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‘Circus’, de Alejandra Icaza
Comisario: Miguel Fernández-Cid
Sala Rekalde
Iparraguirre 21, Bilbao
Hasta el 28 de febrero de 2027
La obra de Alejandra Icaza es, en buena medida, un reflejo de su personalidad. Basta conversar unos minutos con ella para entender que el color, la multiplicidad de formas y esa sensación de movimiento que atraviesa sus pinturas no son únicamente decisiones plásticas: tienen mucho que ver con su manera de estar en el mundo.
Alejandra Icaza habla con entusiasmo, enlaza recuerdos, salta de una imagen a una anécdota y encuentra conexiones inesperadas entre un dibujo de su infancia, una referencia artística o una experiencia vivida en otro lugar. Hay una alegría espontánea en su discurso que parece trasladarse directamente a sus cuadros.
Esa vitalidad es una de las primeras cosas que transmite ‘Circus’, la exposición inaugurada el pasado 30 de octubre en la Sala Rekalde de Bilbao. El color adquiere aquí un protagonismo evidente, pero no funciona como un simple recurso para seducir la mirada.
Es parte de un universo construido a lo largo de décadas, en el que conviven el dibujo y la pintura, la memoria y el juego, la vegetación y las formas geométricas, los rostros y las pequeñas figuras que pueblan sus composiciones. Todo parece estar en movimiento, aunque ese movimiento no responda a una narración lineal, sino a la asociación libre de imágenes, intuiciones y recuerdos.
La exposición llega a este emblemático espacio después de la colectiva de Ertibil y de la individual de Nicholas Nixon, y propone otro registro visual para la sala. Frente a otras formas de aproximarse a la imagen, Icaza despliega un lenguaje expansivo, lleno de matices y pequeñas sorpresas. Pero sería un error quedarse únicamente en su apariencia luminosa. Bajo esa primera impresión hay una práctica constante, una manera de trabajar basada en la acumulación, la repetición y la confianza en que las imágenes encuentren su propio lugar.
“Yo quiero que lo vivan”, explica cuando hablamos de cómo acercarse a sus cuadros. No parece interesarle demasiado imponer una interpretación definitiva. Prefiere compartir algunas pistas y dejar que cada visitante establezca sus propias relaciones. Es una actitud que también define la conversación con ella: más que ofrecer respuestas cerradas, abre caminos.P { margin-bottom

Una de las claves para entender ‘Circus’ se encuentra en una imagen en blanco y negro: una niña dibujando con tiza sobre el asfalto. La fotografía, que ya acompañó su primera exposición individual en Bilbao en 1989, funciona ahora como punto de partida de este recorrido. Casi cuatro décadas después, aquella actitud vinculada al juego y al descubrimiento continúa presente en su trabajo. Cambian los formatos, crece la dimensión de las composiciones, pero permanece el impulso de dibujar.
Icaza recuerda los pequeños cuadernos de sus años en Nueva York, cuando tenía poco más de veinte años. Allí reunía acuarelas, papeles y fragmentos que, con el tiempo, han terminado convirtiéndose en obras de mayor tamaño. “Cuando hago obra en papel es mucho de dibujo, de contar narrativa y de pegar papelotes”, cuenta. En esos trabajos aparecen ya algunos de los motivos que recorren toda su producción: caras, árboles, flores, hojas y círculos que se repiten como parte de un vocabulario propio.
Las imágenes no componen necesariamente una historia continua. Se acumulan, conviven y generan asociaciones, como si cada cuadro fuera una página abierta en la que siempre cabe añadir algo más. En esa forma de construir la imagen resuenan también sus referencias a las miniaturas románicas y persas, así como a ciertas representaciones anteriores al predominio de la perspectiva renacentista. Sus composiciones crecen por estratos, mediante la superposición de elementos y la repetición de formas. La mirada recorre la superficie descubriendo detalles y relaciones que pueden pasar inadvertidos en un primer momento.
Detrás de esa apariencia espontánea existe, además, una elaboración técnica minuciosa. Icaza trabaja con fondos de color obtenidos mediante la combinación de óleo y cera, sobre los que dibuja a través de incisiones que evocan los procedimientos del grabado.
La vegetación ocupa un lugar especialmente persistente: árboles, flores y hojas aparecen incluso en las composiciones más geométricas, como si la naturaleza se filtrara inevitablemente en su imaginario. También regresan las grecas y los juegos gráficos de su infancia. A veces, una forma reaparece décadas después sin que haya sido buscada conscientemente.
