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‘Paralelos y meridianos. Colección Iberdrola’
Comisario: Guillermo Zuaznabar
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Museo Plaza 2, Bilbao
Hasta el 30 de agosto de 2026
La exposición ‘Paralelos y meridianos. Colección Iberdrola‘, presentada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao con motivo del 125 aniversario de Iberdrola, propone una operación tan compleja como delicada: convertir una colección corporativa –heterogénea por naturaleza y construida a lo largo del tiempo– en un sistema legible sin reducir su riqueza ni sus contradicciones.
Con cerca de 400 obras y una selección de 138 piezas expuestas entre el museo, el atrio de la Torre Iberdrola y la plaza Euskadi, la muestra ofrece una visión inédita de uno de los fondos de arte contemporáneo más relevantes del panorama estatal e internacional. Obras procedentes de Bilbao, Madrid, Reino Unido y Estados Unidos conviven aquí en un recorrido que no busca imponer un relato único, sino activar relaciones abiertas entre tiempos, lenguajes y sensibilidades.
El comisariado de Guillermo Zuaznabar se articula en torno a dos conceptos: los ‘paralelos’ y los ‘meridianos’. Los primeros trazan un eje temporal que conecta el arte vasco del siglo XIX con las prácticas internacionales contemporáneas; los segundos establecen afinidades temáticas vinculadas a la naturaleza, la luz, la tecnología o la ciudad.
El resultado es una exposición entendida como cartografía: un espacio donde las obras se orientan mutuamente y donde el visitante construye su propio recorrido a través de asociaciones inesperadas.

Conversamos con Guillermo Zuaznabar, conservador jefe del museo y comisario de la muestra, sobre el papel del comisariado, la experiencia física del arte y la necesidad de devolver protagonismo a las obras.
¿Quién es Guillermo Zuaznabar?
Soy el conservador jefe del Museo de Bellas Artes de Bilbao y he dedicado prácticamente toda mi vida profesional a la universidad. Durante cerca de 25 años fui profesor de Composición Arquitectónica en la Universitat Rovira i Virgili, en Cataluña. Hace tres años me incorporé al Museo de Bellas Artes de Bilbao, primero como conservador responsable de la colección de diseño y arquitectura y, desde hace un año y medio, como conservador jefe.
Mi trayectoria ha estado ligada a la universidad, pero el museo me ha permitido trabajar desde otro lugar: desde la experiencia física con las obras.
La Colección Iberdrola supera las 400 obras. ¿Cómo se construye una colección así?
Como ocurre en muchas empresas, comenzó de forma bastante espontánea. Había obras destinadas a decorar despachos, salas de reuniones o espacios de representación, pero no existía todavía una conciencia clara de colección. El cambio importante llega en 2006 con Rafael Orbegozo, que asume la responsabilidad de ordenar y dar coherencia al patrimonio artístico. Orbegozo fue quien convirtió un conjunto disperso en una colección con criterio. Pasó de ser decoración corporativa a convertirse en un proyecto cultural.
A partir de ahí se definen líneas de adquisición, se profesionaliza la gestión y se amplía el alcance internacional de la colección. Hoy reúne obras distribuidas entre Bilbao, Madrid, Reino Unido y Estados Unidos, y esta exposición permite verlas juntas de una manera que hasta ahora no había sido posible.
¿Cuál es el papel del comisario en una exposición como esta?
Para mí, es algo muy claro: un comisario que es protagonista es un mal comisario. Creo profundamente en un comisariado silencioso. El trabajo consiste en generar las condiciones adecuadas para que las obras hablen entre sí y con el visitante. No se trata de imponer un discurso cerrado ni de utilizar las obras para demostrar una teoría.
El comisario es un mediador, casi un mayordomo. Organiza, contextualiza y cuida el espacio para que la experiencia ocurra. Los grandes comisarios brillan por su ausencia; su trabajo está, pero no hace ruido.
Hoy, muchos comisarios se han convertido en figuras mediáticas. ¿Cómo ves esa tendencia?
Es una tendencia evidente y responde bastante al funcionamiento actual de la sociedad, donde muchas veces el personaje termina eclipsando al oficio. Los comisarios están usurpando el protagonismo de los artistas. Y eso es un error. Lo importante es la obra, no quien la presenta. Igual que sucede en la cocina: el chef puede ser muy conocido, pero lo verdaderamente importante sigue siendo la tortilla de patatas.
‘Paralelos y meridianos’ reúne 138 obras. ¿Cómo se decide qué entra y qué queda fuera?
