Barbar: «Mi cuerpo podría llevar un tatuaje doloroso»

#MAKMACine #MAKMAEntrevistas | Barbar (Barbora Kysilkova)
‘La pintora y el ladrón’ (‘The Painter and the Thief’), de Benjamin Ree
Con Barbar (Barbora Kysilkova) y Karl-Bertil Nordland
102′, Noruega | Medieoperatørene, VGTV y Tremolo Productions (2020)
Premio del público de Atlàntida Film Fest | Filmin
Jueves 17 de septiembre de 2020

Si “es extraño, pero es verdad. La verdad es cosa extraña; más extraña que la ficción” –aseveraba el poeta londinense Lord Byron (1788-1824)–, cierto es que bajo esa epidermis insólita habitan, en ocasones, certezas que adquieren un excelso carácter semántico, enalteciendo así la superficie de los hechos sobre el ingenio de la imaginación.

Y tales apreciaciones bien pudieran sintetizar las inquietudes primeras (y últimas) que provoca en los espectadores ‘La pintora y el ladrón’, un impecable y sobrecogedor documental del cineasta noruego Benjamin Ree –reciente premio del público en la décima edición de Atlàntida Film Fest (Filmin)–, quien radiografía durante tres años la singularísima relación entre la pintora hiperrealista checa Barbar (nombre artístico de Barbora Kysilkova) y Karl-Bertil Nordland, un joven drogadicto que, junto a un narcotizado compañero de hurto, roba dos cuadros emblemáticos de la artista (entonces afincada en Noruega) en una galería de Oslo.

Un inopinado suceso que exhorta a Barbar a ponerse en contacto con el ladrón de sus piezas (tras el subsiguiente juicio) con el fin de realizar un retrato del incógnito delincuente, fraguándose, a partir de entonces, un lírico y epopéyico vínculo artístico y emocional –de compartidas vulnerabilidades– aupado por la inteligente naturaleza compositiva de Ree para secundar la desigual evolución de sus protagonistas.

A la postre, ‘La pintora y el ladrón’ se revela en mirífico retrato de vicisitudes y transformaciones frente al que situarnos en compañía de Barbar, quien ahonda y reflexiona acerca de las complejidades de su relación y de su obra en la siguiente entrevista para MAKMA.

¿Cuál fue tu impresión al conocer el interés del cineasta Benjamin Ree por vuestra, entonces, incipiente historia en común? ¿Ratificó, de algún modo, tu primera inquietud sobre Karl-Bertil Nordland?

Esta es una pregunta bastante complicada (pero gracias por ello). En el momento en que Benjamin entró en nuestras vidas, nos hemos reunido con Bertil unas cuatro veces. Se puede decir que estábamos al comienzo de algo que luego ha confirmado su condición de amistad. El hecho que nos unió –el robo de arte– no es una forma muy común de cómo encontrar un nuevo amigo (no hace falta decir un alma gemela), pero sucedió. Sería una ingenua si negara que el interés de un cineasta ha añadido una capa extra que nos ha unido aún más.

¿Coincides con Ree en que las sesiones de grabación se transforman y evolucionan, cobrando profundo sentido como lírico documento cinematográfico, tras la inesperada y emotiva reacción de Bertil ante su retrato en ‘The Pussy In You’?

No soy cineasta ni soy lo suficientemente nerd del cine como para planteármelo desde esa perspectiva. Pero puedo darte una idea de lo que significó para mí, como pintora, ese momento en el que Bertil vio su retrato.

Uno alberga dudas constantes de si la obra de arte tiene sentido para continuar, si es lo suficientemente buena. Especialmente, cuando no eres recibida con mucho interés por parte del mundo del arte y luchas en todos los niveles existenciales (la mayoría de los artistas, realmente, no viven del aire).

La reacción de Bertil me dejó sin aliento (seguro que eso no paga el alquiler y no elimina todas mis dudas, pero entendí que tiene sentido seguir haciendo lo que creo que nací para hacer). Vio algo en esa pintura y solo él sabe qué fue lo que le sucedió. Probablemente, tocó una vieja cuerda oxidada y polvorienta dentro dentro de sí. Meses después, Bertil me dijo que ese momento y ese cuadro le hicieron sentir, por primera vez, que lo veían. Esa es una de las capacidades que el arte puede ofrecer.

Karl-Bertil Nordland y Barbar se abrazan frente a la obra ‘The Pussy In You’, durante un instante del documental. Fotografía cortesía de Atlàntida Film Fest.

¿Eras consciente de haber sido partícipe y responsable de una secuencia emocional y audiovisualmente transmutada en una epifanía personal?

Participar (en un documental) y ser responsable son dos cosas distintas. Muchas de las escenas grabadas eran extraordinarias, lo que no es inusual con Bertil alrededor.

De todos modos, en esos momentos no hay espacio en tu mente para tener en cuenta la presencia de la cámara. Además, Benjamin Ree, quien a menudo desempeñaba el papel de fotógrafo, es una persona sumamente sensible y sensata que tiene una habilidad asombrosa para convertirse en una persona invisible mientras filma.

Si hablamos de responsabilidad, entonces sí, me sentí, y todavía me siento, responsable de mis acciones como ser humano y como pintora. La amistad también es un contrato de responsabilidad, pero esa es otra historia.

El primer plano reflexivo de la película ofrece un recorrido ascendente de reconversión de Bertil, de los sótanos turbios de las adicciones a la superficie de la sobriedad, material y vigoréxica. Sin embargo, para un espectador avezado, el trayecto más inquietante y complejo reside en tus propias vulnerabilidades y, por extensión, en tu obra artística. ¿Estás de acuerdo?

No me atrevo a poner una palabra en boca de ningún espectador. Se puede comparar con diferentes perspectivas sobre una pintura: tantos espectadores, tantas interpretaciones y preferencias.

Esta película no trata, en mi opinión, acerca de cuál de los personajes desea ganar. Estás invitado a unirte a tres años de la vida de Bertil y mía (y de algunas personas importantes más), lo que implica tanta complejidad como la propia existencia. Uno influye en el otro y viceversa. No es una historia de la pintora y el ladrón; es una historia de seres humanos que se cruzan en los caminos de los demás y comienzan a caminar juntos. Difícilmente seríamos iguales el uno sin el otro.

Pero gracias por la borrachera de ego, si tu atención se centra en la lucha de la pintora.

Karl-Bertil Nordland y Barbar en el estudio de la artista durante un instante del documental. Fotografía cortesía de Atlàntida Film Fest.

Si Bertil Nordland porta consigo, tatuado en el pecho, “Snitchers Are A Dying Breed” (“Los delatores son una raza moribunda”), instituido en un vestigio indeleble de su pasado, ¿qué sentencia podría evocar o definir, hasta ahora, tu devenir existencial como artista?

Amo, realmente, ese tatuaje de Bertil (ahí está expresada la máxima lealtad). Amo esta cualidad suya. El siguiente momento está grabado en mi memoria para siempre: invito al ladrón de mis obras a mi taller, para pintarlo. Tengo interés por los tatuajes en general, pero, en ese momento, especialmente por los suyos, por lo que le pedí que se quitara la camisa. Allí estaba, en su pecho. En ese instante entendí que, incluso si quisiera, nunca obtendría una respuesta sobre el paradero de mis pinturas.

Creo que mi cuerpo podría llevar un tatuaje doloroso (“painthing”). Por cierto, Bertil se ha hecho un nuevo tatuaje recientemente: en su bíceps izquierdo –que crece junto con su pasión por levantar pesas–, dice “Barbar”. Así que, finalmente, me introduje debajo de su piel…

En ‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde, Lord Henry sentencia frente al joven que “ése es uno de los grandes secretos de la vida: curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma. Usted es una criatura asombrosa. Sabe más de lo que cree saber, pero menos de lo que quiere”. ¿Consideras que este diálogo, reconvertido en afamado aforismo, permite sintetizar vuestros respectivos trayectos a lo largo del documental?

El diálogo que he iniciado con Bertil está lejos de llegar a su fin. No puedo permitir que mi musa se duerma, ni tomaré de él más de lo que él me permita. Aunque creo que me he ganado su confianza (como ser humano y como pintora) y me permite profundizar más. A veces, es como caminar sobre una fina capa de hielo, pero la obra pictórica debe ser lo suficientemente fuerte como para manejarlo (y justificarlo). Seguro que todavía sé menos de lo que quiero.

«(…) para sanar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma». Me gustaría saber cuál podría ser el comentario de Bertil sobre ello.

En cuanto a la pasión de Lord Henry por la belleza: la belleza trasciende la muerte. No es necesario hacer tratos semejantes con Fausto.

¿Confías en que ‘La pintora y el ladrón’, que se ha granjeado un sobresaliente refrendo de crítica y público, permita situar tu obra pictórica en un marco semejante? ¿Has recibido propuestas y ofertas de galerías de arte desde su estreno en Sundance a principios de año?

Cada forma de arte tiene un escenario diferente para mostrarse. En nuestro tiempo, es mucho más fácil y accesible ver una película que encontrar el camino hacia una galería de arte. Sin embargo, estas dos formas de arte, el cine y la pintura, se han encontrado en nuestra película. He estado recibiendo muchos mensajes de diferentes lugares del mundo. Un tipo de ellos puede expresarse del siguiente modo: “Nunca me ha interesado el arte. Nunca ha estado en mi pensamiento. Pero esto ha cambiado después de ver ‘La pintora y el ladrón’”.

Verás, lo más probable es que estas personas nunca hayan estado en una exposición, nunca hayan considerado el arte como algo a lo que prestar atención. Para mí es abrumador hacer ese cambio en su forma de pensar. Tener a un guardia de prisión de Estados Unidos que coge el dinero extra del presupuesto familiar para comprarme una obra de arte, simplemente porque se da cuenta de lo que el arte hace y significa para él.

El mundo de las galerías es algo diferente. Sus reglas y políticas siguen siendo un pequeño enigma para mí. Mis siete años de experiencia en la escena artística de Berlín me han dado una idea. Hay que seguirle el juego, ser bueno para vender y presentarse, tener red y contactos, y yo, realmente, no podría mezclarme con todo eso, así que prefiero quedarme en mi taller y pintar, en lugar de ir a otro vernissage.

Los galeristas suelen tener una soberbia que supera al inseguro orgullo de los artistas. Quizás la película pueda cambiar las reglas del juego. Ya veremos.

¿Qué nuevas series o proyectos pictóricos atesoras en marcha?

He estado trabajando, recientemente, en una nueva serie de pinturas llamada ‘MANIKARNIKA’.

