Steven Spielberg

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‘El día de la revelación’, de Steven Spielberg
Reparto: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell, Elizabeth Marvel y Courtney Grace
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
145′, Estados Unidos, 2026

El nombre de Steven Spielberg está asociado al de la revolución de una manera de hacer y pensar el cine que iba a señalar el camino de la industria estadounidense (y, por ende, mundial) desde los años 70 (aunque siempre lo asociemos con los 80; ‘Tiburón’, quizá la cinta que iba a dar el disparo de salida a esta tendencia, es del año 75).

Una influencia que ha esculpido la memoria sentimental de generaciones y generaciones de espectadores como esa Arcadia ideal en la que, pegados a la gran pantalla de una sala de cine (o en la televisión), fuimos realmente felices. La lista de títulos de su filmografía que colman sus éxitos comerciales es tan larga que no podemos plasmarla en este espacio.

Y si bien es cierto que, pronto, el cine de Spielberg iba a explorar terrenos políticamente más ambiciosos, algo más serios, podríamos decir (‘La lista de Schindler’, ‘Munich’, ‘Lincoln’), nunca ha traicionado sus orígenes como perpetrador de nuevas fantasías y aventuras dirigidas a todos los públicos (¿sería posible calcular la influencia cultural que ha tenido su primera versión de ‘Parque Jurásico’?).

La herencia –aun no inconclusa– de Spielberg se proyecta hoy de manera indeleble en generaciones de directores y en todo tipo de propuestas para la gran y pequeña pantalla. Pensemos en autores como J. J. Abrams, su directo sucesor, o en series como la reciente ‘Stranger Things’, uno de los últimos triunfos comerciales de la televisión, que bebe directamente de sus fuentes.

Pero, a pesar de todo, la mayoría de estas obras y de los productos que surgen de la industria contemporánea no han sabido captar del todo las claves que han hecho de la obra de Steven Spielberg un corpus imperecedero. De ahí, pienso, la crisis en la que ha caído, siquiera en una parte, el cine estadounidense. Claves que confluyen en su última y, adelantamos, brillante producción.

El día de la revelación’ nos presenta a Daniel Kellner, un experto en ciberseguridad que trata de escapar de las garras de una oscura corporación llamada Wardex, de la que ha robado una información crucial para la supervivencia de nuestro planeta. Tras rescatar a su novia, Jane, de las manos del siniestro Noah Scanlon, director de Wardex y custodio de dicha información, Daniel emprende una huida para entregarle los datos que ha extraído a Hugo Wakefield, líder de una organización disidente que lo habría reclutado.

Fotograma de ‘El día de la revelación’, de Steven Spielberg.

El primer problema se presenta cuando la misión de Daniel no termina con la entrega de los datos, como pensaba, pues, por una serie de circunstancias que iremos descubriendo, él mismo resulta parte necesaria del plan para desvelar los secretos de Wardex.

Mientras esto sucede, conoceremos también a Margaret Fairchild, presentadora del tiempo de una cadena de televisión de Kansas, quien descubre que tiene una inesperada habilidad para hablar idiomas que nunca ha estudiado o saber la intimidad de cada persona que se cruza en su camino, aunque no los conozca de nada. Sin ser conscientes todavía, las vidas de Daniel y Margaret están destinadas a unirse por algo más que una mera coincidencia: son los custodios de un mensaje que cambiará el destino de la humanidad.

Entre las primeras virtudes que cabe destacar de esta producción se encuentra uno de esos guiones que nacen tocados por la varita de la inspiración. Basado en una historia escrita por el propio Steven Spielberg y desarrollado por su colaborador David Koepp (‘Parque Jurásico’, ‘Atrapado por su pasado’, ‘Misión Imposible’), el libreto nos ofrece un relato redondo, sin fisuras, al que no le sobra ni un punto ni una coma; puro clasicismo. El secreto: máximo respeto por un espectador al que se le engatusa con sabios giros de guion, por supuesto (si no, no hay misterio), pero al que se mira de frente, cara a cara.

