ido fundamentando su colección fotográfica con múltiples detalles de la ciudad de Valencia, y Tomás Gorria, diseñador editorial y articulista, parecen haber seguido los pasos de Italo Calvino en Las ciudades invisibles. Como él, estos dos inquietos valencianos han trazado un mapa de su ciudad dibujado con aspectos minimalistas, sumamente delicados y que exige una percepción distinta a la habitual.

Tono Giménez (izda) y Tomás Gorria, autores de Valencia al detalle. Imagen cortesía de los autores.

Tono Giménez (izda) y Tomás Gorria, autores de ‘Valencia al detalle’. Imagen cortesía de los autores.

La Valencia al detalle que ambos viajeros interiores nos proponen está escrita “en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”. Son palabras de Calvino, pero a buen seguro que las suscriben quienes a su vez ponen el acento en aldabas, bocallaves, canalones, escudos, puertas, rótulos, rejas, gárgolas, campanas y marquesinas.

“¿Podemos hablar de una Valencia inédita?”, se pregunta Gorria. Y su respuesta va en la dirección de esos detalles que, efectivamente, configuran una ciudad distinta, en la que “lo verdaderamente importante es casi invisible a los ojos, y en momentos como este, donde la vida transcurre tan deprisa”, explica el diseñador. La ciudad de Giménez y Gorria tiene mucho que ver con la sensación extraída de esas otras ciudades invisibles a las que alude Calvino: “Comprendí que debía liberarme de las imágenes que hasta entonces me habían anunciado las cosas que buscaba”.

Gárgola Catedral de Valencia.

Gárgola Catedral de Valencia.

Valencia al detalle pretende ser un libro para descubrir esas cosas que a simple vista pasan desapercibidas. Para ello se hace necesario rozar los cuellos de las camisas por delante o por detrás, de tanto alzar la mirada del suelo o penetrar en él en busca de altas gárgolas y canalones, y superficiales alcantarillas. Una mirada huidiza, ajena a la espectacularidad de Les Arts y al bullicio de Internet, y más próxima a la contemplación minuciosa.

Por ejemplo, de aldabas que invitan a golpear la puerta con la perplejidad de quien de pronto se da cuenta de su forma de anillo, de sus distintas cabezas (de perro, de diablo, del políticamente incorrecto moro). Aldabas, que no timbres, abriéndose paso entre una multitud de singulares puertas y casonas. Edificios majestuosos, como La Lonja, de cuyas paredes sobresalen figuras con gestos desvergonzados, y gárgolas que a veces sobrecogen. Detalles y más detalles que Gorria y Giménez, tanto monta, descubren en aras de quebrar esa imagen rutinaria de la Valencia turística.

Bocallave de las Torres de Serranos. Imagen cortesía de los autores.

Bocallave de las Torres de Serranos. Imagen cortesía de los autores.

La ciudad invisible que muestran ha necesitado el apoyo de 144 mecenas para que el proyecto vea definitivamente la luz en octubre, cuando será presentado el libro. La Administración bastante tiene con festivales de marca para fijarse en ciudad tan minúscula por fuera como grande por dentro. El crowdfunding o financiación colectiva vuelve a tener la “culpa” de que un proyecto modesto alcance la categoría de imperiosa necesidad. Porque Valencia, como dicen sus promotores, se merecía otra mirada.

Canalón de la Calle Pelayo. Imagen cortesía de los autores.

Canalón de la Calle Pelayo. Imagen cortesía de los autores.

Más allá del horroroso cableado que afea la ciudad y de la desidia que atesoran muchas calles, Valencia guarda pequeños tesoros que Tono Giménez y Tomás Gorria descubren. “Los rótulos que dan nombre a sus calles, las pequeñas esculturas de sus edificios góticos, las veletas que coronan sus cúpulas, pero también elementos menos conocidos como las tapas de las alcantarillas que han soportado millones de pisadas o los curiosos rostros de los canalones”. Todo eso y más conforma Valencia al detalle, que contará con una serie de rutas en las que diversos especialistas mostrarán a pie de calle algunas de esas joyas. “Es el posible despertar de un latente amor por lo justo, no sometido todavía a reglas, capaz de recomponer una ciudad más justa aún de lo que había sido antes de convertirse en recipiente de la injusticia”, por concluir de nuevo con Calvino.

Valencia al detalle.

Rótulo antiguo Café El Siglo, en la calle Paz, 1 de Valencia. Imagen cortesía de los autores.

