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‘El olor a leche quemada’, de Justine Bauer
Reparto: Karolin Nothacker, Johanna Wokalek, Pauline Bullinger, Anne Nothhacker, Sara Nothacker, Simon Steinhorst
Música: Cris Derksen
Fotografía: Pedro Carnicer
78′, Alemania, 2024
A estas alturas, cualquiera podrá entender que triunfar en el mundo del cine implica superar un camino lleno de obstáculos. Es por eso que llegar al final de esa carrera de un solo golpe, nada más terminar tus estudios, es un logro más que reseñable.
Esto es lo que le ha sucedido a la directora alemana Justine Bauer con su primer largometraje, un trabajo de fin de graduación que, como comenta en esta entrevista, ya ha capturado la atención de festivales de hasta tres continentes distintos.
Rodada con un estilo de una radical sobriedad, ‘El olor a leche quemada’ (en su título en español), no cuenta una historia, sino que nos muestra una situación, un escenario, un mundo, el mundo de Katinka, una joven que, siguiendo la tradición, aspira a gestionar una granja ganadera propiedad de su familia.
Dos obstáculos se interponen, al menos, a este propósito: las reglas impuestas por una costumbre que otorga al primogénito varón la herencia de la tierra, y la profunda crisis en la que está sumido un sector industrial que se encuentra en franco declive por culpa de las dinámicas de la globalización.
En el contexto de uno de esos veranos de transición en el que se dirimen tantos conflictos vitales (¡ay, los veranos!), Katinka debe resolver su futuro. Un mañana que ya aparece escrito en la vida de sus vecinos, también granjeros, en los rostros de su madre y de su abuela o en el vientre de su mejor amiga, embarazada a una edad tan temprana, imágenes que parece que la invitan a distanciarse de una forma de vida que ama y a la que no quiere renunciar.
Hablamos con Bauer sobre esta primera película, sobre el mundo rural, sobre cuerpos, castraciones y, finalmente, sobre la vida y la muerte, que es, al fin y al cabo, el gran tema que subyace, inevitablemente, en todo relato. ‘El olor a leche quemada’ se estrenaba en salas comerciales el pasado 4 de septiembre.

Mejor producción en la sección ‘Nuevo Cine Alemán’ del Festival de Cine de Múnich, premio del público en el 27ª Festival de Cine Alemán de Madrid y una nominación a mejor ópera prima en los Premios de la Asociación Alemana de Críticos de Cine. Nada mal para un proyecto de fin de carrera. ¿Te sorprendió?
Sí, me sorprendió mucho, pero también me alegró. La película ganó más de diez premios en total, incluso el de mejor película en Colombia y en Corea del Sur, donde el título se tradujo como ‘Pureza quemada’. Claro que, como cineasta, siempre deseas ganar un premio porque sabes lo mucho que te has esforzado en realizar la película.
Pero la mayoría de las veces depende mucho del jurado y hay muchísimas películas buenas. Sin embargo, ganar premios en tres continentes ha sido algo muy especial y sorprendente, sobre todo cuando estás rodando en el campo, donde creciste. La película se siente muy arraigada a esta región y saber que la gente se interesa por las historias de mujeres del campo es fantástico.
Hay algo en la película que me desconcertó: el hecho de que, en Alemania, la propiedad de la tierra pase necesariamente al primogénito varón. Me resultó extraño que esto ocurra todavía en un país, en tantas otras cosas, tan vanguardista como Alemania. ¿Es realmente así? ¿Podrías explicarlo?
No es así en toda Alemania. Con el tiempo se han desarrollado diferentes formas de transmisión de la tierra, pero en la zona del sur de Alemania, donde se rodó la película, todavía es bastante común que el hijo herede la granja familiar. La gente suele esperar el nacimiento de un hombre de verdad y, en cuanto nace, se da por hecho que se convertirá en agricultor.
Claro que ahora hay agricultores que se alegran si al menos su hija se hace cargo de la granja –simplemente, porque el trabajo es muy duro–, pero aún ocurre con sorprendente frecuencia que se espera automáticamente que el hijo la herede.

La película comienza con una imagen muy poderosa. Katinka, la protagonista, se balancea en un columpio sobre las aguas profundas de un lago. El columpio aparece y desaparece de la imagen al ritmo de dicho movimiento. Es una imagen muy simbólica. ¿Qué significaba para ti?
Me gusta cuando los planos largos cuentan una historia que deja espacio para la interpretación y la reflexión, cuando la película juega un poco con la paciencia del espectador, pero también con lo que se ve y lo que no se ve.
Para mí, ese columpio también es especial porque es el que mi padre me construyó debajo de un puente cuando era niña; así que, para mí, es un recuerdo muy personal de mi infancia.
La película aborda un conflicto que en España conocemos muy bien: la falta de viabilidad de las explotaciones agrícolas y ganaderas en la Europa contemporánea. Podemos lamentarlo, pero ¿hay alguna solución? ¿Puede entenderse tu película como una denuncia de esta situación o, simplemente, documenta unos hechos?
Para mí, lo más importante era plasmar la situación en una película, porque siempre he sentido que, al menos en Alemania, existen unos prejuicios muy fuertes contra la vida en el campo. En Alemania siempre se habla de cómo la gente de campo debe tener la imperiosa necesidad de mudarse a la ciudad.
Con esta película quería mostrar a personas que son felices viviendo en el campo –y que puedas percibirlo en ellas– para que se pierda esa necesidad de decirles que, después de todo, deberían mudarse a la ciudad. Pero creo que una película no debería dar soluciones, solo plantear las preguntas. Al menos en este caso.

