Juan Vicente Piqueras

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‘La Estrella 13 (‘Aldea’ y ‘Padre’, juntos)’, de Juan Vicente Piqueras
Editorial Creaciones Alalimón, 2026
Presentado en la Llibreria Ramon Llull de València

El poeta argentino Roberto Juarroz pensaba que la poesía no busca decir lo inefable, sino mostrar dónde el lenguaje se rompe. Juarroz propone en su ‘Poesía vertical’ llevar la poesía adonde nada habla, como si el poema pudiera existir en el límite donde el lenguaje se quiebra y la vida se contagia de silencio.

La poesía, como las demás artes, habita en ese instante donde la vida se detiene: deslumbrada por el rayo de la pasión amorosa de Eros o por el haz de penumbra funesta de Tánatos. En la oscilación pendular entre lo imaginario del deseo y lo real angustioso de la pérdida, el poeta busca palabras que se dice a sí mismo y que entrega al lector, para suturar ese instante vacío donde todo enmudece.

José Hierro, en el poema ‘La poesía es como el viento’, poetiza que ese “instante vacío” suele poblarse “de nostalgia o de vino”, pero “hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento)”. El poema continúa relatando que, “cuando la vida se detiene”, el poeta escribe “lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió)”, ya que él, al no poder ofrecer vino o nostalgia a los demás, solo puede dar “palabras”.

El poeta Juan Vicente Piqueras (Los Duques-Requena, 1960), en ‘La Estrella 13’, volumen con el que la editorial Creaciones Alalimón reúne los poemarios ‘Aldea’ (2006) y ‘Padre’ (2016), ha poblado de palabras esos instantes vacíos donde el lenguaje se quiebra: la añoranza de una aldea y la pérdida de un padre. Cada verso exhala una poética del arraigo, una arquitectura de la pérdida, una excavación arqueológica de la propia identidad.

Una de las páginas interiores de 'La Estrella 13', de Juan Vicente Piqueras, con una fotografía de sus padres. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.
Una de las páginas interiores de ‘La Estrella 13’, de Juan Vicente Piqueras, con una fotografía de sus padres. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.

Estas palabras del propio poeta, extraídas del prólogo, son, a mi juicio, el primer poema en prosa del volumen, ya que reflejan la esencia narrativa y lírica de ambos poemarios: “Soy de aldea y pasé mi niñez en las nubes, en la higuera, en el vientre de la ballena. Iba a la escuela, pero estudiaba en la nubersidad. Me pasaba las horas muertas, que son las horas más vivas, tumbado en el tejado de la casa paterna, entre la calle de la rambla y la calle Estrella, mirando las nubes. […] ¿Cómo explicarle a mi familia que cuando estaba tumbado mirando el cielo estaba construyéndome un futuro?”.

Cuando el autor confiesa haber cursado sus primeros estudios en la “nubersidad” de los tejados, mirando el cielo, no solo hace un juego verbal, tan propio de su escritura, sino que define un encuadre.

En la poesía de Juan Vicente Piqueras, las palabras se fusionan o se desdoblan mediante la metáfora y el humor, como greguerías, para (re)crear una visión primigenia de la realidad cotidiana y de los íntimos deseos, pasiones, miedos, remordimientos, culpas… que moldean el yo inconsciente de cada uno. Esas realidades, esos sentimientos y esas experiencias se deslizan por un fondo paisajístico de ámbito doméstico, telúrico y rural, aunque lejos de cualquier retrato costumbrista.

Y ese niño tumbado en el tejado de la casa paterna, entre la calle de la Rambla y la calle de la Estrella (de ahí el título del volumen), convierte el cielo en pantalla que mira en contrapicado, como quien encuadra con la cámara una imagen todavía por revelar, mientras se evade de la tierra de la aldea de Los Duques (Requena), que queda abajo, en picado.

Ese punto de vista, ese encuadre, recorre ambos poemarios: en el campo visual, la tierra, el plano del arraigo y de la pérdida y, en el fuera de campo, el cielo, espacio de lo imaginario donde soñar futuros alejados de esa casa paterna habitada por la madre… tierra.

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El poemario ‘Aldea’ está, por una parte, atravesado por el sentimiento ambivalente de la nostalgia: la pena de verse ausente de la tierra que le vio nacer y un constante rumiar del regreso a ella, a la patria, como símbolo inequívoco de la tierra nutriente y del calor del seno materno. Este sentimiento elegíaco, ligado al deseo de reencontrar lo que uno ha conocido o fue y que ha perdido, recorre la narrativa de los poemas de ‘Aldea’.

El psicoanalista Adolfo Berenstein, en su libro ‘Tristeza, dolor y melancolías. La caída del objeto erótico’, señala que “el sentimiento de nostalgia es la tragedia dolorosa de una conciencia que reconoce lo inútil del regreso del exilio. No se recuperan los momentos vividos y perdidos, pero tampoco es posible poseerlos cuando se los quiere atrapar con el recuerdo”.