Salva Torres

Fascinantes, tristes metrópolis

Perdidos en la ciudad
Institut Valencià d’Art Modern IVAM
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 4 de junio de 2017

“Las ciudades son como los sueños, están construidas de deseos y de miedos”. Al igual que Italo Calvino, muchos otros escritores van subrayando a lo largo de la exposición Perdidos en la ciudad lo que piensan del hecho urbano. José Miguel Cortés, director del IVAM, quiso puntualizar que el término perdidos se refería no tanto a la sensación de abandono como a lo señalado por Walter Benjamin, otro de los autores citados: “Perderse en la ciudad para descubrir nuevas formas de entender y de experimentar esa ciudad”, señaló Cortés.

Fotografía de Gregory Crewdson en 'Perdidos en la ciudad' del IVAM.

Fotografía de Gregory Crewdson en ‘Perdidos en la ciudad’ del IVAM.

A pesar del matiz, lo cierto es que la muestra que reúne más de 200 obras, entre pinturas, esculturas, fotografías, videos y una instalación con los libros evocados a lo largo del recorrido, termina produciendo cierto desasosiego. El que va de la “fascinación de la metrópoli” con la que arranca en la sala 1 la exposición, a la “ciudad deshumanizada” que va atravesando el conjunto de las diez salas.

El propio Cortés señaló esta circunstancia al final del recorrido: “Son las propias obras las que han impuesto esa visión”. De manera que la lectura “positiva”, derivada de la técnica y el progreso “que supuestamente nos haría libres”, va dejando paso a esa otra más desencantada al haberse “trastocado” todo eso. J. G. Ballard, citado junto a Ricardo Piglia en los ‘Paisajes globales’ de la sala cinco, lo enuncia así: “El fracturado horizonte de la ciudad parecía el encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta”.

Escultura de Julian Opie en 'Perdidos en la ciudad' del IVAM.

Escultura de Julian Opie en ‘Perdidos en la ciudad’ del IVAM.

Y es a base de zigzagueos, propios de esa crisis irresuelta, como va dando tumbos esa ciudad mostrada desde diversos ángulos en el IVAM. Comisariada por el propio Cortés, con la ayuda de María Jesús Folch, la exposición se adentra en las fascinadas metrópolis de principios del siglo pasado, para enseguida transitar por espacios banales, paisajes globales, multitudes diversas, ciudades imaginadas, urbes desnudas, mundos extraños y, por último, a modo de concluyente derivada, arquitecturas del miedo; todos ellos, epígrafes de cada una de las salas.

La música y el cine también sirven de guía por ese deambular urbano. “La música de fondo es un elemento a destacar, porque las ciudades no son silenciosas, de ahí la importancia del sonido”, precisó Cortés. Secuencias de películas como Alphaville, de Jean Luc Godard, Smoke, de Wayne Wang o Caché, de Michael Haneke, arropan el conjunto, del que igualmente sobresalen los 458 minutos de Empire, de Andy Warhol: “Pueden verla”, ironizó el comisario, describiendo la película del artista pop como aquella “donde no ocurre nada u ocurre mucho” en ese plano repetitivo del Empire State Building. En esa misma sala, se pasaba de “lo más luminoso” (Valerio Adami) a “lo más alienante” (Warhol).

Escultura de John Chamberlain en 'Perdidos en la ciudad' del IVAM.

Escultura de John Chamberlain en ‘Perdidos en la ciudad’ del IVAM.

Perdidos en la ciudad invita a que “la gente se pierda y haga su propio recorrido”, precisó Cortés, mientras iba repasando algunas de las obras expuestas: de artistas valencianos como Javier Goerlich, Equipo Crónica, Gabriel Cualladó, Miquel Navarro, Anzo o Mira Bernabeu, a nacionales e internacionales como Eduardo Arroyo, Antoni Muntadas, Miguel Trillo, Horacio Coppola, Gordon Matta-Clark, John Baldessari o Thomas Ruff. Todos ellos evocando lo que Rafael Chirbes manifiesta en la sala urbes desnudas: “Hay gentes, libros o ciudades que no entendemos, pero que nos atrapan y nos obligan a visitarlas una y otra vez”.

Esa visión se acentúa a medida que se avanza por la exposición, hasta desembocar en esas arquitecturas del miedo que Cortés adjetivó como de “control y vigilancia”, ejemplificadas precisamente en las Torres de Vigilancia de Sigmar Polke. “Tras la caída del muro de Berlín, igual hay ahora más muros que nunca en el mundo”, señaló Cortés. Una cita de Christa Wolf cerraba el recorrido a modo de epitafio: “La ciudad había pasado de ser un lugar a ser un vacío”.

