Louisa Holecz o la inevitabilidad de la muerte

‘Out of Body’, de Louisa Holecz
Galería Librería La Casa Amarilla
Paseo de Sagasta 72, local 3, Zaragoza
Del 17 de abril al 2 de junio de 2018
Inauguración: martes 17 de abril a las 20:00

La secuencia de pinturas y esculturas que Louisa Holecz (Londres, 1971. Reside en Zaragoza desde el año 2000) expone en La Casa Amarilla, con el título de ‘Out of Body’, evidencia, en su fidelidad a determinados temas, la que considera es una de las funciones del arte, sino la principal: hacernos conscientes de la inevitabilidad de la muerte.

Louisa Holecz pinta cuerpos que escapan, escenarios de tránsito e intermedios, intentando hacer visible lo que excede  toda visibilidad. Por eso sus imágenes son turbadoras e inquietantes. El arte es presagio y su enigma no ha de ser descifrado.

Imagen de la obra 'Interval –for Jacqueline du Pré–', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Interval –for Jacqueline du Pré–’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

“Una venda sobre los ojos, una venda muy ceñida, cosida sobre el ojo, cayendo inexorable como postigo de hierro desplomándose sobre ventana.
Pero es con su venda con lo que ve.
Es con todo su cosido con lo que descose, con lo que vuelve a coser, con su carencia con lo que posee, con lo que toma”.
(Henry Michaux, ‘La vida en pliegues’)

Cuando el compositor Edward Elgar salió de la anestesia tras ser operado en 1918, pidió lápiz y papel. Lo que escribió fue el primer tema del ‘Concierto para violonchelo en mi menor Op. 85′, que terminó durante el periodo de recuperación en Brinkwells, una casa apartada cerca de Fittleworth, en Sussex. El concierto inauguró la temporada 1919-1920 de la Orquesta Sinfónica de Londres, el 27 de octubre de 1919, sin éxito. Nadie comprendió el tono contemplativo y elegiaco de su nueva música. Hasta que la violonchelista Jacqueline du Pré la interpretó con la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de John Barbirolli, en 1965.

Ahora, Louisa Holecz pinta el escenario vacío de la orquesta para Du Pré, arrancada de la música por la enfermedad que le fue diagnosticada en 1973, cuando tenía 28 años. ‘Interval’ titula Holecz su cuadro, en alusión al intermedio durante el que Du Pré hubo de reconstruirse. Una tarea complicada de explicar, según confesó al realizador Christopher Nupen, “porque después de haber estado tanto tiempo haciendo algo que me gustaba, es difícil reconstruir algo que me parezca que valga la pena. Así que ese ha sido mi trabajo; la reconstrucción”. Solo quedaba esperar la muerte, que llegó en 1987.

Lo que nos crea problemas no es la muerte, sino el saber de la muerte, afirmó Norbert Elias. Louisa Holecz la pinta. Pero, cómo pintar un cuerpo que escapa y que lo hace de tantas maneras, se preguntó Gilles Deleuze: mientras dormimos, durante el vómito y el grito; o tras una operación, de la que una persona sale como si hubiera tocado el límite de la vida. Un límite al que, quizás, Elgar quiso poner música; el mismo que Louisa Holecz aspira a pintar. Pero insistimos con Deleuze, cómo hacerlo, cómo hacer visible lo que excede toda visibilidad, que eso es el impulso, el esfuerzo a través del cual el cuerpo tiende a escaparse. Según la definición de Julia Kristeva, lo abyecto es expulsar, es aquello de lo que debo deshacerme a fin de ser un yo, y lo que ese yo primordial expulsa, considera Hal Foster, es una sustancia fantasmal tan extraordinariamente próxima al sujeto que motiva su pánico; no en vano el sujeto de abyección es el cadáver.

Imagen de la obra 'Torre clandestina', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Torre clandestina’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Entre las direcciones que ha tomado el arte de lo abyecto, Foster señala dos: la primera consiste en identificarse con lo abyecto, sondar la herida del trauma, tocar la obscena mirada-objeto de lo real; y la segunda, representar la condición de la abyección para aprehenderla en el acto. Louisa Holecz elige ambas direcciones. Con la pintura decide sondar la herida, mostrándola a la mirada de quienes se sitúan ante ella, y no duda en representar la acción misma de la abyección.

Louisa Holecz pinta imágenes que desfiguran la figuración, turbadoras e inquietantes; imágenes reales que lanza a la invención; imágenes que dialogan con la muerte; imágenes de pesadilla que ponen rostro al miedo, experimentándolo; imágenes, en definitiva, que siguen el consejo de Sacher- Masoch: “Hay que pasar de la figura viva al problema”. Sobra la narración, no hay narración en las imágenes pintadas de Louisa Holecz. El arte es presagio y su enigma no ha de ser descifrado, porque si algo hemos aprendido es que la función del arte no es la de distraernos del sufrimiento, aliviarnos y ofrecernos consuelo. Lo anunció Apollinaire en 1917, un año antes de que Elgar compusiera su nueva música elegiaca que Du Pré entendió como nadie podía hacerlo. Solo ella sería capaz.

‘Out of Body’ titula Louisa Holecz su exposición en La Casa Amarilla. La imagen pintada de su rostro con los ojos cubiertos como por un manto de nieve, que diría Kracauer, persevera en el aura de las primeras fotografías que desafían el tiempo en su propósito de perdurar, ajenas a la sentencia futura de Roland Barthes, para quien la fotografía es siempre una catástrofe. Salir de lo oscuro fue el deseo de los primeros fotógrafos y del eremita Filoteo el Sinaíta o Filoteo de Batos, que inventó, según cuenta Georges Didi-Huberman, el verbo “fotografiar” un mediodía, entre los siglos IX y XII, tras mirar el sol durante demasiado tiempo. Su obsesión era transformarse en una imagen. La experiencia así concebida, analiza Didi-Huberman, solo pretendía expulsar las imágenes, es decir, acceder por renunciación a la luz, sin forma ni figura, a la luz que nos ciega y ante la cual solemos velarnos la cara, una luz con la que ver equivaldría a no ver ya nada.

En el ensayo ‘La chambre claire’, escrito durante el duelo por la muerte de su madre, Barthes anota que la luz es una especie de cordón umbilical que une el cuerpo de la persona fotografiada con la mirada de quien la contempla. “Lanza tu cordón umbilical, para que pueda escalar de regreso”, escribió Kurt Cobain. Algo así pinta Louisa Holecz en ‘Still’, el cuadro que cierra la exposición. El del doble, principio biogenético que se corresponde con la reproducción, es uno de los mitos universales que nos invita a pensar con Edgar Morin que “el momento de la muerte es el de la duplicación imaginaria”. Al hombre que inventó el verbo “fotografiar”, dice Didi-Huberman, le hubiera gustado no cerrar nunca los ojos. Los cerró un instante, al nacer, y los mantendría bien abiertos ante el sol en su muerte. En el fondo, esperaba abandonar su cuerpo.

