Marta Pérez-Carbonell. Mañana seguiré viva. Semana Negra de Gijón 2026

#MAKMALibros
‘Mañana seguiré viva’, de Marta Pérez-Carbonell
Lumen, 2026

Aprovecho que Marta Pérez-Carbonell es una de las invitadas a la Semana Negra –donde vino a presentar su más reciente novela, ‘Mañana seguiré viva‘ (Lumen, 2026)– para robarle una charla. Quedar con Marta en una cafetería de Gijón tiene algo de romántico. El aroma a salitre y a sidra recién escanciada se funde con el del café y los bollos calientes. Sin embargo, la épica de la literatura a veces se estrella de frente con el moco, el pañal y la contingencia láctea.

Marta llega a nuestra cita con la lengua fuera, pidiendo disculpas y con un lamparón sospechoso en el hombro. Justo cuando salía, su bebé decidió que el outfit de su mamá necesitaba un sutil toque de vómito. Ante semejante ritmo, Marta ha renunciado a los tacones en favor de la comodidad; nos miramos, nos reímos y descubrimos que llevamos el mismo calzado. Dos Pitas, marca asturiana, le anuncio con orgullo, aclarándole que, en asturiano, “pita” significa “gallina”. Enseguida comprendemos que no nos unen las wallabi, sino las palabras.

Hablamos del boicot infantil, claro. Del boicot inconsciente pero implacable de una hija que ya sabe leer entrelíneas y ha decidido aplicar el derecho de admisión sobre su madre. ¿Por qué demonios tiene una niña que compartir a su mamá con colaboradoras de radio medio chifladas –servidora de ustedes–, periodistas preguntones, escritores intensos y toda esa fauna del ecosistema cultural? Bastante tiene ya la criatura con disputarse su atención con esos miles de lectores que devoran sus libros. El vómito, bien pensado, no fue un accidente: fue un editorial de protesta.

Aunque ahora pise adoquines asturianos gracias a una bendita excedencia, Marta Pérez-Carbonell tiene su plaza de profesora universitaria y a sus alumnos al otro lado del charco, en los Estados Unidos. Y en esa distancia, entre el peso de la academia estadounidense y el refugio de la ficción en español, es donde Marta ha construido una de las voces más magnéticas y sutiles de nuestra narrativa. Limpiamos el hombro con un clínex, pedimos dos cafés y nos sentamos a desarmar el relato, la memoria y la vida.

El boicot de tu bebé tiene algo de justicia poética, por lo que vamos a dejar en sus manitas la intro a esta primera pregunta. ¿Cómo se gestiona el salto mental de dar clases de literatura en una universidad norteamericana a negociar los tiempos con la familia en España?

Es casi como si fueran dos vidas. Las dos son mías, claro. Las dos soy yo. Pero, a veces, no me lo parece porque yo salí de Estados Unidos hace tres años, cuando me llegó mi año sabático y lo enlacé con la dirección del programa en Madrid que tiene la universidad. Pero, luego, con el embarazo y una serie de complicaciones, se alargó mi estancia aquí, y ahora reparo en lo insólito de volver a la nieve de Hamilton y al ritmo intenso de las clases después de estos años con tanto tiempo dedicado a mi bebé y a mis libros, ¡¡tres hijos!! Aunque con exigencias muy diferentes (y solo uno de ellos me vomita encima) [risas].

En tus novelas hay un peso evidente de la mirada ajena. ¿Cuánto de esa obsesión por cómo nos ven los demás nace de tu propia experiencia en el extranjero, donde uno pasa la vida explicando de dónde viene y quién es?

Fíjate que yo lo he vivido siempre un poco de otra manera: a veces, tengo la sensación de que en el extranjero lo bueno es que tú puedes situarte un poco fuera y eres tú quien mira. Miras más porque te fijas más, porque no das nada por sentado. La mirada, cuando no nos rodea la realidad de todos los días, siempre se agudiza un poco: nos fijamos más en cómo visten los demás, en cómo son los autobuses, en cómo está colocada la comida en los supermercados. Me parece que las cosas cotidianas se ven de otro modo cuando estás lejos. Y eso es una ventaja enorme para quienes escribimos.

'Mañana seguiré viva', de Marta Pérez-Carbonell

En tu última novela, ‘Mañana seguiré viva’, Linda Rams es un icono del cine italiano de los 60 y 70. Es una época donde la fama tenía un halo de misterio que hoy, con las redes sociales, casi ha desaparecido. ¿Por qué te atraía precisamente esa edad de oro para explorar la brecha entre la persona y el mito?