En la ciudad santa de Varanasi, en la India, se encuentra Manikarnika Ghat, junto al río Ganges. Es el lugar definitivo donde la muerte estrecha su mano con la vida, de una manera tan alegre. Un lugar donde se incinera a los hindúes después de que su alma abandone el cuerpo. Un lugar repleto de rituales, aceptación, celebraciones y hogueras activas durante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

Pasé muchos días y noches en medio de ese torbellino recolectando imágenes, olores y formas de entender cómo se concibe la muerte en esa cultura. Y debo decir que mi paleta nunca ha sido tan colorida como ahora, que estoy trabajando en este proyecto.

tatuaje, Barbar,
La artista checha Barbar junto a su obra ‘Madonna Pruina’. Fotografía cortesía de la artista.

Jose Ramón Alarcón

«Entiendo la Meseta como un lugar físico y mental»

#MAKMACine #MAKMAEntrevistas | Juan Palacios
‘Meseta’
75′ | Doxa Producciones, Jabuba Films y Atera Films, 2020
Atlàntida Film Fest | Filmin
Martes 1 de septiembre de 2020

Si en uno de sus poemas de ‘Campos de Castilla’ (1912) Antonio Machado evocaba “Las tierras labrantías, / como retazos de estameñas pardas, / el huertecillo, el abejar, los trozos / de verde obscuro en que el merino pasta, / entre plomizos peñascales, siembran / el sueño alegre de infantil Arcadia” –dignificadas como vestigio último del mundo pastoril clásico–, el paisaje contemporáneo amanece consumido y abandonado a una suerte de desidia, incuriosa y negligente, alejado de aquella Castilla de utopía e idealismo que barnizaba los plúmbeos juegos florales de algunos noventayochistas.

Y hacia estas tierras agrestes y caniculares dirige (o más bien, retorna) su mirada lírica y experimental Juan Palacios (Eibar, 1986) en ‘Meseta’ (2019) –segundo largometraje del cineasta armero, tras su laureado ‘Pedaló’ (2016) y diversos cortometrajes que jalonan su incipiente y ensayistica filmografía–.

Un sugestivo y háptico documental (no exento de una cierta y bienvenida causticidad) que radiografía un cosmos rural tan mentado como ignoto, cuya excelencia compositiva ha formado parte de la sección ‘Política y controversia’ en la décima edición de Atlàntida Film Fest –organizado por Filmin–, y que aguarda su venidero recorrido en salas comerciales tras haber obtenido la mención especial del jurado en el Festival CPH:DOX (Dinamarca), el premio al mejor largometraje nacional en el Festival de Cine Independiente de Barcelona l’Alternativa y el premio del gran jurado y del jurado joven en el Festival de Pesaro (Italia).

Meseta, Juan Palacios

Por ello, MAKMA entrevista a su director con el fin de tantear un territorio que, a pesar de que la actualidad (editorial, política y diurna) ha reconvertido en ubérrimo, prosigue yermo en cuanto cae la noche sobre las innumerables mesetas que pueblan el rústico paisaje (cultural y económico) de la “España vacía”.

Según el DRAE, una meseta es una “planicie extensa situada a considerable altura sobre el nivel del mar”. Por su parte, el Instituto Geográfico Nacional perfuma esta vasta extensión para matizarla en relación a las poblaciones de la Submeseta Norte de España, incorporando conceptos paisajísticos como penillanuras y ondulaciones. ¿Qué significado encierra ‘meseta’ en tu concepción y manejo del término, más allá de cuencas hidrográficas y altas montañas que circundan el Mombuey?

Desde que era un crío, cuando iba con mis padres desde el País Vasco al pueblo en Zamora, recuerdo que siempre me fascinaba cruzar el desfiladero de Pancorbo. De repente, se abría una llanura que me parecía la sabana africana. A partir de ahí todo cambiaba, el paisaje y la gente.

Siempre me han atraído esos cielos enormes y horizontes lejanos que van más allá de lo pintoresco, de película del oeste, cinemática, ancestral y solitaria. Con temperaturas gélidas en invierno y sol tórrido en verano puede resultar una tierra hostil, pero de ella miles de labradores han vivido durante siglos. Hoy, sin embargo, para algunos es una zona de paso abstracta que surcan a toda velocidad cuando van de una ciudad a otra. Para otros, como yo, es el lugar de origen del mito familiar. Entiendo la Meseta como un lugar físico, pero también mental.

¿Qué implicaciones personales mantienes con Fresno de la Carballeda? ¿Sería posible ‘Meseta’ sin vínculos ni parentescos?

Puede que en la película todo parezca rodado en un pueblo concreto (el único letrero que vemos en la película es, efectivamente, el de Fresno de la Carballeda), pero, en realidad, son muchos lugares en los que he rodado. Desde Tierra de Campos o el Valle del Tera hasta la Sierra de la Culebra y la Carballeda. Al acabar el rodaje me fijé en el cuentakilómetros de mi coche y me di cuenta de que había conducido más de 20.000 km.

Por supuesto, cada pueblo es diferente y tiene sus particularidades, pero en mi película no quise centrarme en uno en concreto, sino, más bien, aproximarme a ese pueblo que forma parte de la mitología familiar de muchos. Un pueblo universal, por así decirlo. Sin embargo, el punto de partida es el pueblo de mis ancestros, Sitrama de Tera.

Fotograma del documental ‘Meseta’, de Juan Palacios. Imagen cortesía de Filmin.

Creo que ‘Meseta’ también le habla al que no tiene pueblo y puede conectar bien con ella, pero a la hora de hacer la película el vínculo parental que yo tengo con el lugar ha sido indispensable. Muchos de los personajes, empezando por mis abuelos, que son parte de la película, los conozco desde que soy niño.

A la hora de trabajar el espacio de forma visual y aural, el camino me lo iban indicando recuerdos y fascinaciones que tengo desde que soy niño: la red de caños que se usa para regar por inundación, el color de la arcilla roja de los barreros de donde se saca la tierra para hacer adobe, la bodega de mi abuela, que es casi un lugar místico… Bebo de ese vínculo personal que tengo con el lugar.

Y si de algo estoy agradecido es de que mi familia, mis abuelos en concreto, me hayan mantenido conectado con unas formas ancestrales de hacer y de relacionarnos con lo que nos rodea.

Sentenciaba el escritor Sergio del Molino, en su ya conspicuo título ‘La España vacía. Viaje por un país que nunca fue‘, que “a la España vacía le falta un relato en el que reconocerse. Las historias que la cuentan complacen a quienes no viven en ella y halagan dos clases de prejuicios: los de la España negra y los del beatus ille”. ¿Se revela ‘Meseta’ en ese posible relato ausente o no has querido llegar a tanto?

A tanto no se si habré llegado, pero es precisamente ahí donde me quería posicionar. ¿Qué hay entre esas dos miradas que mencionas? A veces lo rural se equipara con la vida sencilla y la libertad. Una mirada que puede resultar naïve si uno no sopesa lo sacrificado que puede ser vivir en el campo.

Es precisamente eso lo que se pone de manifiesto al escuchar historias de intentos de vuelta al pueblo frustrados. Es el caso de la escena de Jorge, el hombre que llama a la radio para contar su desventura de cuando intentó vivir en varios pueblos con su mujer y su hija. Historias poco comunes en los medios de comunicación que, por lo general, tienden también a fomentar esa visión romántica del campo que en realidad le hace flaco favor. Para otra gente, sin embargo, el campo está lejos de suscitarles cualquier tipo de atracción.

Durante muchos años, el deseo por el progreso llevó a la antagonización de lo rural, a considerarlo un mundo atrasado, y creo que esto ha generado que mucha gente, hoy en día, tenga un gran desapego a lo rural, aunque sus orígenes también estén ahí. ‘Meseta’ busca indagar entre estas dos miradas: entre la visión romántica, a veces naïve, de lo rural y el desapego del que no quiere poner un pie sobre un pueblo de Castilla.

En una escena de la película, por ejemplo, cuando cae la noche, no muy lejos de los clubs de alterne, dos hombres “berrean” en la noche Zamorana. Nos llevan de safari nocturno por la Sierra de la Culebra, en la frontera entre España y Portugal. Un territorio fantasma, como ellos lo llaman, en el que, debido a la poca presencia humana que queda en la zona, lo salvaje ha reconquistado lo que una vez se le arrebató.

Un instante de ‘Meseta’, de Juan Palacios. Imagen cortesía de Filmin.

El bosque y la fauna del lugar ha crecido de manera excepcional y los pocos campesinos apenas pueden cultivar porque los animales se comen lo que siembran. Esto plantea una cuestión muy interesante que indaga en la brecha existente entre el campo y la ciudad. La mayoría de la sociedad, los urbanitas, queremos que los bosques sean salvajes y exuberantes, y cuantos más animales haya en ellos, mejor.

Pero este deseo hace muy difícil el medio de vida tradicional de las personas que viven en esta zona en concreto. Los dos hombres conversan sobre lo olvidados que se sienten por las Administraciones y plantean, irónicamente, si a los ojos del Estado forman parte de la sociedad o se han convertido en un animal más.

¿Ha complacido a los escasos carballeses que aún habitan el lugar?

En el campo faltan muchas cosas: escuelas, hospitales… y también cines. De momento, la película solo se ha visto en festivales de cine que casi siempre se celebran en ciudades. Mis abuelos vinieron al estreno nacional en el Festival de Cine de Gijón y sé que a ellos les gustó. Les pareció un poco lenta, eso sí. También se proyectó en la Muestra de Cine de Palencia, donde vinieron amigos del pueblo y algunos de los protagonistas. Por lo que sé, les complació. Pero creo que eso se lo tendrías que preguntar a ellos personalmente.

En ‘Las ciudades invisibles’, el periodista y escritor Italo Calvino afirmaba que “lo que dirige el relato no es la voz, es el oído”. ¿Qué importancia le concedes a la percepción del paisaje sonoro de ‘Meseta’? ¿Atesoraba un papel aún más determinante que la composición visual durante la gestación del proyecto?

Muchas escenas están concebidas a partir del sonido y no de la imagen, así que tiene una importancia vital. Cuando estaba haciendo la película leí ‘Castilla’, de Azorín. En él hay un capítulo dedicado al mar, o más bien a su ausencia. Y, si mal no recuerdo, en un pasaje del texto, Azorín trata de evocar haciendo uso de los aspectos estéticos y sensoriales que le ofrece el campo.

Pensé en hacer una “adaptación contemporánea” de ese pasaje porque algo que caracteriza al paisaje de la Meseta es ese clima hostil alejado de la costa. Para ello me centré en ese sonido casi narcótico de las horas de más calor en el campo. Las cigarras y otros insectos junto a la autovía que pasa a lo lejos y el sonido vibrante de la electricidad, que corre por el kilométrico tendido eléctrico que surca Castilla, crean una amalgama de ruido blanco en la que, si uno se deja llevar, puede llegar hasta las olas del mar.

