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‘La izquierda frente al espejo’, de Gerardo León
Serie Gris / Ensayo
Editorial Contrabando
Abril de 2026, 363 páginas
Dice el filósofo y pedagogo Gregorio Luri, en su libro ‘En busca del tiempo en que vivimos’ –título que bien podría atribuírselo nuestro entrevistado– que pensamos el mundo “a partir de construcciones ideológicas de lo que debiera ser, para lo cual sometemos la realidad a notables reducciones en las que no cabe la complejidad de lo humano”.
Gerardo León sigue a rebufo esa idea para poner a ‘La izquierda frente al espejo’ (Editorial Contrabando), con el fin, precisamente, de sacar a la realidad de la reducción a la que la someten las construcciones ideológicas en pugna. Lo hace poniendo el foco en la izquierda que, a su juicio, “ha perdido el suelo”, de tanto pisarlo con un argumentario trillado, dejando el campo abierto al avance de la derecha que dice, “en teoría”, combatir.
Quienes transiten por las páginas de su libro tendrán, qué duda cabe, razones sobradas para rebatirlo. Será lo mejor que le pueda pasar a un ensayo escrito, precisamente, para eso: para el honesto contraste de pareceres. Gerardo León escribe con la intención de llevarle la contraria al mismísimo Albert Einstein, quien dijera aquello de que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Veremos.
Arrancas tu libro ‘La izquierda frente el espejo’ con esta cita de George Orwell: “Todos los partidos de izquierda de los países industrializados se asientan fundamentalmente en una hipocresía, pues hacen alarde de combatir algo cuya destrucción en el fondo no desean”. Alguien puede decir: «Bueno, y a la inversa también”, ¿no?
Ya, pero George Orwell se refiere básicamente a que la izquierda en los países industrializados dice combatir el sistema del capitalismo, pero en el fondo no lo combate, porque de alguna manera él entendió que los partidos de izquierda estaban acomodados en el sistema, aunque luego digan combatirlo. La derecha, en cambio, no va a criticar el sistema, porque se supone que en teoría lo sostiene, aunque tenga también sus conflictos, evidentemente. Pero a la izquierda se le presupone que lo combate, aunque en el fondo acaba remoloneando con ese sistema.
Uno de los problemas de la izquierda es que, cuando aparece la clase media y se extiende, de repente la izquierda se siente descabalgada, no sabe qué hacer ahí. La izquierda sigue moviéndose con una serie de clichés que cree que le siguen funcionando como propaganda, pero la realidad social ya no es así. Y esa expansión de la clase media tiene mucho que ver con eso.
Es decir, ¿qué hago ahora cuando ese trabajador ya no es un operario fabril que va con el mono a trabajar, y donde ya no es tan clara la separación entre opresores y oprimidos? Ahí, la izquierda se siente perdida. Es decir, lo tenía claro cuando ese trabajador estaba radicalmente oprimido, pero cuando se convierte en clase media o empieza a tener una serie de propiedades, ya no sabe cómo seducirla, porque la propia imagen que tiene la izquierda de esa clase trabajadora se le ha desmontado.

En otro momento, te preguntas: “¿Vota la clase trabajadora a la derecha? ¿No es algo insensato?”
Sí, y ante esa situación, la izquierda lo que hace es estigmatizar a esa clase trabajadora por votar a la derecha, pero no se pregunta por qué se ha ido de sus filas. Y en vez de preguntarse qué ha podido hacer mal, cuáles de sus propuestas no han sido aceptadas por esa clase trabajadora o esa gente a la que decían referirse, pues resulta que lo que hacen es señalarlos y estigmatizarlos.
Entonces, claro, los convierte en poco menos que en los responsables de sus propios problemas. Teniendo en cuenta que cada vez son más los que, supuestamente, han perdido el cerebro o si lo tuvieron alguna vez se han ido al otro lado, será, en cualquier caso, por alguna razón.
Y eso es lo que te tienes que preguntar y tratar de responder, porque, si no, lo que vas a hacer es encallarte en ese margen en el que tú te sientes cómodo contra todo, pero tampoco estás resolviendo nada del problema.