Esa es, probablemente, una de las partes más difíciles del trabajo. Es tan importante lo que seleccionas como lo que dejas fuera. Hay criterios históricos, formales o temáticos, naturalmente, pero también existe algo imposible de cuantificar. Una dimensión sensible, física, analógica.
Hay un aspecto sensible que ninguna inteligencia artificial puede sustituir. Muchas decisiones aparecen únicamente cuando las obras se colocan juntas en la sala. La escala, la distancia, la luz, las relaciones visuales…, todo cambia cuando las piezas conviven físicamente.
La exposición se organiza en torno a paralelos y meridianos. ¿Qué significan exactamente?
Es el esquema conceptual que utilizamos para leer la colección. Los paralelos trazan un eje temporal que permite recorrer distintos momentos históricos: desde el arte vasco del siglo XIX hasta la creación internacional contemporánea.
Ahí aparecen nombres vinculados al arte vasco moderno, la generación de los años 50, grupos como El Paso y artistas como Tàpies, Oteiza, Saura o Rueda, hasta desembocar en una escena contemporánea profundamente internacional, con una presencia cada vez mayor de mujeres artistas y creadores procedentes de Oriente Medio o África.
Los meridianos, en cambio, articulan la exposición a partir de grandes ejes temáticos: ‘Naturaleza’, ‘Luz’, ‘Ingenios y tecnología’, ‘Bilbao y su entorno’. En el último tramo del recorrido aparece, además, una reflexión sobre Bilbao y la costa vasca como paisaje contemporáneo.
Ahí conviven panorámicas urbanas, vistas fotográficas y obras realizadas específicamente para la colección, entre ellas un díptico de Antonio López todavía en proceso de realización. La posibilidad de mostrar ese trabajo de Antonio López junto a la primera vista pintada de Bilbao del siglo XVII genera una conversación extraordinaria entre dos maneras de mirar la ciudad separadas por siglos.
La colección habla de naturaleza, de luz, de tecnología y de la ciudad. Esos son sus cuatro latidos. A partir de ahí, intentamos generar nuevas lecturas y conexiones contemporáneas.
Unos de los aspectos son precisamente esos diálogos inesperados entre obras. ¿Cómo surgen?
Surgen en la sala. Y muchas veces de manera imprevisible. Cuando una obra ha sido expuesta junto a otra, esa memoria queda en la obra. Hay encuentros realmente sorprendentes. Por ejemplo, Cindy Sherman permite releer desde otro lugar un cuadro de Regoyos sobre mujeres saliendo de una fábrica. Oteiza y Motherwell parecen conversar naturalmente cuando se colocan juntos. Tacita Dean dialoga con determinados paisajes casi de forma inevitable. Las obras se transforman mutuamente; se iluminan entre sí. Obligan al espectador a salir de su zona de confort.
Hablas constantemente de la experiencia física del arte. ¿Por qué es tan importante?
Porque lo digital carece de cuerpo, de escala y de presencia. Cuanto mayor presencia tenga lo digital, más valor tendrá la experiencia analógica. Puedes ver una obra en pantalla, incluso en altísima resolución, pero no es lo mismo. Hasta que no la tienes delante no comprendes realmente su materia, su tamaño o su vibración.
El arte –igual que la literatura o la música– es algo que habitamos físicamente. La experiencia estética solo ocurre plenamente en lo físico.
La exposición también se extiende al atrio de la Torre Iberdrola. ¿Qué aporta ese espacio?
Funciona como una especie de segundo escenario expositivo. Allí se muestran obras pensadas específicamente para ese entorno arquitectónico. Hay piezas de gran escala, como el mural de Jesus Mari Lazkano, las celosías de Cristina Iglesias o una incorporación reciente de gran formato que prácticamente justifica la visita por sí sola. Entrar en el atrio ya es una experiencia. Mucha gente de Bilbao nunca ha estado dentro.
¿Por qué debería venir el público a ver ‘Paralelos y meridianos?
Por varias razones. Primero, porque reúne obras excepcionales que rara vez pueden verse en Bilbao. Segundo, porque propone relaciones inesperadas que amplían la mirada del visitante. Y, tercero, porque ofrece una experiencia tanto intelectual como física en espacios arquitectónicos muy singulares.
El museo ya no es un lugar intimidante. Es un espacio abierto, amable, donde cualquiera puede encontrar algo que le interpele. En el 90 % de los casos, uno sale mejor de lo que entra. Y, además [añade entre risas], es gratis.
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