Imagen de la obra 'Máscara', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of Body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Máscara’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of Body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Chus Tudelilla

 

Radigales en el debate de las nuevas tecnologías

Enrique Radigales, Ni hueso ni pepita
Galería Carolina Rojo, Zaragoza
Hasta el 14 de noviembre

Enrique Radigales persevera en el debate de las nuevas tecnologías.

En el texto que Enrique Radigales (Zaragoza, 1970) ha escrito para su exposición Ni hueso ni pepita en la galería Carolina Rojo de Zaragoza plantea las claves que nos permiten comprender su trabajo. Una de ellas es su compromiso con el decrecimiento, corriente de pensamiento político, económico y social que aboga por abandonar el objetivo prioritario del crecimiento por el crecimiento. De tal modo que el propósito de su proyecto, señala, es convertir el experimento botánico que presenta en una acción decrecionista. Y cita al economista E. F. Schumacher, autor de Lo pequeño es hermoso (1973), ensayo de enorme difusión de las bases ideológicas decrecentistas: “Más grande aún que el misterio del crecimiento natural es el misterio de la finalización natural del crecimiento”. La posición de Radigales, próxima a la ética decrecentista, ha sido constante a lo largo de su trayectoria artística, a través de la cual ha buscado dar respuesta a preocupaciones tales como el cuestionamiento del progreso tecnológico como reflejo de la evolución económica y social, el significado y consecuencias de la obsolescencia técnica o la problemática del reciclaje de ciertas maquinarias y de los lenguajes que en su día los activaron, sin pasar por el alto su empeño en corregir el reproche habitual al que se enfrenta la representación digital que, según anota Kuspit, es la pérdida de la calidad física de la pintura y su influencia directa en la experiencia emocional a favor de un contenido de marcado carácter conceptual. Sin pasar por alto las imágenes, “síntomas” más que símbolos de su posicionamiento político, social y artístico. Porque Radigales, hemos de insistir, es un artista comprometido con una línea de pensamiento favorable a un cambio radical del sistema mediante acciones como el experimento botánico que rige este proyecto, una acción decrecionista que le permite abrir el debate sobre “el uso de las nuevas tecnologías desde el paraguas del equilibrio natural”.

Enrique Radigales. "Ni hueso ni pepita". Instalación (detalle). Cortesía Galería Carolina Rojo.

Para abordar el creciente desequilibrio entre tecnología y naturaleza, Radigales recurre al injerto, un método de propagación vegetativa según el cual una porción de tejido procedente de una planta se une sobre otra ya asentada, siempre y cuando exista afinidad entre las partes. No hay reglas que determinen las relaciones de afinidad o antipatía, solo sirve la experiencia, y la experiencia, señala Radigales, constata la antipatía existente entre tecnología y naturaleza.

Enrique Radigales. "Ni hueso ni pepita". Instalación (detalle). Cortesía Galería Carolina Rojo.

Todo arranca, nos cuenta, de una fotografía en blanco y negro tomada en 1959, en la Escuela Rural de Nuestra Señora de Cogullada (Zaragoza). En la imagen, tres alumnos realizan ejercicios de injertos frutales. El que aparece a la izquierda de la fotografía es el padre de Enrique Radigales. El injerto se revela -basta atender a su página web- como el método que ha determinado el proceso de crecimiento y ramificación de los proyectos de Enrique Radigales, interesados siempre en cuestionar la influencia del progreso tecnológico y su vinculación con un modelo económico y social que no comparte, a través de la exploración del tiempo de las imágenes producidas en los más diversos soportes con técnicas manuales, analógicas y digitales.

La secuencia de obras que presenta en la galería Carolina Rojo son, anota, el resultado de sus reflexiones sobre el tiempo orgánico y la tecnología, la información como paisaje y la reclamación de la medida humana en un mundo dominado por el paradigma de la velocidad. En todo caso se trata de imágenes realizadas durante el proceso de desarrollo del árbol multi-injertado en la Estación Experimental Aula Dei (EEAD/CSIC) de Zaragoza. A partir de un patrón de María Ángeles Moreno, investigadora científica del Departamento de Pomología, se irán injertando en el tiempo otras variedades de árboles. La mañana del 30 de marzo de 2015, aniversario del nacimiento de Goya, autor de las pinturas al fresco en la cartuja de Aula Dei, se transplantaron dos patrones del híbrido desarrollado por Moreno que servirá de base para futuros injertos. En la actualidad, el árbol mide poco más de 40 cm pero ha trascendido en la secuencia de imágenes que Radigales presenta en la galería Carolina Rojo.

Vista general de la exposición de Radigales en la galería Carolina Rojo.

Escribe Radigales: Ni hueso ni pepita, título de la exposición, hace referencia a la relación de antipatía existente entre la tecnología y la naturaleza. Mientras la naturaleza se rige por el principio de autolimitación de tamaño, velocidad o violencia, generando un sistema sutil que tiende a equilibrarse con su entorno, la tecnología actúa como un cuerpo extraño, exponencial y particularmente voraz con los recursos naturales.

Enrique Radigales, "Ni hueso ni pepita", 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Enrique Radigales, “Ni hueso ni pepita”, 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Radigales ha “trasladado” parte de su taller a un ángulo de la galería. Allí cuelga la fotografía en blanco y negro de 1959, varias fotocopias de imágenes correspondientes al prototipo experimental formado por varias especies de melocotonero, almendro y ciruelo al cuidado del jardinero de Aula Dei y a la espera de nuevos injertos de la investigadora María Ángeles Moreno. Y fotocopias de imágenes de las obras tomadas en su taller, algunas de las cuales cuelgan ahora en la galería. Los papeles quedan adheridos a la pared mediante pasta de modelar de diferentes colores que Radigales aplica directamente con los dedos, con forma de píxeles. Y en medio, dos sobrios estantes de madera sobre los que descansan las frutas en proceso de pudrición que en su día Radigales pintó al óleo y, a continuación, pasó por el escáner del que resultaron las impresiones digitales que acogen las imágenes frutales y en las que está adherida la memoria histórica de tantas otras imágenes de frutas atrapadas en el tiempo. A cada lado de la enorme composición central, dos impresiones en cuyos márgenes del papel Radigales registra al óleo, con gestos nuevamente en forma de píxeles, la relación cromática de afinidad o antipatía de los tonos con los que pintó las frutas con los digitales.

Enrique Radigales, "Ni hueso ni pepita", 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Enrique Radigales, “Ni hueso ni pepita”, 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Junto a las impresiones digitales, una secuencia de dípticos reclaman a Leibniz, Injertos sobre mónadas se titulan. La cita que Radigales hace a Leibniz no es en vano, pues como supo Deleuze el problema continúa siendo habitar el mundo. “Descubrimos nuevas formas de desplegar y nuevos envoltorios, pero seguimos siendo discípulos de Leibniz, porque se trata siempre de plegar, de desplegar, de replegar”.