Fotograma de ‘El día de la revelación’, de Steven Spielberg.

Las cartas quedan expuestas casi desde el mismo arranque de la película: sabemos qué ha robado Daniel de Wardex, conocemos sus intenciones de revelar dicha información y quién se opone a su propósito. A partir de aquí, la duda que empuja la arquitectura dramática de la película se sostiene en la capacidad de Daniel para lograr sortear los contratiempos que encuentre durante el trayecto: el viaje del héroe (de los héroes, en realidad).

Por supuesto, hay que reseñar primero que estamos en el terreno de la ciencia ficción, donde cabe que aceptemos ciertas premisas para la sustentación de la trama, pero aquí no hay sesudas teorías que traten de confundir la atención de un público lego en ciertas y complejas materias científicas, tratando de emborronar su discernimiento para, como ocurre en buena parte del cine contemporáneo, enmarañar artificiosamente el sentido último del relato, con frecuencia más endeble filosóficamente de lo que se pretende presentar (Christopher Nolan) o intentar esconder un final no del todo pulcro, dramáticamente hablando (Denis Villeneuve).

Aquí no hay confusión posible y el proceso de identificación funciona como un reloj suizo para ese espectador que, conociendo las líneas maestras, va uniendo los puntos junto a los personajes, acompañándolos en cada escala de su viaje sin perderse ni un segundo.

Será, precisamente, en la construcción de estos personajes donde el duo Spielberg-Koepp sustenten su propuesta. Uno grupo de sujetos que nos son fáciles de reconocer, con unas psicologías y un historial personal dibujados con muy pocos elementos, pero manejados con inteligencia para dar cuerpo y sentido al relato.

Spielberg-Koepp trazan una serie de líneas que, si bien en principio parece que caminan en paralelo, según avanza la trama, irán encontrando sus relaciones. Líneas que no caen aquí de manera caprichosa, sino que parten de las necesidades del relato para, después, regresar desde esos mismos personajes para aportar las respuestas necesarias y dar así con ese desenlace que no decepcione las expectativas. Uno de los mejores trabajos de Spielberg en años.

Así conoceremos el pasado de Daniel y Margaret, cuyos traumas infantiles los llevarán a esta situación en la que se encuentran. O los conflictos que han separado a Noah Scanlon y Hugo Wakefield, antiguos amigos y colaboradores, hoy enemigos enfrentados por dos visiones del mundo y de la vida completamente opuestos. Acuerdos, disensos, antagonismos que formarán parte del núcleo discursivo de esta película.

Con estas premisas, Spielberg y Koepp nos presentan una arquitectura dramática que puede que no resulte original (un objetivo, un destino y un enemigo que trata de desbaratarlo), pero cuyo efecto resulta francamente refrescante en estos tiempos que corren.

Cuatro son los dispositivos que sostienen esta propuesta. El primero sería la propia carnalidad de sus personajes, como decimos, que hacen del relato un viaje que nos resulta cercano, muy humano. El segundo, sería el manejo de los elementos dramáticos para sostener la verosimilitud. Y aquí Spielberg demuestra que se encuentra en plena forma al construir una historia que nos remite a lo mejor de su filmografía: lo imposible cabe en la imaginación de este genio inagotable del espectáculo.

El tercer elemento sería el humor o, mejor, un tono desenfadado muy calculado que acompaña a la historia y que logra aligerar de manera prístina sus dos horas y media de metraje. El cuarto y último elemento es el manejo ejemplar los mecanismos de la anticipación y la sorpresa.

Además de ciertos temas que trataremos, Spielberg y Koepp aderezan su trabajo metiendo a sus personajes en una serie de situaciones ciertamente comprometidas de las que va a depender el éxito de su misión. El truco es más viejo que el propio mundo, pero en manos de estos dos magos funciona como si fuera nuevo. Y el espectador lo agradece y acompaña a los creadores como un cordero amaestrado, entregándoles su confianza.

