David Hornback

#MAKMAArte
‘Berlin Stories’, de David Hornback
Librería Railowsky
Gravador Esteve 34, València

David Hornback era solo un chico de 23 años cuando pisó Berlín por primera vez. Aterrizó casi por casualidad en la mitad occidental de la ciudad un 16 de abril de 1986, arrastrado desde Wichita hasta Europa por su entonces novia Gina, con quien rompería a la primera semana de poner pie en el continente.

Esas calles habitadas por jóvenes que vivían una vida libre, al margen de la división impuesta por la Guerra Fría, le sedujeron irremediablemente. Lo que en un principio iba a ser una visita de tres días, terminó convirtiéndose en una estancia de dos años.

Cuarenta años después, fruto de sus reiteradas visitas a la ciudad, el fotógrafo nacido en Los Ángeles recopila en ‘Berlin Stories’ sus analógicas a blanco y negro de la capital alemana atravesada por tres décadas: los 80, 90 y 2000; primero, dividida físicamente por el Muro, luego, la etapa de apertura posterior a su derribo.

Hornback ha trabajado para medios como National Geographic, The New York Times, GEO, Time y Stern. En 1989 ganó, junto a su equipo de San Jose Mercury, un premio Pulitzer por el reportaje del terremoto Loma Prieta que asoló San Francisco.

Una de las fotografías de ‘Berlin Stories’, de David Hornback.

‘Berlin Stories’ contiene la esencia de la street photography más pura. La lente, como una suerte de voyeur, se aproxima y detiene unos instantes en la vida de gente corriente con quienes llegó a cruzarse en diferentes momentos de la historia de la ciudad.

Un brazo anónimo apunta con un espray de grafiti a un policía en las proximidades del Muro de Berlín. Una mujer pasea un chihuahua que carga en su bolso. También figura un muchacho vestido de Apolo que besa la mano de una joven embelesada mientras sujeta un cono de helado….

La técnica evoca aquel fragmento del relato ‘Las babas del diablo’, de Julio Cortázar, en el que narrador advierte de que “cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche”.

David Hornback, en la Librería Railowsky, durante la presentación de su libro 'Berlin Stories'. Foto: Roberto Fariña.
David Hornback, en la Librería Railowsky, durante la presentación de su libro ‘Berlin Stories’. Foto: Roberto Fariña.

Durante la presentación organizada en la Librería Railowsky, Hornback traza la cronología de las imágenes que componen el volumen. Remontándose de nuevo a finales de la década de los 80, cuenta que, tras la primera toma de contacto y enamoramiento con la ciudad, decide alquilar un piso durante tres meses, pese a no hablar una palabra del idioma. “Era una ciudad muy económica para vivir, con un alquiler que rondaba entre los 80 y los 100 euros al mes”, recuerda el fotógrafo.

Fue durante esa temporada cuando estableció la rutina de salir diariamente a la calle para fotografiar lo que allí encuentra. “Empezaron a publicar mis fotos en periódicos y revistas”. Entre las imágenes, muestra varias instantáneas de niños. Algunos de ellos dirigen su mirada directamente al objetivo.

Pronto descubre que en Berlín conviven personas de dos generaciones opuestas. Por un lado, los ancianos marcados por la guerra, que renuncian a la idea de abandonar aquella ciudad en la que han vivido siempre. Por otro, una generación joven, muchos de ellos estimulados por la prerrogativa reservada para aquellos residentes de la capital de evitar el servicio militar obligatorio.

Uno de los aspectos que le sorprendieron del Berlín Occidental era la paz con la que vivía la gente, a pesar de su situación política. Sin embargo, algunas de sus imágenes prueban la presencia militar en la ciudad. Una de ellas retrata un tanque que ocupa una calle próxima a su casa en el que un grupo de militares comen manzanas.

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A Hornback no le interesaba el conocido como ‘Muro de la vergüenza’, donde ya se agolpaban cientos de turistas y de periodistas diariamente buscando la novedad. Como prueba de ello, enseña uno de sus retratos en el que captura la imagen inversa: decenas de cámaras que apuntan al Muro con expresión concentrada.

No, a él le atraen las pequeñas historias por encima de los grandes acontecimientos, y esas vivencias habitan en el espacio público. “Encuentro mucho placer en hacer fotografía en la calle”, incide, el autor.

Una de esas pequeñas historias es la de un hombre alcohólico que escapó de Alemania del Este, dejando atrás a su mujer e hijos, dos años antes de que Hornback lo capturara en una de sus fotografías. En ella, aparece pintando unas palabras en el asfalto, en la zona próxima al Muro, con las que pide que dejen salir también a su familia.

Hay emoción en su voz cuando relata la anécdota tras otra imagen, en la que tres niños se divierten subidos a una moto. Cuatro décadas después, el tercer niño se ha convertido en un hombre de mediana edad y ha establecido contacto con él para decirle que ahora es fotógrafo de profesión, vocación a la que se entregó inspirado por el propio Hornback.

Entre 1988 y 1989, regresa a California, donde comienza a trabajar como fotoperiodista para un medio norteamericano. Sin embargo, a finales de ese segundo año, con la noticia de la caída del Muro de Berlín, decide volver a la ciudad. Allí, descubre que el sentimiento imperante es la euforia colectiva. Las lágrimas se agolpan en los ojos de aquellas personas que cruzan la antigua barrera y la ciudad parece renacer.

Durante los años siguientes, retrata protestas en las calles y enfrentamientos entre manifestantes y policía; especialmente, apunta, todos los unos de mayo. Erika Ede, su esposa y también reconocida fotógrafa, aparece en algunas de las imágenes más recientes, ya en los años 2000. También lo hace su hijo Otto, entonces un niño de apenas 2 años.

“Cada fotografía cuenta una historia completa”, señala Hornback, quien termina con una reflexión que sintetiza ya no su obra, sino el propio sentido de la fotografía como lenguaje. “Todo cambia con el paso de los años. El tiempo cambia el significado de una fotografía que, diez, veinte, treinta años después, pasan a ser pequeñas piezas de historia”.