Lionel

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‘Lionel’, de Carlos Saiz
Reparto: Lionel Corral Bernal, Lionel Corral y Alicia Corral Bernal
Música: Álex Aller, Inur Ategi
Fotografía: Artur-Pol Camprubí
95′, España, 2025

La figura del padre se ha convertido en el eje central de un buen puñado de películas que han ido llegando a las salas comerciales en el último año. Ya hemos hablado en este mismo espacio de ‘Valor sentimental’, del danés Joaquim Trier, o ‘El ser querido’ de Rodrigo Sorogoyen, dos cintas que han abordado la paternidad desde ejes muy similares, pero con muy diferente calado. A esta lista, y a la espera del estreno de ‘El mal padre’, de Roberto Bueso, tras su paso por San Sebastián, se une ‘Lionel’, el debut en el largometraje del murciano Carlos Saiz.

Cuenta ‘Lionel’ la historia de un joven del mismo nombre que trata de sobrevivir entre empleos más o menos mal pagados mientras lidia con la difícil convivencia con su padre, un hombre camino de la vejez que subsiste a duras penas en una modesta chabola gracias a pequeños trabajos de trapero y, con toda seguridad, el menudeo de drogas.

La relación entre padre e hijo es, por supuesto, conflictiva. Mientras Lionel hijo trata de poner orden en su vida, cumpliendo con sus responsabilidades, Lionel padre parece que no se sujeta a ninguna norma social. Su carácter impulsivo, caótico y belicoso, y el aparente desprecio con el que resuelve cualquier reproche o demanda de su hijo provocan constantes enfrentamientos entre ellos.

Roces, reproches que, en el fondo, no son más que la cara exterior de una relación muy deteriorada marcada por el abandono a muy temprana edad y el distanciamiento posterior después de la muerte de la madre del joven Lionel y esposa del viejo.

La celebración del cumpleaños de Alicia, hermana e hija de ambos, que vive en Francia, donde ejerce de profesora de español, les obliga a compartir un tiempo juntos. Tiempo para confrontar diferencias, para sacar a pasear los trapos sucios, esa ropa que se va quedando aparcada en el fondo del armario de cualquier familia.

Pongamos por delante una primera apreciación: ‘Lionel’ no es una película que vaya a descubrirnos nada nuevo ni desde el punto de vista formal ni temático; tampoco va a abrirnos nuevas vías de reflexión sobre asuntos de supuesta actualidad en el debate público. Si acaso, es una película que aparece en el cine español de autor como una rara avis precisamente porque, siendo que no nos revelará nada nuevo, logra armar un aparato fílmico que brilla por su coherencia, su honestidad y su solidez.

‘Lionel’, de Carlos Saiz

Honestidad, coherencia y solidez que queda acreditada, primero, por un guion que va a lo quiere contar y lo expone, contra lo que sucede con demasiada frecuencia en el cine contemporáneo, sin tratar de esconderle nada al espectador. Lo hemos abordado muchas veces en este espacio: hay quien confunde contención, misterio, con confusión; una mirada que se dice poética con un claro problema de legibilidad.

Saiz no cae en esa trampa que muchos directores-guionistas actuales se tienden contra sí mismos y es, desde los primeros fotogramas, claro en sus premisas como un cristal. Junto a su compañero de escritura Raúl Liarte (a la postre, corresponsable también del guion de ‘El año del descubrimiento’, de Luis López Carrasco), ‘Lionel’ planta desde sus inicios la semilla del conflicto que pretende abordar y se mete de lleno en faena sin eludir el compromiso establecido con el público de darle respuesta a todas las preguntas que puedan plantearles.

Si el Sorogoyen de ‘El ser querido’ esquivaba los escollos que su propia propuesta le ponía a base de desviar la mirada del espectador hacia lo tangencial, pero sin coger nunca del todo el toro por los cuernos, Saiz y Liarte no rechazan el reto y abordan el desarrollo de este modesto drama atendiendo a lo mollar, sin olvidar, además, los detalles.

Así, si en la cinta de Sorogoyen los personajes se veían obligados a recitar sus sentimientos sin que estos parecieran evolucionar en razón de ninguna motivación palpable, pasando de la A a la Z como por arte de magia –lo que nos distanciaba del drama que quería exponernos–, Saiz y Liarte trazan el camino de autoconocimiento de su protagonista en perfecta concomitancia con su personalidad y la de aquellos que lo van a acompañar en este viaje.

Lionel hijo guarda un profundo rencor que le carcome el corazón. Un rencor que se irá matizando según va a ir compartiendo experiencias junto a su padre y, por esa vía, vaya descubriendo –despejando– el verdadero carácter de un hombre al que no conoce realmente, su verdadera personalidad, su auténtico fondo. ¿Qué sabemos de los otros?, parecen preguntarse Saiz y Liarte. Pero chocar con esa pregunta exige un tránsito, un ir tropezando con uno mismo para medir nuestros límites, y eso es lo que hace Lionel.

Fotograma de ‘Lionel’, de Carlos Saiz.

Solidez, coherencia y honestidad que traspiran unos personajes que vienen de la vida misma. Son sujetos imperfectos y, precisamente por ello, profundamente humanos. Lionel padre es un hombre insufrible. Una de esas personas capaces de provocar todo tipo de problemas, incluso o especialmente cuando no hay razón ni necesidad para ello. Su férreo, terco y, con frecuencia, inoportuno sentido de la libertad pondrá a su hijo ante las situaciones más comprometidas.

