Abigail Lazkoz. Azkuna Zentroa

#MAKMAArte
‘Cordero, mitad gato, casi perro’, de Abigail Lazkoz
Comisaria: Yara Sonseca
Coproducción: DA2 Domus Artium 2002, Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes y Ayuntamiento de Salamanca
Azkuna Zentroa
Arriquíbar Plaza 4, Bilbao
Hasta el 17 de enero de 2027

‘Cordero, mitad gato, casi perro‘. El título parece una descripción hecha a trompicones, como si las palabras no terminaran de ponerse de acuerdo sobre qué tienen delante. ¿Qué sucede cuando algo reúne características incompatibles, cuando no responde a una categoría reconocible o cuando, sencillamente, no termina de ser lo que se espera que sea?

Abigail Lazkoz encontró en un relato de Franz Kafka la imagen que da título a su exposición en Azkuna Zentroa. La criatura de ‘Una cruza’ (1917) –mitad cordero, mitad gato– vive en una indefinición que no necesita resolverse. En la exposición de Bilbao, el animal parece querer convertirse también en perro. No es una transformación consumada, sino una posibilidad que queda suspendida. La identidad aparece así como una condición inestable, y la mezcla, lejos de conducir a una síntesis tranquilizadora, conserva sus contradicciones.

La artista contó durante la conversación pública mantenida junto a la comisaria, Yara Sonseca, que había leído el relato años antes de encontrar una conexión con su propio trabajo. El vínculo surgió al reencontrarse con el texto buscando lecturas breves para sus estudiantes. La anécdota dice algo sobre el funcionamiento de la memoria y la creación: una experiencia puede permanecer latente hasta que otra circunstancia la activa y revela relaciones que antes no éramos capaces de reconocer.

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Algo parecido sucede con esta exposición, que amplía el proyecto presentado en 2025 en el DA2 de Salamanca. No se trata de ordenar una trayectoria según una cronología ni de reunir todas sus etapas para ofrecer una imagen definitiva de la artista. Lazkoz y Sonseca proponen una selección que cruza tiempos, recupera motivos y pone en relación obras anteriores con nuevas producciones. El resultado se acerca a un montaje de fragmentos en el que cada pieza modifica la lectura de las demás. Más que contemplar un recorrido cerrado, asistimos a una práctica que vuelve sobre sí misma para cambiar de dirección.

Formada como pintora, Lazkoz encontró en la pintura expresiva y colorista con la que comenzó a trabajar un lenguaje que no terminaba de ofrecerle la continuidad que buscaba. Quería abordar cuestiones existenciales, las tensiones del individuo frente a la sociedad y las situaciones que ponen a prueba nuestra manera de estar en el mundo. Para hacerlo, necesitaba reducir el énfasis de la pincelada y encontrar otra forma de narrar.

Yara Sonseca y Abigail Lazkoz durante la presentación de la muestra 'Cordero, mitad gato, casi perro' en el Azkuna Zentroa.
Yara Sonseca y Abigail Lazkoz durante la presentación de la muestra ‘Cordero, mitad gato, casi perro’ en el Azkuna Zentroa.

La línea clara de Hergé, el creador de Tintín, le proporcionó una referencia decisiva. El contorno limpio, la precisión del trazo y el contraste entre negro y blanco permitían construir situaciones complejas mediante recursos aparentemente sencillos. El dibujo se acercaba a la escritura: una manera de organizar el pensamiento y sugerir un relato sin tener que explicarlo todo. Frente a la intensidad de lo representado, la contención gráfica introducía una distancia fértil, capaz de dejar al espectador un margen de interpretación.

Sin embargo, el dibujo no tardó en escapar de la hoja. Las paredes comenzaron a funcionar como superficies de trabajo; las composiciones crecieron, se desplegaron por el espacio y adquirieron una dimensión escultórica. La pregunta dejó de ser únicamente qué dibujar para incluir dónde hacerlo y hasta dónde podía llegar una línea. Una pared podía dejar de ser un límite para convertirse en parte de la obra; una composición podía ocupar el espacio, adquirir volumen e incluso hacerse transitable.

Esta expansión no implica abandonar el dibujo, sino poner a prueba sus condiciones. La superficie, la escala y la relación con la arquitectura se convierten en elementos activos de la creación. El dibujo puede ser mural, objeto o instalación sin perder su condición de estructura gráfica. En la exposición, el visitante se encuentra con esa posibilidad de entrar en el lenguaje de la artista, de experimentar físicamente unas relaciones que en el papel se percibirían de otra manera.

También los objetos encontrados forman parte de este proceso. Lazkoz conserva materiales y cosas aparentemente insignificantes que, fuera de su contexto original, pueden convertirse en estímulos plásticos. Algunas esculturas mantienen una relación con las manchas negras de sus dibujos, como si determinados elementos hubieran abandonado la superficie para adquirir cuerpo. No hay una separación tajante entre las disciplinas, sino una circulación constante entre ellas.

En la conversación aparece una idea especialmente reveladora: la sustracción como mecanismo de creación. En un mundo saturado de imágenes, producirlas parece cada vez más sencillo. Los teléfonos permiten fotografiar, editar y compartir sin apenas esfuerzo, pero esa abundancia no garantiza una reflexión equivalente sobre qué significa construir una imagen o decidir qué mostramos.

Lazkoz recuerda las pinturas de Altamira para explicar que representar no consiste en reproducir toda la información que ofrece la realidad. Hace falta seleccionar unos rasgos, prescindir de otros y encontrar aquello que basta para hacer reconocible una forma. La imagen nace de una operación de reducción. Lo que se elimina no tiene por qué empobrecer el resultado; puede ser precisamente lo que permite que algo adquiera presencia.

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Desde esta perspectiva, la exposición puede leerse como una retrospectiva sustractiva. No aspira a explicarlo todo ni a fijar una interpretación definitiva de casi tres décadas de trabajo. Selecciona, desplaza y establece conexiones, dejando espacios para que las obras respiren y se transformen mutuamente. El vacío no es aquí un lugar sin contenido, sino una posibilidad abierta. Entre dos elementos opuestos puede aparecer una tercera lectura que no estaba prevista en ninguno de ellos.

La tensión entre los contrarios atraviesa el recorrido: lo lleno y lo vacío, lo pequeño y lo monumental, lo bidimensional y lo tridimensional. También el humor ocupa un lugar significativo. Lazkoz reivindica su capacidad para convivir con cuestiones graves, frente a la idea de que la ironía resta seriedad al arte. En Kafka, lo absurdo no elimina la inquietud y la ternura no cancela el drama. Del mismo modo, el juego en la obra de Lazkoz no funciona como un adorno, sino como una manera de cuestionar las reglas y evitar que el sentido quede clausurado.

La artista también reconoce la necesidad de escapar de las fórmulas cuando estas empiezan a convertirse en expectativas. El muralismo, por ejemplo, llegó a definir su trabajo hasta el punto de que esa identificación podía convertirse en una limitación. Cuando un procedimiento se consolida y empieza a repetirse como respuesta automática, aparece la necesidad de desviarse. La continuidad no consiste en permanecer fiel a una fórmula, sino en encontrar la manera de ponerla de nuevo en movimiento.

Quizá por eso el animal de Kafka resulta una compañía adecuada para esta retrospectiva. No encaja, no termina de definirse y parece conservar el deseo de ser otra cosa. Como la obra de Lazkoz, permanece abierto a nuevas combinaciones. Su exposición no busca resolver esa condición híbrida, sino aceptar que la creación puede consistir precisamente en habitarla: volver sobre lo conocido, retirar lo innecesario y dejar que algo inesperado encuentre su lugar.