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Un parapeto contra el embrutecimiento y la barbarie
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Representaría lo que llamamos cultura con la imagen de una matrona que acuna en su regazo tanto a bebés inspiradores que transmiten serenidad y belleza como a criaturas juguetonas que divierten con sus travesuras, y también otras insoportables que no dejan de berrear y agitarse.
Esa propensión a abarcar tan amplio espectro semántico otorga al concepto una ambigüedad peligrosa que la convierte en comodín intercambiable por casi cualquier cosa. ¿El Misteri d’Elx es cultura? ¿Una ópera de Verdi o una novela llamada ‘Quijote’? ¿Y el rito de asaetear a una res, ponerle bolas de fuego sobre los ojos u obligar a un caballo a saltar sobre brasas ardientes…?
Prefiero diferenciar lo que considero cultura de las tradiciones populares, ritos, festejos y celebraciones arraigadas en un determinado territorio que adquieren cada vez mayor relevancia como reacción al efecto globalización.
Lo nuestro, lo que nos hace diferentes, únicos y apela a lo emocional cobra valor añadido como señal de identidad en un mundo rendido a la homogeneización. Algunas manifestaciones folclóricas conservan su esencia; por desgracia, otras muchas han degenerado en reclamo turístico y masificado botellón. Tenemos bien cerca el ejemplo de las Fallas.
Considero cultura todo aquello que el hombre ha pensado, inventado e imaginado para conjurar el temor a la muerte y a la naturaleza, para mitigar el tedio y el malestar que implica la existencia, y que le ha hecho mejorar como ser humano, profundizar en el conocimiento de sí mismo y de lo que le rodea. No creo en una alta o baja cultura, pero sí en una que conecta con los habitantes de cada época y otra que, superando el cedazo del tiempo, el crítico más infalible, ingresa en el panteón de la excelencia: los clásicos.
Lo que entiendo por cultura no surgió hasta que el homo sapiens superó el dilema: ¿hoy podré comer o seré comida? Ya en el Neolítico –los graneros llenos, los rebaños a resguardo en los rediles y un batallón de esclavos dedicados a las más duras tareas–, los magnates prehistóricos pudieron sentarse a la sombra de un árbol, al calor de la hoguera y dejarse llevar por sus ensoñaciones. La inmensa mayoría se desvanecieron, pero otras cristalizaron en forma de leyendas, ritos y danzas transmitidas a las siguientes generaciones.

La cultura es fruto del ocio fértil, y es hoy más necesaria que nunca porque todo indica que nos encaminamos hacia una sociedad de recreo universal. Y nada más pernicioso que el tiempo libre mal gestionado, pues genera todo tipo de dependencias y adicciones insanas.
La cultura fue bálsamo colectivo durante el confinamiento de la COVID-19, pero de vuelta a la normalidad volvió a ocupar el lugar al que ha sido siempre relegada, el de una Cenicienta a la que solo alcanzan las migajas del pastel.
Las iniciativas artísticas que emergen a nuestro alrededor son posibles, en gran parte, gracias al entusiasmo de personas que sacrifican su tiempo y bienestar económico para compartir sus creaciones con los demás. Forman un tejido dinámico y vibrante pero frágil, pues depende de una fina red de ayudas institucionales, al albur de los caprichos del gobernante de turno.
El péndulo que marca los vaivenes de la historia oscila claramente hacia la derecha. En España, muchos nietos de los rojos que corrían ante los grises aclaman hoy las consignas del partido del logo verde. No diré que la derecha carece en sus filas de hombres ilustrados, pero las facciones más extremas no son propicias a cultivar el espíritu. “Cuando oigo hablar de cultura, saco la pistola”. Una frase atribuida a Goebbels y a Millán Astray que refleja ese rechazo con tintes agresivos.

Giro a la derecha, efecto inteligencia artificial y ecos bélicos. En ese escenario, la cultura es más urgente que nunca; la única forma de dignificar la inactividad forzosa y levantar un parapeto contra el embrutecimiento y la barbarie. Digo parapeto como elemento arquitectónico que impide caídas al vacío, no trinchera, bastión o muralla, términos de resonancias bélicas reñidos con la actitud colaborativa que debemos construir. Guerra y cultura nunca fueron buenas amigas. Otra cosa es la tecnología reforzada tras los baños de sangre.
La cultura no es el oráculo ni la bola de cristal que responde preguntas y resuelve enigmas; es la que plantea interrogantes, induciendo así a la reflexión y a la búsqueda de conocimiento. Por eso siempre es sospechosa para el poder, que prefiere ciudadanos anestesiados por el placer inmediato, narcotizados por el afán de lucro o la simple necesidad de supervivencia. La cultura ayuda a interpretar la realidad de cada momento a la luz del pasado, pues se extiende como un hilo incandescente conectando las sucesivas generaciones.
También abre una ventana con vistas al futuro, una pantalla en la que los fabuladores proyectan sus visiones. Estuve una época enganchada a los grandes maestros de la ciencia ficción y disfruté con sus relatos de viajes estelares, encuentros alienígenas y gusanos gigantes. Entre los que recuerdo, hay uno que plasma un mañana no solo plausible, sino también probable: ‘Las torres del olvido’, del australiano George Turner, una desoladora reflexión sobre los efectos del cambio climático combinado con una crisis económica global.
Turner describe una sociedad distópica dividida entre una minoría, los supras, que trabajan en un medio confortable, y los infras, hacinados en bloques inundados por el mar que subsisten malamente dependientes del estado. Una familia supra pierde sus privilegios, el padre decide suicidarse, y la madre y sus dos hijos son expulsados a la Periferia, donde deberán adaptarse a duras situaciones.
Las imágenes de las playas del sur de València tras los temporales de este invierno, las olas lamiendo la puerta de las viviendas, me recordaron a Teddy y Francis, los protagonistas de ‘Las torres del olvido’. Una historia que merece ser recordada como una pieza más de ese parapeto contra la barbarie.
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