‘Andrés García Ibáñez. Una mirada al realismo español’ Fundación Bancaja

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‘Andrés García Ibáñez. Una mirada al realismo español’
Fundación Bancaja
Plaza Tetuán 23, València
Hasta el 10 de enero de 2027

En ‘Maneras de crear mundos’ (La Balsa de la Medusa, 1990), Nelson Goodman se pregunta si no deberíamos dejar de hablar de versiones correctas, como si cada uno tuviera su propio mundo, y reconocerlas a todas como versiones distintas de un mundo neutral que las subyace a todas. En esta coyuntura, ¿cuál sería el mundo real?

Quizás, el que presentara alguna de las versiones alternativas que, como la de cualquiera de nosotros, se construiría desde el instinto de supervivencia mediante un collage a partir de los fragmentos de las tradiciones científicas y artísticas. Según Goodman, “este es el mundo que suele darse por real, pues la realidad de un mundo, al igual que acontece con el realismo de una pintura, es en gran medida una cuestión de hábitos”.

En un intento por cuestionar la presunta desaparición del realismo durante la primera mitad del siglo XX, el Centre Georges Pompidou presentaría la exposición ‘Realismes 1919-1939’ en 1981, donde realiza una revisión de la riqueza de versiones de la realidad que presentan los artistas de este periodo. Citemos a Casorati, Vallotton, Schlichter, Wood, Schad o Mense, de los centenares de pintores convocados. En su presentación, Jean Clair se pregunta por el sentido de la denominación de realismo cuando el arte ha renunciado a la representación.

Partamos de su respuesta: “El realismo no es la representación. El realismo es una actitud. Es una voluntad de poder. Es una voluntad de estilo. Es una voluntad de orden. El realismo es una estética de la distancia. Supone que lo real está siempre más allá de su representación, que está siempre en otra parte, y que hay que alcanzarlo. El realismo es la búsqueda de lo real por otros medios que la realidad”.

En esta línea se posicionaría Antonio López, quien entiende el realismo como una actitud de búsqueda de la verdad a través de la experiencia directa con el mundo. Y ahí residiría la complicidad con Andrés García Ibáñez, frente a la Isleta del Moro en la playa de Los Escullos de Almería. Los dos pintando el mismo paisaje al compás de 2017. Las fotografías que documentan la experiencia nos trasladan a la playa de la Malvarrosa o El Cabañal.

Al igual que Sorolla, reivindican la necesidad de “salir a pintar paisaje del natural. Salir a la naturaleza”. Recordaba García Ibáñez que son ya pocos los pintores que actualmente practican la tradición del plein air. Una de las claves que definirían su pintura.

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Otro paralelismo entre nuestros pintores se representa mediante los cuadros de los membrilleros, presentados en la sala separados por una fuente de frutos reales. Una cita que nos recuerda ‘El sol del Membrillo’, de Víctor Erice, donde López representa la aventura de la experiencia pictórica que encierra la profundidad espiritual del realismo con el que se identifica. Y que compartiría con García Ibáñez, como demuestra su presencia en el Museo del Realismo Español Contemporáneo, la iniciativa que reúne una colección permanente compuesta por más de 260 obras de los siglos XX-XXI en Almería.

El proyecto desde el que García Ibáñez defiende la vigencia del estilo realista y su proyección en España. Un posicionamiento en el que encuentra la complicidad de instituciones que lo secundan, como la Fundación Bancaja, contradiciendo las corrientes oficialistas que –siguiendo la máxima de las vanguardias– apostarían por la novedad antes que la calidad.

Para la retrospectiva que se presenta en València, se ha elegido la sala Sorolla, donde en 2007 se presentaron sus ‘Visiones de España’, que pintó para la Hispanic Society of America, como recordaba García Ibáñez. Se han establecido cuatro ámbitos para ordenar la selección de 84 de sus obras fechadas entre 1994 y 2026.

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Aunque los retratos se presentan como uno de los géneros clásicos, la identidad de los personajes que protagonizan los cuadros conectaría con el realismo de ‘El Evangelio según San Mateo’ (1964), donde Pasolini dialoga con Giotto a través de lo que denomina “realismo del pueblo”, prescindiendo de actores idealizados para trabajar con presencias físicas. Filmará los rostros de los campesinos del sur de Italia con la misma frontalidad y gravedad con que Giotto pintaba a los personajes de sus frescos.

Una de las primeras obras del almeriense, ‘La infancia de Baco’ (1994), representa un compendio de las claves que conformarán su estilo. Una visión actualizada de Velázquez bajo la luz de Sorolla, porque –como reconoce a Martín Robles en ‘Andrés García Ibañez y el arte contemporáneo almeriense (1971-2010)’ (Instituto de estudios Almerienses, 2011)– “estudiar la realidad es estudiar la luz”. Un punto final a su etapa de formación bajo el influjo de los clásicos, sin olvidar a Goya, presente en la muestra con el retrato de ‘La condesa de Baena’ (1819).

También conocido como ‘Los Baquillos’ –por influencia de Alfredo Fábrega–, representa el trasunto infantil de ‘El triunfo de Baco’ o ‘Los Borrachos’ (1629) de Velázquez, donde García Ibáñez realiza un retrato colectivo de carácter mitológico desde el arrebato, el frenesí y el entusiasmo.

Vista de la exposición ‘Andrés García Ibáñez. Una mirada al realismo español’. Foto: Tato Baeza, por cortesía de Fundación Bancaja.

Junto a la gran composición de belleza clásica mediterránea, se expone una escena desierta de pequeño formato. El mismo cortijo de ‘Los Baquillos’, pero treinta años después. Firmada el 25 de agosto de 2024, está pintada a la misma hora a juzgar por la proyección de las sombras violetas de las tejas sobre la inmaculada cal de la fachada. El arcón y los cántaros permanecen, pero ¿y la juventud? La mirada melancólica, y la pintura como forma de entender el tiempo.

Su investigación en el campo de la reflexión alegórica, entre la filosofía y la crítica, estaría representada por otra de las obras monumentales procedentes de la colección de su Museo Casa Ibáñez, donde junto a su propia obra atesora referentes artísticos de su universo creativo.

En ‘La muerte de Dios’ (2000), García Ibáñez expone el cuestionamiento de los valores occidentales. De nuevo, un joven Baco desnudo nos invita a participar en la escena que se representa ante la vacuidad del espacio comercial de la moda de temporada. La simultaneidad de ‘La muerte de la moral tradicional católica y el triunfo de lo banal, efímero y dionisiaco’ (Robles, 2011), expresada desde la teatralidad de la historia de un arte al que también se le anunció su muerte.

Al disolver la frontera entre arte y realidad –‘Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia’, de Arthur C. Danto (Paidós, 1999)–, Warhol profundizaba en la herida abierta a la pintura retiniana por Duchamp.  Y, sin embargo, Dios y el arte siguen hoy tan presentes como siempre. Y la realidad, a pesar de Einstein, continua impasible formulando el tiempo y el espacio.

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