Sin embargo, esa personalidad, en su fatal impredecibilidad, en su aparente ignorancia, acoge un alma que alberga finalmente los sentimientos más nobles. Como iremos descubriendo, no hay maldad en el corazón ni en la cabeza de Lionel padre; simplemente, es así como él entiende la vida y, aunque haya podido hacer daño, podemos decir que él es el primer damnificado de sí mismo. Y, de algún modo, aunque no sepa expresarlo, lo sabe. 

Y algo parecido sucede con Alicia, en principio la más cabal de los tres (tiene un buen empleo en una institución pública), pero de quien pronto descubriremos que también esconde un espíritu desbocado y caótico muy parecido al de su padre. En medio de los dos, la prudencia de Lionel hijo, su lógica y su búsqueda de lo que entiende por madurez; ese muro de contención que ha levantado contra su padre pronto empezará a resquebrajarse.

Esa calidez en la construcción de los personajes queda reforzada por la interpretación de unos actores no profesionales que prácticamente se representan a ellos mismos. Desconozco hasta qué punto el texto y las situaciones que vemos en pantalla corresponden al libreto del dúo Saiz/Liarte y qué parte se debe a un posible ejercicio de improvisación.

Sea cual sea el caso, la fusión de ambos elementos es más que reseñable. Como en buena parte del cine español actual, hay en el trabajo de Saiz una apuesta por los acentos y los dejes del lenguaje propios de la zona donde se sitúa la acción, en este caso, Murcia, la tierra natal del director. El uso de estos actores no profesionales hace que esa apuesta cobre todo su sentido y su valor, al contrario que en tantas otras producciones donde el recurso queda algo impostado, ahogado por una literatura que se impone sobre el propio contexto cultural hasta no reconocerlo o aparecer excesivamente rígido.

Saiz logra aquí una naturalidad que desembarca en la platea como agua que corre por el río, otorgando a la pieza de una gran espontaneidad. Como decíamos más arriba, no hay en la apuesta de Saiz nada novedoso. De hecho, algo parecido lo encontramos en cintas como la reciente ‘Ciudad sin sueño’, de Guillermo Galoe, pero Saiz logra un mayor grado de verismo.

Sin embargo, el relato de estos personajes no quedaría completo sin un tratamiento de los espacios muy elaborado. Saiz nos remite al trabajo del primer Ken Loach o los hermanos Dardenne, y rescata de la realidad las localizaciones.

En ese sentido, ‘Lionel’ pasa como registro de la Europa contemporánea. Una Europa de coches baratos que aún funcionan con gasolina, de pisos compartidos casi sin amueblar, de autopistas impersonales, de edificios-colmena donde lo individual y lo colectivo quedan sepultados; en definitiva, el paisaje del desarraigo. Porque, entre otras tantas cosas, de eso va esta película, de la pérdida de esas raíces que dan estabilidad, que nos atan al suelo.

Saiz parece conocer muy bien estos espacios que retrata (y en caso de no ser así, los ha explorado muy bien) y los aborda con afecto, nunca embelleciéndolos, estilizándolos, sino mostrando, de hecho, sus muchas costuras, pero tratándolos con el respeto que merecen, tanto como el que profesa a sus personajes. Si estos espacios nos agreden no es culpa de quienes viven allí; es culpa de quienes no ponen los recursos necesarios para su rehabilitación.

Pero todo esto no funcionaría sin una propuesta formal que cohabitara con todas estas ideas. Tampoco en esto podemos decir que Saiz sea extremadamente original, pero lo que sí que hay que reconocer es que usa sus recursos con mucha solvencia.

En este sentido, Saiz apuesta por una realización que se acerca mucho al género documental. Ese planteamiento, menos agarrotado, les permite a sus actores moverse y comportarse con soltura dentro del encuadre, lo que potencia y sostiene, al mismo tiempo, esa espontaneidad tan buscada por el realizador, tanto en su impresión en pantalla como, imaginamos, en el rodaje.

‘Lionel’ es una película que nos habla, ante todo, de segundas oportunidades, pero, al contrario de lo que suele suceder en el cine, lo hace desde la propia experiencia vivida. Una segunda oportunidad que no surge por una decisión voluntaria, sino de una suma de circunstancias que, ligadas por el azar a esas deudas pendientes que anidan en el alma de las personas, establecen el marco necesario para que se dé la confrontación y, con esta, se abran las compuertas de la comprensión. Ocasión para hablar, para sacar la bilis que uno lleva dentro y, en el contraste y la oposición, se caigan las caretas, los reproches, los prejuicios.

Pero que nadie se confunda: a pesar de todo, ‘Lionel’ es una película profundamente optimista. Todo tiene arreglo si ponemos en ello nuestra mejor disposición, reclaman sus autores. Incluso cuando todo parece cerrado o radicalmente en contra, es posible el entendimiento.

Y esto no lo dice solo la resolución de la trama. La esperanza aparece mucho antes. Está en los rostros y, sobre todo, en las sonrisas de cada personaje. Si después de una áspera refriega verbal, aparece en los labios de los contrincantes una sonrisa de reconocimiento, es que todavía hay esperanza. Requiere mucha voluntad, quizá algo de pura ingenuidad, pero, si ponemos las condiciones, la reconciliación siempre es posible. Bonita escena final.