Remedios Zafra

#MAKMALibros
Entrevista a la escritora y ensayista Remedios Zafra
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

Esta mañana temprano he llegado a mi pequeño estudio doméstico como lo hago desde hace tiempo: ojeroso y arrastrando los pies, un poco plof. Al entrar, me he inquietado: todo estaba en su sitio, aunque revuelto en su esencia. El monitor emitía una luz más fría, las teclas sonaban más monótonas y el ratón se me antojaba un quintal.

Y es que, en las pantallas de mis dispositivos, hoy me reflejo como un Sísifo algo obeso que, día tras día, carga píxeles, tareas, encargos, emails y rutinas cada vez más pétreas y cuesta arriba; a diferencia del mito, sin saber el pecado ni quién dictó el castigo.

Para colmo, me toco la mejilla y la noto dolorida, caliente. Miro y remiro en cada rincón, seguro de que alguien se ha colado en mi modesto y sagrado espacio, impregnando continente y contenido (y al que suscribe) con una melancolía penetrante que solo puede destilarse de verdades incómodas: sábese que mi oficio de diseñador acaba pasando facturas más que ayudando a pagarlas.

Entonces, me doy cuenta de que el bofetón –metafórico y que el receptor agradece– me lo ha regalado Remedios Zafra. Tiene que ver con la relectura de ‘El entusiasmo‘ (2017), ensayo que –junto a ‘Frágiles’ (2021), ‘El bucle invisible’ (2022) y ‘El informe‘ (2024)– analiza con agudeza cómo el sistema neoliberal y la cultura digital han transformado el trabajo creativo, intelectual y académico en una forma de explotación aceptada, centrándose especialmente en la precariedad, la burocratización y el sujeto conectado; todo amalgamado con deseo y algoritmos, vocación y pobreza.

Factores que conducen a círculos viciosos como trampas que nos tienden –y nos tendemos– y que nos arrastran a una continuidad laboral –o en expectativa– generalmente inestable, perniciosa y, en el mejor de los casos, mal retribuida.

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) es una de las voces más influyentes del pensamiento crítico contemporáneo. Escritora, ensayista y científica titular en el Instituto de Filosofía del CSIC, su trabajo se sitúa en las intersecciones –a menudo, incómodas– entre cultura digital, antropología, feminismo y las formas contemporáneas de producción simbólica.

Reconocida con numerosos galardones –entre ellos, el Premio Anagrama de Ensayo (2017), el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos (2022) y el Premio Nacional de Ensayo (2025)–, su mirada resulta clave para comprender qué está ocurriendo con quienes crean cultura en este presente hiperconectado. Por mi parte, le pregunto todavía con ilusión, dispuesto a ofrecer con gusto mi otra mejilla ante cualquier otra verdad que me venga dada.

En sus ensayos, usted desarma los engranajes dañinos del entusiasmo como trampa para la precariedad creativa. ¿En qué momento esta emoción se convirtió en una herramienta para estabularnos?

Hay una coincidencia temporal que hablaría, por un lado, del aumento de trabajadores creativos derivados de unos estudios a los que llegan (en muchos casos) con vocación y con el aliciente añadido de ser las primeras generaciones de sus familias que se forman en la universidad. Convertir expectativa en formación y trabajo ha sido un alimento para su entusiasmo. Por otra parte, el giro tecnocapitalista ha sabido instrumentalizar la gran cantidad de trabajadores cualificados y disponibles para lograr más por menos, ofreciendo trabajos precarios pero competitivos donde se hace rivalizar a los que antes eran compañeros para lograr trabajos temporales, poco pagados o pagados exclusivamente con capital simbólico.

Es la tercera coincidencia temporal que quería apuntar: la forma en que la visibilidad se ha convertido en base legitimadora de un tipo de pago que se cambia por audiencia o como inversión en un futuro quizá mejor remunerado al que llegar trabajando para ser vistos. La lógica de esta mecánica ha sido instrumentalizar a quienes están muy motivados y abusar de que su entusiasmo puede animarles a colaborar gratis en no pocos trabajos, pero también a hacerles competir para seleccionar no ya al más cualificado, sino al que aparentando ser más entusiasta pueda dar más por menos.