También juego con el sonido grave, tipo drone, de los, sorprendentemente, muchos aviones que sobrevuelan el lugar. A veces crean una atmósfera lynchiana que hacen que los álamos que agita el viento escondan mucho más de lo que a priori parece. Al sonido del avión se le une el de la berrea de los ciervos y el de la tormenta que cada vez está más cerca para, una vez más, crear una densa textura aural.

Obviamente, el silencio también forma parte del espacio vacío que quería capturar en la película. No hay música extradiegética, pero creo que la película tiene cierta musicalidad. Hay una especie de sonido directo alterado que funciona casi como una banda sonora.

Para rubricar su relato, es plausible afirmar que el narrador precisa del sustento y manejo de sus personajes; y en tu película abundan, sintetizando una forma diversa y compleja (en ocasiones, hilarante) de ser/estar en el mundo, quizás los penúltimos habitantes de un microcosmos en ineludible decadencia. ¿Caben alternativas a la melancolía tras el éxodo o a la nostalgia silente del que permanece?

Durante el rodaje me encontré con Jeromo Aguado y Arturo Sócrates, dos campesinos que para mí también son filósofos. Rodé una conversación entre ellos que me encanta, pero que al final no me encajaba en el montaje, y que, muy a mi pesar, tuve que dejar fuera. Aun así, de ellos aprendí mucho. Entre otras cosas, me contaban que el futuro de la humanidad pasa por la vuelta al campo, por la vuelta al saber ancestral.

Volver no por una cuestión de nostalgia, sino por la necesidad de una calidad de vida que las ciudades, cada vez más saturadas, ya no pueden ofrecer. Cultivar tus propios alimentos, intercambiar, autoorganizarse, vivir en comunidad de forma no utópica…

Una vida que no está exenta de un gran esfuerzo, ni mucho menos, pero que tal vez ofrezca un sentido de pertenencia mucho más profundo. Creo que la Meseta es el sustrato donde esta posibilidad se puede dar.

Meseta
El cineasta Juan Palacios. Fotografía cortesía del autor.

Jose Ramón Alarcón

«El dolor por el exilio es un engaño de la razón»

#MAKMAEntrevistas | Juan Tomás Ávila Laurel: «El dolor por el exilio es un engaño de la razón»
‘El escritor de un país sin librerías’, de Marc Serena
81′
Coproducción España-Guinea Ecuatorial, 2019
Atlàntida Film Fest 2020 | Filmin
Hasta el 27 de agosto
Miércoles 12 de agosto de 2020

Con el atuendo túrbido y lírico que uniforma su título, el periodista, escritor y cineasta Marc Serena (Manresa, 1983) rubrica su cuarto documental, ‘El escritor de un país sin librerías‘; un filme sustentado por el vívido, reflexivo y comprometido testimonio del escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966).

Un prolífico autor residente en Valldoreix (San Cugat del Vallés, Barcelona) desde hace varios años, cuya obra –escrita en castellano y que transita por los géneros de la novela, el ensayo, la poesía o el teatro– goza de un refrendo académico internacional –no en vano, fue galardonado en 2003 con el ‘Joseph G. Astman Distinguised Conference Scholar’ por la Universidad de Hofstra de Nuevo York– que no ha encontrado el justo y merecido acomodo entre la industria editorial española.

De este modo, ‘El escritor de un país sin librerías’ –que forma parte de la sección ‘Muros y Fronteras’ del 10º Atlàntida Film Fest (en Filmin hasta el 27 de agosto)– transita tras los pasos inmediatos y biográficos de Juan Tomás Ávila con el fin de esclarecer los ecos del pasado colonial español en Guinea Ecuatorial y, aún más relevante, procurar una mirada radiográfica al sombrío presente del país, sometido a los dictados de su presidente y jefe de Estado, Teodoro Obiang (Acoacán, 1942), quien gobierna, despótico y totalitario, desde hace cuatro décadas, cosechando la infame virtud de haber empobrecido dramáticamente a la población de una región acaudalada en yacimientos petrolíferos y recursos naturales.

exilio, Juan Tomás Ávila,

Un documental que cuenta, a la par, con las aserciones y denuncias de camaradas activistas, profesores y músicos –como el rapero Negro Bey–, que auxilian a iluminar un vasto y obscuro territorio de nuestra reciente historia geopolítica, hacia la que hemos ofrecido la gélida espalda de la ignorante desidia.

Un país que transita huérfano de librerías implica carecer de industria editorial, redes de distribución y el contacto inmediato y último con la literatura. ¿Qué acceso y experiencia cultural atesoran o disponen los ecuatoguineanos?

Supongo que estaría hablando de experiencia cultural foránea. Pues poca, francamente. Además, al haber mucha gente que ha desarrollado su vida en las ciudades ha hecho que lo que podría llamarse experiencia cultural nativa no haya tenido mella en ella. Y, entonces, hay muchos guineanos que no han tenido ninguna inmersión o contacto serio con ninguna experiencia cultural, y a los que ciertos hechos culturales podrían resultar tediosos.

Entonces, podría decir que ahora mismo no recuerdo que hubiera ninguna editorial, por más que en los últimos años se hiciera presente la posibilidad de autoediciones, aprovechando cierta disponibilidad dineraria y el auge de editoriales que se prestan a esta modalidad. El traslado y la distribución de estos libros suele correr a cargo de los autores y en dimensiones testimoniales.

Hay bastantes guineanos que han estado en España por muchas razones y supongo que habrían tenido la oportunidad de un contacto distinto con cualquier hecho cultural, pero a ellos les afectarían unas condiciones también duras. En realidad, la afición por la lectura debe empezar a cierta edad, y no precisamente cuando se tienen ciertas obligaciones a cuestas, como afianzarse en una carrera en el extranjero. Digamos que el que no lee de niño o adolescente, difícilmente lo hará de adulto.

En tales circunstancias, ¿cómo ha forjado su condición de lector, primero, y su ulterior constitución como escritor? ¿Con qué referencias convivía desde sus primeras inquietudes literarias?

Yo leí lo que me encontré, o no leí. Aprendí a leer con libros de temática católica y hasta ahora recuerdo, por ejemplo, un párrafo que decía: “Los reyes magos adoraron al Niño-Dios, a quien ofrecieron espléndidos regalos”. Bueno, no entendía lo que decía, por más que de Dios hubiera oído mucho. Hasta que acabé el bachillerato los guineanos seguían un temario de literatura similar a un alumno español, solo que, según dónde haya tenido suerte de estar matriculado, sin libros y con malos profesores.

Entonces, mis referencias serían los clásicos españoles y de los primeros que se ven en el temario. Así, en más de una ocasión dije que un escritor al que consideraba con muchos registros era Quevedo. En todo caso, también suelo decir, y porque lo creo, que un escritor nace, así que las escasas referencias y lecturas no impidieron que deviniera en escritor.

Ni siquiera pudimos tener como referencia a los primeros guineanos que escribieron; uno, porque tampoco eran mencionados en el temario, y, lo segundo, porque durante los primeros años de la Guinea independiente apenas se enseñaban más que estupideces del dictador en el poder.

Exilio, Juan Tomás Ávila,
Juan Tomás Ávila en una escena del documental ‘El escritor de un país sin librerías’, de Marc Serena. Fotografía cortesía de Atlàntida Film Fest.

Tal y como se apunta en el documental, en su primer apellido, Ávila, porta consigo la herencia colonial española. ¿Supura, aún, como una herida infecta, ese legado?

Sí que es herencia colonial española, pero no supura nada. Ocurre que los annoboneses aceptaron estos nombres porque no creían que iban a tener la transcendencia que tuvieron. Y es que ellos, sobre todo los adultos, siguen utilizando los nombres nativos que las circunstancias de su cultura impusieron. Si no hubiera sido por la escolarización de ellos, y en una escuela colonial o por la continuación de la educación colonial que adoptó Guinea, muchos annoboneses no hubieran usado estos nombres jamás.

De hecho, entre ellos estos nombres reciben el apelativo de “nombre de escuela”. Entonces, hay muchos que murieron cuyos nombres coloniales nadie conoció, porque eran conocidos de otra manera. Que no supure no significa que no haya quedado la cicatriz de la imposición, que molesta a los jóvenes que son sensibles ante las imposiciones del pasado.

¿Debe considerarse su más reciente novela, ‘Cuando a Guinea se iba por mar’, una síntesis esclarecedora de la lacerante memoria política de su país?

Es una novela con pretensión de que se recuerde la historia colonial y se haga un recorrido por sus interacciones vitales, si puede decirse. Y como es un libro limitado y la historia siempre es más larga y profunda, es imposible abarcarla con un solo libro. En todo caso, o en este, es un acercamiento a ciertos temas capitales que configuran el alma guineana, diríamos.

Al margen de la oficialidad de lengua española, ¿son apreciables los vestigios sociales y culturales de su pasado reciente en la Guinea Ecuatorial contemporánea?

Sí. En las ciudades guineanas se puede tomar un desayuno líquido, cuando en otras condiciones nuestro desayuno hubiera sido más consistente. Todo el catolicismo es colonial y, de cuando en cuando, hacen misas en latín, o al menos parte de ella, y la gente se saluda con un apretón de manos o con dos besos. Bien, si no son vestigios sociales de España, se parecen.

En todo caso, y ahora que se puede, mucha gente ve los telediarios de España como si fuera del país propio. Al ser un país que heredó el calendario cristiano de España, sigue las mismas festividades y tiene fiestas patronales. Esto creo que es español, por más que su desarrollo se ajuste a las costumbres locales.

¿Cuáles fueron las condiciones y motivos de su huida forzosa del país, en febrero de 2011?

En el año 2011 salí del país durante una huelga de hambre que hice en protesta por la visita de una delegación del Congreso de los Diputados de España al dictador. Durante la misma vi que los embajadores de ciertos países, que algunos creían que tenían interés por la democratización de Guinea, no tenían este interés, además de que lo que me pasara en la misma no sería de su interés. Actuaron como si fuera un delito enfrentarse a un dictador. Bueno, lo vi claro.

Tras casi una década de residencia en España, ¿experimenta sobre sí mismo y sobre su obra una ineludible condición de exilio? ¿Aspira a desterrarla?

¿Desterrar la condición de exilio? ¿Por qué habría que hacerlo? No siempre un autor puede saber a qué “huelen” sus libros. En todo caso, depende mucho del género. He de decir que no hablo de Guinea en tono nostálgico porque, desde el año 2014, he visitado anualmente el país. Si yo creyese que no pudiera aguantar fuera de Guinea, me iría.

