Isabel Peña. El castillo

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‘El castillo’
Creadores: Isabel Peña y Eduardo Villanueva
Directoras: Elena Martín y Sandra Romero
Reparto: Raúl Arévalo, Valentina Vidal, Omar Ayuso, Laia Marull, Marc Rodríguez, Rubén Martínez y Claudio Villarubia
Adaptación de la novela ‘El proxeneta’, de Mabel Lozano
Música: Olivier Arson
Fotografía: Alana Mejía, Diego Cabezas
Serie de 6 episodios de 50’
España, 2026

Hay mundos y mundos. Está ese mundo al que llamamos vida cotidiana, que podríamos enmarcar dentro de aquellos espacios y experiencias que forman parte de eso que nos es conocido o se muestra de manera evidente a nuestra percepción. Y luego hay otros mundos que discurren de manera paralela y que, o bien ignoramos o, presentándose a nuestros ojos, no somos conscientes de qué dramas o conflictos se mueven tras su fachada exterior.

Basada en la novela ‘El proxeneta’, de Mabel Lozano, ‘El castillo’, la última producción de la plataforma Movistar Plus, quiere que nos acerquemos a uno de estos mundos. Adaptada para la pequeña pantalla por Isabel Peña (‘El reino’, ‘El ser querido’) y Eduardo Villanueva (‘El apagón’), esta serie de seis capítulos de una hora de duración, dirigida por Elena Martín y Sandra Romero, nos abre una puerta a un espacio y un tiempo. El espacio: esa malla de clubs de carretera que pueblan el paisaje de nuestro país. El tiempo: desde los años 90 –aquellos años del ladrillazo– hasta la actualidad.

Bajo ese marco se mueven una serie de personajes que han hecho de esos espacios y de este momento de nuestra historia, nuestro presente, su ecosistema vital. De un lado, tenemos al Suizo (Raúl Arévalo), un hombre curtido en las calles que regenta uno de esos clubs de carretera. En el extremo opuesto, están la inspectora Carmen Osés (Laia Marull) y Gerardo (Omar Ayuso), un joven policía que acaba de unirse a la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedad Documental).

Y, por último, tenemos a Claudia (Valentina Vidal), una joven colombiana que es atraída hacia España por una red de proxenetas bajo el engaño de una promesa que nunca cumplirán. Todos ellos forman parte de una trama que tiene en el centro la trata de mujeres en España.

Sobre ese tiempo, ese espacio y estos personajes, tan reales, charlábamos con Isabel Peña y Eduardo Villanueva, creadores de la serie, y Valentina Vidal, que interpreta a esta joven Claudia. Tiempo para tomar un café en la terraza de los Cines Babel de València, previo a la presentación en sociedad de este trabajo que ya puedes disfrutar en la plataforma de streaming. Tiempo para tratar de rasgar el velo e intentar que tomemos conciencia de uno de esos mundos que, estando tan cerca, se quedan ocultos, quizá porque no nos atrevemos a mirar.

La novela de Mabel Lozano se titulaba ‘El proxeneta’. Vuestra serie se titula, en cambio, ‘El castillo’. ¿Por qué ese cambio título y por qué ‘El castillo’?

Isabel Peña (IP): Pues durante un tiempo el proyecto se llamó ‘El proxeneta’ porque, en el libro de Mabel Lozano, el proxeneta era el único protagonista de la historia. Pero luego todo fue transformándose, mutando y convirtiéndose en otra cosa y nos parecía que ese ya no era un título que englobara nuestros tres puntos de vista.

Entonces, empezamos a darle vueltas y, cuando apareció este concepto, al principio nos sentimos extrañados porque es un título que abarca muchas cosas, pero ninguna en concreto, y pensamos que quizás no fuera un buen título. Pero, poco a poco, se fue sedimentando y ahora estamos muy felices con él porque, al final, esta serie, efectivamente, no habla de una sola cosa.