También planteas el tema de la fantasía de la unidad de la izquierda. Una fantasía de unidad que permite cerrar filas en torno a cierto ideario, echando siempre la culpa de todos tus males a la derecha, en lugar de preguntarte cómo es posible que nunca haya podido la izquierda tener esa unidad para enfrentarse al unísono a esa pérfida derecha.
Claro, es que incluso esas luchas cainitas podían tener sentido en el momento previo a la Guerra Civil, cuando las izquierdas se dividían entre anarquistas, comunistas, socialistas y otras ramas, pudiendo tener diferencias entre sí. Pero cuando aparece Podemos, la cosa yo creo que es mucho más flagrante, porque, realmente, qué había de diferente entre las distintas facciones o grupos que componían Podemos a nivel programático.
Pues resulta que no hay tantas diferencias, sino que es una cuestión de estrategia, de concepto de partido, que les ha impedido ir con un proyecto común, incluso pisándose entre sí. Por ejemplo: Podemos, en un momento dado, no apoya a Más Madrid y entonces Manuela Carmena pierde la segunda legislatura de Madrid, que es una cosa realmente demencial. No sé, ¿qué diferencias tenían entre sí realmente?
Todo eso tiene que ver con una izquierda que yo creo que ha perdido el suelo, por decirlo de alguna manera. Es decir, están más pendientes de cuestiones de estrategia, de ver cómo consiguen el poder, que una cuestión de programa, donde no había tantas diferencias. Porque si tu problema es el estado del bienestar, pues resulta que eso es un elemento común, al igual que sucede con la inmigración u otros temas similares al proyecto común de la izquierda. Sin embargo, terminan siendo diferencias de estrategia para alcanzar el poder.
Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, según el propio libro de Errejón o el de Echenique, estaban teniendo divergencias desde el primer día, nada más salir de aquellas europeas en las que consiguieron cinco escaños. Al día siguiente, ya habían iniciado la fractura y así con todo lo demás. Entonces, claro, de cara a ese votante al que quieres llegar, ¿qué imagen estás dando? Pues estás proyectando una imagen de oposición contra ti.
También te metes en el charco del feminismo de la última hornada. Y dices: «La izquierda feminista estigmatiza a los varones en la misma medida en que la derecha lo hace con los inmigrantes».
Mira, hace poco hablaba con una amiga sobre esta cuestión de los casos de agresiones sexuales y me decía: «Es que, claro, demostrar una agresión es muy difícil». Como diciendo que, en tanto es muy difícil, pues entonces vamos a cambiarlo todo para que sea mucho más fácil. Pero la cuestión no es esa, la cuestión es que, precisamente, la democracia es difícil.
Con un poder autoritario es fácil, porque sientas las bases de ese poder haciendo lo que él quiere y todo el mundo obedece. En cambio, la democracia es compleja. Ya no basta con señalar a alguien para condenarlo, sino que implica una serie de mecanismos garantistas en los que radica la fuerza de la democracia.
Entonces, resulta que la izquierda lo que está haciendo es caer en el mismo relato de la derecha, porque cuando la realidad no te da la razón, lo fácil es tirar por la calle del medio y concederte la razón a ti mismo. Y ahí es donde está el conflicto.
Por eso se parecen como sendos espejos, porque en el fondo el ejercicio de la democracia es complicado y la tentación de actitudes totalitaristas siempre está ahí para resolver el problema o justificar tu posición. Entonces, cuando llegan las contradicciones, lo que haces es eludirlas, esconderlas debajo de la alfombra como si no existieran. Sin embargo, el ciudadano sí que las percibe, porque no milita en tus posiciones y en su cabeza llega a conclusiones, revelando tus contradicciones y descabalgándose de tu proyecto.

Por eso dices en otro momento que pensar críticamente es pensar de acuerdo a los parámetros del que define lo que es pensar críticamente, no asentar las herramientas que sustancien un juicio propio. Y pones el ejemplo de Irene Montero y su ley «con la que trata de convencer a la sociedad de sus supuestas virtudes tratando de educar al sistema judicial que debía resolver cada caso en perfecta connivencia con sus premisas”. ¿Cómo se conformaría ese juicio propio?
