Serzo

#MAKMAArte
‘Mascarada de sobremesa’
José Luis Serzo
Coordinación: Juan Carlos Riancho
Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria (MAS)
Rubio 6, Santander
Hasta el 31 de mayo de 2026

Vivimos en la época donde mostrar es mejor que esconder, que menos es más y donde hablar es mejor que callar. Sin embargo, el artista José Luis Serzo, en su última exposición en el MAS, ‘Mascarada de sobremesa’, parece romper una lanza por todo lo contrario. No trata de transgredir nada, ni de reinventar las normas establecidas, sino tan solo girar la tuerca apropiada para que los ojos del espectador traten de, como dijo el propio artista durante la presentación de la muestra, “descifrar las múltiples capas que existen en la obra”.

Hablamos de “un artista total”, según palabras de la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Santander, Noemí Méndez, que muestra dibujos, pinturas y obras escultóricas con las que llenar la sala expositiva de capas y más capas, que, siguiendo lo descrito por el mismo artista, hay que ir desgranando para encontrar el quid de la exposición.

Una exposición que gira en torno a las figuras de dos pintores referentes para Serzo: José Gutiérrez Solana (1886-1945) y el belga James Ensor (1860-1949). Tanto es así, que la instalación central son dos figuras sentadas de ambos pintores en extremos opuestos de una larga mesa que se encuentra abarrotada de un sinfín de máscaras.

Unas máscaras —de diablos, bufones, calaveras o criaturas híbridas— que son elementos protagónicos de la misma instalación, puesto que ambos pintores recurrieron a ellas en su imaginario. De esta forma, parece lógico ese innumerable montón de máscaras que separan las figuras de ambos artistas. Es el propio Serzo quien señaló que, en los bocetos originales de la obra, la montaña de máscaras era mucho más alta y más densa en su imaginación de lo que se puede observar en sala.

Dos visitantes observan algunas de las obras en la exposición de José Luis Serzo, ‘Mascarada y sobremesa’. Foto: Nestor Navarro.

La colina —ya que no se puede hablar de montaña, como era la intención del artista— de máscaras va más allá de ser un mero elemento decorativo (añadido a la sábana manchada de pigmentos que hace las funciones de mantel y los candelabros con marcas de cera reseca): es un obstáculo para que la supuesta conversación de ambos artistas sea, como subrayó José Luis Serzo, “más un incómodo silencio que un agradable coloquio entre ambos artistas”.

Esa desazón se ve acrecentada ante la ausencia de las sillas donde los dos pintores deberían estar sentados. El propio Serzo explica en su página web el porqué de esta ausencia: “(…) otro símbolo que se me ocurrió, para acentuar esa tensión silenciosa entre el pintor belga y el español, lo encontré quitando las patas de la mesa y las sillas que les sostendrían. Ambos pintores se mantendrían (se mantienen) ‘sentados’ en el aire, en un extraño e imposible equilibrio”, concluyendo que “parecen sostener con sus rodillas toda la mesa que los une y separa al tiempo”.

El origen de esta ‘Mascarada de sobremesa’ se remonta a un viaje que Serzo realizó a Bélgica, en el cual visitó la casa museo de James Ensor en Ostende, instalándose en su mente la siguiente pregunta: ¿Qué habría ocurrido si Ensor y Solana hubieran compartido una sobremesa? Y fue a raíz de esa cuestión cuando las máscaras comenzaron a dibujarse en el imaginario del artista albaceteño.

Pese a que la exposición gire en torno a esa mesa y ese silencio incómodo entre Ensor y Solana, los huecos de las máscaras donde irían unos hipotéticos ojos apuntan a las paredes, unas paredes que alojan alrededor de una veintena de dibujos, pinturas y figuras escultóricas en los que tanto Ensor como Solana son protagonistas.

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Es Serzo quien explica en su web cómo ideó la exposición: “Las ‘ciento y una’ máscaras van apareciendo en otras obras complementarias, satélites, además de las derramadas sobre esta mesa. Estas no solo les delatarían o desnudarían (como quien pone todas las cartas sobre la mesa), sino que, en este caso, generarían un montículo en el centro de la tábula, dificultando el contacto visual entre ellos, y quizá impidiendo así aquella conversación entre los mayores pintores del esperpento”.

‘Mascarada de sobremesa’ posee ese aire onírico que transmiten las obras de Serzo, unido al toque trascendental con el que el artista busca encontrar el lado más humano en todo lo que trabaja. “Trabajo a favor de un nuevo paradigma donde la belleza, la armonía y la consciencia tengan su advenimiento”, subraya el propio creador.

La serie que Serzo presenta en el MAS funciona como una metáfora visual sobre el diálogo entre dos tradiciones pictóricas claramente marcadas por lo carnavalesco, lo grotesco y la crítica social, proponiendo una experiencia que combina pintura, escultura e instalación. “Pretendo suscitar un poco de interés por ambos artistas”, apostilla Serzo.

Varios dibujos y pinturas de José Luis Serzo, en la exposición ‘Mascarada y sobremesa’. Foto: Néstor Navarro.

Como expone en su web, en torno a esta muestra, “me sirve para desarrollar toda una nueva serie que, bajo el subtítulo ‘Tributo a un incómodo silencio entre Ensor y Solana’, muchos símbolos e influencias que el carnaval y la máscara tienen en mi trabajo encuentran en la incógnita o misterio un motor creativo de base. El silencio que subyace entre estos dos pintores del esperpento articula así esta nueva serie que me involucra con mis raíces más profundas”.

Unas raíces con las que ha querido jugar y en las que el resultado es convertir al público en parte activa dentro de esa conversación (frustrada), invitando a abandonar la pasividad propia del espectador y convertir ese diálogo (inexistente) en algo participativo para el visitante.

Un universo personal con el que Serzo consigue absorber, como un agujero negro, a todo aquel que entra por la puerta de la sala expositiva. Sin embargo, como el crítico Enrique Andrés Ruiz escribe en el catálogo de esta exposición, “la estilización barroca del proyecto surge de ese propósito de hacer que la pintura o la escultura salgan de sus marcos y ocupen el espacio de la vida envolviendo al espectador”. “El horizonte último es una dramaturgia integral, puesta en pie con el ánimo de sobrepasar los límites contemplativos”, concluye Ruiz.