#MAKMAArte
XV Festival Internacional de Grabado de Bilbao (FIG)
Palacio Euskalduna
Abandoibarra Etorbidea 4, Bilbao
Del 26 al 29 de noviembre de 2026
Quince años bastan para que una iniciativa deje de ser una apuesta y empiece a formar parte del paisaje cultural de una ciudad. En Bilbao, el FIG ha recorrido ese camino desde un pequeño encuentro en el Mercado del Ensanche hasta convertirse en una cita internacional alrededor del grabado, la obra sobre papel y la creación gráfica contemporánea.
Pero su transformación más interesante no puede medirse únicamente en número de expositores o visitantes. Tiene que ver con algo menos cuantificable: la manera en que un público que inicialmente se acercaba con cierta distancia al arte ha ido aprendiendo a mirarlo, preguntarlo y, finalmente, incorporarlo a su propia vida.
Cuando Olga Iradier y Ana Giménez hablan de estos quince años, aparece constantemente esa idea de transformación. El FIG no nació como una gran estructura consolidada, sino como un proyecto impulsado desde el ámbito privado por Iñaki Alonso, cuya experiencia previa con Ikas Art, un encuentro de academias y facultades de Bellas Artes, había permitido establecer una amplia red de contactos. Entre ellos surgió la relación con Casa Falconieri, centro especializado en grabado de Cerdeña, que acabaría siendo uno de los gérmenes del festival.
La primera edición reunió a 16 expositores en el Mercado del Ensanche. Poco después, el proyecto creció hasta trasladarse al Palacio Euskalduna. Hoy reúne alrededor de 60 participantes y recibe miles de visitantes. Pero el crecimiento cuantitativo explica solo una parte de lo sucedido. La otra tiene que ver con el público.

Aprender a mirar, aprender a comprar
Una feria introduce una relación distinta con la obra de arte. Frente a la distancia que puede existir en un museo, aquí es posible preguntar, conversar con un galerista, conocer una técnica, descubrir quién está detrás de una pieza y, sobre todo, saber cuánto cuesta.
Ese último dato, lejos de reducir necesariamente la experiencia artística a una cuestión comercial, puede convertirse en una forma de aproximación. El visitante descubre que existen obras de distintos formatos y precios y que adquirir una pieza no pertenece exclusivamente al territorio de los grandes coleccionistas.
Ese recorrido ha generado un nuevo tipo de visitante. Personas que comenzaron adquiriendo una pequeña obra han regresado en sucesivas ediciones y han ido construyendo poco a poco sus propias colecciones. Algunos han terminado, en palabras de sus responsables, “amueblando la casa” con arte.
Es un cambio cultural significativo. No solo porque aumente el número de compradores, sino porque modifica la percepción de quién puede ser coleccionista.
La gráfica desempeña aquí un papel especialmente interesante. El papel permite aproximarse al arte desde una escala doméstica y, a menudo, más accesible. El visitante aprende a distinguir técnicas, descubre procesos y comienza a comprender que detrás de una estampa existe una complejidad artística que desborda la antigua consideración del grabado como una disciplina menor.
Más que reivindicar una supuesta dignificación, el FIG ha contribuido a normalizar su presencia. Y desde esa primera aproximación puede llegar todo lo demás.
Una feria que quiere ser ciudad
Desde sus primeras ediciones, el FIG ha buscado establecer relaciones con las instituciones culturales de Bilbao. Su colaboración con el Museo de Bellas Artes de Bilbao permitió recuperar y mostrar fondos de obra gráfica que no siempre tenían una presencia habitual en la programación pública, además de generar proyectos vinculados a artistas y colecciones.
Esa voluntad de conexión con la ciudad continúa siendo una de las aspiraciones del festival. Iradier y Giménez entienden el FIG como un proyecto que debe trascender sus propios espacios y fechas, favoreciendo que museos, galerías y otros agentes culturales incorporen también la gráfica y el papel a sus programas.
La dimensión educativa forma parte igualmente de esa estrategia de apertura. Los Cubos de las Tentaciones constituye una de las iniciativas que conectan la creación contemporánea con estudiantes y centros de enseñanza, prolongando desde el ámbito educativo una preocupación que atraviesa el proyecto: generar herramientas para acercar el arte a quienes todavía no forman parte de sus circuitos habituales. Una propuesta que, por su alcance y singularidad, merece detenerse en ella de manera específica.
Bilbao cuenta con una importante infraestructura museística y una larga tradición de sensibilidad hacia el arte contemporáneo. El FIG pretende insertarse en ese tejido y, al mismo tiempo, aportar una experiencia diferente: la del encuentro directo entre artistas, galerías, coleccionistas y público.
No se trata únicamente de acudir a una feria, sino de convertir esos días en un momento de concentración de la actividad gráfica de la ciudad.

Del encuentro a la movilidad
Esa dimensión de encuentro se ha ido ampliando con los años hacia una red internacional que pretende que el FIG no termine cuando se desmontan los stands.
El programa ‘Open Portfolio’, que alcanza ya su decimotercera edición, constituye una de las vías para dar visibilidad a artistas emergentes y ponerlos en contacto con profesionales. A ello se suman acuerdos con centros internacionales y programas de residencia que buscan favorecer la movilidad de los creadores.
El objetivo es que Bilbao no sea únicamente un lugar al que llegan artistas y galerías durante cuatro días, sino un punto desde el que puedan establecerse nuevas relaciones, intercambios y proyectos.
La presencia de Italia como país invitado en esta decimoquinta edición tiene, además, un componente simbólico: devuelve al festival a uno de sus lugares de origen, a aquella relación con Casa Falconieri que estuvo en la génesis del proyecto.

Quince años después
El FIG ha atravesado crisis económicas, cambios en el mercado y una pandemia que obligó a modificar sus formas de relación con el público. No dejó de celebrarse. Quince años después, sus responsables hablan de un proyecto consolidado, pero todavía abierto a crecer en calidad, internacionalización y movilidad.
Quizá ahí se encuentre una de las claves de su trayectoria. El FIG no ha querido elegir entre feria y festival, entre mercado y difusión cultural, entre artistas consolidados y nuevas generaciones. Ha intentado construir un espacio donde esas realidades puedan convivir.
Su historia es, en cierta manera, la de una transformación silenciosa. La de un público que se acerca, pregunta y descubre. La de artistas que encuentran nuevos circuitos. La de galerías que llegan a Bilbao y establecen conexiones que continúan después. La de una ciudad que, durante unos días, concentra su mirada en una disciplina que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes.
Quince años después de aquella primera edición en el Ensanche, el FIG ya no necesita demostrar que existe. El desafío es otro: seguir haciendo de Bilbao un lugar de encuentro para la gráfica contemporánea y conseguir que ese encuentro permanezca más allá de los cuatro días de feria.
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