Claro, es que tú fíjate lo que dice Irene Montero: «Hay que educar a los jueces». Eso, dicho desde las izquierdas, es desconcertante. ¿Cómo que hay que educar? ¿A quién hay que educar? ¿Cómo se educa? ¿Quién educa? No, lo que tú tienes que hacer es plantear tu proyecto y convencer a la sociedad de que tu proyecto es bueno, no educar a la gente.
¿No era eso, precisamente, lo que decían las derechas? ¿No era eso lo que se le criticaba al antiguo régimen, que nos educaba en una manera de pensar, en una moral? ¿No era eso contra lo que estábamos luchando? Ahora vienen estas nuevas izquierdas a decir que hay que educar a los jueces y a la sociedad, claro, para que se ajuste a lo que tú estás diciendo.
La democracia es un espacio abierto de diálogo, de conversación, no un espacio de imposiciones. Y, de repente, aparecen discursos que dicen lo contrario, que hay que educar a la gente. Para esa propia ciudadanía es desconcertante.
Lo planteas también cuando hablas del concepto de pueblo: “¿Quién es el pueblo? ¿Son también pueblo aquellos que no te votan?”
Claro, esa es la cuestión, que solo tomamos el concepto que se ajuste a mi horma. El pueblo decide, pero cuando no decide lo que yo pienso que tiene que ser lo correcto, ya ese pueblo no me gusta tanto.
El pueblo acaba siendo una especie de ente abstracto que figura en tus discursos y no el pueblo en su verdadera diversidad de opiniones, de puntos de vista, de razonamientos. Entonces, lo que haces es levantar un muro, diciendo que hablas en nombre del pueblo, cuando en realidad lo que estás haciendo es levantar un muro con ese propio pueblo al que te diriges. Y vuelvo a lo mismo, que luego buena parte de la ciudadanía no te vota, mira para otro lado o busca en otros lugares aquello que cree que va a defender mejor sus derechos.
“La izquierda ha sustituido la antigua lucha de los derechos de clase por la defensa de las llamadas minorías identitarias”. ¿Qué conlleva eso?
Pues lo que conlleva es, primero, la fragmentación de los discursos, y, luego, dejar en un segundo término los conflictos que son verdaderamente transversales, es decir, que afectan a toda la sociedad.
Es sorprendente que, de repente, la izquierda se despierte una mañana diciendo que hay un problema con la vivienda. Te dan ganas de preguntar: ¿En qué mundo vives? ¿Ahora te das cuenta, de la noche a la mañana, que hay un problema con la vivienda, cuando la crisis de la vivienda sucede en 2008, ni más ni menos, casi 20 años atrás?
Esos discursos identitarios lo que están haciendo es fraccionar la sociedad, refiriéndose a problemas que afectan a identidades, a minorías, olvidándose de los problemas transversales que nos afectan a todos, como por ejemplo el de la citada vivienda, el del empleo o el de los bajos salarios.
El filósofo José Antonio Marina dice que estamos en el conflicto y, mientras sigamos en él, no pasaremos al problema; a poner el foco en la solución de lo que verdaderamente nos aqueja.
Claro, pero es que, además, incidir en el conflicto pensando que te beneficia electoralmente es un error, y a la vista está que no te está beneficiando, porque no estás resolviendo el problema y al final el ciudadano es el que lo que sufre.
El conflicto es una cosa tuya, que me puede seducir en un primer momento, creyendo que hay algo sustancial que realmente me afecta o nos afecta a todos, pero luego en el devenir del día a día de la gestión de lo político, te das cuenta de que está vacío, que es solo el eslogan, mientras no se ataca de verdad el problema. Dos legislaturas completas y seguimos con el problema de la vivienda.
Hablas de la familia, tradicionalmente asociada a la derecha. Pero, curiosamente, tú planteas el declive de la familia tradicional con el auge del capitalismo y el consumo que viene a paliar esa caída, de manera que cargándonos la institución familiar hemos creado una sociedad de individuos aislados.
Claro, es que la izquierda trabaja sobre una imagen de la sociedad que está desfasada. Se siente cómoda con esa imagen de la sociedad que corresponde a los años 40 o 50 del siglo pasado, como si la sociedad se siguiera organizando acorde a esos preceptos o esas guías, pero no es así, ha cambiado.