¿Qué sucedería si descubriéramos que realmente no estamos solos en el universo? Sobre esta pregunta, Spielberg y Koepp hilvanan un relato que aborda varias cuestiones. Seguro que en el futuro esta película dará para atender a múltiples interpretaciones, pero aquí van unas cuantas como antelación.

Fotograma de la película ‘El día de la revelación’, de Steven Spielberg.

La primera nos remite a otro interrogante: ¿en manos de quién estamos? En este sentido, el personaje de Daniel nos recuerda a una especie de Julian Assange que ha venido para revelar esa verdad oculta que se nos niega desde las altas instancias del poder.

Como apunta uno de los personajes, si bien elegimos a nuestros gobernantes cada cuatro años, en estas condiciones es imposible hacer unas políticas que se sostengan a largo plazo. Pero, entonces, si los que gobiernan no tienen el poder, ¿quién hay detrás? ¿Quién o quiénes toman realmente las decisiones? Que cada uno busque sus propios paralelismos.

En segundo lugar, ‘El día de la revelación’ es una película que apela a nuestra propia humanidad. Como sucedía en ‘Encuentros en la tercera fase’, cinta con la que podría componer una especie de díptico, el relato de ciencia ficción se puede ver también como una excusa para echar una mirada a las sociedades modernas.

De este modo, si en ‘Encuentros…’ Spielberg nos describía una sociedad en descomposición (ese Richard Dreyfus tratando de escapar de un matrimonio y un mundo oscuro y sin expectativas), aquí nos enfrentamos a una humanidad perdida entre nudos de información desinformadora, la lógica del éxito material, el individualismo y, por si no aprendemos la lección, la amenaza de una guerra devastadora.

Frente a esto, Spielberg y Koepp ponen en valor la empatía que aún anida en nuestros corazones. Para salir de nuestras propias miserias, tendremos que salir de nosotros mismos, buscar una ayuda del exterior que venga a recordarnos que siempre hay algo que se sitúa por encima de cada uno de nosotros y que nos engloba a todos, la inesperada presencia de un otro que venga a dar un giro radical a nuestras prioridades.

Y aquí Spielberg no deja de invitarnos de nuevo a mirar hacia arriba, hacia un más allá que ya no se sitúa sobre nuestras cabezas, sino que es materia prima del mismo universo. ¿Dios? ¿La comunicación como un valor universal? El debate queda abierto para que cada uno escoja su bando.

Pero lo más importante es que al frente de todo esto está la mano de un verdadero maestro de la narración en imágenes en movimiento, sin duda el mejor regalo que nos ofrece esta película. A sus 79 años, Steven Spielberg se encuentra en una forma admirable.

Desde los primeros fotogramas, ‘El día de la revelación’ (o de la divulgación o desclasificación) se dispara como un cohete hasta los títulos de crédito. El ritmo de la película es trepidante, pero lejos de emborracharse y emborracharnos con un montaje de imágenes apabullante y confuso, como sucede con frecuencia en el cine actual, Spielberg deja que sea la historia la que marque el ritmo, que se tome su propio tempo, abriendo la mirada del espectador, no enturbiándola, permitiendo que este domine cada escena a pesar de la alta frecuencia de planos.

Spielberg controla a la perfección el acelerador de una máquina que se precipita cuando conviene al conductor y se ralentiza para tomarse un respiro cuando es necesario. Una delicia y un ejercicio de montaje al más alto nivel, un regalo para ese espectador que circula con el director en el asiento de al lado de esta nave. Un público que quizá serpa a dónde quiere ir, pero, como Daniel, no conoce el camino. Tendrá que confiar en el piloto.

La lista de escenas de gran virtuosismo técnico requerirá una mirada más atenta en el futuro, pero ahí están sus clásicos travelling en close up. Estamos, de nuevo, en casa. En la pantalla, alguien va a decir algo relevante.

La cámara se aproxima al primer plano del personaje que escucha. De repente, lo inesperado. Los ojos del personaje se abren como dos lunas de plata. Una revelación. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien en una sala de cine. El maestro ha vuelto.