¿Y qué es ‘El castillo’? Pues alude a un sistema; alude a algo que tú ves desde fuera, pero que no sabes cómo es por dentro, alude a algo medieval, a algo muy masculino, a algo que se mantiene con el paso de los siglos.

Y alude también a este pasado español tan reluciente que es el que quizá le ha podido llevar a una persona de un país de esa Sudamérica que fue conquistada por la gran España que, sin haber visto demasiadas imágenes de esa España, de pronto se baja de un avión, se sube a un coche y empieza a ver esos castillos de esa Castilla que, muchas veces, son cuatro piedras. Bueno, había algo ahí que nos parecía que hacía una rima interesante.

Fotograma de la serie 'El castillo', de Movistar Plus.
Fotograma de la serie ‘El castillo’, de Movistar Plus.

La serie tiene, evidentemente, sus conflictos. Pero, mientras la estaba viendo, tenía la impresión de que, en realidad, mantiene una estructura como de mapa. Más que ir detrás de resolver dichos conflictos como catalizadores de una trama, a lo largo de los capítulos vais elaborando un mapa de este submundo de la prostitución. Incluso diría que la serie tiene una cierta intencionalidad didáctica. ¿Por qué escogisteis esa estructura?

Eduardo Villanueva (EV): La elección de la estructura ha sido un proceso muy largo. Como te decía Isabel, al principio, además de estar centrada únicamente en el proxeneta, nuestras primeras aproximaciones a la serie eran mucho más amplias en el tiempo y en extensión.

Nosotros pensábamos en una serie de tres temporadas, de trece capítulos cada temporada, en la que queríamos desgranar cada pequeña cosa, no solo del entramado criminal en sí, sino de todos los elementos de la sociedad que lo sostenían. Todo muy poco a poco, muy despacio.

Eso fue mutando y fue cambiando con el tiempo, pero es verdad que había por nuestra parte una vocación de mostrar un sistema, que puede llamarse mapa, o una serie de elementos que, de alguna manera, participan, por acción o por omisión, para que esto suceda.

Didáctico es una palabra de la que nosotros huimos porque tiene ese componente de enseñar algo o de aleccionar que es un poco feote. Sí que había una vocación de visibilizar, que creo que es distinto. Cuando leímos el libro, nosotros también nos acercamos por primera vez a un universo al que no le habíamos prestado atención hasta ese momento. Y nos pareció aterrador, fascinante y horrible, al mismo tiempo.

Es una de esas cosas que dices, pero ¿cómo puede estar tan a la vista y, a la vez, tan escondido? Nosotros no queremos ser didácticos con nadie, pero muchas veces la ficción es un camino para aprender o descubrir esas cosas que desconocemos.

No se trata de enseñar nada a nadie, mucho menos se trata de enseñar qué pensar, pero sí queríamos poner el foco sobre algo que, hasta ese momento, estaba a oscuras. Sobre todo, queríamos que fuera una puerta de entrada para que la gente pudiera tener esa misma sensación.

El castillo. Movistar Plus
Un instante del rodaje de ‘El Castillo’. Imagen cortesía de Movistar Plus.

La estructura de la serie se reparte en tres bloques o puntos de vista, como decíais, más un extra, añado yo. El primer punto de vista sería el del proxeneta, representado en la figura de este personaje tan carismático, el Suizo. No podemos decir que sea, simplemente, una mala persona, sino que para él todo lo que hace tiene su propio sentido, su propia lógica. De todas esas posibles interpretaciones de este personaje, ¿cuál destacarías?

IP: Bueno, esto que has destacado está muy bien. Lo hablábamos siempre en la sala de guion: una persona que hace el mal en el mundo real, no en el de la ficción, no se levanta por las mañanas y dice “Uhm… voy a hacer el mal». Un político corrupto, por ejemplo, cree que está haciendo lo que tiene que hacer porque es su derecho, porque se lo puede permitir, porque siente que dispone de cierta impunidad.