Esta dinámica ha sido un mecanismo de precarización que, especialmente, ha afectado a personas formadas y con expectativas, derivando en frustración y desafecto en muchos casos, y coincidiendo, además, con crisis consecutivas que han buscado hacer sistémica la precariedad que parecía coyuntural.

Cuando supe que iba a entrevistarla, quise que me firmara ‘El entusiasmo’, aunque tras releerlo ya no sé si esa petición de rúbrica es buena o mala: ni que la haga usted ni pedírsela yo. ¿Qué revela este deseo en la economía simbólica que analiza?

Creo que podemos compartir firmas y dibujos en nuestros libros sin problema. Hay agradecimiento sincero en el gesto de quien firma y, claro, un gran peso simbólico. Es algo distinto a la crítica que realizo a la economía simbólica del trabajo creativo. En ese caso, apunto a quienes se lucran convirtiendo el capital simbólico en pago suficiente para quienes trabajan en el ámbito académico, creativo y cultural, valiéndose de la motivación y, a menudo, entusiasmo de quien escribe o crea.

Cuando se legitima que un trabajador creativo ya está pagado con la mera satisfacción de hacer lo que le gusta, se alimenta su precariedad. Es algo incentivado por quienes rentabilizan el trabajo cultural haciendo cultura gratis y pagando con reconocimiento, certificados, aplauso o visibilidad a los entusiastas (exposiciones, recitales, publicaciones, conciertos…). 

Tolerar esta idea implica aceptar que solo los ricos (que ya tienen dinero y se pueden permitir canjear el capital simbólico por prestigio) o los valientes (que se desentienden de responsabilidades y cuidados) son quienes pueden mantener esta forma precaria de producción. De manera que quedan fuera quienes no tienen recursos o tienen a otras personas a su cargo y, por tanto, necesitan cobrar por sus trabajos creativos. En la base que alienta la idealización de la creación (alejándola del trabajo), descansa una estructura precaria y de desigualdad.

No obstante, la crítica que yo realizo no es contra el capital simbólico en sí mismo, que me parece parte importante de nuestro trabajo y que, por supuesto, valoro. Firmar un libro o que me firmen un libro me parece un gesto hermoso en nuestro trabajo. Pero, insisto, ningún poeta, ninguna artista puede comer meramente con el capital simbólico, y en su uso radica la posibilidad de que personas formadas (pero pobres) puedan también aspirar a dedicarse a esos trabajos que, en otro tiempo, fueron de ricos, locos y valientes (el masculino es intencionado).

En facultades y estudios se repite que la calidad excepcional –sea encargo o autoencargo– acabará siendo reconocida. ¿Cómo de actual y sano es este dogma?

Es algo arraigado y, sin embargo, cada vez más problemático. La idea de que la calidad excepcional termina encontrando su lugar opera como una promesa meritocrática que al principio tranquiliza, pero que no se sostiene del todo en las condiciones actuales de producción cultural. Por un lado, es cierto que el cuidado, la exigencia y la búsqueda de calidad siguen siendo valores importantes, pero el problema aparece cuando esa exigencia se desconecta de las estructuras reales de reconocimiento y de distribución de oportunidades.

Quiero decir que, en un ecosistema cultural saturado, atravesado por la visibilidad algorítmica, la intermitencia laboral y la competencia constante, la calidad, no garantizan ni estabilidad ni reconocimiento. A veces, ni siquiera garantiza ser vista. Malos tiempos para el espesor y la profundidad de los buenos trabajos, porque lo que se incentiva a mostrar es el resumen, la semblanza, la cubierta…

Además, este dogma desplaza la responsabilidad hacia el individuo (si no te ven es porque no te has esforzado lo suficiente). Eso invisibiliza factores como el capital social, las redes, el acceso a recursos o, incluso, el puro azar. Y, especialmente, contribuye a naturalizar la precariedad, porque invita a aceptar condiciones inestables rentabilizadas por un marco tecnocapitalista bajo la promesa de un reconocimiento futuro que puede no llegar nunca.

Es bajo esta mirada que, más que un dogma, diría que es una idea incompleta que necesita ser revisada a la luz de las condiciones materiales actuales del trabajo creativo. Por ello, me parece importante cuestionar no ya la calidad en sí, sino su fetichización como único criterio de legitimidad y como garantía de recompensa.

Porque, quizá, junto a la pregunta de si una obra es buena, debiéramos cuestionarnos cómo estamos creando, en qué condiciones producen, hacen circular y se valoran las creaciones hoy en día. Ahí es donde el entusiasmo (tanto motor como trampa) se vuelve ambivalente, pudiendo sostener prácticas creativas muy valiosas, pero también favoreciendo ser explotados para justificar la autoexigencia sin límites y la aceptación de condiciones injustas.

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

En nuestros solitarios cuartos hiperconectados, marcados por la sobreabundancia de información y herramientas tecnológicas, ¿qué está ocurriendo con el pensamiento crítico?

En estos cuartos conectados, lo que observamos no es una desaparición del pensamiento crítico, sino una transformación condicionada por el entorno; una inercia hacia la simplificación activada, entre otras cosas, por la ansiedad creciente. La sobreabundancia de estímulos, información y herramientas genera una sensación de actividad constante que, paradójicamente, deja poco espacio para la pausa necesaria que exige pensar críticamente. El pensamiento crítico requiere tiempo, silencio y cierta distancia, y hoy esos elementos están cada vez más erosionados.

Además, la hiperconectividad favorece dinámicas de validación inmediata (likes, compartidos, visibilidad…) que pueden desplazar el valor del pensamiento crítico hacia un valor muy distinto: el de la aprobación. Esto provoca que muchas ideas no se desarrollen en profundidad, sino que se adapten a lo que es más visible o aceptado, debilitando así la capacidad de cuestionar, matizar o sostener posiciones complejas que exigen cierto espesor.

La crítica, en este sentido, no es a la tecnología en sí misma, sino a su orientación por parte de las actuales industrias digitales hacia lógicas de aceleración, exceso y precariedad que aumentan sus ganancias al tiempo que rebajan la capacidad crítica de las personas. Cierto que nunca habíamos tenido tanto acceso a información ni tantas herramientas para contrastar, aprender y construir pensamiento propio, pero el empuje anima a delegar en ellas o a usarlas en contextos de normalización de la prisa.

Habla de “la vida pospuesta” como espera indefinida, pagada con promesas, oportunidades, visibilidad, clicks, becas, prácticas y colaboraciones. ¿Qué efectos producen estas hipotecas de futuro?

Cuando hablo de “la vida pospuesta” me refiero a una forma de habitar el presente bajo la promesa constante de un futuro que justifique la precariedad actual. Estas hipotecas de futuro (pagadas con visibilidad, oportunidades o aprendizajes) generan una economía de la espera en la que el trabajo se acepta sin garantías, confiando en que algo mejor llegará después y convirtiendo la espera en excusa (cuando logre un trabajo fijo, cuando consiga vivienda…).

En esa concatenación de “cuandos” que implica un “después”, el problema es que ese “después”, muchas veces, no se concreta o lo hace de forma insuficiente. De forma que uno de los efectos más claros es la conversión de la expectativa en frustración. Cuando la recompensa prometida se retrasa indefinidamente, el entusiasmo inicial se erosiona y da paso al desgaste emocional. Esto no solo afecta a la motivación, sino también a la autoestima, porque la falta de reconocimiento se interioriza como un fracaso personal, cuando en realidad responde a dinámicas estructurales. 

Por otra parte, esta lógica dificulta enormemente organizar la vida. Cuando el trabajo, especialmente el creativo, se presenta como vocación y oportunidad constante, tiende a desbordar los límites del tiempo personal, convirtiéndose en vida-trabajo. Y, sin horarios claros ni estabilidad, el presente queda subordinado a una expectativa futura que nunca termina de asentarse, haciendo más difícil construir proyectos vitales sostenibles y habitables.

Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías de creer en ti. Vales más de lo que piensas. Créeme”. Esto decía, recientemente, Bad Bunny, sufragado por una Big Tech ante una enorme audiencia. ¿Qué son estos héroes ocasionales patrocinados que llegan al podio?