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Vista de una de las salas de 'Perdidos en la ciudad' del IVAM.

Vista de una de las salas de ‘Perdidos en la ciudad’ del IVAM.

Obra de Mira Bernabeu en la exposición 'Perdidos en la ciudad' del IVAM.

Obra de Mira Bernabeu en la exposición ‘Perdidos en la ciudad’ del IVAM.

Salva Torres

Fidel Sáez y sus ciudades ilustradas

Ciudades invisibles, de Fidel Sáez
Hat Gallery
C / Dénia, 37. Valencia
Hasta el 16 de mayo

Dibujar una ciudad invisible puede llegar a convertirse en una Odisea para cualquiera que se lo proponga, pero en este caso, y de la mano de Fidel Sáez (arquitecto en Sanahuja&Partners), nos encontramos con una exposición que nos invita a recorrer lugares a los que solamente podríamos llegar a través de la literatura.

Es un viaje por las ciudades que Italo Calvino describió en su obra ‘Las Ciudades Invisibles’, en las cuales las palabras crean edificios y los versos se materializan en calles, donde tras cada esquina esperan el deseo, la muerte, la memoria y los símbolos, acechándonos para convertirse en parte fundamental de los relatos.

Imagen cortesía de Hat Gallery.

Imagen cortesía de Hat Gallery.

En el libro ‘Las Ciudades Invisibles’, de Italo Calvino, no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas y cada una de ellas lleva un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales da origen a una ilustración y a una reflexión sobre la ciudad.

Por ejemplo, en el capítulo ‘Las ciudades y los signos’ dice: “La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente”. O en ‘Las ciudades y la memoria’: “Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad”.

“Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”.

De todo ello y más da cuenta la exposición que hasta el 16 de mayo acoge Hat Gallery en torno a la obra de Fidel Sáez ligada a esas ciudades invisibles de Calvino.

Obra de Fidel Sáez en la exposición 'Ciudades invisibles'. Imagen cortesía de Hat Gallery.

Obra de Fidel Sáez en la exposición ‘Ciudades invisibles’. Imagen cortesía de Hat Gallery.

 

IVAM: acogedor e inhóspito paisaje

El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM
Instituto Valenciano de Arte Moderno
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 15 de febrero, 2015

“El paisaje es antropomórfico. Por eso la belleza –o su reverso, la fealdad- es uno de los parámetros primeros de todo paisaje. Y por eso, junto a esa belleza o fealdad del paisaje, postulamos enseguida su habitabilidad o inhabitabilidad, su carácter acogedor o inhóspito”.

El paisaje del que habla Jesús González Requena en ‘El paisaje: entre la figura y el fondo’ posee los emblemas del sujeto que lo habita. No hay paisaje sin mirada que se haga cargo del espacio abierto ante sus ojos, ya sea para sentirse acogido por lo que ve o sobrecogido por aquello que hiere su visión. Todo sujeto expuesto al paisaje siente en sus carnes alguna vez ese temblor propiciado por la visión acogedora o hiriente del espacio exterior.

Fotografía de Robert Doisneau en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Robert Doisneau en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’ ofrece un amplio muestrario de ese carácter acogedor o inhóspito de las ciudades, en tanto naturaleza domeñada por el hombre. Pero naturaleza al fin y al cabo. De ahí que sus edificios, calles, avenidas y parques, al tiempo que se doblegan al urbanismo, a su tejido arquitectónico, muestren igualmente su fuerza telúrica, aquella que sobreviene de la tensión entre sus luces y sombras.

Fotografía de Robert Frank en 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Robert Frank en ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Ana Lozano, comisaria de la exposición, ha seguido el trayecto propuesto por Italo Calvino en ‘Las ciudades invisibles’. Más o menos. De manera que las 75 imágenes de ese paisaje urbano se hallan divididas en apartados como ‘Las ciudades y los ojos’, ‘Las ciudades y la memoria’, ‘Las ciudades y el deseo’, ‘Las ciudades y los signos’ o ‘Las ciudades escondidas’, por citar algunos. Y siguiendo a Calvino, diríase que esas ciudades expuestas van desvelando sus misterios contenidos, como las líneas de una mano, “en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras [o] en las antenas de los pararrayos”.