Chus Tudelilla

 

Fotografías de arquitectura moderna

Fotografía y arquitectura moderna en España 1925-1965
Fundación ICO, Madrid
Hasta el 7 de septiembre
Comisario: Iñaki Bergera

De acuerdo con Thérèse Evette, existen dos tipos de fotografías de arquitectura: las que expresan y las que describen. La tensión entre ambos registros es continua aún cuando, en opinión de Alberto Martín, el primero suele aventajar al segundo como fiel suministrador de iconos inmutables y atemporales de la obra arquitectónica. Establecer las relaciones entre arquitectura y fotografía en España a lo largo de cuatro décadas, las que transcurren desde las vanguardias de los años veinte hasta las soluciones derivadas de la crisis del Estilo Internacional en los sesenta del siglo XX, es el propósito que guía el proyecto de investigación Fotografía y arquitectura moderna en España 1925-1965 a cargo de Iñaki Bergera, arquitecto, fotógrafo y profesor de arquitectura en la Universidad de Zaragoza. De su equipo forman parte investigadores de las universidades de Burgos, Coruña, Madrid, Navarra, Sevilla, Zaragoza y Valencia (Universidad Politécnica y Universidad Europea), quienes durante los últimos años han estudiado numerosos archivos públicos y privados para recopilar el material fotográfico que da testimonio de la arquitectura moderna en España.

Señala Bergera que uno de los propósitos que dirigen la investigación es acometer el estudio de la modernidad arquitectónica a través de sus fotografías, con el ánimo conciliar su “arquitecturalidad” con el registro indicial propio de la mirada de cada fotógrafo que, en ocasiones, es la del propio arquitecto: como autor o como responsable del encargo y, casi siempre, de la selección de imágenes para su archivo y difusión en publicaciones de arquitectura. El progresivo cambio en los códigos de representación de la arquitectura, acorde con la irrupción de los lenguajes de vanguardia que afectaron a todas las disciplinas, así como la atención creciente de los medios de difusión ilustrados por la arquitectura, explican que numerosos fotógrafos se especializaran en arquitectura. Atender a todas estas cuestiones, con las que elaborar una base de datos que actúe como “condensador documental” y sea el origen de reflexiones teóricas de carácter interdisciplinar, es el objetivo que este proyecto se plantea a largo plazo.

Uno de los primeros resultados de la investigación es la exposición que con el mismo título se presenta en la sede de la Fundación ICO en Madrid, incluida en el programa de PhotoEspaña, cuyo montaje, a cargo de Íñigo Beguiristáin & Vaillo + Irigaray Architects, es digno de mencionar y elogiar.

La selección de 200 fotografías en exposición no pretende, señala Bergera, ser un álbum completo de imágenes de la historia y etapas de la arquitectura moderna en España, ni tampoco presentar los edificios más destacados, ni siquiera mostrar las mejores fotografías; lo que se busca es componer una de tantas historias posibles de la fotografía: la que registra la arquitectura moderna en España. De esa historia rescatamos las imágenes que dan a ver la arquitectura moderna en la Comunidad Valenciana.

Dado que todas las fotografías seleccionadas de la Comunidad Valenciana corresponden a edificios realizados a partir de la segunda mitad de los años cincuenta del siglo XX, las miradas de los fotógrafos interpretan la nueva arquitectura con profesionalidad, acorde con la tarea que el arquitecto les encomienda, a riesgo de reiterar fórmulas que banalizan los esquemas modernos, como advierte Alberto Martín en el texto incluido en el estupendo catálogo de la exposición. Es obvio que la rigurosa selección de fotografías evita las excesivamente formalistas desde un punto de vista estético.

 

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de Albatera, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1956)

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de Albatera, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1956)

Joaquín del Palacio (Madrid, 1905-1990), conocido como “Kindel”, comenzó a colaborar en la Revista Nacional de Arquitectura en los años cincuenta. Sus fotografías más conocidas son las de los Poblados de colonización en las que supo expresar la abstracción y sencillez compositiva de trazados y volúmenes. Así queda reflejado en las imágenes que realizó de los Poblados diseñados por el arquitecto José Luis Fernández del Amo (Madrid, 1914-Ávila, 1995) que, en opinión de Luis Fernández Galiano, se entienden mejor en términos de las artes plásticas: en todos ellos destaca la abstracción que arrojan los volúmenes de estricto rigor geométrico, el tratamiento de texturas y la querencia por lo esencial que evita lo superfluo. En 1953 Fernández del Amo proyectó el poblado de san Isidro de Albatera, en un lugar que había sido campo de concentración de prisioneros durante la inmediata posguerra. Y Kindel lo registró en sus fotografías.

 

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de El Realengo, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1960)

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de El Realengo, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1960)

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de El Realengo, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1960)

Kindel, Poblado de colonización de san Isidro de El Realengo, de José Luis Fernández del Amo (Alicante, 1960)

En 1961, Fernández del Amo presentó en la VI Bienal de Arquitectura de Sao Paulo algunos de los proyectos de Poblados de colonización entre los que seleccionó los de Albatera y este de El Realengo. El jurado presidido por Niemeyer le concedió la Medalla de Oro. Kindel supo captar en sus fotografías la dimensión plástica de la arquitectura de Fernández del Amo. En las dos imágenes del poblado de El Realengo seleccionadas, Kindel incorpora la presencia de algunos de sus habitantes para acentuar los rasgos de la arquitectura, aunque se percibe cierta intención de carácter humanista, sobre todo en la fotografía de los niños jugando al fútbol en un paisaje seco y austero, ajeno al entretenimiento.

 

Finezas, Facultad de Derecho, de Fernando Moreno Barberá (Valencia, 1959)

Finezas, Facultad de Derecho, de Fernando Moreno Barberá (Valencia, 1959)

La saga de fotógrafos de Valencia integrada por Joaquín Sanchís Serrano, su hijo Manuel y su nieto José Manuel, era conocida como los “Finezas” por lo bien que vestían. El autor de las imágenes en exposición es Manuel Sanchís Serrano (Valencia, 1918-1996) que aprendió de su padre el oficio de fotógrafo. Tras lograr la popularidad con sus reportajes de fútbol decidió especializarse en arquitectura, a partir de los años cincuenta y durante los sesenta. Su atención a las peculiaridades que singularizan las obras de los arquitectos que le encargaron las fotografías queda de manifiesto en esta imagen de la fachada de la Facultad de Derecho de Valencia (hoy Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación), por ser precisamente la solución que Fernando Moreno Barberá (Ceuta, 1913-Madrid, 1998) dio a las fachadas según su orientación, uno de los elementos más innovadores del edificio: la norte es un muro cortina de superficies acristaladas sujetas con perfiles metálicos; la soleada queda protegida con un sistema de brise-soleils de hormigón.

 

Finezas, Estación de servicio Oliva, de Juan Haro Piñar (Valencia, 1960)

Finezas, Estación de servicio Oliva, de Juan Haro Piñar (Valencia, 1960)

A Manuel Sanchís Serrano, “Finezas”, recurrió el arquitecto Juan Haro Piñar para fotografiar la estación de servicio de El Rebollet. La fotografía en exposición corresponde a la fachada del restaurante que proyectó junto con el servicio de gasolinera. Sergio Grande García ha descrito esta obra tan compleja como atractiva: espacio cubierto por una composición de superficies alabeadas en forma de paraboloide hiperbólico para la zona administrativa y comercial, mientras que los surtidores de gasolina se encuentran protegidos bajo marquesinas fungiformes de diferentes alturas que imprimen dinamismo al paisaje y suscitan la curiosidad del viajero.

