Cicuta demócrata para paladares socráticos

Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano
Coproducción de Teatre Romea, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Grec 2015
Teatro Olympia
San Vicente Mártir 44, Valencia
Hasta el domingo 15 de noviembre

En pleno ejercicio de conmemoración de su centuria, el Teatro Olympia -otrora teatro de ópera y sala de exhibición cinematográfica, ambigú de referencia marmolada en los sótanos y más de medio siglo bajo la gestión de la familia Fayos- acoge durante el presente fin de semana una de las giras teatrales más esperadas por provincias, al calor protagónico del conspicuo molletense Josep María Pou y la regencia escénica de una voz ilustre tras las bambalinas como Mario Gas, ‘Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano’.

El elenco de la obra a las puertas del Teatro Olympia, tras la rueda de prensa. Fotografía: Merche Medina.

El elenco de la obra a las puertas del Teatro Olympia, tras la rueda de prensa. Fotografía: Merche Medina.

Gran parte de cuanto aditamenta de partida esta coproducción se antoja atractivo. A saber: recuperar para los escenarios la diluida figura del mayéutico Sócrates de Atenas -distante en el tiempo el ‘Sócrates’ cubista del ceremonioso Marsillach, bajo la dirección de Enrique Llovet en 1972-, para asentar un ejercicio reflexivo sobre el legado moral de su conducta (emparentado con la razón vertebral de su naturaleza filosófica) y ajusticiamiento a manos del Estado ateniense; la batuta de Gas, las riendas interpretativas de Pou y el complemento de aplaudidas segundas voces, como son Amparo Pamplona, Carles Canut y Pep Molina.

El texto de la obra -rubricado a manos del director y del también actor Alberto Iglesias- se gesta inspirado en las ‘apologías socráticas’ legadas por Platón y el ágil e impreciso historiador Jenofonte, en las que se ofrece una versión del alegato de defensa de Sócrates frente a los tribunales atenienses, acusado de impiedad por razones de escepticismo respecto de los dioses de la polis, así como de corromper intelectual y pedagógicamente la moral de la juventud, distanciándola de los vigorosos fundamentos de la democracia ateniense. La obra permite, de este modo, procurar un incisivo escenario de iniquidad consanguíneo del convulso horizonte coetáneo del espectador, henchido de atribuladas y viles corruptelas semejantes morfológicamente a cuantas trufaban las entrañas ocultas y las asaduras viscerales de la democracia y la ciudadanía en la Antigua Grecia.

Josep María Pou (Sócrates) y Carles Canut (Critón) durante un instante de la representación. Imagen cortesía de la compañía.

Josep María Pou (Sócrates) y Carles Canut (Critón) durante un instante de la representación. Imagen cortesía de la compañía.

Planteado el corpus de la obra, resta la compleja y decisiva tarea de convertir sus fundamentos en texto dramático, territorio en el que se adivinan ciertas ortopedias prosódicas, carestías de ritmo y dificultad para trasladar al público los preceptos elementales del pensamiento socrático (cuestión esencial para comprender los cimientos del juicio), no tanto por la complejidad del discurso -cuestión ineludible que debe agradecerse- sino en lo que respecta a la integración de la prédica en la materialización del diálogo sin que éste parezca, más bien, una sucesión de soliloquios como réplica.

Mario Gas, conducido por diversos principios del distanciamiento brecthiano, emplea un par de recursos de anacronismo durante el proemio y el colofón de la obra con cuestionable resultado (relacionado con el empleo de los dispositivos móviles de los espectadores), aunque acierta al desproveer a ‘Socrates, juicio y muerte de un ciudadano’ de una carga emotiva que transformaría en cuita lo que debe ser en todo momento ironía socrática -embrión de su metodología dialéctica-, en pro de suscitar las cavilaciones de la platea. Resta descubrir el motivo por el que Gas, Iglesias o la propia Amparo Pamplona transforman a Jantipa -esposa de Sócrates- en una rústica mujer de maneras oprobiosas, tendiendo en cuenta su noble abolengo (la insolencia y el desprecio no deben ser entendidos como análogos de la simpleza).