Me interesaba indagar en la idea del mito: cómo nace, cómo crece, cómo lo viven desde dentro quienes se convierten en ese mito… En suma, qué ocurre cuando alguien pasa de tener una vida privada a convertirse en una persona a quien unos extraños desean, otros odian, alguien de quien se opina y que empieza a representar valores o ideas.

A nivel identitario, es un proceso tremendo porque dependemos de la mirada ajena para comprendernos y encontrar un sentido a todas esas multitudes que contenemos, pero cuando te mira toda una sociedad –y cada uno de una forma– creo que se puede complicar mucho la historia. Y, sí, como dices, la fama ahora es otra cosa. Hay mucha gente famosa, pero a menudo no sabemos por qué. En esa época, la fama tenía algo de exclusividad y misterio, el misterio de una vida, la vida de Linda Rams.

El motor de la novela arranca con una imagen visual muy potente de Linda en una terraza hablando con su biógrafo y amigo. Como escritora, ¿necesitas siempre ese chispazo visual para empezar a tirar del hilo de una historia?

Sin duda. Es lo que Rosa Montero llama ell “huevecillo” (me encanta ese término). Yo lo vivo como un latido, porque tiene pulso. Llega esa imagen y, a pesar de lo que parece, no es estática, quiere avanzar, y en ese avance te arrastra. Poco a poco y de forma muy orgánica, los personajes empiezan a cobrar vida y a definirse ante ti y, si miras desde fuera con atención, te cuentan su historia. Es un poco mágico. Mientras está ocurriendo tú no entiendes cómo, pero sí, todo empieza con una imagen.

En ‘Mañana seguiré viva juegas con el contraste entre lo que Linda le cuenta a su biógrafo y lo que los flashbacks nos revelan. ¿Somos siempre los narradores menos fiables de nuestra propia biografía? ¿Cuánto mentimos y nos mentimos para sobrevivir a nuestro propio pasado?

Creo que mentimos y nos mentimos todo lo que sea necesario. Yo siento que la realidad y la identidad tienen mucho (si no todo) de construcción. Nos contamos una historia, parece inamovible porque es la nuestra, pero es solo la que tiene sentido en ese momento. La cuestión es que no lo veo como una versión de la que no nos podemos fiar versus esa otra versión objetiva o externa que sí cuenta la verdad. Creo, más bien, que es posible que todas ellas convivan y coexistan.

Para unas personas somos solamente “la mamá de esa nena del parque”, “la vecina odiosa que hace ruido por la noche”, “la tipeja que me quitó el puesto de trabajo”, “la niña con la que fui a un campamento”, “la amante”, “la escritora”. ¿Son todas la misma?

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En la novela, se toca el tema de la salud mental y cómo el hecho de mitificar a una actriz, en este caso, puede volverse en su contra. ¿Crees que la sociedad devora con cierta crueldad a sus iconos cuando se muestran vulnerables?

Creo que es un riesgo que está ahí siempre. En este caso, Linda es una mujer que vive una vida relativamente transgresora para la época (madre soltera, defensora del colectivo gay); es alguien que lucha por ser libre. Y en esa lucha suele existir una condena de los otros. Ella acaba siendo víctima de una atención mediática desmesurada y escandalosa por haber mantenido una relación con un hombre doce años más joven que ella.

Se la considera una depravada y todo el escándalo termina con su ingreso en un hospital psiquiátrico. Pensemos también que, si eso hubiera sido al revés (el hombre más mayor que la mujer), no se le habría dado la más mínima importancia.

Tu debut, ‘Nada más ilusorio‘, arranca en un compartimento de tren con una conversación que desata la trama. En ‘Mañana seguiré viva’, la historia se desarrolla a través de los diálogos de Linda con su biógrafo. Podría decirse que tus novelas son muy conversacionales. ¿Qué te ofrece ese cara a cara como recurso estilístico y motor para que tus personajes se confiesen o mientan?

¡Lo hice sin querer! Es muy evidente, aunque yo solo me di cuenta a posteriori. Pero, sí, es verdad que está ahí y que me gusta mucho el recurso del relato. Creo que es porque tiene esa posibilidad multifacética de la realidad. Es decir, que, en vez de presentar la historia directamente, se presenta a través de cómo la viven o sienten o recuerdan unos personajes.

Y ahí entran la subjetividad, las versiones y una realidad que, lejos de ser sólida, siempre se tambalea un poco ante nuestra mirada de lector, bien porque luego aparece otro personaje que la contradice, bien porque hay una suerte de conciencia por parte de los personajes de que aquello que están contando podría haber ocurrido siempre de otras tantas maneras. Y, según alguna de esas versiones, seguro que así fue.