Fotografía de Dis Berlin en 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Dis Berlin en ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Misterios que nos devuelven ese carácter antropomórfico del paisaje, en tanto conformado por líneas, rectas o curvas, transversales, objetos y figuras que dejaron huella indeleble en nuestro inconsciente. Serán por tanto bellos los paisajes que acolchen el fondo opaco del que procedemos y serán feos aquellos otros cuya visión desgarre ese tejido de signos y de imagos placenteras, para mostrar su fondo hiriente, angustioso.

Fotografía de Franco Fontana en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Franco Fontana en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Hay signos, y muchos, en las imágenes de Carlos Cánovas, Gabrielle Basilico, Horacio Coppola, Franco Fontana o Robert Frank. Signos industriales (puentes, trenes, grandes edificios) y signos urbanísticos del trazado de sus calles, ya sea a pie de asfalto o a vista de pájaro. Los hay igualmente en Walker Evans, Kineo Kuwabara o Lee Friedlander. Pero todos esos signos, que Italo Calvino atribuye al carácter redundante de la ciudad, repitiéndose “para que algo llegue a fijarse en la mente”, no dejan de lindar con ese otro carácter de los signos conformadores de una lengua, “pero no la que crees conocer”.

Fotografía de Carlos Cánovas en la exposición 'El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM'.

Fotografía de Carlos Cánovas en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

De manera que, si bien en apartados diferentes, esas otras imágenes que apuntan hacia lo ininteligible de ese lenguaje de signos terminan confundiéndose con aquellas otras. Gilbert Fastenaekens, Francisco Gómez, Ian Wallace, Grete Stern o Manuel Esclusa movilizan esos signos urbanísticos en la dirección del misterio que la ciudad redundante en apariencia escondía. Si exceptuamos los casos de Eduardo Arroyo, Dis Berlin y George S. Zimbel (Billy Wilder y Marilyn Monroe), en los que la ciudad es sobradamente pictórica o nostálgicamente cinematográfica, ‘El paisaje urbano de la Colección de Fotografía del IVAM’ diríase toda ella penetrada por la melancolía.

Fotografía de Lee Friedlander en la exposición Colección Fotográfica del IVAM.

Fotografía de Lee Friedlander en la exposición ‘El paisaje urbano en la Colección de Fotografía del IVAM’.

Salva Torres

Las ciudades ocultas de la colección del IVAM

Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM
Instituto Valenciano de Arte Moderno
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 15 de febrero

El IVAM acoge hasta febrero la muestra ‘Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM’, una exposición comisariada por la arquitecta Ana Lozano que refleja la íntima unión entre la ciudad y la fotografía. Compuesta por alrededor de 100 piezas de 70 artistas, seleccionadas entre las más de 5.000 imágenes que configuran los fondos fotográficos del IVAM, la exposición subraya el interés por la fotografía como creadora de un lenguaje propio sobre el paisaje de la ciudad. Desde el S. XIX esta técnica ha ido desplazando al dibujo como forma de representación de la arquitectura y la vida urbana, creándose una simbiosis que llega hasta la actualidad.

'Praga' de Franco Fontana en la exposición 'Paisaje urbano en la colección del IVAM'. Imagen cortesía del IVAM.

‘Praga’ de Franco Fontana en la exposición ‘Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM’. Imagen cortesía del IVAM.

La exposición reúne obras desde los pioneros como Fox Talbot o Atget hasta el presente en las que se muestran las distintas formas en las que la fotografía dibuja el fenómeno urbano. Están agrupadas siguiendo la poética y sugerente clasificación de Italo Calvino en ‘Las ciudades invisibles’ en las que se relacionan las ciudades con los ojos, la memoria, el deseo, los signos, la sutileza, los intercambios y también se habla de ciudades escondidas o dobles. Con motivo de la muestra se ha editado un catálogo digital en el que se reproducen las obras que la componen y textos de Vanessa García Osuna y de la arquitecta y comisaria Ana Lozano, que impartió una conferencia titulada ‘La utopía cautiva’ el pasado jueves 2 de octubre.

Fotografia de Jean-Eugène Atget en la exposición 'Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM', Imagen cortesía del IVAM.

Fotografia de Jean-Eugène Atget en la exposición ‘Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM’, Imagen cortesía del IVAM.

La relación entre fotografía y ciudad nace en el momento en el que la cámara oscura se reduce y puede transportarse. A partir de ese momento, las otras artes se transfiguran, al tiempo que la fotografía genera un tipo de paisaje hecho con luz. Además de aportar un medio para catalogar todas las construcciones y los espacios que configuran la ciudad y la vida urbana, comienza a crear un lenguaje que transforma la manera de ver el entorno.