Sea encomiable el intrincado propósito de hacer gira de escenarios de la mano de un icono de la filosofía clásica y excelso personaje de los manuales de la historia del filosofía occidental (ocasión práctica para adolescentes instruidos y profesores que se precien de serlo).

Josep María Pou durante un instante de 'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano'. Imagen cortesía de la compañía.

Josep María Pou durante un instante de ‘Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano’. Imagen cortesía de la compañía.

Jose Ramón Alarcón

 

Enxaneta: amores resbaladizos

Enxaneta, de Alfonso Amador
Espai La Rambleta
Bulevar Sur, esquina con Pío IX. Valencia
Estreno: sábado 6 de julio, a las 22.30

Fotograma de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Fotograma de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Pensemos en el cine contemporáneo. Su rumor. Es lo más parecido a una ola de mar. Torrentes visuales sin origen ni fin surgen de la nada hasta apagarse. Fundido en negro. Se ha extirpado el THE END. La línea de meta del cine clásico se ha borrado porque las películas son como nosotros: aspiran a la inmortalidad, no quieren fin. Al contrario, nos invitan a continuarlas. Cualquier director de cine con talento lo sabe: a fuerza de ver, el espectador de hoy se ha vuelto cineasta. La imagen se cierra, pero su mente se abre. El proyector se apaga, pero su imaginación se ilumina. Por eso el director de cine no se corta y propone secuencias inconclusas que el espectador rellena. Enxaneta, también. Es un relato visual que carece de tiempo. Tan pronto se rompe como vuelve a surgir. En su seno, late el conflicto eterno: ser y convivir. La matemática de la vida (de)muestra que 1+1 no siempre es igual a 2. Uno y otro pueden realizar el mismo recorrido, pero en sentido inverso. Pueden anularse.

Imagen de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Imagen de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Un verano, una mujer (Blanca: Silvia Mir) y un hombre (Alberto: Alberto Iglesias). La cámara les sigue, les espía. Su director, Alfonso Amador, registra las palabras que dicen y muestra las que esconden. Los cuerpos hablan, las almas se ocultan. Unas representan la fuerza; otras, el misterio. Las segundas, siempre, parecen más elocuentes, expresan mejor el contenido secreto del film, que podría ser aquello que dijo el escritor Emile Zola: Estamos aquí para vivir en voz alta. Para llegar a lo más alto, reza Enxaneta, título de este magnético film.  Su espíritu es el de trazar un sendero vertical de dos direcciones: ella mira hacia arriba, él hacia abajo, dos gestos concurrentes que no necesariamente se encuentran. Ese es el recorrido físico, el de las imágenes, que circula paralelo al nuestro, el de los espectadores, que siempre es el emocional. Podrás transitarlo en la terraza de la Rambleta el sábado, 6 de julio, a las 22:30 h. Estrenamos Enxaneta,  sobre la que hablaremos largo y tendido con su director, Alfonso Amador.  No te la pierdas.

Fotograma de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Fotograma de Enxaneta, de Alfonso Amador. La Rambleta

Daniel Gascó

El striptease fílmico de Tomas Alfredson

Tomas Alfredson. Premio Luna de Valencia

Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove

Del 21 al 28 de junio

Fotograma de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Cinema Jove

Fotograma de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Cinema Jove

El cine de Tomas Alfredson no entiende de géneros, a pesar de tocarlos casi todos. Como tampoco entiende de política, si entendemos por ella ese cuerpo a cuerpo directo con los acontecimientos desde posiciones herméticas. Al director sueco le interesan las emociones y, para llegar a ellas, hay que prescindir de moldes, etiquetas, puños cerrados o palmas abiertas. El propio Alfredson lo apuntó, al intentar explicar el terror fantástico de su película Let the right one in (Déjame entrar): “Igual que en la mecánica del striptease, una mujer que sale directamente desnuda tiene menos interés que imaginar lo que hay detrás de su ropa”. Mejor, imposible. Sus películas, si provocan miedo, suspense o, en definitiva, emoción, se debe más a esa mecánica del striptease que al porno visual que nos invade.

