Tras el acerbo óxido de la culpa: Eduardo Goldman

‘Como perro que aúlla en la oscuridad’, de Eduardo Goldman
Huso, 2019
XXXII Semana Negra de Gijón

Prófugo del portuario invierno pampeano y atravesando, guarecido y discreto, el castellano atlántico, recala sobre los alquitranes del norte, entre canículas sintéticas y periferia, la preclara silueta fusiforme de un autor tan conceptivo como clarividente: Eduardo Goldman.

Si vívidos se asilan aún en la memoria los ecos holocáusticos de su excelsa obra polifónica ‘El último chiste del Gran Jacobi (Huso, 2018), el escritor porteño acontece en la hacienda noir de la Semana Negra gijonesa con el pulso atribulado de la omnímoda culpa, que uniforma la túrbida conciencia de su personaje protagónico en ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’ (Huso, 2019).

De este modo, Eduardo Goldman se enfrenta, para MAKMA, a la deriva literaria y las inflexiones de su creación, y revisita, sintético, los obscuros meandros del auxilio, el misterio, el recuerdo insomne, los acerbos óxidos del desprecio y el hediondo desequilibrio de la contradicción.

‘Como perro que aúlla en la oscuridad’…

Todos somos como perro que aúlla en la oscuridad. El aullido del perro es la soledad, es la búsqueda, el socorro de pedir que alguien lo auxilie, que lo acompañe; y esos somos nosotros, seres solitarios que buscamos ayuda todo el tiempo, que de alguna manera aullamos –no con aullidos, pero hay muchas maneras de aullar–.

Uno a uno fue subiendo los escalones, en puntas de pie. Lo desquiciaba la oscuridad viscosa que flotaba escaleras arriba, y también el silencio”…

Es, de golpe, encontrarse con algo inesperado, no se sabe qué va a pasar. Hay un peligro latente y una búsqueda que resolver. ¿Qué está pasando? Es el misterio. El misterio es, justamente, lo que nos espanta y, a la vez, nos atrae, y corremos hacia él, rogando porque no sea tan malo, pero esperando, incluso a veces, lo peor.

Los escritores Eduardo Goldman y Miguel Barrero durante la presentación de ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’ (Huso, 2019) en la XXXII Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Bonet despertó con un sabor amargo, la lengua pastosa. Abrazaba la almohada húmeda como a un cuerpo que ya no está. Sábana y colcha arremolinadas sobre el piso de madera. Dolor de cabeza”…

Es la depresión. A veces despertamos así, o por un sueño o por un recuerdo, o por nuestra situación actual, real. Sentimos que no tenemos salida, sentimos una falta de fuerza vital. Y sentimos la lengua amarga porque no tenemos nada dulce que percibir. Sentimos la sequedad de nuestra vida. Toda la sequedad se concentra en la boca, y eso tiene mucho que ver con la falta de timón de nuestra existencia. En esta novela y, en este caso, Bonet es un antihéroe, le falta un timón, que ha sido abandonado por su esposa y su hijo. Se siente fracasado. Lucha con eso y con un elemento más: una culpa. La culpa de haber matado a alguien injustamente.

El Focus atravesaba la noche bulliciosa del viernes. La gente, ávida por sentirse viva, nutría las colas frente a restaurantes, cines, teatros. Grupúsculos de adolescentes hacían la previa con faso y birra junto a la puerta de un maxiquiosco”…

Él iba en un coche –el inspector Bonet– y miraba la vida –la vida que no sentía dentro de sí–. Miraba y, de alguna manera, envidiaba; y despreciaba, pero envidiaba eso que veía: la fiesta. La fiesta donde él sentía que no lo habían invitado.

Se sintió incómodo. Hubiese preferido que esa mujer de aspecto humilde y ojos tan oscuros como desafiantes le cerrara la puerta en el entrecejo para entonces maldecir a gusto y alejarse cuanto antes de esa casilla paupérrima y volar hacia el Departamento”…

El inspector, como todo ser humano, tiene sus contradicciones y una de ellas son los prejuicios. La gente que él considera inferior, que en el fondo no es tan inferior, y eso le da un cachetazo; cachetazo que asume heroicamente como merecido. De alguna manera, se dispone a cambiar.

Sacó de la heladera una botella de torrontés y sirvió dos copas (…). Andrea asintió con la cabeza y bebió, aún más tensa. Había develado en su brindis, y en cierto temblor de su voz, que no pasaba por un buen momento”…

Andrea había invitado a una amiga médica a que le ayudara a resolver el caso que la estaba torturando. Andrea es periodista; fue despedida por meterse en algo que no debía. El tema es que era periodista y era gay, y había intentado en algún momento un acercamiento. Y era muy contradictorio para ella, porque necesitaba a esa amiga, pero, a la vez, se quería defender de ella. La necesitaba para seguir investigando.

Portada de ‘Como perro que aúlla en la oscuridad’, de Eduardo Goldman (Huso2019), realizada por el artista Fernando García del Real. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

La oficina central de Homicidios era un enjambre de gente desbordada. La cantidad de robos y crímenes que inundaban como una marea roja las calles de Buenos Aires recargaban a la división con más casos de los que se veía en condiciones de resolver”…

La situación era muy crítica. Hay tantos crímenes que no alcanzan los medios para los policías. Ese es el marco en el que vive el inspector Bonet. Por eso, a veces, tiene que resolver un caso y le dan otro y otro, y eso lo empieza a volver loco. Pero, así y todo, él sigue dispuesto a resolver el caso que está haciendo desaparecer a tantas personas jóvenes en Buenos Aires.

Roy no se había despegado del lugar. Cada tanto soltaba un gemido y raspaba el portón con su pata. Agachado junto a él estaba el viejito cartonero”…

Roy es el perro que aúlla, pero a la vez es el héroe de la historia. Él sabía donde buscar y encontró el camino que necesitaban tanto Bonet como la periodista.

Cuando se abrió la puerta del ascensor, la sola vista del pasillo de la clínica le activó un área primitiva del cerebro que lo puso en un estado de alerta salvaje. Sus puños se endurecieron”…

Él fue a ver a Andrea. Andrea había sido raptada y casi asesinada por esta mafia. Él logró salvarla. Cuando fue a buscarla a un sanatorio, por un momento se paralizó porque rememoró todo lo que vivió el día anterior, donde casi pierde lo que sería el amor de su vida.

Mil veces soñó la sorpresa y el espanto eternizados en el gesto moribundo del muchacho, mil veces trató de arrancar su dedo del gatillo fácil en esa maldita décima de segundo”…

La culpa. La culpa de haber matado a ese muchacho, de haberle privado de un futuro que pudo haber tenido, pero que ya no va a tener. La culpa con la cual debe cargar y que debe buscar cómo compensar. La forma de compensar será con su propia persona.

Eduardo Goldman en la XXXII Semana Negra de Gijón. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón