Galería MÄA. Fran Santa Cruz

MAKMAArte
‘Perpetuum auto-mobile’, de Félix de la Concha
Galería MÄA
Uribitarte Pasealekua 1, Bilbao
Hasta el 31 de octubre de 2026

Hay veces en que los proyectos culturales no nacen de un plan perfectamente trazado, sino de una intuición. Fran Santa Cruz lo explica recurriendo a una imagen tan sencilla como cinematográfica: “En un momento de mi vida, vi un tronco en la ría de Bilbao, me agarré a ese tronco y me he dejado llevar y, de repente, ya he terminado aquí”.

Ese “aquí” tiene ahora nombre propio: MÄA, una nueva galería de arte contemporáneo situada en el Paseo de Uribitarte, a pocos pasos del Guggenheim. Un espacio pequeño, de estructura industrial y con una voluntad que parece querer ser mayor que sus dimensiones. Porque MÄA no nace únicamente con la intención de representar artistas y vender obras, sino con la ambición de construir alrededor de ellas un contexto de conversación, pensamiento, mediación y encuentro.

“Yo la verdad es que estoy intentando descubrirlo”, reconoce Santa Cruz cuando se le pregunta qué es exactamente MÄA. Y quizá esa respuesta explique bien el espíritu de un proyecto que todavía está construyéndose.

De artista a galerista

Santa Cruz tiene 25 años y no procede de una familia vinculada al mercado del arte. Estudió fotografía y tuvo una primera aproximación profesional a la creación que terminó abandonando porque no se sentía cómodo con la idea de “capitalizar el arte”. Sin embargo, aquella etapa dejó una relación con la Galería Ármaga, de León, que años después sería determinante.

Cuando decidió abandonar su trabajo y buscar un nuevo rumbo, regresó a León para aprender desde dentro cómo funcionaba una galería. Allí coincidió con el proceso de preparación de la primera exposición póstuma de Eduardo Arroyo. “Dije: esto me gusta muchísimo. Esto es una cosa maravillosa”, confiesa Fran Santa Cruz.

La experiencia terminó convirtiéndose en un punto de inflexión. Cuando comentó a Marga Carnero, directora de Ármaga, que echaba de menos Bilbao y que no sabía muy bien qué hacer con su futuro, recibió el impulso definitivo: “Me dijo que me veía capacitado para esto”. Y decidió lanzarse. “Tenía 25 años. Pensé: si no lo intentas ahora, no lo vas a intentar nunca”, recuerda.

Una galería autobiográfica

MÄA nace, por tanto, desde la intuición, pero también desde una mirada muy personal. Santa Cruz reconoce que buena parte de los textos y decisiones del proyecto están atravesados por conexiones autobiográficas.

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Una de ellas procede precisamente de Eduardo Arroyo y de ‘Anónimos del café Lord Byron’, una obra que conoció durante su estancia en Ármaga. El trabajo le llevó a reflexionar sobre el papel de las personas anónimas que frecuentaban los cafés literarios parisinos y sobre cómo aquellos espacios podían convertirse en lugares de encuentro para quienes todavía no tenían un nombre dentro del mundo cultural.

Santa Cruz lo vivió casi como un mensaje personal. “Fue como una palmadita en el hombro de Eduardo diciéndome: aunque no seas nadie y aunque tu familia no sea nada que tenga que ver con esto, atrévete”.

De aquella experiencia surgió, también, una conexión entre sus dos territorios: León y Bilbao, unidos en su imaginario por la minería, la industrialización y las migraciones. El negro, presente en aquella obra de Arroyo, acabaría convirtiéndose también en uno de los elementos visuales de MÄA.

Una galería para entrar

Uno de los objetivos que Santa Cruz se ha impuesto es combatir esa sensación de distancia que todavía producen las galerías de arte. Él mismo la experimentó durante años. “Yo no soy abogado ni vengo de una familia de abogados, entonces no puedo entrar en una galería de arte”, recuerda pensando en una sensación que considera bastante extendida.

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De ahí que quiera convertir MÄA en un espacio más permeable. No es sencillo: la propia arquitectura del local le ha mostrado una contradicción. El gran escaparate, que inicialmente parecía destinado a acercar la galería a la calle, acabó funcionando como una barrera. En la exposición anterior, ‘Tegmen’, de Reme Remedios, esa idea de membrana protectora incluso pasó a formar parte del discurso de la muestra.

Ahora, la exposición ‘Perpetuum auto-mobile‘, de Félix de la Concha, abierta hasta el 31 de octubre, propone otra relación con el exterior. Los coches aparcados delante de la galería, que durante meses fueron una frustración para Santa Cruz, dialogan casi accidentalmente con las pinturas de automóviles del artista.

Y la exposición tampoco quiere permanecer estática. Durante octubre, MÄA incorporará encuentros con artistas emergentes que mantienen diferentes conexiones con la obra de De la Concha, haciendo que la muestra evolucione hacia una nueva instalación.

Más allá de vender cuadros

Es precisamente ahí donde aparece la concepción de galerista que está construyendo Santa Cruz. “Somos un poco como los mánagers de los artistas”, explica. Una comparación que utiliza para hablar de una labor que considera poco visible: investigar convocatorias, estudiar portfolios, conectar artistas con instituciones, buscar coleccionistas y acompañar sus carreras.

Para él, la galería funciona como un eslabón entre el artista, el público y las instituciones. “No se ve la labor curatorial”, señala. Tampoco la dimensión educativa y de mediación que puede desarrollar una galería.

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MÄA intenta hacer visible esa parte mediante encuentros, conciertos, actividades gratuitas y proyectos de mediación. Para octubre prepara también un laboratorio de accesibilidad cultural con diferentes asociaciones y colectivos de Bilbao.

Todo ello convive, inevitablemente, con la necesidad de vender obra. Santa Cruz no esquiva esa contradicción. “Necesito un músculo financiero potente”, reconoce. El objetivo no es negar el mercado, sino intentar que no sea lo único que defina el espacio.

Construir una comunidad

En esa tensión entre mercado y cultura se encuentra, probablemente, uno de los principales retos de MÄA. Santa Cruz quiere que la galería sea sostenible, pero también que pueda convertirse en un lugar de encuentro y en una plataforma para artistas que todavía están construyendo su trayectoria.

Su apuesta pasa, además, por acercar generaciones. Frente al rechazo que a veces percibe entre los artistas jóvenes hacia los nombres ya consolidados, propone establecer conexiones: el artista con trayectoria aporta público y experiencia; el emergente, nuevas lecturas y otra manera de mirar. “Es una cosa muy recíproca”, afirma.

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A corto plazo, le gustaría llevar MÄA a una feria de arte. A medio plazo, sin embargo, su ambición es mucho más sencilla y quizá más reveladora: “Ser un espacio que haya permitido construir una pequeña carrera de alguien”.

No habla de convertir a todos sus artistas en grandes nombres. Habla de conseguir que, dentro de unos años, alguno de ellos pueda vivir del arte con cierta comodidad gracias, al menos en parte, al camino iniciado en MÄA.

Quizá por eso la imagen con la que Fran Santa Cruz explica su llegada a Bilbao resulta tan apropiada. No parece haber llegado siguiendo un mapa cerrado, sino, agarrándose a un tronco que apareció en mitad de la ría. Ahora, MÄA empieza a dejarse llevar por la corriente. Y habrá que ver hasta dónde llega.

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