Las ciudades tienen vida propia, pero son también el escenario donde se desarrolla nuestra vida. La ciudad es una construcción social, naturaleza y paisaje que conceptualiza la fotografía. Esta sería la manera en la que se levantan los mapas del territorio urbano ordenado por la mirada del fotógrafo e intervenido por sus habitantes.

Fotografía de Walker Evans en la exposición 'Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM'. Imagen cortesía del IVAM.

Fotografía de Walker Evans en la exposición ‘Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM’. Imagen cortesía del IVAM.

Como señala en su texto la comisaria Ana Lozano, “el fotógrafo elige primero una interpretación del paisaje urbano, para después, con su cámara, reforzarla o modificarla a su antojo. Todas las ciudades son de pronto una sola, la que aspira al equilibrio entre los hombres, y de estos con entorno primigenio, la utopía del paraíso. Cada rincón de cualquier ciudad se muestra banal a los ojos del paseante, mientras resulta único e irrepetible en la cámara del fotógrafo”.

Los fotógrafos nos dirigen con la mirada al París de Atget, el Buenos Aires de Coppola o el Berlín de Basílico. Doisneau se permite jugar con el deseo, Baylón con la intriga de la desaparición. Los distintos fotógrafos nos llevan a multitud de sensaciones que recorren más de un siglo de ciudades de distintos continentes. Entre ellos podemos citar a vanguardistas como Catalá Roca, Cualladó, Robert Frank, Zimbel, John Baldessari, Agustín Jiménez Espinosa, Franco Fontana, José Manuel Ballester, Grete Stern, Hermanos Mayo, Bernard Plossu y Gordon Matta Clark, entre otros. Como excepción se ha elegido un pintor, Eduardo Arroyo, que aporta un óleo de gran formato en el que resume una visión fotográfica de la realidad urbana.

Fotografía de Horacio Coppola en la exposición 'Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM'. Imagen cortesía del IVAM.

Fotografía de Horacio Coppola en la exposición ‘Paisaje urbano en la colección fotográfica del IVAM’. Imagen cortesía del IVAM.

Charo Pradas. La casa del alma

Charo Pradas: La casa del alma
Galería Carolina Rojo
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
Hasta el 27 de abril de 2014

En 2001, con motivo de su exposición en la galería Masha Prieto de Madrid, Charo Pradas solicitó a Xavier Grau el relato de Marcel Schwob sobre el pintor Paolo Uccello para incorporarlo en el catálogo. Al contrario de Giorgio Vasari que nunca entendió el tiempo que Uccello perdía en “las cosas de la perspectiva”, tan extravagantes que le hacían abandonar lo cierto por lo incierto, Schwob tuvo claro que a Paolo di Dono, llamado Paolo Uccelli, o Pablo Pájaros por la cantidad de figuras de pájaros pintados que llenaban su casa, no le importaba nada la realidad de las cosas, por lo que “atendía más a su multiplicidad y a lo infinito de las líneas”. Schwob cuenta mucho sobre Uccello en su relato incluido en las Vies imaginaries (1896): que pintó campos azules y ciudades rojas, y caballeros vestidos con armaduras negras; la llamada de atención de Donatello: “¡Ah! ¡Paolo, descuidas la sustancia por la sombra!”; su gran interés por la arquitectura o que, como un alquimista encorvado, “volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, a fin de obtener su transmutación en la forma simple de la que dependen todas las demás”. Al parecer, Ghiberti, Della Robbia, Brunelleschi y Donatello se burlaban del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva, aunque sentían lástima de su pequeña casa, llena de arañas y vacía de provisiones. Pero Uccello era más orgulloso que ellos, “a cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. No era la imitación su finalidad, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas”. Cuando el Pájaro se volvió viejo, “no diferenciaba ya la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres”. Algunos años más tarde se lo encontraron muerto de inanición. “Tenía el rostro radiante de arrugas. Sus ojos se clavaban en el misterio revelado. En su mano rígidamente cerrada guardaba un pequeño rollo de pergamino cubierto de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro”.

El relato de Marcel Schwob fascinó a Antonin Artaud que escribió dos textos sobre Uccello, su amigo, su quimera, su alter ego: “Uccello le poil” y “Paul les Oiseaux”. En el primero, leemos: “Estrangulado el mundo, y suspendido, y eternamente vacilante sobre las llanuras de esta mesa plana donde tú inclinas tu cabeza pesada. Y a tu lado cuando interrogas los rostros, qué ves sino una circulación de ramificaciones, un emparrado de venas, la huella minúscula de una arruga, el ramaje de un mar de cabellos. Todo es giratorio, todo vibrátil, y qué vale el ojo desprovisto de sus pestañas”.