 

Navarte, Seminario Mayor de Santa María, de Luis Cubillo (Segorbe, Castellón, 1966)

Navarte, Seminario Mayor de Santa María, de Luis Cubillo (Segorbe, Castellón, 1966)

El autor de la fotografía es Elías Gil Roca (1911-1995) aunque la firma “Navarte”, una empresa de importación y venta de artículos fotográficos de Castellón que desde comienzos de los años sesenta hasta su cierre a finales de los ochenta equiparon a los fotógrafos de toda la provincia, además de revelar sus imágenes. Asimismo, la empresa recibía encargos que subcontrataba a fotógrafos profesionales como es el caso de Gil Roca que dejó el testimonio gráfico del empeño del arquitecto Luis Cubillo (Madrid, 1927-2000) por trasladar las soluciones y recursos de la arquitectura moderna a los espacios de liturgia.

 

Pando, Universidad Laboral de Cheste, de Fernando Moreno Barberá (Valencia, 1970)

Pando, Universidad Laboral de Cheste, de Fernando Moreno Barberá (Valencia, 1970)

Juan Miguel Pando Barrero (Madrid, 1915-1992) aprendió fotografía de arquitectura en el estudio de Mariano Moreno aunque no fue hasta la década de los cincuenta cuando trabajó en esa especialidad. Recibió encargos de Gutiérrez Soto, Sáenz de Oiza, Cano Lasso, Fisac o Moreno Barberá, autor de la Universidad Laboral de Cheste. Del arquitecto se ha destacado su obsesión por explorar la correspondencia entre la estructura y la forma, la repetición de elementos o la reducción formal, así como su atención a las condiciones climáticas que ya se han señalado en la Facultad de Derecho de Valencia. Los severos contrastes de luces y sombras de una arquitectura abierta y extraordinariamente rica en recursos permanecen en las dos fotografías de Pando en exposición.

Chus Tudelilla

 

Las fotografías de Luis Gordillo

Luis Gordillo. G/K Fotografías
Galería Carolina Rojo
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
11 de junio – 26 de julio, 2014
Programa oficial de PhotoEspaña’14

El programa oficial del Festival PhotoEspaña’14 en Zaragoza incluye la exposición G/K Fotografías de Luis Gordillo, de la que es comisario, en la galería Carolina Rojo.

En su texto “Notas sobre lo que busco”, Georges Perec señaló los puntos cardinales de su escritura: “el mundo que me rodea, mi propia historia, el lenguaje, la ficción”, asuntos que nunca enfocó de manera individual aunque lo hiciera desde perspectivas particulares, como anota Guadalupe Nettel en su presentación a la primera edición en castellano de Lo infraordinario. El ensayo “¿Acercamiento a qué?”, publicado en Cause commune en 1973, introduce el libro: “Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, en grandes titulares”; para, a continuación, preguntarse: “Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, como interrogarlo, cómo describirlo?”. Se trata, por tanto, de inventariar lo habitual, de interrogar lo cotidiano, quizás para “fundar nuestra propia antropología”.

Luis Gordillo, G/K 13D, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, G/K 13D, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo comparte mucho con Georges Perec. Los polos de su obra, la urgencia por retener en ella algo de la obsesiva tarea que supone la construcción de la identidad, o el interés extraordinario por las herramientas con las que trabaja, tan fundamentales para ensayar y experimentar nuevas posibilidades. Toda la obra de Gordillo es una interrogación continua de lo que sucede a su alrededor, que parece realizada, como la escritura de Perec, y al decir de Nettel, para un espectador ideal a quien no es preciso explicarle nada.

Luis Gordillo, Dúplex, 2002. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, Dúplex, 2002. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

La fotografía es una buena herramienta para inventariar lo habitual. Aunque no siempre ha sido estrictamente así desde que Gordillo decidió incorporarla en su obra, en los años sesenta del siglo XX. Como el propio artista ha señalado, la fotografía es un instrumento especialmente eficaz en el interminable desarrollo procesual de su pintura por dos razones fundamentales: le permite huir de la esquizofrenia del color, y facilita la introducción natural del azar y el automatismo. Técnica clave en su laboratorio experimental, Gordillo también ha utilizado la fotografía para registrar el proceso pictórico. Algunos de sus cuadros testimonian los hallazgos que aporta la fotografía;  y el color de la pintura transforma el de las fotografías.

Exposición de Luis Gordillo en la Galería Carolina Rojo, Zaragoza.

Exposición de Luis Gordillo en la Galería Carolina Rojo, Zaragoza.

G/K es el título de la serie fotográfica que Luis Gordillo inició en 2013. Todas las cosas de su entorno cotidiano tienen cabida en ella, hasta configurar una topografía atenta a lo habitual de lo que se vive. El paisaje de su jardín, la mesa de ping pong, la piscina, fragmentos de sillas o tazones, fragmentos de cómic, los escenarios de sus viajes…,, son algunos de los motivos que conjugan la composiciones visuales, seductoramente extrañas en un espacio abierto a múltiples líneas de fuga de sedimentación temporal compleja que, en ocasiones, organiza en imágenes dobles. Quizás no sean más que respuestas a preguntas fragmentarias apenas indicativas de un método, que diría Perec, pero esenciales para captar nuestra verdad.

Chus Tudelilla

Luis Gordillo, G/K 13 c, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, G/K 13 c, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

 

Chus Tudelilla presenta su nuevo libro en Zaragoza

Chus Tudelilla: Mathias Goeritz. Recuerdos de España [1940-1953]
Edificio Paraninfo
Sala Pilar Sinués
Plaza Basilio Paraíso, 4. Zaragoza
Presentación del libro: 12 de mayo a las 20:00 h.

Chus Tudelilla, Mathias Goeritz. Recuerdos de España [1940-1953], Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2014

Mathias Goeritz. Recuerdos de España. Chus Tudelilla (portada del libro). Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathias Goeritz. Recuerdos de España. Chus Tudelilla (portada del libro). 

Uno de los nombres fundamentales en el proceso de normalización y renovación del arte y la cultura española durante los años de la inmediata posguerra fue Mathias Goeritz (Danzig, 1915-Ciudad de México, 1990); un protagonismo que nadie discute pero que, sin embargo, no ha ido acompañado de la correspondiente investigación. Con el ánimo de subsanar este vacío historiográfico Chus Tudelilla defendió en la Universidad de Zaragoza, en 2012, su tesis doctoral Mathias Goeritz. Recuerdos de España [1940-1953], atenta a la presencia de Goeritz en el Marruecos español (1942-1945) como delegado en el Consulado Alemán de Tetuán del Instituto Alemán de Cultura; a su estancia en España (1945-1949); y a la continuidad de sus proyectos en Guadalajara, Jalisco, donde residió desde octubre de 1949 hasta 1953, cuando se instaló definitivamente en Ciudad de México. El primer volumen de la tesis doctoral centra el libro que con el mismo título acaba de publicar, en su colección “De Arte”, Prensas Universitarias de Zaragoza.

