#MAKMAArte
‘Un mundo turbiamente vivo’, de Regina de Miguel
Comisaria: Rosa Lleó
Coordinación: Sandra Moros
Institut Valencià d’Art Modern (IVAM)
Guillem de Castro 118, València
Hasta el 11 de abril de 2027
La naturaleza, podríamos decir siguiendo al filósofo Inmanuel Kant, es lo dado, la “cosa en sí”, aquello en lo que el hombre no ha puesto su mano, mientras que la cultura, por el contrario, sería, precisamente, la intervención humana sobre aquella “cosa en sí” kantiana, ahora convertida en “cosa para mí”.
Cuando esa mano se extralimita en su acción de hacer habitable lo inhabitable de la pura naturaleza, sucede que, en lugar de hallar el lógico acomodo en medio de tan salvaje naturaleza, somos nosotros los salvajes que la esquilmamos. Preguntada Regina de Miguel si en su trabajo quiere denunciar o dar cuenta de tamaños desmanes, la artista contestó: “Yo no denuncio, no soy una artista de puño en alto, sino que hago avistamientos relativos a esa desmesura”.
Y son numerosos los avistamientos que proclama en su discurso y alrededor del cual teje su propuesta artística. Es más: diríase que, en muchos casos, el discurso se halla por encima del propio proyecto.
Así, hay avistamientos en torno a los “tecnofascistas que se están cargando el ecosistema”; “políticas de unos megamillonarios que afectan a los más vulnerables de la tierra”; una tierra como “ente vivo al que se está agrediendo”, enumeró la artista, que dijo hacerse eco de esos avistamientos para dar cuenta de todos los “micro gestos de violencia lenta” perpetrados “sobre el cuerpo y los territorios” objeto de sus investigaciones.

De manera que ‘Un mundo turbiamente vivo’, la exposición que presenta en el IVAM bajo el comisariado de Rosa Lleó, viene a representar, a través de una muestra de carácter inmersivo compuesta de dibujos, pinturas, esculturas y el audiovisual elocuentemente titulado ‘Aguas intoxicadas, cometas nunca más vistos, una reunión de suicidas’, los efectos de esa violencia consumada contra una naturaleza cada vez más exhausta por la extracción ilimitada de sus recursos.
He ahí, sin duda, la causa noble que guía el trabajo de Regina de Miguel. Causa a la que se refiere la escritora Ariana Harwicz en los siguientes términos: “Creo que defender buenas causas te puede legitimar como ciudadano, pero no como escritor”. El artista contemporáneo le viene a contradecir, porque la defensa de causas nobles se ha convertido en uno de los motivos centrales de sus diversas prácticas artísticas.
Y como la causa lo demanda, la artista no deja de reflejar en su obra la serie de avistamientos que ensombrecen el mundo y, con él, su propia mirada. “Es una de las exposiciones más oscuras de su trabajo”, subrayó la comisaria. Aun así, la muestra, enturbiada por el tono sombrío del discurso, se halla salpicada de luz, ya sea a través de tubos lumínicos o la propia luz de las pantallas, para arrojar lo que De Miguel denominó “chispazos de esperanza en medio de tanta fatalidad”.
Fatalidad de un mundo cuya naturaleza muestra las grietas de la citada práctica extractiva; práctica que da lugar al “sacrificio de especies como consecuencia de la acumulación de capital”, apuntó Lleó, para quien “el cuidado es una forma de resistencia colectiva”. Resistencia inscrita en el proyecto de Regina de Miguel, que, amparado en la causa justa de su discurso, trata de mostrar mediante el despliegue de las herramientas plásticas que conforman el conjunto de su instalación.
“Los artistas contemporáneos”, señala el filósofo José Luis Pardo, “tienen que crear la instancia que los legitima, recurriendo para esa legitimación a la justicia de las causas políticas a cuyo servicio se ponen”. ¿‘Un mundo turbiamente vivo’ está al servicio del discurso contra la devastación del territorio a nivel planetario? Parece que sí, aunque tal crítica sea, en el fondo, la razón de ser de una obra pensada, precisamente, para hurgar en una herida sobre la que se pone el parche de la representación.
O, mejor dicho: la representación no termina de mostrar la herida enunciada en los propósitos del discurso, salvo, de nuevo, en la práctica discursiva que atraviesa el conjunto. Y es mediante el discurso que llegamos a palpar cierta melancolía ligeramente inscrita en el juego de luces y sombras.
Una melancolía que, para no transformarse en bilis negra, se apoya en las luces de la razón –precisamente esa que han perdido los ambiciosos tecnofascistas– para transformarla en razón emotiva: Regina de Miguel alumbra espacios esperanzadores para aquellos que quieran verlos en su exposición. Chispazos utópicos en un universo esquilmado que necesita cuidados. Los cuidados de una artista empeñada en seguir tratando de dar forma a tanta causa noble.
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