André Breton supo de Uccello por Artaud y lo nombró el primero y más antiguo de los pintores próximos al Surrealismo. En Nadja, Breton anota que el 8 de octubre de 1926 nada más despertarse abre una carta de Louis Aragon que le llega de Italia con la imagen fotográfica del detalle de un cuadro de Uccello “que no conocía”; se trata de La Profanación de la hostia. En el fragmento, reproducido también en la Révolution Surréaliste, se ve al usurero y a su familia observando algo que sucede en la zona oculta de la habitación: de la hostia, que han puesto a hervir en la cazuela, brota un reguero de sangre que llega al suelo, se cuela por entre los muros de la casa hasta el exterior, donde un grupo de ciudadanos y soldados armados intentan abrir la puerta para entrar en el interior y detener a los profanadores.

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

La sangre de la escena pintada por Uccello me lleva al recuerdo de Dore Ashton por una obra de Philip Guston, un cuadro pequeño que “había ingerido con un escalofrío para no olvidarlo: Era la lata de pinceles, los pinceles de Guston, rezumando una sangre viscosa que descendía por el abollado costado de la lata, sanguinolento todo por aquella monstruosa y monumental mortificación”. Tampoco faltan arañas en sus cuadros, Tela de araña, es el título de uno de ellos realizado en 1975. No sé si a Guston le interesaba Uccello. Me gustar pensar que sí. Dore Ashton, que tan bien conoció a Guston, dijo que era órfico, “cuando se trabaja en el reino de las profundidades y se agota una veta, se abre otra”. De Uccello, Artaud escribió: “Bienaventurado seas, tú que has tenido la preocupación rocosa y terrateniente de la profundidad”.

“Hay tantas cosas en el mundo… ¿tiene el arte alguna necesidad de representar toda esa variedad y de contribuir a su proliferación? ¿Puede el arte ser así de libre? Las dificultades surgen cuando uno entiende qué es lo que el alma no le permite hacer a la mano”, declaró Guston en 1965. A Uccello nada le importaba la realidad de las cosas. Tampoco a Charo Pradas, que no dudó en cederle la palabra, a través de la de Schwob, para explicarse.

Hermann Finsterlin imaginó casas soñadas, en cuyo interior “uno no solo se siente como residente de una fabulosa glándula cristalina, sino como habitante interno de un organismo, yendo de un órgano a otro, dando y recibiendo como simbionte de un gigantesco cuerpo materno fósil”. La casa del alma de Charo Pradas no libera a quienes la contemplan de las pesadillas del mundo exterior, todo en ella es intempestivo e interrogativo. El alma, dice Rafael Argullol, son las preguntas. La fluidez de formas y de líneas pinta un paisaje extremado donde todo prolifera a un ritmo desestabilizador, lleno de coágulos de sangre, incapacitado para dar cobijo; nunca fue esa su pretensión. El color da profundidad y acentúa el movimiento errante que agita y suspende los gestos en un espacio atrapado ya en telarañas, aquellas que, mientras andamos, nos envuelven sin que nos demos cuenta, escribió Lucrecio.

El vértigo cósmico, que en otro tiempo desencadenaba toda una suerte de dinámicas resonancias y fructíferas tensiones, parece haber llegado en esta secuencia de pinturas a lo más profundo, allí donde todo flota y estalla, donde es posible asistir al lado oculto de las cosas. Charo Pradas pinta sobre lo ya pintado, es preciso borrar para recomponer nuevas imágenes de condición náufraga y lógica espectral, donde todo es imperfecto y accidental.

En 1985, Italo Calvino dedicó una serie de conferencias a determinados valores de la literatura con la intención de situarlos ante el nuevo milenio. Transcurridos casi los mismos años desde el inicio del nuevo milenio, aquellos valores no han perdido interés, y no solo en literatura. Para atender a la levedad, Calvino mencionó a Lucrecio y al poeta florentino Guido Cavalcanti en cuyos poemas, los “dramatis personae” eran suspiros, rayos luminosos, imágenes ópticas y, sobre todo, impulsos o mensajes inmateriales que llamó “espíritus”. La gravedad sin peso era la imagen de la levedad que, asimismo, podría ser la descripción cualquiera que comportara un alto grado de abstracción; y aquí citó un fragmento de The beast in the jungle de Henry James: “Este abismo, constantemente salvado por una estructura lo bastante firme a pesar de su ligereza y de sus ocasionales oscilaciones en el espacio un tanto vertiginoso, invitaba en ocasiones, para tranquilidad de los nervios, a un descenso de la plomada y a una medición de la profundidad”.