El de Bad Bunny es un claro ejemplo de cómo el mercado se vale de la fama para asentar sus mensajes, pero tiene algo también peculiar. Por un lado, lo que comentas forma parte de la construcción de figuras ejemplares que participan en asentar el relato del mérito individual: “Si crees en ti, lo lograrás”. No es un mensaje falso en sí mismo, pero sí profundamente incompleto cuando se enuncia desde escenarios amplificados por grandes plataformas tecnológicas, donde el éxito aparece desvinculado de las condiciones materiales, las redes de apoyo o los privilegios estructurales. 

Estos “héroes ocasionales patrocinados” funcionan como narrativas movilizadoras que simplifican trayectorias complejas en relatos fácilmente consumibles. En ese sentido, pueden ser leídos como dispositivos que refuerzan un imaginario de individualismo competitivo alineado con lógicas de mercado. Lógicas donde cada sujeto es responsable absoluto de su destino, y el fracaso se reinterpreta como falta de esfuerzo o de fe en uno mismo. Este marco desplaza la atención de las desigualdades estructurales y convierte la inspiración en una forma de gobierno emocional, donde el entusiasmo puede ser también una herramienta de captura.

Ahora bien, sería reductivo quedarnos solo en esa lectura crítica. Pienso en algo más reciente y en cómo estas mismas figuras, por su capacidad de convocatoria, también pueden generar grietas en el discurso espectacular dominante. En contextos de alta polarización política y de odio hacia la cultura latina, como los asociados a Donald Trump, ciertas intervenciones públicas pueden funcionar como contraespectáculo, espacios donde se introducen mensajes alternativos, sensibilidades críticas, diversidad y formas de comunidad que desbordan el imaginario simbólico hegemónico. 

Quiero decir que, así como este artista trabaja a favor del tecnomercado que le paga, trabaja en el contexto de lo simbólico, donde puede permitirse hacer críticas y escenificaciones disruptivas tan o más poderosas que ese mensaje publicitario. Hacerlo en el mismo marco simbólico donde gobernantes-personajes como Trump se empeñan en actuar.

Describe un precariado muy cualificado, competitivo, proclive a la autoexhibición y dócil con el sistema. ¿Cómo impacta esta condición en la experimentación, la capacidad transformadora y la calidad cultural?

Quiero decir que son trabajadores que saben mucho. Ese precariado altamente cualificado vive atravesado por una tensión constante donde confluyen presión de agrado, miedo al fracaso (síndrome del impostor), encadenamiento de convocatorias y trabajos de autogestión… Y pueden trabajar mucho, pero dependen de una visibilidad frágil y de oportunidades inestables. 

En ese contexto, la experimentación se resiente, porque arriesgar implica desaparecer del radar, dejar de ser legible para los algoritmos o para quienes reparten reconocimiento en procedimientos cada vez más competitivos. La autoexhibición, además, desplaza el tiempo de la creación hacia el tiempo del mostrarse, haciendo que, muchas veces, se produzca pensando en su circulación antes que en su necesidad o en su potencia crítica.

La capacidad creadora no desaparece, pero se ve condicionada por esta lógica de competencia y docilidad. Se tiende a reproducir lo que funciona, lo que ya ha sido validado, limitando la posibilidad de desviarse, de fallar, de explorar sin garantías, de innovar. Y esto me parece muy relevante, pues, en una cultura excedentaria en la producción, producimos ante todo sucedáneos. Sin condiciones para experimentar, sin un necesario margen de error, la creación pierde espesor, se vuelve más previsible, más ajustada a demanda que a búsqueda. 

En consecuencia, la calidad cultural se empobrece en términos de diversidad, profundidad y riesgo; no porque falte talento, sino porque las condiciones de producción lo encauzan hacia formas más seguras y visibles. Para sostener la creación, importa defender espacios donde lo incierto, lo no rentable y lo no inmediatamente reconocible puedan existir sin quedar expulsados (como ocurre con tantas aplicaciones o estructuras laborales que, directamente, descartan esos valores de la cultura).