En todo caso, las razones por las que el exilio es una situación dolorosa descansan en que, muchas veces, el sujeto siente que en su país no se dan las condiciones óptimas para vivir, y esto hace mella en la gente que lo mira desde la distancia. Lo dije una vez: el dolor por el exilio es un engaño de la razón, por más que hoy hayan nacido cientos de personas que hacen difícil que cualquiera que sale de su país, por cualquier circunstancia, no pueda instalarse en otro. Es decir, aún cuando lo dejaran instalarse, lo sentiría igualmente, por más que las condiciones nuevas fueran mejores que las anteriores.

Sentenciaba la escritora chilena Isabel Allende que “el exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance”. ¿Hacia dónde dirige su mirada existencial y literaria Juan Tomás Ávila?

No es que miran, sino que se instalan en el pasado. Mucha gente pierde mucho tiempo buscando las oportunidades de volver. Ya he hablado del engaño de la razón. Y es que el hecho de que tu pasado estuvo ligado a un tipo de supervivencia te hace creer que en tu tierra estarías mejor. Bueno, ya saben que no solo de pan vive el género humano.

Un inmigrante es alguien que no está afectado por este engaño. Tenemos que decir que hay mucha gente que no cree que la gente se merezca esta oportunidad. De repente, uno dice que un país es suyo, como si dijera que el Océano Índico es suyo. Yo creo que se me debe publicar y leer más para que la gente saque las conclusiones de esta pregunta por su cuenta.

¿Confía en que ‘El escritor de un país sin librerías’ auxilie a situar su obra en castellano con semejante relevancia a la que goza en la industria editorial internacional?

Deseo que pase cualquier cosa buena con ‘El escritor de un país sin librerías’. Por mi parte, y por parte de otra gente, ya nos hemos dado cuenta de que hay gente que no quiere situar según qué en ninguna escena. Entonces, esperamos que el documental les ayude a decidir. Ya sabemos que sobre el cine hay mucha más luz que la labor cuasi anónima de un escritor anémico. O de un escritor carente de un potente barco para cruzar el mar de la indiferencia que muchos suelen pretender crear.

exilio, Juan Tomás Ávila
El escritor Juan Tomás Ávila. Foto: Josep Gutiérrez.

Jose Ramón Alarcón

«La gente ha vuelto a las librerías de barrio»

Capeando el temporal (y III) | Paseo por las librerías valencianas tras la COVID-19
Librería Railowsky, de Juan Pedro Font de Mora (presidente del Gremi de Llibrers de València)
Gravador Esteve 34, València
Lunes 3 de agosto de 2020

Entrar en Railowsky es acceder a una versión contemporánea de la caverna de Platón. Dentro de la librería te topas con un reflejo de la realidad captada a través de la mirada de los mejores fotógrafos del mundo.

Además de una librería y una sala de arte, Railowsky es un club de amigos vinculados por su pasión al arte en imágenes y un foro cultural donde puede ocurrir cualquier cosa. Desde que te inviten a una marca especial de cerveza a asistir a una mini pieza dramática inspirada en una foto –un proyecto que se llevará a cabo la próxima temporada si el virus lo permite–.

Un cuarto de siglo de existencia ha bastado para que este rincón del Ensanche haya adquirido categoría de leyenda. La librería abrió sus puertas en 1985, un año de buena cosecha cultural en el que se formaron varias compañías teatrales valencianas que hoy cumplen sus bodas de plata.

Juan Pedro Font de Mora, en su librería Railowsky.

Un escalón, un escaparate decorado con anuncios y carteles, y unas puertas batientes que se abren a una cámara forrada de libros. Al fondo, agazapado tras el ordenador, Juan Pedro Font de Mora, nuevo presidente del Gremi de Llibrers de València desde finales de julio.

Tras su aire de frugalidad, lentes quevedescos y perilla a lo mosquetero, se embosca un auténtico guerrillero que tras la trinchera de papel se las ha visto de todos los colores. En el año 2005, recibió el premio de la Generalitat Valenciana a la difusión del libro y la promoción de la lectura.

En 2009, se creó la asociación cultural sin ánimo de lucro Amics de Railowsky y, al cumplir los 25 años, la Universitat Politécnica le dedicó un libro. Hasta es protagonista de un largometraje documental, ‘Universo Railowsky’, que en clave de humor cuenta las aventuras y desventuras de un librero de provincias. «Desde que empecé en este oficio no he conocido una época de gloria», comenta Font de Mora con su flema habitual. «La crisis es el estado natural del sector».

Sin embargo, reconoce que esta última, la COVID-19, ha tenido un sorprendente efecto rebote y las ventas diarias han aumentado ligeramente respecto a la etapa anterior. «Parece que la gente se ha sensibilizado respecto a la necesidad de la lectura y el papel que cumplen las librerías de barrio, y está volviendo a ellas. También han ayudado las campañas como ‘Sentim Llibres’, promovidas por gente joven que son los que tienen las ideas más osadas».

Vista de la Librería Railowsky, con Juan Pedro Font de Mora, al fondo, con mascarilla.

Al igual que sus colegas, se encuentra a la espera de las ayudas institucionales prometidas en el plan ‘Reactiva’: medio millón de euros dedicados a la compra de obras de arte y una cantidad similar en libros para bibliotecas. «Las cosas van lentas y parece que se van a centrar las ayudas en alquileres y otros gastos», comenta Font de Mora. Para compensar las pérdidas por no poder organizar actos culturales, ha potenciado la sección de narrativa y ensayo que complementa su oferta básica en torno al cine, la fotografía, el diseño, la ilustración, el vídeo, etcétera.

El hecho de ser librería especializada tiene dos caras. «En mi nicho, la fotografía y la imagen en general, no tengo casi competencia, pero, naturalmente, el público potencial es minoritario. En todo caso, a lo largo de estos 25 años, Railowsky se ha convertido en un punto de referencia. «Tengo clientes de fuera de la ciudad que aprovechan sus visitas a València por asuntos de trabajo o de ocio para venir a por sus libros».

Fachada de la Librería Railowsky.

Como nuevo presidente del Gremi, que reúne 77 puntos de venta, Font de Mora tiene unas líneas de actuación claras y concretas. «Nuestra prioridad será apoyar a las librerías para que se modernicen tanto en el aspecto digital como en la oferta de actividades culturales», comenta. «También, ampliar la gestión de servicios que se ofrecen a las librerías en temas administrativos, como la solicitud de subvenciones. Queremos que los libreros estén con nosotros no solo por la rebaja en el alquiler de las casetas para la Fira del Llibre».

Los libreros esperan como agua de mayo este evento, pues representa alrededor de un 15% de su facturación anual. Las fechas y el lugar están definidos. Se celebrará en noviembre en la plaza del Ayuntamiento. Un centenar de casetas distribuidas a lo ancho y largo del ágora urbana que ya habrá estrenado nuevo look. «Este cambio de localización es puntual», advierte. «La idea es volver a Viveros, que es el punto de encuentro tradicional para lectores que acuden en familia a pasear y ver libros».

La precariedad y la resistencia voluntarista son los denominadores comunes en el sector del libro. «El 80% de las librerías que funcionan en España ganan en torno a unos 90.000 euros al año», indica Font de Mora. «Contando los gastos generales y alquiler del local esa cantidad solo da para un sueldo modesto que se asigna el propietario por muchas horas de trabajo». Tras esta realidad subyace una singular fórmula de economía familiar. «Es frecuente que un miembro de la pareja gestione la librería por amor a los libros, mientras el otro aporta, digamos, el sustento más sólido con otro tipo de ocupación laboral», concluye Juan Pedro Font de Mora.

Juan Pedro Font de Mora, en su Librería Railowsky. Imagen cortesía del Gremi de Llibrers de València.

Bel Carrasco

Alberto Manrique «fue un arquero del arte que soñó con flechas»

#MAKMACine #MAKMAEntrevistas | Dácil Manrique de Lara
‘El último arquero’
74′
La Mirada | Super 8 Distribución, 2020
Estreno en España: viernes 24 de julio
Martes 28 de julio de 2020

En su ensayístico prontuario ‘De la estatua a la piedra. El autor se explica’ (1999), el escritor luso José Saramago sentenciaba que “olvidar es la muerte definitiva y si conseguimos no olvidar, aunque sabemos que no es posible guardar todo en la memoria, eso será prolongar la vida y los nombres de las personas, dotarlas de otra existencia”.

Si para aquel esta era su tarea más relevante, a tales cometidos se acoge la realizadora audiovisual y cineasta canaria Dácil Manrique de Lara en ‘El último arquero‘ (2020), filme instituido en su debut en el largometraje documental que transita por la memoria y el legado artístico y personal de su abuelo, el pintor Alberto Manrique (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-2018) –confundador en los años cincuenta, junto a Manolo Millares, Felo Monzón y Juan Ismael, de LADAC (Los Arqueros del Arte Contemporáneo), relevante y efímero colectivo de arte de vanguardia grancanario que, a través del gouache, el fotomontaje o la acuarela, procuraron un horizonte creativo, de acentos surrealistas, con los que renovar el contexto artístico de las islas–.

Manrique

Un lírico y radiografiante descenso a las cuitas y júbilos de la afectada memoria del acuarelista –y de la propia directora–, en compañía sempiterna de su esposa, la violinista Mª Dolores Yeya Millares, entre sobremesas de ajedrez, dietarios personales, celuloide en súper-8 y la composición de la obra última –tanto en lo cronológico (Alberto Manrique fallecería durante la grabación del documental) como por las razones compositivas y semánticas que habitan el cuadro definitivo–, con la que reponerse de las perturbaciones que nos secundan y sanar las vulnerabilidades de la existencia.

Por ello, con el objeto de desentrañar algunos de los motivos que fundamentan su trabajo documental, MAKMA entrevista a su directora, Dácil Manrique de Lara, tras el reciente estreno del filme el pasado viernes 24 de julio.

¿En qué momento tomaste la determinación de transmutar tu memoria emocional sobre Alberto Manrique en proyecto cinematográfico? ¿De qué modo te interpela como cineasta la deriva creativa y biográfica de tus ancestros?

Podría responder de muchas maneras diferentes porque, en realidad, fue un proceso complejo; pero, desde luego, nunca pensé en transmutar mi memoria sobre mi abuelo en un proyecto cinematográfico. En un primer momento, la idea inicial era hacerle un regalo: devolverle la memoria que había perdido en un ictus, años atrás, a mi abuelo, el pintor Alberto Manrique. Al fallecer él durante el rodaje todo cambió. No pudimos terminar la película con él, así que acabó siendo un viaje personal donde le homenajeo.

El concepto ‘arquero’ atesora por semántica tanto al individuo que tira como al que fabrica el arco e, incluso, al soldado que beligera en una contienda superior con tales rudimentos. ¿Ha transitado el devenir vital y artístico de Alberto Manrique por el mapa simbólico de sus tres significados?

