El pensamiento desacostumbrado de Manuel Martinez Ojea
En la Imprevisual Galería
C/ Dr. Sumsi 35, izq. Valencia.
Hasta el 7 de Febrero de 2014

Cuando Manuel Ojea mostró “Las cerezas de Eva” me asaltaron conjeturas.  Ahí estaba el árbol, y su ramaje verde primaveral se abría como un cajón de  juguetes para revelar otro misterio: las cerezas.

"Las cerezas de Eva", obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.
«Las cerezas de Eva», obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.

No se detenía en preámbulos como la florescencia, la cosecha. ¿Acaso una elipsis intencional? De modo que, en la obra coexistían dos tiempos claramente diferenciados. Ambos afloraban desde un metalenguaje con inoculta ambigüedad. El texto integrado al cuadro invitaba también a otras lecturas no sólo bíblicas, sino también genéricas. Con cierto grado de incertidumbre y aprendizaje, Manuel Ojea, redescubre la realidad, en un discurso plástico que versa sobre sí mismo, que nos devuelve como contrapropuesta la parodia, pero también el contexto de sus experiencias personales, visiones de un universo nunca ausente de cubanía, donde lo simple se hace profundo e inconmensurable. Todo ocurre en un instante en el cual la obra bidimensional transmuta hacia objeto esculturado e irrumpe en lo corpóreo. De modo que un solo símbolo adquiere multiplicidad de significados o se convierte en pretexto para una idea menos evidente.

"Raíz de la Torre", obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.
«Raíz de la Torre», obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.

Cada obra contenida en esta muestra gira en torno a sí misma, se autoconfirma, se reinterpreta. Y es que a Manuel siempre le ha inquietado la frase de René Magritte: “Todo nos hace pensar que detrás de un objeto se esconde otro”. A la que yo sumaría otra igual de certera del surrealista belga: “Es raro ver lo que uno mira y saber que no tiene nada necesario de aprender. Parece que uno renuncia a ver, uno pasa sin ver y vuelve a caer en la actividad explicativa del pensamiento acostumbrado: si por ejemplo uno ve un árbol, lo pierde de vista sustituyéndolo por un símbolo…” . De eso se trata, pues. La obra de Manuel nos enseña a mirar con el pensamiento desacostumbrado.

"Cielo, mar y tierra", obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.
«Cielo, mar y tierra», obra de Manuel Martinez Ojea. Imagen por cortesía de la Galería.
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