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‘¿Cuándo empieza y acaba una película?’
Lucrecia Martel en conversación con Noelia Ramírez
‘En pausa: diálogos para pensar el presente’
CaixaForum València
Eduardo Primo Yúfera 1A, València
29 de septiembre de 2026
El marco era el imponente edificio sede de la Fundación Caixaforum en la Ciutat de les Arts de València. El contexto, el arranque de una nueva edición del ciclo de pensamiento ‘En pausa: diálogos para pensar el presente’, un programa de conferencias que nos invita a tomarnos, quizá, el bien más preciado que atesoramos –el tiempo– para meditar sobre la sociedad que nos ha tocado vivir.
Como destacan sus organizadores en la web de la institución, ‘En pausa’ nos propone “un gesto radical: detenernos. Parar para escuchar algunas de las voces más relevantes del panorama actual con la voluntad de repensar el presente con lucidez, sensibilidad y sin prisas”.
El ciclo reúne invitados de ámbitos como la filosofía, la sociología, el arte, la literatura o la ciencia para poner de relieve, desde el diálogo, la importancia de abordar los desafíos contemporáneos desde una perspectiva interdisciplinar. Es una reivindicación del valor del tiempo lento, de la palabra precisa y la escucha como condiciones para el pensamiento.
Este pequeño programa de dos sesiones comenzaba el pasado 29 de septiembre con la visita a València de la directora argentina Lucrecia Martel para protagonizar una charla junto a la periodista Noelia Ramírez bajo el título ‘¿Cuándo empieza y acaba una película?’.
De fondo, Martel se trajo consigo el estreno de su última producción, ‘Nuestra tierra’, una pieza documental que aborda la lucha por mantener su territorio por parte de la comunidad indígena Chuschagasta, en Argentina, y su último libro, ‘Un destino común: Intervenciones públicas y conversaciones’ (Caja Negra, 2025), que reúne diez conferencias y clases donde la directora de ‘La ciénaga’ explora los recursos que activan su cine y su mirada hacia el mundo.
Tras las presentaciones de rigor y para empezar a responder a una pregunta tan amplia, Martel planteó la necesidad de reformularnos todas nuestras taxonomías, los términos y palabras que nos permiten clasificar el mundo. Dentro de este proceso de revisión, se enmarcaría la pregunta que encabezaba la charla en torno a en qué momento comienza y termina una película.

En ese sentido, Martel distinguiría la mirada de la industria, para quien la cuestión quedaría reducida a un asunto puramente técnico, entre el momento en que comienza la producción y cuando esta recibe el número de registro correspondiente o, en términos más poéticos, por el lapso de tiempo que discurre entre la proyección de los créditos iniciales y finales de la película. Para la directora, sin embargo, ese momento se expande mucho tiempo atrás y mucho tiempo después o, si hay suerte, como afirmó Martel, “no termina nunca”.
Siguiendo con su razonamiento, la también guionista y productora argentina expresó la necesidad de ir más allá de las meras palabras y mantener una larga conversación que supere todo consenso tácito. En ese sentido, para la autora de ‘Zama’ estamos en una época en la que nos cuesta mucho conversar. Por otra parte, la profesión de cineasta, centrada en la producción de imágenes y sonidos, tiene una gran dependencia de las palabras, lo que también le fuerza a reflexionar sobre su sentido.
Para encontrar ese sentido será necesaria una conversación que dure algo más que una sola palabra, es decir, un tiempo para atemperar los ánimos y confrontar, así, los prejuicios, los apriorismos, las definiciones taxativas que tanta violencia conllevan (pensemos en el terreno de la política), y empujar la conversación hacia ese espacio más allá tan necesario para dar un nuevo valor a aquello que estamos sosteniendo o que se da por sentado desde otras conversaciones pretéritas.

Bajo estos ejes, la palabra aparece, en la última película de Martel, como el mayor obstáculo para romper el círculo de poder que tiene maniatada a una comunidad como los Chuschagasta a través de los títulos de propiedad sobre las tierras donde se encuentran sus asentamientos y explotar sus recursos naturales.
¿Y quién le otorga a esos títulos, a esas palabras, dicho poder? Un texto escrito cuyo sentido Lucrecia Martel remonta a los tiempos del colonialismo español que, mediante la palabra (escrita) de Dios, sojuzgará a estos pueblos (si todo es creación de Dios, es obvio que a alguien que tiene otras creencias se le va a considerar un usurpador, razonará la directora).
Es decir, Dios como la primera excusa de propiedad en el continente: si Dios delegó en el papa la administración de los bienes materiales y espirituales, si el papa le delegaba al rey de España su administración y los grupos indígenas no aceptan esta jerarquía de autoridad y esta transferencia de propiedades, tendrían que ser, en buena lógica, exterminados… y con la mayor violencia posible.
Hoy, esa violencia, esa excusa a través de la palabra, se ha transferido, como decíamos, a los títulos de propiedad (conocidos como “títulos perfectos” en Argentina) o lo que es lo mismo: textos llenos de palabras que certifican una verdad corroborada desde la Administración, mediando, como suele suceder muchas veces, la corrupción institucional.
Documentos que Martel relaciona con su trabajo en el cine a través del guion; otro texto, más palabras que, como los títulos de propiedad, contendrán una verdad en relación a otras palabras y documentos. Textos que establecen realidades; jerarquías que se enfrentan a otras realidades o jerarquías; miradas que quedarán desplazadas, arrinconadas, y su valor pisoteado desde el poder.