Un poco antes de que Cinema Jove presentara en el Hotel Astoria al Premio Luna de Valencia, los guionistas debatían en la SGAE sobre su dramática situación. Y, entre otras cosas, el productor Sergio Castellote decía precisamente que el cine de terror había pegado “un bajón brutal” por las temáticas “excesivamente retorcidas”. Los cuerpos despedazados y la sangre a borbotones han llegado a cansar. Por eso Alfredson, al margen del supuesto terror de Déjame entrar, emociona: porque sugiere lo que el espectador debe completar con su inquisitiva mirada. Así lo explicó el propio director sueco: “El miedo está en las cosas que no muestras, dejando al público que rellene los huecos”.

Imagen de El topo, de Tomas Afredson. Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove

Imagen de El topo, de Tomas Afredson. Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove

Sus películas están plagadas de esos momentos, de ese striptease cinematográfico que atrapa la mirada de un espectador magnetizado por la cadencia con que cae la nieve, la sutil geometría de los edificios o esos rostros a punto de revelar un íntimo secreto. “Es más fácil mostrar ríos de sangre, al igual que a un hambriento mostrarle un festín, que describir con palabras el ansiado filete de carne”. El director de Tinker tailor soldier spy (El topo) huye como de la peste de tanta explicitud visual. “Hacer películas es algo más sutil que reflejar acontecimientos de actualidad”. Hacer películas es preguntarse “con qué elementos activar la imaginación del espectador”.

Y los elementos con que cuenta Tomas Alfredson en sus películas no tienen nada que ver con el propio cine, sino con ”olores, sabores o canciones”. Sin ir más lejos, el tema La mer con el que Julio Iglesias clausura El topo, o “el olor del tweed  o lana británica mojada” que Alfredson dice haber querido recrear en esta misma película. Atmósferas, sensaciones, encuentros velados, en el interior de una arquitectura igualmente destinada a mostrar por fuera, lo que dentro no termina de cuadrar. “La arquitectura me emociona personalmente, porque es con lo que se relaciona la gente”. Por eso tan importante como el encuadre es “lo que queda fuera”.

Imagen de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Cinema Jove

Imagen de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Cinema Jove

Lo mismo sucede con un tema tan explícito en Déjame entrar como es el acoso escolar. En lugar de quedarse con la explicitud social del problema, y su envoltorio de terror fantástico, Alfredson nos sitúa, de nuevo, en el complejo y misterioso terreno de las emociones. “La sensación de soledad, de no pertenencia a un grupo, es universal”. Al igual que el acoso escolar tiene “muchas caras” y puede darse ya de adulto “en el trabajo o cuando no te habla alguien o te ignoran”. Por eso su aproximación a los géneros, de cuyo etiquetado huye porque “no es mi trabajo”, no es “intelectual, sino emocional”. Como también huye de dar explicaciones del remake que Matt Reeves ha hecho de Déjame entrar. “La industria del cine es tan añeja, que se ha vuelto un poco antropófaga: se nutre de sí misma”.

Y puestos a hablar de emociones, Alfredson no duda en calificar de “ídolo” al compositor Alberto Iglesias, con el que trabajó en El topo, y con el que estaría “encantado” de volver a trabajar. El striptease del Premio Luna de Valencia también alcanzó al mismísimo Ingmar Bergman, retratista de “la burguesía de su época”, y a John Le Carré, “persona cálida y de un humor desbordante”. Su mirada inteligente, apenas disimulada con unas gafas de pasta, dejó entrever más cosas. Todas ellas al alcance de un espectador avezado en la mecánica del striptease con que construye cada una de sus películas.

Fotograma de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove

Fotograma de Déjame entrar, de Tomas Alfredson. Festival Internacional de Cine de Valencia Cinema Jove

 

Salva Torres