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

Junto a la levedad, la visibilidad. Calvino creía que todas las realidades y fantasías pueden cobrar forma; de ahí que las visiones polimorfas de los ojos y del alma se encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos o mayúsculos, un espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y siempre diferente. Y la multiplicidad, o el intento de representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, sin atenuar su inextricable complejidad, que pretendió Carlo Emilio Gadda; o el anhelo de trazar una red infinita que vincule todas las cosas, al que sucumbió Proust en el empeño de conocer un mundo que supo debía pasar por el padecimiento de su inasibilidad.

La valoración del espacio, enérgico, dinámico, aéreo y pulsante, que decía Fernando Huici, generador de resonancias y ecos hipnóticos, de insólitos engranajes afuncionales en permanente tensión, observó Enrique Juncosa, ha sido y es uno de los rasgos que definen la pintura de Charo Pradas. Ocurre, sin embargo, que, como supo ver desde bien temprano Manel Clot en el texto que le escribió con motivo de su primera individual importante celebrada en el Museo de Teruel, en 1989, los síntomas tan inquietantes que emanaban de su pintura la hacían ya partícipe de una historia que se había mantenido al margen, como orillada a la espera de su posterior reconocimiento. No anduvo nada mal de éxitos Charo Pradas aunque progresivamente, conforme decidió explorar en las profundidades, su pintura ha pasado a ocupar el lugar de aquellos que eligen, como Uccello, desdeñar la sustancia por la sombra.

El silencio de las profundidades que deseó escuchar Hölderlin tiene mucho que ver, anota Argullol, con el sonido del origen. El eco reconduce al origen, y a un continuo retorno a la duda. “La duda misma… se convierte en forma”, declaró Guston. La duda misma tomó forma en la pintura de Charo Pradas a través de la imagen obsesiva de un círculo que se prolongaba en espirales infinitas, hasta que aquel se desplazó a los extremos quizás para afirmar la diferencia, la desemejanza, lo dispar, el azar, lo múltiple y el devenir, como Gilles Deleuze interpretó la exigencia de Zaratustra de no simplificar las cosas: el tiempo no era un círculo sino una línea recta, con dos sentidos contrapuestos, y si un círculo extrañamente descentrado llegara a formarse será tan solo al final de esa línea recta. Todo ha de ser diferente en el devenir de un proceso afectado por crisis y convalecencias. Y en esta progresión dramática se sitúan las pinturas últimas de Charo Pradas.

Atreverse a contemplar La casa del alma de Charo Pradas significa penetrar en el interior de la pintura, allí donde se manifiesta la accidentalidad del mundo; real o imaginario. Charo Pradas, como Uccello, desconfía de la realidad de la cosas y por ello pinta los paisajes interiores de lo imaginario, que es materia y espíritu, donde todo se multiplica, encadena y escupe su temblor; donde todo es igual y retorna en su huida, tras alcanzar el límite extremo de la diferencia. Quizás con el ánimo de interrogar las sombras de formas fugaces, colores hirientes y perspectivas suspendidas en el vértigo de lo más profundo.

Chus Tudelilla [comisaria de la exposición]

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

Lukas Ulmi. Laberintos visuales

Lukas Ulmi. Laberintos visuales
Set Espai d’Art
Plaza Miracle del Mocadoret, 4, Valencia
Hasta el 16 de noviembre de 2013

 Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Romper con el antiguo entendimiento de la escultura como una forma de expresión encerrada en sí misma, concibiendo la necesidad de circunscribir su potencial expresivo a unas pocas y axiomáticas categorías formales, en una búsqueda o retorno a la estructura primaria, describe el itinerario iniciático con que nos acerca Lukas Ulmi a su nueva obra. Sin embargo, al escultor le contemplan años de creación que interpretan los interrogantes del universo, dibujando el espacio mediante hermosas levedades espaciales de objetos encontrados. Restos de vida engarzados en sutiles móviles con los que nos mostraba una particular arqueología del lenguaje; ramas, piedras, esqueletos de la naturaleza que ya la pensadora malagueña, María Zambrano, en su personalísima poética concebía como las semillas del conocimiento, de la razón, y de los que ahora, el artista, en cierto modo se desprende.