Nada más ilusorio. Marta Pérez-Carbonell

Hablando de diálogos… Ambos libros dialogan muy bien entre sí: en ‘Nada más ilusorio’ exploras el poder de contar, de sacar la historia hacia fuera. En ‘Mañana seguiré viva’, te centras en el relato que nos contamos, aquello que construimos hacia dentro para sobrevivir a quiénes somos realmente. ¿Sientes que esta segunda novela es una evolución natural de la primera?

Es algo en lo que solo pensé después. Ahora veo las dos terminadas y pienso que sí, que hay un hilo de continuidad en los temas, pero en el momento no me di cuenta. Esa es la paradoja de la ficción, que tú estás sacando de muy dentro historias e ideas que no sabías que sabías. Y, luego, te das cuenta de que escribes sobre temas que en realidad te obsesionan, que esa obsesión va evolucionando con las novelas… Pero en el momento escribes sin tener ni idea de qué está pasando.

Eres una estudiosa de Javier Marías y te he escuchado decir que tienes ‘Corazón tan blanco’ como una especie de brújula. ¿Qué es lo que más te hipnotiza de su forma de entender el secreto y la narración?

Creo que Javier Marías construyó numerosas novelas extraordinarias, que es uno de los mejores escritores en lengua española, un referente europeo, uno de los grandes. Es probable que no se haya escrito nada en España a la altura de la proeza de ‘Tu rostro mañana’. Pero yo tengo debilidad por ‘Corazón tan blanco’, porque es una novela redonda, rotunda. Me hipnotiza su prosa, las vueltas que da la trama, el hilo tenue que conduce a los personajes a saber y no saber a la vez. Podría pasarme la vida hablando de esta novela, y de hecho lo hago.

Como lectora, encuentro deliciosa tu forma de narrar los silencios, lo que tus personajes deciden esconder intencionadamente. En una novela, ¿tiene más peso lo que se calla que lo que se dice?

¡Qué gran pregunta! Por eso eres tan buena lectora. Es que los silencios lo son todo: los silencios, las elipsis, todo lo que no llega a articularse, también todo lo que ocurre un poco en los márgenes y, desde luego, lo que no llega a darse. Para mí, es muy importante dejar ese espacio en el texto. No se puede cocinar de más una historia y darla toda mascada (bueno, se puede, claro, pero a mí no me gusta).

Me gusta que quede en su punto (debe de ser que tengo hambre y por eso me salen estas metáforas. Si quieres, pedimos uno de esos bollos de la barra) [risas]. Tiene que haber un tramo que no recorres tú, que queda ahí, poco hecho, para que el lector complete esos silencios, para que su interpretación se convierta en parte de la historia.

Para cerrar y volviendo al punto de partida de nuestra charla: si pudieras regalarle a tu hija una sola certeza sobre por qué su madre escribe y la comparte con el mundo, ¿cuál sería?

Le diría que, cuando escribo, me sorprendo pensando en el mundo de otro modo, que hay otra mirada que se eleva por encima de las demás; una mirada más perceptiva, más empática, más curiosa. Y que esa forma de mirar me resulta adictiva. Le diría, también, que su madre no tiene apenas ninguna certeza aparte de lo mucho que la quiere a ella, porque la realidad y los motivos por los que hacemos lo que hacemos tienen mucho de dulce engaño.

Aun así, su madre está casi segura de una cosa: no hay mejor manera de existir en esta trampa de lo real que, por una parte, a su lado, escuchando sus carcajadas y, por otra, con la mente dispuesta a levantar el vuelo hacia historias que no existen (todavía).

Coda

Cuando llega el taxi para recoger a Marta, el café se nos ha enfriado y el lamparón de su hombro es apenas una anécdota. Camino arrastrando un poco la suela de las Pitas, pensando que las buenas conversaciones siempre saben a poco.

Entiendo, entonces, que Marta Pérez-Carbonell escribe igual que mira el mundo: con curiosidad, con delicadeza y sabiendo que toda memoria admite más de un relato. Quizá por eso sus novelas no ofrecen respuestas, sino un espacio donde hacernos mejores preguntas. Y mientras ella corre –rueda–– hacia la Semana Negra, pienso que no hay mejor definición de la literatura que la que Marta ha dejado caer casi sin querer: esa forma de levantar el vuelo hacia historias que todavía no existen.