Pensábamos lo mismo del Suizo. Este hombre se ha hecho un constructo en su cabeza que le funciona superbien y por el cual él es un empresario, gana un dinero y hace ganar dinero a otros.

Él, además, se dice a sí mismo que no daña la mercancía, con lo cual también se pone por encima de sus socios, que sí lo hacen, aunque luego descubrimos que no es verdad, entre otras cosas, porque es un hombre que tiene mucha violencia adentro. Nos parecía que era muy interesante, que daba mucho miedo desde un lugar muy real.

El otro punto de vista es el de la Policía. Me llama especialmente la atención el caso del personaje de Gerardo, como representante de ese mundo. Me sorprende que, ante algo que parece tan visible, tan a la vista de todos, no lo supieran. Hay ahí una cierta ingenuidad o candidez que me sorprendió. ¿Fue así en la realidad?

EV: Es así… O era así. La aparición en nuestras vidas del personaje de Gerardo, de ese punto de vista, nos fue muy satisfactorio porque, de alguna manera, eran los ojos del espectador, los ojos de alguien que realmente no sabía lo que estaba sucediendo y que, de repente, empieza a ver y, de su mano, vamos descubriendo las cosas que ocurren en el interior de algunos de estos clubes.

Ese personaje, que se podía parecer un poco más a alguno de nosotros, era real. Te lo cuentan mucho los policías. Son unos años donde cambia un poco el modelo de explotación sexual. La trata de mujeres empieza a hacerse un poco más masiva debido a muchos procesos relacionados con la globalización, en los que la gente se aprovecha de ciertos mecanismos, y ellos vivían en la inopia. No conocían este delito, en parte, porque era nuevo y, por otra, porque el crimen siempre va por delante de la legislación.

Pero también porque está asociado a algo socialmente muy permitido, tolerado, que es darle rienda suelta al deseo masculino. Como dicen los personajes en la serie, “esto es prostitución de toda la vida”. Entonces, al desconocimiento de un tipo de crimen nuevo se une una vocación muy escasa por interesarse por esa realidad, por lo que puedan estar pasando algunas de esas mujeres que están en esa situación.

Valentina Vidal en un instante de 'El castillo', de Movistar Plus.
Valentina Vidal en un instante de ‘El castillo’, de Movistar Plus.

El tercer punto de vista sería el de las mujeres, las víctimas. En tu caso [en referencia a la actriz Valentina Vidal], lo que me gusta del personaje de Claudia es cómo has conseguido transmitir su lado más íntimo. No me refiero tanto a lo que pasa, a los hechos, como a la representación de todas esas emociones por las que va a pasar, a sus sentimientos. ¿Cuál fue el caballo de Troya a la hora de conseguir representar esa intimidad, esa cercanía del personaje?

Valentina Vidal (VV): Todo estaba muy claro desde el guion. A partir de ahí, ya creo que todos fuimos por la misma línea. Luego, el trabajo con las directoras me ayudó mucho a ver la contención de las emociones de Claudia, a entender a esta mujer que está en un contexto en el que, de alguna forma, está reprimida.

Esas mujeres están todo el tiempo vigiladas y entre ellas mismas no existe la confianza suficiente para disfrutar de una cierta sororidad, sino que, entre ellas mismas, se vigilan. También está la figura de la mami, es decir, que no hay una manera en la que ella se pueda expresar como quisiera.

Yo rescato mucho el trabajo con las directoras, Elena Martín y Sandra Romero. Tienen una manera de trabajar muy desde la sensibilidad y desde la verdad. Las dos me llevaron por un camino del que, en algunos momentos, quizá yo me podía salir un poco, o si perdía un poco el foco de lo que querían ver en Claudia, siempre estaban Isa, Edu y las mismas Sandra o Elena para volver a encaminarme.

Hace poco entrevisté a Diego Luna sobre la última película que ha dirigido, en la que se asoma también a la cuestión de la inmigración en México, y le preguntaba si su país es, como se suele decir, un Estado fallido. Te pregunto lo mismo con respecto a tu país, Colombia. ¿Cómo ves la situación?

