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Abundancia y vacío: la paradoja de la cultura en la era digital
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Cuando separas la basura, das un like, montas algo de IKEA, trabajas con una IA o incluso cuando te esfuerzas o ahorras, estás creando cultura.
Las hay de aquí –asturiana, murciana, vasca– y de allá –aimara, suajili, criolla–; con solera –argárica, mixteca, romana– y modernas, como la woke, LGBT o del cannabis. Por desgracia, también la hubo nazi o bolchevique. Hay bonos para gastarla y test para evaluarla. Cada año se nombra una capital que la representa. Hay cultura del pelotazo, maker, de la cancelación, balompédica, underground y de la paz; por no hablar de la contracultura y las subculturas: punks, otakus, hackers, hipsters, grafiteros… Y, por supuesto, una enorme para gobernarlas a todas: la cultura de masas.
¡Buuum! El término ha explotado atomizando hábitos, identidades, políticas, industrias, estilos y valores. La onda expansiva convive con formas troncales que conformaron arquetipos históricos lo suficientemente duraderos para fijar el valor social y económico de lo producido: pintura, dibujo, artesanía, escultura, música, arquitectura y literatura; más tarde, fotografía, diseño y moda. Son lenguajes que encarnaron la cultura, articulando la cosmovisión de las sociedades para, en ciertos momentos, también actuar como herramientas críticas y transformadoras.
El paradigma de lo artístico –ampliamente asumido– se creó en torno a coleccionistas, críticos, galerías y museos, pero ha perdido centralidad frente al espacio digital y la economía de la atención, erosionando el monopolio de estos gatekeepers: los guardianes tradicionales que decidieron, durante décadas, qué expresiones eran relevantes y cuáles accedían al público. Esta transición, aún inconclusa y llena de claroscuros, ha traído ventajas innegables: una democratización del acceso sin precedentes, el rescate de ingente material invisible o de difícil acceso y nuevas oportunidades para descubrir y promocionar autores que lo habrían tenido crudo en el modelo anterior.
Es aquí donde el diseño emerge como un actor imprescindible. Además de aportar obra al tropel, organiza con precisión el espacio exigido por el continuum publicitario e Internet. No solo estructura el marco contenedor, sino que condiciona la interacción, lo que se consume o comparte, en comunión con algoritmos sesgados que orquestan lo que vemos y oímos.
Se trata de un cambio topológico que desplaza el régimen de autoridad hacia nuevas normas: de visualización (feed, influencer, prescriptor), de validación (engagement, rating, retention) y de difusión (trending, alcance, shares). Todas estas dinámicas, junto con la inmediatez, la simplificación, la sobreabundancia y el mismo medio, diluyen la cultura en un torrente ubicuo de rápido consumo, sin bordes definidos, difícil de interrogar y criticar.
Sin embargo, este nuevo territorio está en manos de un público anónimo que no solo consume, sino que también audita, cuestiona y premia lo auténtico; actúa como altavoz y obliga a las plataformas –por pura supervivencia– a alejarse de la opacidad, practicar una escucha activa comunitaria y fomentar una meritocracia en la que el talento real se valide mediante mecanismos de opinión y ratificación que empoderen al simple clic.

El diseño y sus prácticas continúan percibiéndose como disciplinas aplicadas, evaluadas principalmente por su eficacia y no por su carga simbólica. Basta observar algunas presentaciones de proyectos o eventos: cuando la gráfica que los ilustra se apoya en el trabajo de un artista, se suele detallar su obra y trayectoria, aun siendo irrelevantes; en cambio, si el autor es un diseñador, en no pocas ocasiones ni siquiera se le menciona.
Salvo excepciones contadas, el diseño no se presenta como líder cultural, pero gobierna su actual alfa: las pantallas. Define formatos (vertical, cuadrado, scroll), ritmos (velocidad, repetición, cadencia), valores implícitos (claridad, impacto, síntesis, novedad), criterios de visibilidad (lo destacado, lo patrocinado, lo reconocible) y de popularidad (lo compartible, lo viral, lo relevante). Se trata de un liderazgo funcional y no discursivo, sin relato propio: una hegemonía sin prestigio. Esta materia timonea el soporte, y al hacerlo determina aquello que acabará siendo notable.
Hoy disfrutamos de la mayor riqueza, variedad y volumen de información de la historia, pero lo hacemos a través de pequeñas ventanas que, aun pareciendo infinitas, corren el riesgo de volverse cada vez más estrechas, subjetivas y complacientes. Se produce así una paradoja: la abundancia audiovisual, filtrada por el diseño, tiende a la uniformidad y a la endogamia. Un proceso influido por intereses económicos, sesgos ideológicos e injerencias que exigen una vigilancia constante, hoy agravado por una IA generativa capaz de producir, con lo ya existente, infinitos pastiches sin alma, atentando contra su razón de ser.
‘La cultura como necesidad’, por supuesto. Es imperativo apoyar contrapesos críticos, sólidos y pausados, alejados tanto de la nostalgia como del falso conflicto entre lo académico y lo popular. La diversidad no puede sostenerse solo sobre la circulación y el impacto: necesita educación –o contraeducación– para discernir los tejemanejes del diseño, la publicidad y el relleno, y así sustraernos a lo vacuo, al exceso y a la falsedad.
Con más de treinta años de recorrido, el Internet que conocemos sigue siendo un salvaje Oeste analógico-digital: inexplorado, caótico y estimulante, lleno de oportunidades, peligroso a veces. El antiguo gobernador jerárquico, excluyente y decadente, está en serio peligro, pero aún cabalgamos –colonos, cowboys, nativos y agentes– hacia el horizonte de una cultura ‘x.0’ capaz de pensarnos y de pensarse a sí misma.
Buena suerte, forasteros.
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