Ya, pero se insiste en esa idea de la familia, de la iglesia y de los jueces como partes indisolubles de esa derecha franquista que sigue vigente en la sociedad actual.
Sin duda. La izquierda lleva 50 años tirando de ese hilo, de esa imagen como elemento programático. Yo tengo una anécdota con un conocido, que un día se fue a una iglesia y se encontró con que estaba vacía y se sorprendió, pero es que la imagen que él sigue teniendo de España es una imagen de sotanas y no sé qué cosas más. Y bueno, la iglesia está ahí, pero cualquiera que se acerque a una comprobará ese vacío, aunque existan rescoldos de ella.
Con la familia operan igual, cuando todas las encuestas dicen que más de 50% de los matrimonios se acaban rompiendo. Para el individuo corriente, esa familia ya no es un elemento sacralizado, será un trauma, un conflicto o como quieras vivirlo, pero no es algo sacralizado porque la gente se divorcia muy fácilmente, rompe la familia y ya está.
Y a la vuelta de todo esto, atacando a esa familia, lo que se está fomentando es un individualismo que luego se critica a su vez por otro lado, pero separándolo de todas estas cuestiones, como si viniera exclusivamente del liberalismo económico, que lo que hace es aprovecharse de esa situación.
Al contrario, casi podríamos decir que la familia es una resistencia ante el liberalismo especulativo, porque ese liberalismo lo que necesita es que el sujeto se pueda mover de un lugar a otro para trabajar, es decir, para producir. El que tiene una familia, sin embargo, tiene un arraigo y es más difícil que se mueva.
Con los ritos de comunidad pasa lo mismo. Tú vas a un entierro y te quedas como un poco hueco de expresar lo que sientes sobre esa persona que ha desaparecido, porque se la incinera y nos largamos. ¿Cómo llenamos ese vacío? Pues claro, de alguna manera, con productos de consumo, porque tenemos que llenar la falta del otro con el que ya no compartimos nada, no convivimos.
Otro tema interesante, que lo estamos viviendo ahora, es el tema de la degradación de las instituciones. Las defienden, cuando los imputados en alguna causa judicial pertenecen al bando contrario, pero sospechan de ellas cuando el imputado en cuestión es de tu propia ideología.
Mira, como la democracia es difícil, requiere de la independencia de las instituciones para funcionar. La democracia no son los partidos políticos, son las instituciones; el buen funcionamiento de las instituciones. Si tú creas un manto de sospecha sobre las instituciones, te estás cargando el propio sistema.
La palabra del Parlamento debería ser sagrada para cualquier político y está totalmente trivializada, con lo cual ese Parlamento no se va a hundir ni va a desaparecer, pero, derivada de esa falta de crédito de la palabra de los políticos, se acaba demoliendo y entonces todo se trivializa.

Hablas de que la derecha defiende lo privado y la izquierda defiende lo público. Pero hay una serie de datos de un informe de 2025 presentado por el propio Ministerio de Sanidad que dice que el proceso de privatización de la sanidad en España es cuatro veces mayor en comunidades, por ejemplo, como Cataluña. O que cada vez la gente contrata más seguros privados.
Si tú defiendes lo público y haces uso de lo público como herramienta política, te puede pasar como con los jueces, que a lo mejor se descubren tus contradicciones y entonces es peor, porque el ciudadano corriente verá que esas instituciones públicas no están a su servicio, sino que están al servicio de intereses de partido.
Con la sanidad pública, por ejemplo, hay un interés particular en atacar a una líder política de la oposición, como es el caso de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Pero el problema de la sanidad está en todo el territorio. Entonces, cuando se ve que estás parcializando tu interés en la degradación de la sanidad en una comunidad concreta, que además está dirigida por tu oponente político, pues hay algo sospechoso ahí, porque es un conflicto que tiene toda España.
De hecho, es verdad que hay un crecimiento exponencial del contrato de seguros privados. ¿Por qué? Pues porque la gente no se puede costear una gran operación, pero tampoco confía que la sanidad pública le vaya a responder inmediatamente y entonces contrata seguros privados. No hace falta ni hacer una encuesta; uno lo ve a su alrededor. De manera que el crédito que debería tener la sanidad pública evidentemente se va desgastando.