Nicolas Muller, Retrato Goeritz, 1948. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Nicolas Muller, Retrato Goeritz, 1948. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

De su investigación, escribe Chus Tudelilla: La historia de Mathias Goeritz en España es también la de quienes decidieron quedarse tras la Guerra Civil, aislados y vencidos, pero anhelantes por avanzar, y la de los más jóvenes que eligieron abrirse al futuro. Con ambas generaciones, Goeritz compartió sus proyectos editoriales y artísticos. Es así que en los recuerdos de Mathias Goeritz están adheridos fragmentos de la historia de Tomás Seral y Casas, Ángel Ferrant, Benjamín Palencia, Ricardo Gullón, Josep Llorens Artigas, Pablo Beltrán de Heredia, Sebastià Gasch, Rafael Santos Torroella y Eduardo Westerdahl, con quienes realizó sus proyectos más importantes: la colección “Artistas Nuevos” y la Escuela de Altamira. Junto a los nombres citados aparecen otros, decisivos también en la cultura española de aquel tiempo: Juli Ramis, Nicolás Muller, Eugenio d’Ors, Francisco Nieva, Ángel Crespo, el grupo Pórtico de Zaragoza, Antonio Saura, Luis Felipe Vivanco, Juan Eduardo Cirlot y Carlos Edmundo de Ory. Y Alfredo Sánchez Bella, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Reguera Sevilla, Abel Bonnard o Jean Mallon, tan influyentes políticamente en sus proyectos. Sin olvidar a los mexicanos Ida Rodríguez, Josefina Muriel y Alejandro Rangel a quienes Goeritz conoció en Santander, y cuya intervención fue crucial para su viaje a Guadalajara, Jalisco, una vez que Ignacio Díaz Morales decidió incorporarlo como profesor a la Escuela de Arquitectura del Instituto Tecnológico.

Mathias Goeritz, Cartel de las Cuevas de Altamira, 1948. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathias Goeritz, Cartel de las Cuevas de Altamira, 1948. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Las tres nociones defendidas por Dionisio Ridruejo para el inicio de un nuevo proceso en la vida pública española: integración, conciliación y diálogo, son las que, en opinión de Jordi Gracia y Domingo Ródenas, sustentan la convergencia intergeneracional que alentaría el proceso de restitución de la modernidad. Esas tres nociones están presentes en todos y cada uno de los proyectos realizados por Goeritz en España. Desde que se instaló en Madrid, a comienzos de 1947, apenas tenía tiempo de entrar en casa, atareado como estaba en resolver y poner en marcha las numerosas iniciativas que dieron voz a quienes no encontraban motivos para salir a la calle. En la librería-galería Clan del aragonés Tomás Seral y Casas, Goeritz tuvo acceso a las últimas novedades editoriales, celebró la primera exposición de sus pinturas, y conoció a Palencia y a Ferrant, con quienes dirigió la colección “Artistas Nuevos”. Ferrant quedó prendado de la vitalidad de Goeritz y le permitió romper su silencio, descubriéndole obras y artistas, y compartiendo su memoria y sus inquietudes, que Goeritz no dudó en hacer suyas. Presentarse en nombre del maestro Ferrant era como llegar acompañado de una varita mágica, sobraban todas las explicaciones. Y Goeritz, consciente de ello, utilizó la varita mágica de Ferrant para reunir a quienes habían quedado aislados. Esa fue, sin duda, la mayor aportación de Goeritz a la cultura española de posguerra: trazar una cartografía del arte vivo con centros en Madrid, Zaragoza, Barcelona, Santillana del Mar y Tenerife.

Mathias Goeritz, Cóbreces, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco

Mathias Goeritz, Cóbreces, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco.

En el verano de 1948, en Santillana del Mar, Goeritz ideó el “Plan Altamira” que daba respuesta a uno de los temas que habían interesado a Ferrant y Palencia en los años treinta del siglo XX y que en la década siguiente volvía a estar de actualidad: la relación de la prehistoria y el arte moderno, motivo central de las discusiones de la Escuela de Altamira, de las pinturas y dibujos de Goeritz y de la programación expositiva y editorial de la galería Palma que, bajo su dirección, siguió editando la colección “Artistas Nuevos” -que Clan iniciara en enero de 1948 y retomaría, bajo la dirección de Seral y Casas, en marzo de 1949-, con títulos tan renombrados como Homenaje a Paul Klee, Niños artistas. Creaciones o Los nuevos prehistóricos, por estar en sintonía con las preocupaciones que en aquel tiempo ocupaban la atención del arte y de la cultura contemporáneos en el ámbito internacional.

Mathias Goeritz, En la montaña, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathias Goeritz, En la montaña, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

En octubre de 1949, Mathias Goeritz llegó a Guadalajara, Jalisco, donde su presencia causó auténtica sensación, pues era mucho lo que llevaba en su maleta de viaje. La experiencia vivida en España explica que en apenas dos meses Goeritz lograra transformar el ambiente cultural de la ciudad: además de profesor en la Escuela de Arquitectura, alentó la apertura de salas de exposiciones y galerías de arte cuya programación dirigió, coordinó numerosos proyectos editoriales, y expuso sus obras. Los ecos de su estancia en Guadalajara llegaron a Ciudad de México, donde Goeritz colaboró con la galerista Inés Amor y con Luis Barragán quien, como Ángel Ferrant, fue su maestro. La construcción del Museo Experimental El Eco, su particular cueva de Altamira, señala el final de una etapa y el comienzo de otra nueva en la trayectoria de Goeritz; lejos ya de España.

Mathias Goeritz, Paisaje fluvial, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathias Goeritz, Paisaje fluvial, 1948. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

El 12 de enero de 1954, Elena Poniatowska publicó en el diario Excélsior de Ciudad de México la charla que había mantenido con Mathias Goeritz, a propósito de la estancia en México de Henry Moore, allá por las calles de Sullivan, en El Eco “esa especie de sueño futurista y de cueva de Altamira, Mathias Goeritz se anima, gesticula, se sienta y se levanta sin cesar, como todo buen alemán, y pinta infatigablemente constelaciones, parejas de amantes y gallos definitivamente pitagóricos”.

El Eco, Ciudad de México, 1954. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

El Eco, Ciudad de México, 1954. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathiaas Goeritz, Gran guiñol andaluz, 1947. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Mathiaas Goeritz, Gran guiñol andaluz, 1947. Colección Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco. Imagen cortesía de Chus Tudelilla.

Galería Carolina Rojo: Yo, etcétera

Galería Carolina Rojo: Yo, etcétera
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
Hasta el 7 de Junio de 2014

¿Quien tiene derecho a decir “yo”? ¿Es un derecho que hay que ganarse? Son las preguntas que, en torno a 1965, Susan Sontag dejó escritas en una hoja suelta, tachadas pero legibles. Años más tarde, tituló Yo, etcétera a la reunión de ocho ficciones que habían sido publicadas en diferentes revistas. Resultó que los etcéteras acabaron ocupando el lugar del yo.

El 21 de noviembre de 1978, Sontag escribió en su diario sobre Yo, etcétera: “El significado circula. Historias como prismas”; el 25 de febrero de 1979 hizo referencia al método cubista que guiaba Yo, etcétera: “contar historias desde ángulos diferentes”. Y el 20 de mayo de 1980, con motivo de una conferencia sobre su obra, especificó: “El cubismo literario > estar en muchos tiempos + muchos lugares, voces.”