VV: Estoy de acuerdo en que es una falla de ambos sistemas. En este caso, de Colombia, en el que, para estas mujeres, se repiten ciertos patrones, como son la vulnerabilidad y las necesidades económicas. Yo creo que el propio país tiene una responsabilidad muy grande y ahí han fallado en no dar las herramientas ni garantizar que las mujeres tengan la posibilidad de estudiar, de trabajar y tener, de alguna otra forma, una vida digna.

Y ya luego, cuando viene aquí, en la serie también se muestra que es una falla del sistema. Pero sí me parece que es una buena oportunidad para hacerle preguntas a los gobiernos de mi país, a los anteriores o al presente, sobre qué se puede hacer o por qué no ha habido más esfuerzos para evitar que las mujeres sigan teniendo la necesidad o que lleguen al punto de tener que tomar estas decisiones.

Decíais que la serie se articula alrededor de esos tres puntos de vista. Pero creo que habría un cuarto o extra que es el punto de vista del sistema judicial, en el que se centra el último capítulo. Sin revelar nada, la verdad es que este capítulo plantea muchas cuestiones interesantes. Voy a ese momento en el que, tras el juicio contra el Suizo, los jueces llegan a plantearse la disyuntiva entre un sistema de garantías o si ese sistema de garantías es realmente útil para resolver ciertos problemas. ¿Cuál diríais que es la tesis de la serie sobre esta cuestión?

IP: Es curioso porque, durante la gestación de la deliberación, en nuestra pizarra había muchos conceptos, muchas líneas rojas y una de ellas era sobre el sistema garantista porque explica mucho de nuestro sistema.

Pero como no nos daba tiempo a meterlo todo, como no queríamos ser demasiado didácticos ni demasiado explicativos, al final decidimos que, simplemente, uno de los jueces lo dejara caer. Y esa ha sido nuestra manera de poder dar esa pincelada, que, aunque cuenta mucho, no somos el tipo de guionista que va a ponerse a explicar los porqués.

EV: Como en cualquier cuestión compleja, no es que sea difícil tener una opinión, es que es muy difícil tener una opinión unilateral. Claro, el sistema tiene ventajas indudables que presuponen derechos, pero, al mismo tiempo, genera grietas, huecos por donde se cuela la criminalidad, en su sentido más amplio.

IP: Y, sobre todo, hay casos concretos donde esas grietas escuecen.

EV: Claro, en general, pasa mucho en los casos de violencia contra las mujeres, no solo en los delitos de trata. En los delitos en los que todo depende de contrastar un testimonio frente a otro, es un sistema que, efectivamente, no da sustento a la realidad de muchas personas.

Yo no me atrevo a decir si hay una cosa mejor ni, muchísimo menos, cuál sería esa cosa mejor. Como todo lo que hemos abordado en esta serie, hay algunas cosas sobre las que tenemos una opinión muy clara, evidentemente.

Está muy claro qué cosas son una atrocidad, pero, frente a la complejidad de todo un sistema sociopolítico, económico y judicial, a pesar de llevar miles de años intentando mejorar la sociedad, el sistema no es perfecto. Y no solo no es perfecto, sino que tiene fallas muy graves. Pero, claro, decir cómo se mejora es complicado.

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Hay un momento a partir del cual ese último capítulo se centra en la mirada de la jueza. Es un primer plano recurrente que prácticamente articula todo el capítulo. ¿Qué significa para vosotros esa mirada? ¿Por qué ponéis en ella tanta atención?

IP: La mirada de la jueza. Cuando caímos en esta idea, dijimos: “Vale, esto le da sentido al juicio”. Por un lado, el juicio es un material muy apetecible. No es que sea especialmente original, pero también sentíamos que era la forma de acabar esta serie. Había algo muy interesante para Edu y para mí en el hecho de llevar cinco capítulos y un tercio contando una historia desde tres puntos de vista y, de pronto, decir: “Todo esto que ha generado tanto dolor, ahora pasa a manos de un personaje nuevo, que es como ocurre en la realidad”.