En la conversación, la repetición adquiere también una dimensión íntima. Icaza habla de algunas de sus obras como cuadros sanadores y recuerda ‘Cadenas y amuletos’, que regaló a una amiga que había atravesado una experiencia difícil. Cuando le preguntaron si aquel gesto respondía a su religiosidad, su respuesta fue clara: se considera más espiritual que religiosa.
Le interesa la idea de que las experiencias dolorosas puedan convertirse en oportunidades para aprender y sanar. Esa concepción encuentra un reflejo en su manera de trabajar: repetir un gesto, insistir en una forma, construir una superficie mediante pequeñas acciones sucesivas. La comparación con los mantras o el rezo surge de manera natural. Dibujar puede convertirse en una práctica que calma, una actividad en la que el tiempo parece organizarse de otra manera.
La acumulación no es solo una solución compositiva; es también una forma de concentración, una manera de regresar sobre algo hasta encontrar un equilibrio. En sus cuadros, esa insistencia produce superficies densas, pero también un orden particular dentro de la abundancia.
El título ‘Circus’ sugiere el juego, el azar y la posibilidad de que elementos muy distintos compartan un mismo espacio. Como plantea su comisario, Miguel Fernández-Cid, el circo constituye una metáfora de un universo donde conviven disfrute y exigencia, equilibrio y riesgo, precisión y libertad. Una lectura que encaja con la manera de trabajar de Icaza, en la que la intuición no está reñida con la disciplina.
No estamos ante un circo representado literalmente. El imaginario de la artista oscila entre la abstracción y la figuración, entre las geometrías y los motivos reconocibles. En algunas obras aparecen referencias a la carta de ajuste de la televisión; en otras, las formas recuerdan a instrumentos musicales, paisajes nocturnos o fondos marinos. La oscuridad de ciertos cuadros puede sugerir la noche, mientras que otras composiciones evocan corales, rocas y vegetación submarina.
La artista disfruta de esas interpretaciones sin pretender fijar una lectura única. Sus pinturas funcionan precisamente porque permiten que cada mirada encuentre asociaciones diferentes. En esta ocasión, además, la exposición incorpora nuevas obras sobre papel realizadas específicamente para Sala Rekalde y ‘Manzanas’ (2026), una escultura de madera, cristal y pintura que puede contemplarse desde la Alameda de Rekalde a través del escaparate de la sala. Estas nuevas piezas amplían el recorrido y ponen de manifiesto que, lejos de ser una revisión cerrada de su trayectoria, ‘Circus’ sigue siendo un territorio de experimentación.
La trayectoria de Icaza ha estado marcada por el desplazamiento. Nueva York, São Paulo, Londres, Madrid y Bilbao forman parte de una geografía vital y profesional que ha alimentado su trabajo sin encerrarlo en una identidad única.
Su formación y sus exposiciones internacionales han contribuido a construir una mirada abierta a diferentes tradiciones y contextos. La artista reconoce que absorbe las atmósferas de los lugares en los que vive y que se siente vinculada a ellos de distintas maneras.
“No soy de ningún lugar. Y me gusta mucho absorber lugares y atmósferas y sitios”, afirma. La frase resume una relación con la identidad entendida como experiencia abierta, en permanente transformación. Aunque ha pasado buena parte de su vida fuera, Bilbao sigue siendo un lugar de reconocimiento y cercanía, una ciudad a la que regresa con la familiaridad de quien sabe que hay vínculos que resisten el tiempo y la distancia.
Su relación con la Sala Rekalde también tiene historia. Icaza expuso allí en una colectiva durante su juventud y ahora regresa con una muestra que permite observar las conexiones entre trabajos realizados en momentos distintos. La retrospectiva no elimina las diferencias entre etapas, pero hace visibles ciertas constantes: el dibujo como origen, la acumulación como método y la libertad de dejar que las imágenes se transformen.
En ‘Circus’, esas continuidades se despliegan con una energía que parece inseparable de la propia artista. Bajo la abundancia de colores, formas y motivos hay una manera de mirar que permanece abierta al descubrimiento. Como en sus cuadernos, cada elemento parece anunciar la posibilidad de otro. Y en ese movimiento, entre la memoria y el juego, Alejandra Icaza encuentra un lenguaje tan personal como generoso: una pintura que no exige respuestas, sino que invita a mirar, asociar y dejarse llevar.
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