La película está llena de simbolismos, algunos de ellos ya existían antes de la escritura del guion de la película. Efectivamente, los arqueros eran aquellos cuatro jóvenes, entre ellos mi abuelo, que crearon un grupo de arte vanguardista –LADAC (Los Arqueros del Arte Contemporáneo)–. Tiraban flechas tan lejos que muchos no pudieron entender en aquel momento lo que allí se estaba gestando. No hay más que ver, a día de hoy, que aquellos artistas fieles a sus convicciones y necesidades defendieron hasta el final una forma de expresión, la suya propia, a través de la pintura. Mi abuelo fue un arquero, un arquero del arte que tiró y soñó con flechas; pero también fue padre, abuelo y fiel compañero de Yeya Millares.

El artista Alberto Manrique en su estudio, durante un instante de ‘El último arquero’, de Dácil Manrique. Fotografía cortesía de la distribuidora.

¿Qué sería de su figura, hoy, si aquella determinación por dedicarse exclusivamente a la labor pictórica se hubiera producido en el Madrid inmediatamente ulterior a la posguerra?

Es siempre difícil, por no decir que imposible, saber qué es lo que hubiera pasado si él hubiese dejado la isla en busca de un mejor futuro. No suelo hacerme ese tipo de preguntas, pero es cierto que en la película se cuestiona que la proyección artística de mi abuelo podría haber sido muchísimo mayor de no haberse quedado en la isla. Quedarse en la isla era, de alguna manera, quedarse aislado. Antes no era como ahora, que coges un avión y vas a donde quieras, cuantas veces quieras; antes había que ir en barco y tardabas días en llegar a la península. Incluso mandar cuadros a Madrid o Barcelona era un trajín y, de hecho, en cierta manera, lo sigue siendo… Todo aquello limitaba en muchos aspectos. Lo cierto es que la generación de mis abuelos sí sentían que en Canarias había menos oportunidades y, por esa misma razón, muchos de ellos se fueron y encontraron un camino con muchas más oportunidades. Tenemos el ejemplo del hermano de mi abuela, Manolo Millares, o Martín Chirino, que recorrió el mundo, como decía él, haciendo espirales.

¿Cómo afectó a la obra de Manrique su ictus amnésico, a comienzos de los años noventa? ¿Ha sido su creación la principal constante, a la postre, de su existencia?

Creo que el arte de mi abuelo era algo que iba más allá de la capacidad que puede llegar tener un pintor para crear una pieza u obra de arte; para mí y para mi abuela, él tenía un don. No muchos pintores tienen la capacidad de generar una obra tan amplia en una carrera tan corta –y de manera tan espléndida– al mismo tiempo. Él pintó cada día de su vida desde el mismo momento en el que decidió dejar su trabajo como aparejador; y pintó hasta el final de sus días. Fue su constante, desde luego, amaba lo que hacía. Cuando mi abuelo Alberto sufrió el ictus, olvidó que era artista… Recuerdo que vio uno de sus cuadros y preguntó que quién lo había hecho, pero a los pocos días se puso a pintar incluso habiendo olvidado cómo hacerlo. En cuestión de minutos su mano comenzó a trazar nuevamente, con soltura, líneas y dibujos como sí no lo hubiera olvidado, como si realmente pintar fuera parte de él.

La violinista Mª Dolores Yeya Millares, esposa del pintor, durante un instante del documental. Fotografía cortesía de la distribuidora.

¿Consideras que su esposa (tu abuela), Mª Dolores Yeya Millares, fue, igualmente, una excepción en tiempos obscuros?

Sí, sí, claro que lo creo. Mi abuela fue una mujer pionera… Ella fue la primera violinista de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria en una época en que la mujer se casaba y ya. En su familia pasaron episodios de vida realmente duros; al igual que el resto de sus hermanos, supo canalizar, quizás, parte del dolor a través de la música, el arte y la literatura. Junto con mi abuelo hicieron un pacto de amor casi artístico, único y singular.

¿Qué valoración ha hecho de tu película?

Mi abuela dice que es perfecta…

En el presente filme recuperas un manejo de las sombras por las que ya te hubiste adentrado en proyectos precedentes. ¿Hay una comunión entre ellas y la luz que invade el universo escénico de las acuarelas de Manrique?

Nunca me lo había planteado así… Podría ser como una segunda lectura interesante de ese mundo de sombras propio y personal, en paralelo con el mundo de luces de mi abuelo, pero, simplemente, me sentí así en el último tiempo en el que estuve en Madrid. Ir a grabar el documental hacía que ese mundo de sombras fuera desapareciendo.

¿Comprendes con mayor profundidad la obra de tu abuelo? ¿Te reconoces en ella, ahora que cuelga en tus dominios su último cuadro?

Comprendo ahora la obra de mi abuelo de manera diferente a como la comprendía en un pasado. El paso del tiempo te hace entender las experiencias de tu vida de manera más asentada, pero el tiempo también hace que sigan mutando. Yo lo llamaría evolución, y estamos constantemente en proceso de esto mismo, ¿no? Al fallecer mi abuelo decidí darle el cuadro a mi abuela, que ahora cuelga en sus dominios y no en los míos… Y así es como debe ser.

¿Crees que depositar en tu debut en el largometraje documental este denso y, a la par, desnudo equipaje psicológico te ha liberado de un deber, moral y psicológico, para encaminar tus proyectos futuros como cineasta?

No. Pero si tenía claro que mi primera película tenía que ser este regalo que le quería hacer a mi abuelo. Devolverle parte de lo increíble que era él y que lo había olvidado.

¿Cuáles son tus expectativas respecto de su reciente estreno a nivel nacional? ¿Esperas que ‘El último arquero’ permita revitalizar el legado artístico de Alberto Manrique?

Pues, respondiendo a las dos preguntas, espero que se conozca no solo la obra de mi abuelo, sino a la persona que hay detrás de la obra, a Alberto Manrique. Y que también se conozca parte de nuestro legado cultural, que tan desconocido es para muchos de nosotros. También espero que mi abuela siga tan ilusionada como está ahora con el estreno de esta película.

La cineasta Dácil Manrique de Lara. Fotografía cortesía de la directora.

Jose Ramón Alarcón

Animales ‘en objetivo’

‘Animales por el camino de en medio’, de Manuel Galipienso
Oceánica Producciones, Pascale Prêcheur, 2020
Martes 7 de julio de 2020

El trato que damos los humanos a los animales es hoy objeto de intensas polémicas. Durante milenios el Homo sapiens hizo uso indiscriminado de los irracionales para su beneficio. Pero a finales del siglo XX afloró una nueva mirada, una nueva empatía hacia los seres con los que compartimos el planeta. El animalismo es una corriente caudalosa que empapa la sociedad y las redes. Pero, como en todos los movimientos que despuntan, es inevitable la existencia de cierto radicalismo. ¿Hay que dejar de comer carne? ¿Se debe prohibir la caza? ¿Sufren los animales en los zoológicos?

Reflejar la realidad de ciertos sectores relacionados con el mundo animal con la máxima objetividad posible fue el desafío que se plantearon el cineasta Manu Galipienso y su mujer Pascale Prêcheur, experta en conducta animal, al planificar el documental ‘Animales, por el camino de en medio’, producido por Oceánica y distribuido por Jaibo Films.

Durante un año y medio entrevistaron a más de una veintena de organismos públicos, empresas y profesionales, entre los más relevantes de toda España, para dar a conocer la labor que realizan a favor del bienestar de los animales. Su objetivo: ofrecer un relato imparcial sin caer en maniqueísmos. «No todos comparten los mismos ideales, lo que provoca confrontadas opiniones de toda índole que invitan al espectador a una intensa reflexión», dice Galipienso.

Fotograma del documental ‘Animales por el camino de en medio’, de Manuel Galipienso. Imagen cortesía del autor.

El documental, que cuenta con el apoyo del Institut Valencià de Cultura y un presupuesto de 53.000 euros, fue emitido por À Punt y se puede ver en su sección ‘A la carta’, en valenciano. Ha sido seleccionado por el Festival Internacional de Cine de Sax como película inaugural y se difundirá durante la semana del 24 al 31 de julio, de manera online, por la plataforma Festhometv. El Festival de Cine de Alicante también lo ha seleccionado como película invitada y se proyectará en cines entre el 17 y 24 de octubre.

Galipienso y Prêcheur trabajaron una temporada como entrenadores de delfines en Mundomar, en Benidorm. «Allí nos dimos cuenta del desconocimiento que existe respecto al bienestar animal», comenta Galipienso. «No solo de los animales en cautividad, sino también de los domésticos. Con el paso del tiempo y tras varias experiencias fuimos conociendo la problemática del tráfico ilegal de especies. De ahí que vimos la necesidad, y casi obligación, de sacar este proyecto adelante, prácticamente desde la nada».

Manuel Galipienso y Pascale Prêcheur. Imagen cortesía del autor.

A lo largo de 74 minutos en la versión corta –y 108 en la larga–, el filme recorre centros de rescate, asociaciones de protección animal, parques zoológicos, legislación, tráfico ilegal de especies, animales de asistencia… «Nos centramos en gremios donde la actitud del ser humano afecta de forma directa o indirecta a los animales. Por motivos de duración no pudimos seguir investigando e incluir en la película temas como la tauromaquia o la industria cárnica».

Al principio, fue relativamente fácil conseguir estos contactos por su trabajo con animales, pero luego se toparon con la reticencia de algunas de sus fuentes ante la idea de participar en la misma película donde aparecían otras personas con una percepción totalamente opuesta sobre el significado de bienestar animal. «Tras muchas y largas conversaciones, se percataron de nuestra imparcialidad, lo que les  animó finalmente a sumarse al proyecto. Nos comprometimos en ese sentido y nuestra idea, desde el principio, siempre fue evitar a toda costa la confrontación y unir a los distintos gremios».

Fotograma del documental ‘Animales por el camino de en medio’, de Manuel Galipienso. Imagen cortesía del autor.

En su largo periplo han vivido multitud de experiencias y sensaciones tanto positivas como negativas. «Lo peor fue ver magníficos ejemplares de primates, tigres, pumas, linces, caballos, incluso un león, encerrados en casas de campo en deplorables condiciones. Lamentable consecuencia de la casi inexistente coordinación entre organizaciones, profesionales, administraciones, etcétera».

En el balance positivo cuenta la percepción de «que en realidad, todos los que intervienen en el documental tienen mucho más en común de lo que parecía en un principio. Además, la reacción de los espectadores y participantes al ver la película es muy positiva», concluye Galipienso.