Yo digo en el libro que hay dos maneras de cargarte el estado del bienestar: uno es el que pretende vender lo público directamente [la derecha] y otro es el que no lo fortalece [la izquierda], trayendo como consecuencia una desconfianza y allanando el camino al que lo quiere vender, porque ya tiene a una ciudadanía descontenta y que critica esa institución.
Entonces, si el estado del bienestar está débil, tu trabajo es fortalecerlo. Y ya no vale como excusa decir que, claro, como he transferido las competencias, pues yo no me siento responsable. ¿Qué tipo de respuesta es esa? Bien, puedes achacar a la oposición su parte de responsabilidad, pero lo que no puedes es eludir la tuya.
El tema de España ocupa otro lugar destacado en tu libro. ¿Crees que hay todavía gente que confunde ser izquierdas con el odio a España? ¿Si se es de izquierdas no se puede ser español, porque lo español es el elemento peyorativo que conviene rehuir? Alguien ha dicho que en España hay problemas como hay en otros países, pero que, en nuestro caso, España en sí es el problema.
El otro día, presentando el libro, había una persona que decía: «Bueno, claro, es que la gente de izquierda, digamos, tenemos un problema con España”. Reconoció, intentando defenderse, que es verdad que asocia a España con franquismo y entonces eso le repele. Vale, pero es que llevamos casi 50 años de post franquismo y hay que quitarse esa costra.

Ya, pero lo cierto es que la costra está muy arraigada.
Pienso que se trata de una cuestión de límites. Es decir, por un lado, puede no gustarte ese patriotismo de banderas, ñoño y manipulador, pero tendrás que mirar, por otro lado, cuál es el límite por abajo, porque a lo que mejor estás induciendo a una fragmentación del país sin ningún beneficio claro, simplemente como resultado indirecto de algo que te repele emocionalmente, pero nada más.
Yo hago una pregunta en el libro para incitar al lector a ponerse en esa posición. Pregunto, ¿qué es España? ¿Es Franco España? Es imposible decir que es así, porque ya no está. Puedes responder emocionalmente, ideológicamente, pero no puedes responder materialmente que Franco es España, porque no es España.
Ni siquiera Pedro Sánchez es España o Mariano Rajoy es España. España somos todos nosotros, los que formamos una comunidad política concreta que tiene una historia con sus cosas buenas y sus cosas malas.
La izquierda se tiene que plantear eso, porque está induciendo a una fragmentación por la vía indirecta de un descontento genérico que, además, puede provocar que la gente se eche en brazos de quien le diga: «No te preocupes, yo te voy a proteger”, quedándose la izquierda fuera de una discusión que es necesaria.
Una última cuestión en torno a la tan mentada polarización, la cual es difícil de combatir porque, como apunta José Antonio Marina, entran en juego mecanismos de defensa del yo, de manera que hay quienes prefieren mantener la cohesión de su identidad o de su pertenencia al grupo que intentar conocer el mundo.
Claro, lo que pasa es que cuando tú construyes una identidad durante 40, 50 o 60 años sobre una posición ideológica, cuestionarla te abre a un vacío. Cuando tú has dicho que estás en contra del sistema tal y como está organizado, pero ni eres capaz de reformarlo ni de desmontarlo para construir otro, tú has edificado una férrea identidad contra eso.
Entonces, reconocer el fracaso o posible fracaso sobre ese programa que a ti te constituye, lo que viene al día siguiente es la pregunta: ¿Qué soy? ¿Soy de los otros? Y, claro, eso es problemático. En el fondo, en el libro yo siempre digo, cuando lo presento, que el primero que me pongo en cuestión soy yo. Es decir, yo a través del libro transito eso.
Si militaba aquí, o creía que estos principios eran buenos, y ahora los cuestiono, ¿estoy con los otros? Bueno, pues creo que no necesariamente, que a lo mejor tienes que salir del búnker en el que vives encerrado y corregir ciertas cosas, porque el pensamiento crítico es primero juzgarte a ti y tener las herramientas para discernir y discutir abiertamente con el otro, no atrincherarse en un programa férreo e inamovible.

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