Su capacidad para dialogar con el vacío trazando formas geométricas e infinitas en universos hipotéticos se define muy bien en esta nueva serie de “Laberintos visuales”, que nos presenta. Arquitecturas móviles que despliegan espacios infinitos en su interior a través de coetáneos cubos, engarzados con imanes. Una suerte de construcciones cercanas al Minimal Art con las que concebir los sencillos determinantes espaciales, como señalaba el escultor minimalista Robert Morris: simplicidad de formas no quiere decir necesariamente simplicidad de vivencia artística. Las formas unitarias no reducen las relaciones, sino que las ordenan. Cuando la hierática naturaleza dominante de las formas unitarias actúa como constante, no se neutralizan las relaciones singularizantes de dimensión, proporción, etc, sino que, por el contrario, se asocian más sólida e inesperadamente.  En este sentido, Ulmi da una vuelta de tuerca a la modernidad, circundando aquel arte cinético de mediados de siglo xx dentro de un particularísimo postminimalismo volátil.

Sus obras albergan un insólito y misterioso movimiento, intrínsecas al concepto kantiano de belleza que resume los elementos en formas simples, lidiando con el aire. Sorprendentes esculturas que debaten ilusiones ópticas mediante delicadas dobleces y estructuras simples, conforman el trabajo. Trazos de alambre asumidos como una cosmogonía, símbolo de los universos temporales, tan presentes a lo largo de su trayectoria. Amante del movimiento y la simplicidad estética, Ulmi domina la escultura como un auténtico fabulador que quiere acercarse a los misterios de la creación, sin dogmas ni aspavientos. Lugares paradójicos, fija simbólicamente un movimiento del exterior hacia el interior, de la forma a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia de espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Representa también el movimiento contrario: de dentro hacia afuera, sugiriendo una progresión simbólica hacia el infinito en todo los aspectos del proceso artístico.

Representación escultórica en que el todo se nos muestra pero nunca se nos da.

Observamos como las construcciones pueden montarse de maneras distintas, según la característica del lugar donde se efectúe la instalación, prevaleciendo la coexistencia dialéctica de las formas. Esta lógica estructural que presentan permite observar cómo Ulmi otorga un valor idéntico en la ubicación de todos los elementos. Es decir, en su obra no se percibe ningún valor jerárquico entre lleno y vacío, abierto y cerrado, delante y detrás. Paradigma insoluble de una misma realidad, donde el artista ordena el sigiloso laberinto de la mirada, mediante geometrías y juegos visuales de nuestro espacio imperecedero. Y es, en esta particular falta de jerarquía donde se haya el enigma de cualquier laberinto, no únicamente como la misteriosa estructura arquitectónica descrita a lo largo de la historia por artistas, arquitectos, o escritores, sino como la inquietud y la incertidumbre de la mente humana ante los caminos desconocidos del conocimiento, la razón, la vida.  

Una espectacular construcción vertical de cubos flanqueados por espejos, trasporta al espectador por un viaje espacial, y es al final de este recorrido donde muy a menudo el hombre se encuentra así mismo. Donde el conocimiento ulterior es el de uno mismo, la comprensión del propio yo, reflejado en el propio conocimiento, como señala Paolo Santarcangeli autor de “El libro de los laberintos”: Allí reside la razón profunda de que en el fondo del laberinto figure muchas veces un espejo, para que el hombre, al llegar por fin a la meta de su peregrinación, descubra que el último misterio de la búsqueda es el mismo.

Alegorías que encontramos a lo largo de la Historia del arte, y la literatura en esas construcciones asfixiantes sin salida, sin fin. Como describieron, por ejemplo, los grabados de Piranesi y que también narra muy sabiamente en el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, el escritor Jorge Luis Borges, acercándonos a este  misterio de la propia vida, y a la infinitud del espacio-tiempo. Cuenta la historia que el rey de Babilonia mandó construir un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Una obra escandalosa, porque la confusión y la maravilla eran operaciones propias de Dios y no de los hombres. Un laberinto que sucumbió finalmente ante la infinitud del laberinto de un rey árabe, donde no había escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que vedasen el paso. Metáfora del desierto, donde murió de hambre y de sed el mordaz rey de Babilonia.

Encontraríamos que en este caso, el laberinto simbolizaría el proceso transformador de la experiencia artística donde el hombre constantemente se enfrenta al vacío, pero también a la creación. Concepciones de universos infinitos en la levedad interior de los cubos, que el escultor extiende a través de la simplicidad formal en el horizonte. Un mismo símbolo que puede servir para evocar las realidades invisibles: el destino humano o como en el cuento, la voluntad inescrutable de Dios, el misterio de la obra de arte.

Rosa Ulpiano