En 2010, Galipienso realizó su primer documental, ‘Descubriendo el surf, con Luis Callejo’ –intérprete nominado a los premios Goya como mejor actor protagonista en ‘Tarde para la ira’–, de Raúl Arévalo. Formado como técnico en realización audiovisual y con varios másteres en cinematografía, ha realizado varios cortometrajes protagonizados por actores reconocidos como Javier Gutiérrez. ‘Animales, por el camino de en medio’ es su primer largometraje. Un reto personal en el que ha ejercido de guionista, director y director de fotografía junto a su mujer Pascale Prêcheur, que le acompaña en todos sus proyectos como productora ejecutiva y, en este caso, también como presentadora.

Cartel del documental ‘Animales por el camino de en medio’, de Manuel Galipienso.

Bel Carrasco

Tras la conciencia artística de #BlackLivesMatter

#MAKMAOpinión #MAKMAArtistas | #ICan’tBreath #BlackLivesMatter
Stokely Carmichael, ‘The Black Power Mixtape’, Spiral, ‘Queer Genius’, Black Quantum Futurism (Rasheedah Phillips y Camae Ayewa AKA Moor Mother)
Jueves 11 de junio de 2020

En el gélido y nórdico otoño de 1967 y frente a un henchido auditorio sueco, el político y activista en defensa de los derechos civiles afroamericanos –y primer ministro honorario de las Panteras Negras– Stokely Carmichael (1941-1998) reflexionaba en torno de la política de no violencia implementada, desde la década precedente, por el conspicuo y malogrado pastor bautista y activista Martin Luther King, Jr. (1929-1968), encominando su figura y, a la par, discrepando de sus postulados para situar en el epicentro del problema un concepto esencial –’conciencia’–, cuya ausencia viene a erigirse en mayúsculo óbice para forzar a materializar la solución a la ignominiosa segregación racial sufrida por la ciudadanía negra del país mediante aquella pasiva metodología pacifista:

Stokely Carmichael durante su discurso en Estocolmo, en 1967. Fotograma del documental ‘The Black Power Mixtape’ (2011), de Göran Olsson, cortesía de Filmin.

“Según el Dr. King, la no violencia ayudaría a lograr los derechos civiles de los negros de EE.UU. Partía de la base de que si no eres violento, si sufres, tu rival verá tu sufrimiento, se sentirá conmovido y cambiará de actitud. Eso está muy bien. Solo se equivocó en un detalle: para que funcione la no violencia tu rival ha de tener una conciencia. EE.UU. no la tiene”.

Un terminante diagnóstico instituido en punto de partida del documental ‘The Black Power Mixtape‘ (2011), de Göran Olsson, que se adentra en la deriva del ínclito movimiento en defensa de los derechos las personas negras a través de la compilación de un valiosísimo e inédito material fílmico rodado por un equipo de televisión sueco, entre 1967 y 1975, equilibrado por el testimonio contemporáneo de una generosa nómina de estudiosos, artistas y activistas estadounidenses.

Un filme cuyo contenido adquiere una ineludible y extraodinaria vigencia reflexiva tras la deplorable muerte por asfixia, el pasado 25 de mayo, del músico afroamericano George Perry Floyd Jr. a manos de un agente de policía de Mineápolis, y su consecuente contienda social que, bajo el lema ‘I can’t breathe’, el movimiento Black Lives Matter ha conseguido dotar de incontenible carácter internacional, sumando la agónica frase de Floyd a las miméticas palabras pronunciadas por Eric Garner (2014), Javier Ambler (2019) y Manuel Ellis (2020) poco antes de fallecer durante sus respectivos, desmesurados y aciagos arrestos.

Mural en homenaje a George Floyd en una ciudad de Estados Unidos.

Si en el orden consuetudinario es plausible admitir que ‘conciencia’ y ‘reflexión’ se instituyen en términos recíprocos por necesidad y consecuencia y, a la par, en herramientas indispensables para dotar de sentido y profundidad a la ‘acción’ –cuando esta acción pretende sobreponerse a las contingencias de la inmediatez y ordenar un rumbo hacia el que dirigirse–, acudir a la conciencia reflexivo-activa del arte puede arrojar un lúcido análisis acerca del racismo endémico sobre el que se ha edificado la idiosincrasia cultural, política y ecónomica de Estados Unidos, y permitir encontrar, a la par, fórmulas que auxilian a germinar una nueva conciencia de la comunidad afroamericana sin necesidad de aguardar a que la eugenésica, racista y heteronormativa conciencia de la comunidad ario-occidental modifique la suya.

De este modo, durante el estío de 1963, una dispar quincena de artistas neoyorkinos de raza negra, abanderados por el pintor Romare Bearden (1911-1988) y el muralista y grabador Hale Woodruff (1900-1980), conformarían Spiral, un colectivo artístico alumbrado al calor de las disquisiciones en torno del papel que debían asumir los artistas afroamericanos en relación a la política, el movimiento de derechos civiles e, igualemente, su marginal presencia en el orbe académico y oficial de la historia y del mercado del arte, cuya puesta en común desembocaría, en la primavera de 1965, en la muestra ‘First Group Showing: Works in Black & White’, acontecida en una tienda del West Village reconvertida en espacio galerístico; a la postre, única exposición que el colectivo materializaría, cuyo catálogo/manifiesto recogía que “Nosotros, como negros, no podíamos dejar de ser tocados por la indignación de la segregación, o dejar de relacionarnos con la autosuficiencia, la esperanza y el coraje de aquellas personas que marchaban en interés de la dignidad del hombre. (…) Si es posible, en estos tiempos, esperamos con nuestro arte justificar la vida, (…) usar el blanco y negro y evitar otra coloración”.

Cartel de la exposición ‘First Group Showing: Works in Black & White’ (1965), del colectivo Spiral.

Acerca de las razones constitutivas y estéticas de Spiral, su confundador, Romare Bearden, y el crítico y comisario Harry Henderson –en su ensayo biográfico ‘A History of African-American Artists: From 1792 to the Present’ (publicado en 1993, un lustro después del fallecimiento de Bearden)– mencionan que “(…) los artistas más antiguos reconocieron particularmente que el tema fundamental era la cuestión de su identidad como artistas negros en una sociedad blanca, un problema que había surgido en el renacimiento de Harlem de la década de 1920 y que se había reafirmado en las discusiones del Gremio de Artistas de Harlem en la década de 1930. Había muchos aspectos en este tema. Por ejemplo, ¿debería el trabajo de un artista intentar expresar directamente los problemas en la lucha por los derechos civiles en la tradición de la pintura de protesta social? ¿O podría el logro artístico en sí mismo mejorar el estado de las personas negras?”.

A pesar del efímero devenir de Spiral, el colectivo vería dignificado su legado artístico a través de diversas exposiciones retrospectivas acontecidas, casi medio siglo después, en el Museo de Arte de Birmingham y el Studio Museum de Harlem, bajo el título ‘Spiral: Perspectives on an African American Collective’, y habría de ser punto de partida y referencia inexcusable de la reciente exhibición, producida por la Tate Modern de Londres en 2017, ‘Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power’ (‘El Alma de una Nación: el Arte en la Era del Black Power’), que concitaba un ubérrimo recorrido por la obra de sesenta artistas que contribuyeron, con sus creaciones, a pugnar en pro del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos entre los años 60 y 80 del pasado siglo, con el propósito curatorial de “entender cómo los artistas dieron forma y salida a los cambios sociales y políticos del momento enfrentándose a los problemas raciales”.

‘Black First, America Second’ (1970), de David Hammons, obra exhibida en la exposición ‘Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power’. Fotografía cortesía de la Tate Modern de Londres.

Una exposición itinerante que, a través de más de 150 piezas, permitía transitar por el horizonte de inquietudes políticas y estéticas de otros colectivos, como el AfriCobra de Chicago, el Kamoinge Workshop de Harlem o los ensambladores de Los Ángeles, y de creadores como Barbara Jones-Hogu, David Hammons, Noah Purifoy, Betye Saar o John Outterbridge, entre metrónomos con titulares racistas y péndulos de esqueletos negros, clavos oxidados, trampas para ratones y vallas de alambre.

Ecos de los Watts riots (disturbios de Watts) angelinos de 1965 –decisivo en la constitución de una nueva conciencia afroamericana en el ámbito social, cultural y académico–, cuyo levantamiento popular, tras el arbitrario arrestro de un joven negro, “forzó el diálogo público sobre la raza y empujó a las agencias gubernamentales a financiar programas sociales y culturales en la ciudad”, según refiere el periódico Los Angeles Times en relación a las palabras del académico de estudios afroamericanos de la UCLA Paul Von Blum en su ensayo ‘Before and After Watts: Black Art in Los Angeles’.

En esta misma línea, el tabloide rescata las impresiones de Daniel Widener, profesor de historia en la Universidad de California, autor del ensayo ‘Black Arts West: Culture and Struggle in Postwar Los Angeles’, quien afirma que “antes de los disturbios de Watts, los negros luchaban por asegurar un lugar en la sociedad estadounidense”. Sin embargo, tras la rebelión, “la gente negra en su conjunto dice que este es un lugar enfermo que tiene que cambiar si vamos a ser parte de él. Si no cambia, tenemos que forzarlo en una nueva dirección”.

Las artistas Rasheedah Phillipsy Camae Ayewa AKA Moor Mother (Black Quantum Futurism). Fotograma perteneciente al documental ‘Queer Genius’, de Catherine Pancake, cortesía de Filmin.

Y una nueva dirección, tan filosófica como aguerrida, beligerante y radicalmente contemporánea, es la que procura Black Quantum Futurism (Futurismo Cuántico Negro), colectivo literario y artístico conformado por las artistas visuales, teorícas sociales y activistas políticas queer Rasheedah Phillips –igualmente, abogada y novelista– y Camae Ayewa AKA Moor Mother –artista sonora y poeta–, cuyo horizonte teórico y metodológico pretende germinar “un nuevo enfoque a la vida y a la experiencia de la realidad, a través de la manipulación del espacio-tiempo a fin de ver posibles futuros y/o acumular el espacio-tiempo en un futuro deseado para lograr la realización de ese futuro”, tal y como recoge su publicación ‘Black Quantum Futurism: Theory & Practice (Volume 1)’ (2015) e, igualmente, el didáctico y notable documental ‘Queer Genius‘ (2019), de Catherine Pancake, que forma parte de la sección Panorámica de la 28ª Mostra Internacional Films de Dones Barcelona –que acoge la plataforma Filmin hasta el próximo domingo, 14 de junio–.