El proyecto Yo, etcétera que presenta la Galería Carolina Rojo comparte con Susan Sontag el título de su libro y su método de trabajo en el deseo de estar en muchos tiempos y muchos lugares a través de las voces de los artistas que la galería representa. La ocasión aconsejaba invitar a la cita, además, a otros autores procedentes de diferentes ámbitos de creación, como la literatura, la música, la filosofía o el cine, con el propósito de plantear la cuestión central del proyecto: ¿Es preciso saber el “yo”? O, ¿hemos de conformarnos con los “etcéteras”?

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

La selección de las obras en exposición responde, por tanto, a un método: cada autor convocado a la cita ha elegido su particular “etcétera” de entre sus obras. No ha habido reuniones conjuntas, solo conversaciones personales, por lo que es mucho más sorprendente el resultado.

Los signos de interrogación son comunes en todos los autores. La mayoría intentan la opción de ser otro. La acción de borrar es continua; aunque sin miedo a nombrar, incluso a los monstruos. Los movimientos de enroscarse en sí mismos se repiten. El peso se hace latente junto al deseo de imaginar horizontes imposibles o nubes oscuras sobre paisajes nunca visitados. Dice Sontag que la idea que se tiene de uno mismo es lo que se es. Esa idea es, en definitiva, la que sustenta la unidad del dispositivo múltiple de narraciones construidas que son los etcéteras de este proyecto.

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Eduardo López Banzo interroga la música y subsana lo que el copista de Handel no comprendió; debajo de las tachaduras escribe, por vez primera, la versión original en su partitura de trabajo de los Concerti Grossi Op. 6. Alejandro Cañada enseñaba a sus alumnos exigiéndoles borrar los dibujos; Enrique Radigales decidió guardar uno de los muchos dibujos que realizó durante su estancia en Cañada: en el continuo borrar, Radigales fue haciéndose. En La mala luz, Carlos Castán plantea la opción de borrar cada cosa y la suma de las cosas… “Ir olvidándolo todo”. No logra olvidar su poema perdido el protagonista de Autopsia, la novela de Miguel Serrano, quizás porque como escribe: “Después de todo, aquel poema hablaba o balbuceaba acerca de mí”. Mariano Anós parte del no saber. Charo Pradas dibuja y tacha a tinta, sobre la hiriente línea horizontal de un pequeño cuaderno, los gestos que nacen de “movimientos en lugar de otros movimientos”, como en el verso de Michaux, y acaban convertidos en monstruos. Los monstruos que Sergio del Molino en La hora violeta no puede ahuyentar. “A partir de aquí, monstruos”. Más arriba, o quizás al lado, la línea del horizonte, que en las fotografías de Jorge Fuembuena borra las fronteras que separan el mar del cielo. “¿Qué más viste, cuando estabas en mitad del mar?, se pregunta a El nadador, poema de Manuel Vilas. José Noguero pinta árboles y nubes, oscuras o vacías del color que tiñe las montañas de Landmannalaugar. De nubes que oscurecen la zona del cerebro donde se amasa el pensamiento y se tejen las palabras, sabe y escribe mejor que nadie Miguel Mena en Piedad. Y si Jorge Usán pinta la fragilidad de los pájaros en reposo, el peso de la gravedad del mundo incita a Cecilia de Val a cortar las cabezas de las figuritas de porcelana y sustituirlas por piedras. A su lado, fotografías de paisajes enardecidos que ensayan una dramaturgia diferente a la explorada por Almalé y Bondía, delatora del falso reconocimiento. Louisa Holecz mira desafiante al espectador en su Autorretrato. No hay lugar para metáforas. Y Blanca Torres decide compartir el móvil que siempre lleva encima y donde guarda lo más íntimo de su vida. Fernando Martín Godoy pinta sus habitaciones, que son sus refugios, su intimidad pictórica. Lejos del griterío de las imágenes de Yann Leto, observador atento de un mundo real, cuyos restos preserva Nacho Bolea para dar luz a nuevos alegatos que desactiven amenazas. “No sufras el dolor futuro”, escribió Sontag.

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

En este juego que nos permite fantasear con las relaciones entre las cosas, que tanto gustaba al personaje de Julia en el relato Declaración de Susan Sontag, se descubre la necesidad de contar. De hablar y hablar, para no estar solo, como la sombra que persigue José Luis Rodríguez en su novela Al final de la noche. Y porque en definitiva, como sostiene Carlos Castán, “la verdadera orfandad se produce cuando salimos de foco y los ojos que seguían nuestros movimientos se evaporan…”.

Chus Tudelilla

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Cecilia de Val: La pesanteur

Cecilia de Val: La pesanteur
Sala Juana Francés. Casa de la Mujer
C/ Don Juan de Aragón, 2. Zaragoza
Hasta el 25 de abril de 2014

La pesanteur es el título del proyecto fotográfico iniciado por Cecilia de Val en 2012; según sus palabras, se trata de una aproximación simbólica al desamparo del que habló el filósofo humanista Martin Buber: “La problemática del hombre se replantea cada vez que parece rescindirse el pacto primero entre el mundo y el ser humano en tiempos en que el ser humano parece encontrarse en el mundo como un extranjero solitario y desamparado”.

Cecilia de Val retrata personas en lugares periféricos de diferentes ciudades; y paisajes en los que irrumpen enigmáticas cabelleras. En ambas secuencias de imágenes, relacionadas entre sí según un ritmo interno que parece avanzar según la lógica de los sueños, Cecilia de Val sitúa al espectador ante espacios indecisos, sin otra función que la de ser receptores de una acción que, en realidad, no es tal por su condición de imágenes paralizadas en un presente detenido. No hay fuera de campo, no hay antes ni después, un rasgo común de las imágenes “construidas” cuya única finalidad es la de hacer imagen, como bien anota Michel Poivert, para quien la fuerza expresiva y plástica de las puestas en escena afirman, paradójicamente, su naturaleza reflexionada, donde la representación no aparece nunca como dada sino como creada, manteniendo de este modo el mundo a distancia.

Cecilia de Val, "#2" (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, “#2″ (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, "#4" (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, “#4″ (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Mantener el mundo a distancia no significa distanciarse del mundo; todo lo contrario, pues de lo que se trata, en último extremo, es de profundizar en el misterio que se desliza entre las cosas, o mejor dicho, en el modo de ver las cosas. Cada historia, escribe David Lynch, posee un mundo propio, un ambiente y una atmósfera también propios. Las historias de Cecilia de Val, como las de David Lynch, incluyen siempre un conflicto, pueden suceder en cualquier parte del mundo y una vez se empieza a sentir su misterio y confusión comienzan a ocurrir cosas. Para Lynch “todo, cualquier cosa, surge del nivel más profundo. La física moderna denomina a este nivel campo unificado”.