De pronto, esta trama que abarca años y años de emociones, de quebraderos de cabeza para otros, se convierte en un sumario, más o menos grueso, que hereda una persona que no sabe nada de nadie. Nos parecía muy revelador, una vez más, de cómo funcionamos como sistema. Y de ahí que la protagonista, a partir del minuto veinte, sea la que tiene que decidir, la que no sabe nada ni de Claudia ni de Gerardo ni del Suizo.

EV: Estaba todo ese aparato sistémico, que era lo que más nos interesaba, pero también había algo en esos principios de objetividad, inevitablemente teñidos de subjetividad, que rodean a todo un proceso judicial. A ese cambio de manos se le presupone una cierta objetividad porque es alguien desvinculado de toda la investigación.

Pero, aparte de no saber nada y, en general, tener muy poco tiempo, nos interesaba centrarlo en su mirada porque, más allá de ceñirse a lo que dicen las leyes, esa persona acabará emitiendo un juicio interno, un juicio moral sobre lo que está viendo. Eso nos parecía muy interesante: en qué manos acaba esto. Sin criticarlo, por supuesto. Simplemente, contarlo.

Hay una cosa que me ha pasado cuando he visto la serie, y es que he acabado exhausto. Desde el primer fotograma, entras en un mundo muy duro en el que, a veces, quieres seguir y del que, en otras ocasiones, quieres escapar, precisamente, por esa espesura que exudan las imágenes. ¿Cuál es vuestra posición con respecto al espectador?

EV: Mira, esto nos ha dado muchos quebraderos de cabeza durante mucho tiempo. Somos conscientes de que es un universo duro. Pero, bueno, llegó un momento en el que sabíamos que esa era la manera que habíamos encontrado y que nos gustaba de contar esta historia, y ahí nos olvidamos.

Quiero pensar que no solo hay un interés en conocer lo que sucede ahí, sino que hay también una pulsión narrativa sobre una serie de cosas que te llevan a querer saber lo que pasa después, de tal forma que esa dureza se convierta en interés por seguir conociendo más, tanto de los personajes y de la trama, de lo estrictamente cinematográfico, como de este universo, de su visibilización, como decíamos al principio.

Somos conscientes de que la gente igual ve un capítulo hoy y necesita tres días para verse el siguiente. También ha pasado lo contrario. Ayer un taxista me dijo: “Me la he bebido en dos tardes”. O sea, que creo que es una serie que apela tanto a un lugar que puede ser muy sensible, y ahí creo que hay gente a la que le va a resultar efectivamente agotadora y va a necesitar un poco de reposo entre cada capítulo, y gente a la que, por otras razones, le va a llegar.

Por lo que cuenta ‘El castillo’, este mundo de la prostitución sigue ahí. ¿Tiene solución? ¿Hay una salida?

EV: Bueno, primero es importante decir que nosotros no hablamos ni queremos hablar ni englobar todo el universo de la prostitución. Nosotros hablamos de una parte muy concreta que es la trata de mujeres con fines de explotación sexual, que es una parte de la prostitución, pero no toda.

Hay mucho debate sobre cuánta parte de la prostitución es explotación sexual y, de esa, cuánta parte es trata. Es un tema tan complejo que hay muchísimas posturas. Nosotros siempre decimos que cuanto más estudiamos y más leemos, menos sabemos o menos claras tenemos la nuestra.

Y ahí no es ni desesperanzador ni ninguna otra cosa porque no estamos hablando de la prostitución en general. Sí que me gustaría reenfocar el final de la serie en el sentido de que hace referencia, como digo, al mundo de la trata. La trata sí que es algo que sigue sucediendo, eso es lo que contamos en el final de nuestra serie.