‘Queer Genius’, película documental que se adentra en el devenir creativo y biográfico de diversas y relevantes artistas queer de Estados Unidos –como la cineasta experimental Barbara Hammer, la poeta Eileen Myles o la performer Jibz Cameron–, aproxima su mirada a las peculiares y transformadoras reflexiones afrofuturistas de Rasheedah y Moor Mother, cuya metodología teórico-práctica, implementada en cinturón periférico del norte de Filadelfia, se asienta en la proyección de futuros alternativos para la heterogénea comunidad afroamericana y la proporción de medios de colisionar esos futuros con el presente, solidificando, de este modo, una nueva conciencia a partir de la que reflexionar y actuar sobre el entorno psicológico y cultural que atesore un pragmático eco en el confuso medio económico y político de los ciudadanos.

👉 Black Quantum Futurism | Rasheedah Philips. .🗣 "¿Cómo comenzamos a mapear nuestro retorno a nuestros futuros? Es necesario desmontar el reloj del maestro y reinscribir el tiempo de las personas de color o, más afirmativamente, construir una nueva conciencia espaciotemporal afrodiaspórica. Era necesario disolver o desmantelar la flecha térmica dinámica del tiempo y la flecha del progreso" (Rasheedah Philips)..📽 'Queer Genius' (2019), de Catherine Pancake | Mostra de Dones 2020..#ICantBreathe #BlackLivesMatters

Publiée par Jose Ramón Alarcón San Martino sur Mardi 9 juin 2020

Sirva de ejemplo su iniciativa ‘Community Futures Lab’ (2016-2017), que “comenzó como una forma de documentar lo que estaba sucediendo en el barrio de Sharswood (en el norte de Filadelfia)”, asolado por un proyecto de reurbanización que incluía la unilateral expropiación de numerosas viviendas y negocios, ante lo que gestaron el laboratorio de futuros comunitarios, que atesoraba por objetivo “amplificar las voces de la comunidad, usando la metodología afrofuturista, de forma contraria a como se escenifica en los medios y debates públicos, según los cuales la destrucción era un factor inherente y su reurbanización sucedía de forma inevitable”, por lo que “no se trataba de pensar en ello con una escala de tiempo lineal y determinista”, sentencia Rasheedah Phillips.

Un tiempo lineal de obscenas e inmorales leyes naturales en el que “el cuerpo negro es la primera tecnología que unió a los hombres y por la que viajaron a todas partes para financiar la tortura y el control. El cuerpo negro fue la primera forma de ‘viaje en el tiempo’ descubierta en diarios robados y artefactos de los pueblos de África, usados para propulsar la Revolución Industrial” [‘Black Quantum Futurism, Space-Time Collapse (I)’].

Destruir, por tanto, el caucásico determinismo epistémico y causal, que ha ordenado y dispuesto su incólume conciencia al servicio de una narración hegemónica, edificando el relato de un nuevo escenario hacia el que reorientar el presente a través del arte.

‘Unite’ (1971), de Barbara Jones-Hogu, obra exhibida en la exposición ‘Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power’. Fotografía cortesía de la Tate Modern de Londres.

Jose Ramón Alarcón

Circus of Books, testimonio de 50 años de lucha

#MAKMAPantallas | ‘Circus of Books’ (2019), de Rachel Mason
Netflix, 2020
Jueves 28 de mayo de 2020

La última apuesta gayfriendly de Netflix nos lleva de la mano de la familia Mason a conocer la historia de una de las emblemáticas distribuidoras y productoras de contenido erótico y pornográfico de Estados Unidos. ‘Circus of Books’ es un documental autobiográfico dirigido por Rachel Mason que expone el surgimiento y muerte de aquello que bien podríamos denominar un imperio empresarial dedicado a la producción y distribución de contenido pornográfico gay.

Exterior de la Librería Circus of Books. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, dividido en dos grades apartados, comienza con una presentación de los miembros de esta curiosa familia judía afincada en Los Angeles, exponiendo a través de videos caseros las dinámicas de Karen y Barry y sus tres hijos Micha, Rachel y Joshua Mason. La superposición de estos vídeos grabados por la propia directora en su infancia, junto con las imágenes y testimonios permiten al espectador adentrarse en la atmósfera de los Estados Unidos durante la década de los ochenta. Cintas caseras, recortes de periódicos e imágenes documentales se convierten en la conjugación perfecta que otorga al audiovisual esa pátina vintage tan sugestiva y atrayente.

«‘Circus of Books’ es una librería y una tienda de material pornográfico duro gay»: con esta sentencia Karen Mason da paso a la intro de un documental que tiene de todo menos «porno duro gay». Sin duda, la promoción del documental por parte de la plataforma Netflix ha generado ciertas expectativas sobre esta producción, que lejos de adentrarse en los entresijos de la industria del porno gay de las últimas décadas, nos presenta un testimonio destinado a toda la familia de cómo la homosexualidad y la pornografía han sido y son un tabú social y, al mismo tiempo, una industria muy rentable económicamente.

Fotograma del documental con Karen y Joshua Mason en la entrada de la sinagoga. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, presentado en el Festival de Tribeca, se suma a la parrilla propuesta por la plataforma Netflix, aportando diversidad a su catálogo de contenidos y acercando a los neófitos a la cultura queer. La primera parte de la producción, de tono más didáctico, se estructura a partir de la ingente recogida de testimonios llevada acabo por Rachel. De este modo, trabajadores de Circus of Books, cineastas y artistas del mundo del porno gay, activistas y demás generadores de contenido articulan, junto con la familia Mason, un complicado engranaje que otorga fluidez y dinamismo al documental. Tomando la pequeña librería como centro neurálgico, las historias recogidas nos hablan de la conformación de espacios compartidos en los que la relación, el encuentro y la identificación surgían de manera espontánea.

‘Circus of Books’, de manera natural y muy familiar, aúna testimonios vivos e imágenes trasnochadas del underground californiano que aproximan al espectador a los ajados códigos de relación entre la comunidad homosexual. Las bandanas de colores y los callejones salen a la luz desestigmatizados y son incorporados a la narración de manera natural. De igual modo, los arrestos, las persecuciones y la violencia ejercida contra la comunidad antes del incidente de Stonewall son recogidos en pro de contextualizar el surgimiento, tan necesario, de refugios para los homosexuales como la librería Circus of Books, hoy un negocio anticuado con el agua al cuello, víctima directa del avance de las nuevas tecnologías, donde el porno analógico ha sucumbido frente a la accesibilidad y privacidad del consumo online.

La segunda parte del documental, de un marcado tono autobiográfico, está dedicada a exponer tanto el lado más conservador como el más liberal de la familia Mason. «Gay era una palabra mala», afirma Joshua, el hijo menor de los Mason, quien nos sirve de guía a través de los dramas familiares generados por la enraizada fe de Karen y el conflicto producido con su trabajo en la industria del porno.

El documental se convierte en un ejercicio de reconciliación familiar y de trabajo emocional que expone como, a lo largo de nuestra historia, el colectivo LGBTI ha necesitado de aliados y aliadas para construir lugares como la librería Circus of Books, un bastión, que, más allá de difundir y producir pornografía gay, supuso un lugar de encuentro para muchos homosexuales que vivieron la criminalización y persecución acometida por las políticas ultraconservadoras de Reagan durante los ochenta. Reachel Mason consigue con su documental que el gran público acceda a través de un testimonio sincero a la historia, nuestra historia, aquella que a lo largo del tiempo se ha redactado en los márgenes de la heteronorma.

Karen y Barry Mason en el cartel promocional de Netflix.

Andrés Herraiz Llavador

La oscilante coreografía del éxito de Michael Jordan

#MAKMAPantallas ‘The Last Dance’ (‘El Último Baile’) | Michael Jordan
Miniserie | 10 capítulos de 50 minutos
ESPN, Netflix, 2020
14 de mayo de 2020

Recuerda un servidor –perteneciente a la generación ilustrada, vertebralmente, en el desarrollismo educativo inmediatamente ulterior a la recién incoada Transición– que albergar inquietudes deportivas (más allá de su mera puesta en práctica en calzón corto) debía ser motivo de vergonzante ignominia para quien perfilara su devenir académico y profesional por los predios de la alta cultura –a la que comenzaban a asomarse, por aquel distante entonces, autores, artistas y otros incógnitos seres del folclorismo intelectual, con lúbricas intenciones heterodoxas (alimentadas, eso sí, al calor de heráldicas y abolengos)–.

Salvo perseverantes excepciones, la incorporación a los dominios de la comunicación cultural –en tanto que extremidad imprescindible, decisiva y ubicua como tecnológica consecuencia de las presentes y líquidas modernidades– de quienes resultan ser coetáneos del abajo firmante –formando parte de esa vasta progenie que domina el gráfico poblacional, con morfolofía de bulbo– ha modificado no solo el orden de predilecciones, sino el modo en que estas son retratadas y difundidas.

Y ha sido, ahí, precisamente, donde el deporte ha encontrado aliados que enaltecen y auxilian a dibujar un discurso dignificador con el que dejar de sonrojarse por experimentar semejante y efervescente pasión por las vicisitudes, logros y derrotas gimnásticas de los abanderados del entretenimiento sudorífico, que por las eruditas disquisiciones en torno de las heterogéneas artes.

Arquetípico ejemplo de este ennoblecimiento reposa en el producto audiovisual que tiraniza las obscuras estadísticas de la plataforma Netflix durante las recientes y excepcionales semanas de confinamiento: ‘The last dance’, miniserie de 10 capítulos, producida por ESPN, que, partiendo proposicionalmente de las contingencias y albures que encaminaron a Chicago Bulls hacia la consecución de su sexto anillo en el marco de las últimas ocho temporadas –un último baile sacramentado por el “Zen Master” Phil Jackson–, traza un opulento y prolífico devenir por las incandescencias y penumbras biográficas de uno de los summum de la centenaria historia del deporte: Michael Jordan.

‘The last dance’ progresa formalmente mediante previsibles técnicas propias del género, entre las que destaca un vívido y pedagógico empleo de analepsis y prolepsis con los que retratar los tres tiempos narrativos de la serie: la evolución de los Bulls durante la temporada 1997/98 (antesala de la segunda retirada profesional de Jordan y de la consecuente disolución de la plantilla); el armígero progreso deportivo de “MJ23” (especialmente, a partir de recalar en la Universidad de North Carolina procedente del Laney High School de Wilmington); y el apreciado testimonio retrospectivo de adláteres y émulos, consanguíneos y antagonistas, feudatarios, directivos, políticos, empresarios y plumillas (a buen seguro, el principal valor, junto a las abundantes imágenes inéditas, que acopia y concita esta briosa y estimulante serie documental).