Alrededor del concepto de la pesanteur, de la gravedad, surgen las imágenes de este proyecto. El físico y escritor Agustín Fernández Mallo recupera en su libro Nocilla Experiencie el relato en que Einstein recordaba en 1922, ante un auditorio japonés, cómo se le había ocurrido la idea de su Teoría de la Relatividad en 1907: “Estaba sentado en mi mesa, en la oficina de patentes, cuando, de repente, un pensamiento me vino a la cabeza: si alguien cae libremente no siente la fuerza de la gravedad; no siente su propio peso. Me quedé sobrecogido. Esta idea tan simple dejó una profunda huella en mí y fue la que me impulsó hacia una Teoría de la Relatividad General. Fue el pensamiento más afortunado de mi vida”. Y sigue Fernández Mallo: “Einstein, a la vez que la creó, borró la gravedad de un plumazo. Crear objetos, procrear, generar masa gravitante, consiste en intentar descubrir, sin éxito, adónde fue a parar toda esa fuerza”.

Cecilia de Val, fotografía sin título. Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, fotografía sin título. Imagen cortesía de la artista.

Arrumbados en la superficie de un paisaje siempre a las afueras, los sujetos, hombres y mujeres, que Cecilia de Val retrata permanecen ajenos al mundo; razón única que explica su presencia, siempre incierta. El silencio, cuando no la muerte, es elocuente de su exclusión. Su desamparo en el paisaje es símbolo de la fractura del hombre con la naturaleza, del malestar generalizado, de la gravedad actual. Todo se precipita cuando Cecilia de Val cruza y atraviesa estas imágenes con aquellas otras de enigmáticas cabelleras al viento.

Cecilia de Val, "Leto" (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, “Leto” (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Y cuando lo imprevisto aparece, señala David Cronenberg, “el sentimiento de identidad se revela como no real; existe el caos y el desastre. Nuestro sentido de la estabilidad vacila y nuestra fe en ella”. ¿Qué decir de las largas cabelleras, de las madejas de pelo que vuelan o se precipitan en el paisaje, o son puestas a secar en lo más alto, cerca de las nubes, en las fotografías de Cecilia de Val? Cuenta la tradición judía que Lilith, hecha de “inmundicia y sedimentos”, discutía continuamente con Adán, del que fue su primera compañera, sobre cómo realizar la unión carnal. Decidida a lograr su independencia, Lilith huyó del Edén y se fue a vivir a la región del aire, a la región flotante donde, se muestra convencido Ángel González García, nuestros pensamientos siempre tienen los pies ligeros.

Cecilia de Val reconstruye la región del aire en la tierra, en paisajes flotantes en los que las nubes, la niebla, la nieve y los ríos, descubren en sus variaciones el desorden, la incertidumbre, el desconcierto, el malestar, la gravedad.

Dice el fotógrafo Jean-Louis Garnell que el paisaje es una cuestión de fotografía, no de paisaje.

Chus Tudelilla

Cecilia de Val, "Lily&Mum" (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Cecilia de Val, “Lily&Mum” (fotografía). Imagen cortesía de la artista.

Charo Pradas. La casa del alma

Charo Pradas: La casa del alma
Galería Carolina Rojo
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
Hasta el 27 de abril de 2014

En 2001, con motivo de su exposición en la galería Masha Prieto de Madrid, Charo Pradas solicitó a Xavier Grau el relato de Marcel Schwob sobre el pintor Paolo Uccello para incorporarlo en el catálogo. Al contrario de Giorgio Vasari que nunca entendió el tiempo que Uccello perdía en “las cosas de la perspectiva”, tan extravagantes que le hacían abandonar lo cierto por lo incierto, Schwob tuvo claro que a Paolo di Dono, llamado Paolo Uccelli, o Pablo Pájaros por la cantidad de figuras de pájaros pintados que llenaban su casa, no le importaba nada la realidad de las cosas, por lo que “atendía más a su multiplicidad y a lo infinito de las líneas”. Schwob cuenta mucho sobre Uccello en su relato incluido en las Vies imaginaries (1896): que pintó campos azules y ciudades rojas, y caballeros vestidos con armaduras negras; la llamada de atención de Donatello: “¡Ah! ¡Paolo, descuidas la sustancia por la sombra!”; su gran interés por la arquitectura o que, como un alquimista encorvado, “volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, a fin de obtener su transmutación en la forma simple de la que dependen todas las demás”. Al parecer, Ghiberti, Della Robbia, Brunelleschi y Donatello se burlaban del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva, aunque sentían lástima de su pequeña casa, llena de arañas y vacía de provisiones. Pero Uccello era más orgulloso que ellos, “a cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. No era la imitación su finalidad, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas”. Cuando el Pájaro se volvió viejo, “no diferenciaba ya la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres”. Algunos años más tarde se lo encontraron muerto de inanición. “Tenía el rostro radiante de arrugas. Sus ojos se clavaban en el misterio revelado. En su mano rígidamente cerrada guardaba un pequeño rollo de pergamino cubierto de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro”.

El relato de Marcel Schwob fascinó a Antonin Artaud que escribió dos textos sobre Uccello, su amigo, su quimera, su alter ego: “Uccello le poil” y “Paul les Oiseaux”. En el primero, leemos: “Estrangulado el mundo, y suspendido, y eternamente vacilante sobre las llanuras de esta mesa plana donde tú inclinas tu cabeza pesada. Y a tu lado cuando interrogas los rostros, qué ves sino una circulación de ramificaciones, un emparrado de venas, la huella minúscula de una arruga, el ramaje de un mar de cabellos. Todo es giratorio, todo vibrátil, y qué vale el ojo desprovisto de sus pestañas”.

André Breton supo de Uccello por Artaud y lo nombró el primero y más antiguo de los pintores próximos al Surrealismo. En Nadja, Breton anota que el 8 de octubre de 1926 nada más despertarse abre una carta de Louis Aragon que le llega de Italia con la imagen fotográfica del detalle de un cuadro de Uccello “que no conocía”; se trata de La Profanación de la hostia. En el fragmento, reproducido también en la Révolution Surréaliste, se ve al usurero y a su familia observando algo que sucede en la zona oculta de la habitación: de la hostia, que han puesto a hervir en la cazuela, brota un reguero de sangre que llega al suelo, se cuela por entre los muros de la casa hasta el exterior, donde un grupo de ciudadanos y soldados armados intentan abrir la puerta para entrar en el interior y detener a los profanadores.

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

La sangre de la escena pintada por Uccello me lleva al recuerdo de Dore Ashton por una obra de Philip Guston, un cuadro pequeño que “había ingerido con un escalofrío para no olvidarlo: Era la lata de pinceles, los pinceles de Guston, rezumando una sangre viscosa que descendía por el abollado costado de la lata, sanguinolento todo por aquella monstruosa y monumental mortificación”. Tampoco faltan arañas en sus cuadros, Tela de araña, es el título de uno de ellos realizado en 1975. No sé si a Guston le interesaba Uccello. Me gustar pensar que sí. Dore Ashton, que tan bien conoció a Guston, dijo que era órfico, “cuando se trabaja en el reino de las profundidades y se agota una veta, se abre otra”. De Uccello, Artaud escribió: “Bienaventurado seas, tú que has tenido la preocupación rocosa y terrateniente de la profundidad”.