Aunque no lo mencionas directamente, la Unión Europea está detrás de esta situación. ¿Crees que la UE se ha convertido en una barrera para estas formas de vida?
Creo que el problema es el capitalismo. Aunque, por supuesto, un poco menos de burocracia facilitaría el día a día de los agricultores.
Según señalan las notas de producción, tú te criaste en una granja muy parecida a la que vemos en pantalla ¿Qué hay de esa vivencia en la película? ¿Qué parte de ti se refleja en estos personajes?
Siempre he sentido que no había mujeres agricultoras realistas en el cine. Es por eso por lo que, por ejemplo, escribí el personaje de la abuela, que, al final, solo podía ser interpretada por mi propia abuela. La película tiene un elemento autobiográfico, que es el de esa madre que le dice a su hija que nunca debería ser agricultora porque no vale la pena.
Esto es lo que nos decían mis padres a mis hermanos y a mí. Por eso me convertí en directora. Por otro lado, siempre me ha encantado nadar y me gusta que haya animales por todas partes. Por eso los animales son los primeros en aparecer en los créditos finales.

La película se rodó en el dialecto de la región de Franconia y cuenta con un reparto de actores no profesionales. ¿Es una reivindicación de lo local como algo universal?
Sí, creo que la mejor manera de transmitir temas universales es a través de ejemplos locales.
La promoción de la película la describe como un análisis crítico de los roles de género en las zonas rurales. Sin dejar de lado esa interpretación, me parece que la película es, sobre todo, una celebración de la feminidad, de un estado de ánimo. No sé si esta valoración coincide con tus intenciones.
Sí, personalmente, no diría que los roles de género deban criticarse solo en las zonas rurales, sino que la feminidad debería celebrarse en todas partes. Por supuesto, como directora, es importante para mí representar papeles femeninos que rara vez han sido interpretados por hombres en el cine durante un siglo.
Por ejemplo, nosotras no usamos maquillaje en el rodaje para honrar la belleza natural del cuerpo. No digo que las mujeres no deban maquillarse. Pero, sí, la película es una celebración de la feminidad.
Ese cuerpo femenino es uno de los elementos clave de la narración. Aunque la película juega con un fuerte esteticismo, no es un cuerpo necesariamente estilizado. En mi opinión, la película busca principalmente contrastar esta figura con la naturaleza circundante o ese entorno rural. ¿Qué te sugería este contraste en particular?
Yo quería contar una historia que pudiera sugerir la siguiente interpretación: que el cuerpo forma parte de la naturaleza, ya sea el cuerpo humano, el cuerpo animal o un río. En ese sentido, el personaje principal tenía que ser alguien en quien se pudiera ver y sentir esta conexión.
Esto funciona gracias al trabajo que realizan los personajes y, sobre todo, al movimiento, porque las actrices amateurs no se movían para la cámara, sino que se encontraban en su propio elemento. Por eso, a veces, la película tiene ese aire un poco documental, aunque siempre hubo un guion.
En el lado opuesto, la masculinidad se asocia en tu película con la castración. Se castran bueyes y gatos y, en un momento dado, se juega a castrar a un hombre de forma más o menos figurada. ¿Hay una cierta ironía en esto o es una postura deliberada? ¿Qué representaba para ti esta castración en relación con la masculinidad?
Bueno, como la película se cuenta desde la perspectiva de una chica embarazada de 17 años, en realidad, estos son sus pensamientos sobre la castración. Pero, por otra parte, también se podría decir que esto significa que el mundo sería un lugar mejor si el patriarcado y la masculinidad tóxica simplemente desaparecieran, como los testículos de un toro.
En tu película, la maternidad aparece, por un lado, como un obstáculo para el futuro de tus protagonistas. Por otro, se presenta como una posibilidad de felicidad. En un momento dado, la protagonista observa a sus vecinos y, de alguna forma, se pregunta: ¿por qué no? En este momento, esta es una dicotomía muy interesante. ¿Cuál es tu postura al respecto?
Por supuesto, en un momento en el que el cambio climático se hace cada vez más evidente, esta es una pregunta difícil, para la cual yo misma no tengo una respuesta muy clara. Pero creo que para tener hijos hay que mantener un gran optimismo; quizás eso sí sea algo bueno.
Desde cierta perspectiva, la película aparece como una reivindicación del valor del tiempo. Tiempo, quizá, para estar con nosotros mismos, con nuestro entorno, con aquellos que nos rodean… Pero tiempo también que pasa de generación en generación. ¿Cómo abordaste este elemento del tiempo en la narración?
Quería darles a las imágenes, a las personas y a los animales el tiempo que necesitaban. Un poco de cine lento nunca viene mal.
Aunque pueda pasar algo desapercibida, la muerte es la otra cara de este mundo aparentemente idílico. ¿Nos hemos distanciado de la muerte y, al hacerlo, nos hemos distanciado también de la vida misma?
En una granja, los nacimientos y las muertes son constantes, y a menudo hay que desarrollar cierto distanciamiento con la muerte para sobrellevarlo; no se puede estar triste todos los días.
Y creo que eso es precisamente lo que nuestra sociedad ya no nos permite: tomarnos tiempo para el duelo. Ahora todo tiene que suceder rápidamente y, de alguna manera, eso nos distrae de todo, incluso de la vida misma; ya sea por las redes sociales o porque ya no podemos prestar a tantas cosas la atención que se merecen.
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