Así, la realidad de la tribu de los Chuschagasta, cuya palabra, su historia, los situará para ellos mismos como legítimos pobladores de esta tierra remota que llevan habitando desde hace cientos de años, no servirá de nada frente a otras palabras escritas en un documento de propiedad pasado de generación en generación.
En ese sentido, llevando esta lógica al siguiente paso, para Martel es un error considerar que un ser humano termina en la piel que lo recubre y no en el espacio que habita. Una disociación que ha separado a los seres humanos de su relación con la misma tierra; “una locura” que nos ha permitido cometer todo tipo de “barrabasadas”, según explicó.
Este es el destino y el conflicto al que se enfrentan dichas comunidades, al valor preestablecido de las palabras, de esas taxonomías tácitas sobre las que constreñimos la realidad. Una realidad, la de Argentina, que, como expuso Martel en la charla, se ha construido constantemente “en contra del indio”.
¿Y el cine? ¿Dónde empieza y termina una película? Para Martel, el conflicto que plantea su último trabajo se remonta a su infancia, cuando en 1975, en un viaje en coche por los valles de Calchaquíes, al norte de su país, su madre le señaló otras rutas (la ruta de los incas), distintas a las que ellos iban transitando por la carretera, lo que le hizo tomar conciencia de la existencia de otros caminos, invisibles, donde ese mismo paisaje se podía observar de otra manera.
O, lo que es lo mismo, le hizo tomar conciencia de la existencia de otras miradas hacia la misma realidad. “Para mí, la película empezó ahí”, dijo la directora de ‘Nuestra tierra’ en aquella anécdota y, mucho antes, en todas aquellas ideas que le habían inoculado como argentina durante su educación. Una educación en la que esa realidad indígena quedaba aparcada.
Entonces, ¿dónde empieza una película? Para los miembros de la comunidad Chuschagasta, arrancaría cuando Martel y su equipo se presentaron con sus cámaras, un hecho que les hizo tomar conciencia de que su historia, contra la lógica del mercado del cine, podría ser material para una película.
Para el equipo técnico, la película empieza con un arduo proceso de seducción. “Cuando ellos mismos se dieron cuenta de que lo que estábamos haciendo no era la historia de los Chuschagasta, sino la historia de la Argentina”, comentó la directora. Para los jueces que llevaron el caso por asesinato del líder de dicha comunidad, excusa argumental para la película, cuando vieron las cámaras encendidas en las dependencias de su juzgado.
“Y así habrá infinitos comienzos de la película ‘Nuestra tierra’ y habrá infinitos finales –y ojalá no termine nunca–, hasta el último día en que sirva una película para una conversación sobre nosotros, sobre por qué a unos les toca pasarla mal toda la vida y otros, más o menos, podemos estar mejor”, sostuvo la cineasta.
Para Lucrecia Martel, el cine no son, pues, las películas, y concluyó: “El cine son las infinitas conversaciones que pueden generar una película, y que las conversaciones y esas transformaciones emocionales que suceden en todos nosotros nos permitan, por fin, la única aventura interesante que hay en este planeta, que es transformarlo para que todos estemos más o menos bien”.
Un diálogo sobre el presente y la construcción de la verdad

Tras esta primera intervención, el acto dio paso a una conversación entre Martel y la periodista cultural Noelia Ramírez, redactora de El País y coautora del pódcast ‘Amiga date cuenta’, y a las preguntas del público.
De entre los temas abordados, Martel reflexionó sobre el desasosiego social contemporáneo, afirmando que “lo que me impresiona mucho es el miedo que tenemos todos, lo asustados que estamos” ante el apocalipsis y el desarrollo de la inteligencia artificial.
Respecto a sus creencias, aclaró que no se opone a las religiones, sino a cuando se utilizan “como justificativo o moral para alguna chanchada”, recordando cómo tras su etapa juvenil en la Acción Católica experimentó la pérdida de la fe dogmática y el nacimiento de su “fe en el mundo, en la gente y en mí misma”.
Asimismo, la directora de ‘Nuestra tierra’ abogó por cuestionar la educación preestablecida, rechazó la falacia de vincular la riqueza al mérito moral, criticó “la producción creciente de rentabilidad infinita” y advirtió del peligro del monopolio tecnológico de las corporaciones sobre la IA.
Frente al activismo de redes sociales, donde dando un like se cree actuar, pero se abandona la calle, Martel sostuvo que “la comunidad requiere de espacio extenso, de espacio físico”. Afirmó que “el cine es 95 % caminar, andar por la calle y hablar con gente que uno no conoce”, definiéndolo como un “artefacto de alteración de la percepción” capaz de hacer visible lo arbitrario, a diferencia del entretenimiento en serie de las plataformas que licúa y homogeniza la realidad local.
Por ello, Lucrecia Martel instó a observar activamente el entorno cercano para concluir que el verdadero propósito del cineasta no es determinar la verdad –mecanismo propio del poder–, sino utilizar este lenguaje para “mostrar cómo se construye” y devolverle el sentido a la existencia humana.
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