Sostiene que el sistema ha universalizado condiciones históricamente feminizadas –disponibilidad, invisibilidad, vocación–, mientras el poder sigue concentrado en estructuras masculinizadas. ¿Por qué esta desigualdad se reproduce incluso en contextos que se presentan como meritocráticos y neutrales?

La aparente neutralidad de muchos entornos contemporáneos oculta que las reglas del juego no son iguales para todos. Hay verdades a medias y falsedades tras los empeños por mostrar imparcialidad donde hay sesgos no siempre reconocidos.

De hecho, lo que se presenta como meritocracia suele medir méritos ya moldeados por condiciones desiguales: tiempo disponible, redes, estabilidad, reconocimiento previo… Así, cualidades históricamente feminizadas como la disponibilidad constante (hoy, vidas-trabajo), la subordinación (ahora, autoexplotación) o la legitimación del pago simbólico como suficiente (amor en la familia y visibilidad en el trabajo creativo) se normalizan como exigencias en el actual trabajo creativo. Como efecto, no se ha revalorizado lo feminizado, sino que se ha precarizado este trabajo feminizado. 

La neutralidad, en este sentido, no corrige la desigualdad, sino que la disimula bajo criterios que parecen objetivos, pero que siguen premiando trayectorias más cercanas a posiciones de poder consolidadas. Es decir, es una neutralidad epidérmica que difícilmente afecta a la estructura de desigualdad; solo hay que ver las gráficas tijera de la academia y cómo las mujeres dejan de promocionar cuando son madres, o los problemas que jóvenes con pocos recursos tienen para realizar estancias en el extranjero, que son requisitos para seguir promocionando en la academia.

Si no se cuestionan qué se entiende por mérito ni desde dónde se compite, no se interviene en los lastres asimétricos con los que llegan unos y otros. Mientras las estructuras de decisión y validación continúan concentradas en lógicas masculinizadas, jerárquicas, visibles, acumulativas, hay quienes sostienen el sistema desde la parte no visibilizada.

Página interior de la entrevista a Remedios Zafra publicada en MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’.
Página interior de la entrevista a Remedios Zafra publicada en MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’. Foto: Chema Artero, cortesía de la autora.

Si la cultura requiere silencio y tiempo lento, ¿qué estrategias permiten hoy proteger esos espacios frente a la presión de la producción y la visibilidad continuas?

Proteger el silencio y el tiempo lento hoy exige, en primer lugar, desobedecer parcialmente la lógica de la disponibilidad permanente. Esto implica establecer límites, no solo individuales, sino también colectivos, que legitimen la desconexión, la opacidad y los ritmos no productivos como condiciones necesarias para la creación. Recuperar espacios de no visibilidad, donde lo que se hace no esté inmediatamente expuesto ni evaluado, permite que la experimentación y el pensamiento encuentren un tiempo propio, ajeno a la urgencia de mostrarse.

Al mismo tiempo, es clave generar comunidades y estructuras que sostengan esos ritmos. Pienso, por ejemplo, en prácticas de apoyo mutuo, instituciones más conscientes de los tiempos de la cultura y de formas de trabajo diferenciadas, que precisan no medir el valor solo en términos de presencia o rendimiento continuo. No se trata de rechazar la visibilidad, sino de reconfigurarla, de modo que no colonice todo el proceso creativo. Defender el tiempo lento sería, en el fondo, una manera de resistencia cultural frente a la aceleración, que empobrece la experiencia y limita lo que aún puede llegar a pensarse y a crearse. No podemos tolerar que el tiempo sea también otro lujo.

‘El entusiasmo’ se publicó en 2017, cuando la IA generativa aún no había irrumpido. Hoy, con sistemas capaces de escribir, diseñar o ilustrar con gran eficacia, ¿cómo se reconfiguran las condiciones de precariedad que usted analizaba?