Debe ser, precisamente, este último aspecto el que erige en acontecimiento lo que podría haber sido una previsible y monótona hagiografía ad maiorem “Air” gloriam (igualmente apetitosa para practicantes y feligreses). Sin embargo, de la mano de Jason Hehir –director y responsable artístico de ‘The last dance’– asistimos a una postrera coreografía en constante equilibrio entre las aguerridas beatitudes sobre la pista y las (desnudas) opacidades que, henchidas de envites, excesos y tabaco fermentado, completan el más atinente retrato procurado sobre las oscilantes perturbaciones del éxito –gélida cumbre a la que ascender provisto de arneses y mosquetones manufacturados por un sediento afán de competitividad y una mayúscula dosis de autoexigencia–.

Michael Jordan celebrando ‘The Shot’, excelsa y legendaria canasta que supondría la eliminación de Cleveland Cavaliers de los playoffs de 1989. Fotografía cortesía de Netflix.

Jose Ramón Alarcón

Iara Lee: «Chernóbil es un símbolo del peligro nuclear»

#MAKMAEntrevistas | Iara Lee
‘Stalking Chernobyl: Exploration After Apocalypse’
59′
Cultures of Resistance Films, 2020
11 de mayo de 2020

El pasado domingo 26 de abril de 2020 el International Chernobyl Disaster Remebrance Day (Día Internacional de Recuerdo de los Desastres de Chernóbil) conmemoraba los 34 años que han transcurrido desde el trágico accidente nuclear, en 1986, acaecido en la central Valdímir Ilich Lenin de Chernóbil, en el Óblast de Kiev, provincia ucraniana perteneciente, entonces, a la Unión Soviética. Uno de los más relevantes desastres medioambientales del devenir de la humanidad cuya oscurantista gestión habría influido decididamente (entre otras razones de geopolítica internacional) en el trayecto hacia la desintegración del raquis político federal y del Gobierno neurálgico de la URSS, un lustro después.

Y nada más plausible que rubricar la efeméride a través del documental ‘Stalking Chernobyl: Exploration After Apocalypse’, un palpitante e inmersivo filme de la directora, productora y activista paranaense, de ascendencia coreana, Iara Lee (Ponta Grossa, Brasil, 1966), quien se adentra en la ‘Zona de Exclusión’, de la intrépida mano tanto de stalkers (acechadores) como de guías oficiales, para radiografiar cuál es la presente situación en Chernóbil.

Un documental que ha sido estrenado mundialmente de manera online y gratuita –iniciativa en la que ha colaborado ‘Humans Fest. Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos de València’ mediante #HumansResistencias, «serie de documentales donde se denuncian situaciones de injusticia en todos los continentes»–, cuyo contenido prosigue disponible a través de las cuentas de Cultures of Resistance Films en YouTube y en Vimeo.

En consecuencia, MAKMA entrevista a la cineasta Iara Lee con el fin de acechar en su compañía los ingredientes y ponderaciones que perfilan su turbadora y audaz película.

¿Cómo se gestó el proyecto de ‘Stalking Chernobyl’?

Cuando visité por primera vez la ‘Zona de Exclusión’ de Chernóbil, en 2017, no tenía intención de hacer una película. Sin embargo, la cultura que encontré allí me cautivó. Tienes esta área que fue el sitio de uno de los desastres más terribles en la historia de la era nuclear, pero ahora han pasado tres décadas. Los bosques y la vida silvestre se han apoderado de nuevo de lugares que los humanos abandonaron. Y la gente también ha comenzado a regresar. Algunos son buscadores de emociones; algunos son artistas; algunos son científicos. Quería documentar lo que están encontrando allí y su fascinación por lo postapocalíptico.

Tal y como se menciona en el documental, las primeras grabaciones existentes después del desastre nuclear se filmaron con una voluntad histórica y sociológica, como documento para las generaciones futuras, pero también como un relato heróico de los acontecimientos. ¿’Stalking Chernobyl’ nace, salvando las distancias, con esa misma intención, 34 años después, para nuestras presentes y futuras generaciones?

Por lo general, no encaro al cine con un propósito didáctico por adelantado. Por el contrario, generalmente, encuentro un tema en mis viajes que me interesa y, si llama mi atención, lo sigo y veo qué deviene del proceso. En este caso, la ‘Zona de Exclusión’ fue un lugar muy cautivador que resuena con todo tipo de problemas sociales y existenciales. No me propuse hacer una declaración específica sobre estos, aunque creo que la película lleva muchos mensajes: incluidos los peligros de las tecnologías que no podemos controlar y el apetito de riesgo, a veces autodestructivo, de la humanidad.

La central nuclear de Chernóbil (al fondo) reporta epílogo a la vista panorámica de Prípiat. Fotografía de Thierry Vanhuysse cortesía de Cultures of Resistance Films.

A pesar de la aparente seguridad y coordinación de las visitas turísticas por los lugares menos lesivos para la salud, ¿sigue siendo Chernóbil un emplazamiento de alto riesgo?

Esta es una de las preguntas más importantes que todos nos hacemos y de la que no resulta tan fácil encontrar información. En primer lugar, no soy una experta y por la relevancia del asunto invito a cada uno a informarse por su cuenta antes de hacer la elección de visitar Chernóbil o no. El Gobierno de Ucrania habilita las visitas turísticas coordinadas declarando que no hay ningun riesgo, pero siempre que se respeten los caminos indicados por el guía. Cuando las visitas son ilegales y fuera de este marco los niveles de peligrosidad aumentan considerablemente.

¿Consideras que la popularización de Chernóbil como fenómeno cultural y singular destino turísitico pone en peligro su pervivencia y su legado?

Es sabido que los visitantes –quienes están en tours oficiales y los llamados stalkers, que entran ilegalmente– sacan objetos de la ‘Zona de Exclusión’ como recuerdos, también modifican los espacios y depositan objetos como, por ejemplo, muñecas, que son muy populares–.

La región se ha convertido en un lugar de moda para visitar, pero en lugar de concentrarse en el aspecto trágico, el Gobierno debería promover la ‘Zona de Exclusión’ como un lugar de reflexión sobre el desastre nuclear. Ahora, 34 años después, se estima que la catástrofe habría matado hasta a unas 900.000 personas y dejado a millones de afectados por las radiaciones nucleares, que provocan cáncer y otras enfermedades. Chernóbil se ha convertido en símbolo de la peligrosidad que encierra el uso de la energía nuclear, y es por eso que hay que tener respeto, tratando de conservarlo intacto para generaciones futuras.

Una pareja de stalkers contempla la central nuclear de Chernóbil. Fotografía de Vlad Vozniuk/URBEX cortesía de Cultures of Resistance Films.

¿De qué modo se fraguó el contacto con los stalkers que figuran en el documental y cuáles fueron las complejidades de incursionar junto a ellos en la zona?

Conocí al stalker Oleg Shalashov y otros más jóvenes, y formas estratégicas de obtener imágenes de ellos. Quería hacer una película sobre los stalkers, pero no convertirme en ellos. Mi aventura en la ‘Zona de Exclusión’ fue más controlada y no excedió las áreas declaradas algo seguras.

Personalmente, hago películas en zonas de guerra y zonas de conflicto del mundo –estaba en Beirut cuando Israel nos bombardeó en 2006; en el barco humanitario Mavi Marmara en Gaza cuando los comandos israelíes nos atacaron en medio de aguas internacionales y mataron a 9 personas en el barco…–, pero la radiación invisible es para mí aún más aterradora que enfrentar a los Gobiernos terroristas estatales y, a pesar de lo aventurera que soy, no estoy entusiasmada con la adrenalina posterior al colapso nuclear; sin embargo, me pareció intrigante que muchos de los padres de estos acechadores fueron «liquidadores» obligados a limpiar Chernóbil hace 34 años, mientras que sus hijos quieren ir allí voluntariamente, ahora, para la exploración aventurera. Siempre estuve fascinada por la insaciabilidad humana por la emoción, el placer, la curiosidad humana infinita, incluso si eso significa explorar sitios de radiación como Chernóbil.

¿Son necesarios los stalkers para difundir y preservar la memoria y las huellas postapocalípticas de Chernóbill?

Esto es algo que creo que los espectadores deben decidir por sí mismos. Intento incluir voces con diferentes perspectivas. Descubrí que los stalkers poseen una subcultura fascinante, pero no estoy tratando de defenderla normativamente.

Teniendo en cuenta el modo en que la naturaleza y los seres vivos se han adueñado del lugar, convirtiéndose en un gigantesco pulmón verde, ¿son las zonas de exclusión, como la de Chernóbill, imprescindibles para combatir el cambio climático?

No estoy segura de ir tan lejos para decir que son esenciales, pero creo que es interesante señalar que, incluso en medio del desastre, a veces podemos encontrar aspectos positivos inesperados. La eliminación de personas de la ‘Zona de Exclusión’ ha permitido que la naturaleza florezca. El hecho de que tantas personas estén en cuarentena durante la pandemia actual ha provocado una fuerte caída de las emisiones de CO2. Esto no es para minimizar la tragedia inherente a estos eventos, solo para señalar desarrollos que no necesariamente podrían haberse previsto, y que sugieren formas de vida que no habíamos contemplado previamente.

¿Qué claves podemos encontrar en el documental que emparenten ‘Stalking Chernobyl’ con tus proyectos y filmografía precedentes?

Sobre todo esto están las preocupaciones ambientales y de derechos humanos, críticas relacionadas con nuestro consumo de energía y si deberíamos estar buscando fuentes de energía nuclear en una era de cambio climático. Entonces, para mí, esto no es solo un vistazo a una subcultura underground, sino también una oportunidad para que el público piense más profundamente sobre algunos problemas sociales muy relevantes. Estos problemas se exhiben en la ‘Zona de Exclusión’, pero nos afectan en todo el mundo.

Uno de los testimonios de ‘Stalking Chernobyl’ asocia los espacios utópicos al concepto de paraíso: «Vivir al lado de la naturaleza, sin dañarla. Era un espacio utópico (Prípiat y Chernóbil) donde la ciencia, el progreso humano y la naturaleza se relacionaban y vivían en paz». ¿Están los espacios utópicos condenados a ser, por naturaleza, un turbio recuerdo de lo que pudieron haber sido? ¿Existe el espacio utópico sin apocalipsis?

Esta es una pregunta muy interesante, y muy filosófica. Me recuerda una cita del fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano: «La utopía se encuentra en el horizonte. Cuando me acerco dos pasos, retrocede dos pasos. Si procedo diez pasos hacia adelante, se desliza rápidamente diez pasos hacia adelante. No importa cuán lejos llegue, nunca puedo alcanzarlo. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la utopía? Es para hacernos avanzar.» Creo que la utopía es siempre un ideal que nunca se realiza, pero que nos empuja hacia algo. No creo que sea siempre un recuerdo del pasado, pero puede ser una visión del futuro.

La cineasta Iara Lee durante un instante del encuentro online celebrado el pasado 26 de abril de 2020. Foto: MAKMA.

Jose Ramón Alarcón