“Hay tantas cosas en el mundo… ¿tiene el arte alguna necesidad de representar toda esa variedad y de contribuir a su proliferación? ¿Puede el arte ser así de libre? Las dificultades surgen cuando uno entiende qué es lo que el alma no le permite hacer a la mano”, declaró Guston en 1965. A Uccello nada le importaba la realidad de las cosas. Tampoco a Charo Pradas, que no dudó en cederle la palabra, a través de la de Schwob, para explicarse.

Hermann Finsterlin imaginó casas soñadas, en cuyo interior “uno no solo se siente como residente de una fabulosa glándula cristalina, sino como habitante interno de un organismo, yendo de un órgano a otro, dando y recibiendo como simbionte de un gigantesco cuerpo materno fósil”. La casa del alma de Charo Pradas no libera a quienes la contemplan de las pesadillas del mundo exterior, todo en ella es intempestivo e interrogativo. El alma, dice Rafael Argullol, son las preguntas. La fluidez de formas y de líneas pinta un paisaje extremado donde todo prolifera a un ritmo desestabilizador, lleno de coágulos de sangre, incapacitado para dar cobijo; nunca fue esa su pretensión. El color da profundidad y acentúa el movimiento errante que agita y suspende los gestos en un espacio atrapado ya en telarañas, aquellas que, mientras andamos, nos envuelven sin que nos demos cuenta, escribió Lucrecio.

El vértigo cósmico, que en otro tiempo desencadenaba toda una suerte de dinámicas resonancias y fructíferas tensiones, parece haber llegado en esta secuencia de pinturas a lo más profundo, allí donde todo flota y estalla, donde es posible asistir al lado oculto de las cosas. Charo Pradas pinta sobre lo ya pintado, es preciso borrar para recomponer nuevas imágenes de condición náufraga y lógica espectral, donde todo es imperfecto y accidental.

En 1985, Italo Calvino dedicó una serie de conferencias a determinados valores de la literatura con la intención de situarlos ante el nuevo milenio. Transcurridos casi los mismos años desde el inicio del nuevo milenio, aquellos valores no han perdido interés, y no solo en literatura. Para atender a la levedad, Calvino mencionó a Lucrecio y al poeta florentino Guido Cavalcanti en cuyos poemas, los “dramatis personae” eran suspiros, rayos luminosos, imágenes ópticas y, sobre todo, impulsos o mensajes inmateriales que llamó “espíritus”. La gravedad sin peso era la imagen de la levedad que, asimismo, podría ser la descripción cualquiera que comportara un alto grado de abstracción; y aquí citó un fragmento de The beast in the jungle de Henry James: “Este abismo, constantemente salvado por una estructura lo bastante firme a pesar de su ligereza y de sus ocasionales oscilaciones en el espacio un tanto vertiginoso, invitaba en ocasiones, para tranquilidad de los nervios, a un descenso de la plomada y a una medición de la profundidad”.

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

Junto a la levedad, la visibilidad. Calvino creía que todas las realidades y fantasías pueden cobrar forma; de ahí que las visiones polimorfas de los ojos y del alma se encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos o mayúsculos, un espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y siempre diferente. Y la multiplicidad, o el intento de representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, sin atenuar su inextricable complejidad, que pretendió Carlo Emilio Gadda; o el anhelo de trazar una red infinita que vincule todas las cosas, al que sucumbió Proust en el empeño de conocer un mundo que supo debía pasar por el padecimiento de su inasibilidad.

La valoración del espacio, enérgico, dinámico, aéreo y pulsante, que decía Fernando Huici, generador de resonancias y ecos hipnóticos, de insólitos engranajes afuncionales en permanente tensión, observó Enrique Juncosa, ha sido y es uno de los rasgos que definen la pintura de Charo Pradas. Ocurre, sin embargo, que, como supo ver desde bien temprano Manel Clot en el texto que le escribió con motivo de su primera individual importante celebrada en el Museo de Teruel, en 1989, los síntomas tan inquietantes que emanaban de su pintura la hacían ya partícipe de una historia que se había mantenido al margen, como orillada a la espera de su posterior reconocimiento. No anduvo nada mal de éxitos Charo Pradas aunque progresivamente, conforme decidió explorar en las profundidades, su pintura ha pasado a ocupar el lugar de aquellos que eligen, como Uccello, desdeñar la sustancia por la sombra.

El silencio de las profundidades que deseó escuchar Hölderlin tiene mucho que ver, anota Argullol, con el sonido del origen. El eco reconduce al origen, y a un continuo retorno a la duda. “La duda misma… se convierte en forma”, declaró Guston. La duda misma tomó forma en la pintura de Charo Pradas a través de la imagen obsesiva de un círculo que se prolongaba en espirales infinitas, hasta que aquel se desplazó a los extremos quizás para afirmar la diferencia, la desemejanza, lo dispar, el azar, lo múltiple y el devenir, como Gilles Deleuze interpretó la exigencia de Zaratustra de no simplificar las cosas: el tiempo no era un círculo sino una línea recta, con dos sentidos contrapuestos, y si un círculo extrañamente descentrado llegara a formarse será tan solo al final de esa línea recta. Todo ha de ser diferente en el devenir de un proceso afectado por crisis y convalecencias. Y en esta progresión dramática se sitúan las pinturas últimas de Charo Pradas.

Atreverse a contemplar La casa del alma de Charo Pradas significa penetrar en el interior de la pintura, allí donde se manifiesta la accidentalidad del mundo; real o imaginario. Charo Pradas, como Uccello, desconfía de la realidad de la cosas y por ello pinta los paisajes interiores de lo imaginario, que es materia y espíritu, donde todo se multiplica, encadena y escupe su temblor; donde todo es igual y retorna en su huida, tras alcanzar el límite extremo de la diferencia. Quizás con el ánimo de interrogar las sombras de formas fugaces, colores hirientes y perspectivas suspendidas en el vértigo de lo más profundo.

Chus Tudelilla [comisaria de la exposición]

Charo Pradas, "La Casa del Alma". Imagen cortesía de la galería.

Charo Pradas, “La Casa del Alma”. Imagen cortesía de la galería.

La Galería Carolina Rojo se renueva

Galería Carolina Rojo
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza.

La Galería Carolina Rojo nació en 2010 con el objetivo de presentar, difundir y consolidar la trayectoria de artistas actuales. Una galería consciente de la necesidad de asumir nuevos retos, presenta importantes novedades: cambia la ubicación y amplía su programa de actividades.

La galería se ubica en un nuevo local, que permite abordar y presentar el contenido de las exposiciones colaborando en el conocimiento de las manifestaciones artísticas actuales, para una correcta valoración. Tal y como la Galería señala “el arte no es un objeto de lujo, sino un producto cultural de primer orden, por ser uno de los mejores testimonios de nuestro tiempo”.

De la misma manera, el calendario expositivo se amplía con una programación de actividades (cursos, talleres y conferencias), dirigidas a fortalecer el conocimiento del arte contemporáneo.

Fotografía del interior de la Galería Carolina Rojo, con el montaje de la exposición de Charo Pradas. Imagen cortesía de la galería.

Fotografía del interior de la Galería Carolina Rojo, con el montaje de la exposición de Charo Pradas. Imagen cortesía de la galería.