Probablemente sean los versos del poema ‘Billete de ida o vuelta’ los que expresen y concentren la esencia de este poemario. Unos versos que transitan entre el deseo de abandonar la aldea y el sentir nostálgico de volver a ella.

“Al nacido en aldea lo cría el horizonte / y se lo lleva un tren / cualquiera / cualquier tarde. / […] Pasa su adolescencia / mirando mapas, nubes / gimiendo geografías, / arrodillado ante la diosa Irse. / […] Hasta que un día dado / toma un tren y se va / en busca de su voz / remota, y de su madre, / de la que huye para poder ser. / […] Atraviesa países y paisajes. / Echa de menos lo que no hallará. / Y vive huyendo de su porvenir, / tropezando en una piedra cada día, avergonzado de sentir nostalgia / de todo lo que quiso abandonar”.

Y, por otro, el poemario ‘Padre’ es una oda a la ausencia paterna, tal y como rememora el poema ‘Acta de defunción’: “Murió Fermín Piqueras, / y de segundo Cárcel, / un maestro en el arte de cultivar la tierra, de criar animales, de traducir el cielo”.

Cada poema, cada verso, cada palabra es un recuerdo de ese padre que, mientras trabajaba la tierra y la pleita, imaginaba personas con las que conversar e inventaba palabras para sentir el sentido de la vida.

Juan Vicente Piqueras, junto a su hermana Candela, en una de las imágenes del libro 'La Estrella 13'. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.
Juan Vicente Piqueras, junto a su hermana Candela, en una de las imágenes del libro ‘La Estrella 13’. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.

Es, además, un reconocimiento del hijo a la herencia simbólica recibida del padre: la palabra se materializa en el cultivo de las vides de uva bobal de esos campos de tonos rojizo-rosados o pardo calcáreo de la aldea de Los Duques (Requena). 

Juan Vicente Piqueras narra en sus poemas que no heredó un reino ni un linaje ilustre ni bienes, sino un testimonio silencioso de pasión por laborar la tierra. Cuenta –“sin vuelo en el verso”, como en el poema ‘Réquiem’ de José Hierro– que, cuando veía a su padre en el campo, sabía que aquella era su vida, aquel su trabajo, aquella su satisfacción, aquel su mundo. De todo ello huyó el poeta, explican los poemas, sin comprender por qué. 

El poema ‘Buen salvaje’ muestra este sentir: se inicia con estos versos: “Era amigo de animales. / Su vida era la tierra. Su patria el cielo”, y termina con este otro que resume su pensamiento en “endecasílabo: Un hombre que no siembre, ¿qué hombre es?”.

La herencia, como escribe el psicoanalista Massimo Recalcati en ‘El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor’, es siempre “herencia de una pasión que experimenta un giro, una torsión, un desvío”.

Y me pregunto: ¿acaso el poeta no ha metamorfoseado toda la pasión del padre por el cultivo de la tierra en pasión por la escritura? De alguna manera, Juan Vicente Piqueras no ha hecho otra cosa que labrar el folio en blanco y sembrar en él palabras –Piqueras ha declarado que escribe a mano todos los días– para que, con el tiempo, nazca el poema.

Una de las páginas interiores de 'La Estrella 13', de Juan Vicente Piqueras. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.
Una de las páginas interiores de ‘La Estrella 13’, de Juan Vicente Piqueras. Imagen cortesía de la editorial Creaciones Alalimón.

Massimo Recalcati apunta: “Heredar es eso: descubrir que me he convertido en lo que siempre he sido, hacer propio –reconquistar– lo que ya era mío desde siempre”.  En ‘Jonás inventa Nínive’, Juan Vicente Piqueras declama: “Mi vida ha sido una constante huida / del delito de huir / que huir ha ido agravando. / Nadie puede encontrarme. / Nadie puede escapar de lo que es”.

El volumen ‘La estrella 13 (‘Aldea’ y ‘Padre’, juntos)’ encuentra las palabras para suturar la herida de la pesadumbre nostálgica –pesombre la llama la madre de Piqueras, término recogido en el poema ‘Las sábanas de Lázaro’– cuando la ausencia de una aldea, de una infancia, de un padre se hace carne.

Así lo expresa la última estrofa del poema ‘Sin embargo’: “No se puede escribir una agonía / y sin embargo alivia convertir / en versos el dolor, el miedo en música. / No se puede decir y sin embargo”. Ese “sin embargo” es el lugar desde el que escribe Piqueras: el de quien sabe que el mundo perdido no regresa, pero todavía puede ser nombrado.

Como apunta Álvaro Ibáñez, editor del libro, en el epílogo, aquel mundo pasó, “pero pervive en los versos de Juanvi Piqueras. Sus poemas son variaciones sobre el tema de la Odisea donde Ítaca es su aldea y sus padres las estrellas que lo guían”. Esas estrellas caben en dos versos de ‘Así fue’, acaso los más hermosos del volumen: “Mi madre nos amaba con sus manos / y mi padre nos traducía el cielo”.