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El club de los que saben y el arte de los que sienten. De cómo perder el tiempo para ganar la vida
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Hay una escena en ’Rayuela’ que animaría a proyectar en bucle en las facultades de Filosofía y Letras, clubes de lectura premium, cócteles de ferias de arte y saraos de gafapastas en general. Es la de La Maga, perdida y fascinada, en compañía del Club de la Serpiente. Horacio Oliveira, Morelli, Etienne y los demás diseccionan el mundo con citas cultas, teorías alemanas y un esnobismo que ejerce de coraza. Y luego está ella, La Maga, que no ha leído a Husserl, pero llora con un bolero.
La Maga, que confunde términos, pero capta el dolor ajeno. La Maga, que se acerca a la música o a un cuadro por el puro, radical y subversivo camino del placer. Mientras ellos hablan sobre, ella vive en.
En esa escena, Cortázar no dibujó una simple oposición entre lo intelectual y lo natural. Señaló el punto donde la cultura deja de ser territorio de caza para el pedigrí y se transforma en una necesidad orgánica, en un acto de enriquecimiento personal tan vital como comer o amar. Un acto que los miembros del Club de la Serpiente, intoxicados por su propia erudición, han olvidado.
Ellos representan la cultura como fortaleza. Construyen murallas de citas, fosos de teoría y almenas de ironía. Lo hacen para defenderse; no del mundo, sino de la emoción bruta, de la posibilidad de ser afectados de un modo que no puedan etiquetar.
Su tertulia es un ritual de autoconservación. Lo importante no es sentir la chispa, sino tener la razón sobre el voltaje, la composición química del combustible y la historia socioeconómica del fuego. Son los gafapastas originales. Son los que convirtieron el goce en tesis y la curiosidad en carrera. Su cultura es un arma arrojadiza, un artefacto para marcar territorio y disparar al que no comulga con ellos.
Frente a las tertulias culturetas, La Maga encarna la cultura como respiración. Lo que algunos etiquetan de incultura es la cultura anterior al cinismo. Su falta de conocimientos no es un vacío, sino un espacio libre de prejuicios, listo para ser habitado por la experiencia.
Cuando escucha a Vivaldi, La Maga no analiza la estructura del concerto grosso; ella tiembla. Cuando mira un cuadro, no busca la influencia de tal o cual movimiento; La Maga se deja llevar por el color. Su inteligencia es la de los poros abiertos, la de la piel que vibra con lo bello y lo terrible. Y en esa vulnerabilidad hay una fuerza que desarma todas las seguridades del Club. ¿De qué sirve dominar la retórica del dolor si no sabes abrazar a un niño que llora?

Nuestra época, hiperintelectualizada e instrumentalizada por las redes, ha multiplicado los Clubes de la Serpiente. Los vemos en el crítico de hilo de X que destripa una novela con diecisiete referencias académicas para no decir nunca “esto me gustó”; en el coleccionista de NFTs que compra el JPEG no por la imagen, sino por el certificado de propiedad (y de estatus); en el asistente a festivales que fotografía el cartel para su muro y se pierde el concierto. Es la cultura como activo, como credencial, como propaganda de uno mismo.
La pulsión del Club de la Serpiente se ha mudado del café de París al algoritmo de Instagram, pero el mecanismo es el mismo: poner la cultura al servicio del ego, nunca al servicio de la vida.

Frente a este ruido, la herencia de La Maga es un acto de resistencia silenciosa; gozosa. Es recuperar la cultura como placer subversivo. Porque en un mundo que nos exige ser productivos hasta en el ocio ––¿cuántos libros has leído este año?, ¿cuántas exposiciones has tachado de la lista?–, sumergirse en una novela sin poder jactarse de ello, perderse en un disco sin buscar la referencia oculta o llorar en el cine a oscuras sin tuitear después una crítica mordaz se convierte en un acto de insumisión.
Arrebatemos la cultura al mercado de la ostentación. Devolvámosla al territorio íntimo de la necesidad.
¿Es entonces la Maga una antiintelectual? Al contrario. Es la intelectual perfecta. Ella usa el conocimiento, cuando lo adquiere, para profundizar en el misterio, no para blindarse. No para dar lecciones, sino para hacer mejores preguntas. Su camino es el opuesto al del Club de la Serpiente: parte del asombro y, si acaso, luego llega a la teoría. No al revés.
Por tanto, la verdadera necesidad de la cultura no está en el canon que acumulamos, sino en nuestra capacidad de sentir emoción. En el fondo, el Club de la Serpiente temía a La Maga porque ella les recordaba lo que habían sacrificado en el altar de la sofisticación: la posibilidad de ser heridos, transformados, hechos añicos por una melodía, un verso o un color.
La cultura necesaria no es la que nos hace parecer más listos, sino la que nos hace sentir más vivos. La que, como el jazz que improvisa Etienne y que la Maga siente en las entrañas, no se explica, se vive.
En un presente de comisarios del postureo cultural y gurús de la producción en serie, hacer elogio de La Maga no es un homenaje literario, es un manifiesto. Un recordatorio de que, al final, el conocimiento que no nos desordena, que no nos obliga a bajar de la tarima y mezclarnos con el barro de la experiencia, es solo otra forma de vanidad.
La próxima vez que te enfrentes a una obra de arte, recuerda: puedes ser una serpiente y diseccionarla. O puedes ser La Maga y dejar que ella, a su vez, te diseccione a ti. El dilema, pues, no es entre saber mucho o poco, sino entre usar la cultura para construir una identidad o para desnudar la existencia. Un juego en el que, como bien sabía Cortázar, solo se pierde si se deja de jugar.
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