El entusiasmo apuntaba a un tipo de precariedad singular: la derivada de la expectativa ilustrada, (quienes han podido estudiar) convertida en frustración por la precariedad normalizada en sus trabajos. Diría que lo que hoy emerge no es una ruptura con aquella precariedad que analicé, sino una intensificación sofisticada de sus lógicas. Entonces, hablaba de sujetos formados, atravesados por la promesa ilustrada, que aceptaban condiciones de trabajo degradadas porque su capital simbólico (su vocación, su deseo de crear, su identificación con lo que hacen) era instrumentalizado para aumentar ritmos productivos y competitivos.

Ahora, esa misma subjetividad es, además, leída, medida y anticipada por máquinas. Pero la novedad vendría de la forma en que la inteligencia artificial entra a disputar el territorio donde la IA muestra su mayor competencia, precisamente en aspectos del trabajo creativo: el lenguaje, la interpretación, la escritura, la producción de ideas, la construcción de lo simbólico… De forma que, mientras la gestión tediosa sigue recayendo en los cuerpos, el trabajo creativo que sostenía la ilusión de autonomía y de salvavidas de sentido entre la precariedad se convierte en un espacio automatizable, cuantificable y, por tanto, más fácilmente explotable.

Esto desplaza la precariedad hacia un terreno más íntimo y diría que, incluso, más devastador, en tanto no solo afecta al de empleo (que afecta y afectará), sino al vínculo con los procesos que nos constituyen como sujetos que piensan y crean. Porque lo que se cede no es únicamente una tarea, sino el tiempo y proceso del hacer, donde habitan la experiencia, el error, el aprendizaje, el descubrimiento, mientras que la lógica de la IA privilegia el resultado (rápido y monetizable) frente al proceso; y en esa cesión se instala un nuevo tipo de desaliento.

No es solo el aumento de la precariedad por el aumento del desempleo, sino la sensación de quedar desposeídos de aquello que daba sentido al trabajo creativo. En este escenario, temo que el entusiasmo corra el riesgo de convertirse aún más en un recurso explotable, una energía que empuja a seguir, incluso cuando el propio hacer ha sido parcialmente expropiado.

Claro que también encontramos potencias que ayudarán a los procesos de trabajo y a una posible reconfiguración laboral, pero el temor y sospecha que he apuntado tienen que ver con cómo las IA siguen sin normativas suficientes y parece que seguirán dependiendo de las empresas que las crean, de manera que es muy probable que la voluntad de causar un menor daño, un mayor bien social, sea neutralizada por su propósito de lograr mayores ganancias.

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Láncenos un salvavidas. Citando el lema de esta revista, ¿cómo podemos lograr que la cultura sea reconocida como una necesidad estructural y no como un consumo espumoso que termina por desgastar a quienes la crean?

Creo que en la cultura encontramos parte de la solución a muchos de los problemas actuales. En un tiempo donde precisamos recomponer el vínculo comunitario como lazo que une futuro y esperanza, es en la cultura donde podemos recuperar el encuentro material (clubes de lectura, teatro, talleres, espacios de creación…).

Es también en la cultura donde se protege lo más humano, la posibilidad de abordar lo complejo, lo inefable, lo contradictorio, lo que no es fácilmente encasillable, es decir, donde las personas no delegan por defecto ni renuncian a ser sujetos. Pero esa cultura se necesita libre de precariedad.

Para ello, cabe desplazar la idea de cultura como adorno social hacia la de “cultura como trabajo que sostiene lo común”. Esto implica reconocer sus condiciones materiales (tiempo, remuneración justa, derechos laborales y marcos institucionales que no la subordinen a la lógica del evento o del impacto inmediato). Mientras la cultura siga midiéndose como consumo rápido, quienes la producen quedarán atrapados en una rueda de visibilidad y desgaste; por eso es clave politizar sus condiciones y hacer visibles los procesos, no solo los resultados.

Ayudaría, además, concebir a la ciudadanía no como público potencial, sino como parte implicada en ese tejido cultural. Defender la cultura como necesidad estructural exige sostenerla colectivamente en políticas públicas, en prácticas educativas y en formas de apoyo mutuo que valoren el tiempo lento y el trabajo invisible. Es imprescindible para dejar de ser espuma y convertirse en un espacio habitable que ayude a mejorar el mundo desde lo simbólico, y donde crear no implique vivir en la precariedad porque tu trabajo te gusta (o te gustaba).