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Entrevista a Malika Embarek, Premio Nacional a la Obra de un Traductor 2017
II Premio Ibn Rushd de la Concordia
Malika Embarek López (Madrid, 1945) es una figura fundamental para conocer la literatura magrebí en el mundo hispanohablante. Licenciada en Filología Hispánica e hija del mestizaje entre las culturas marroquí y española, vive a caballo entre ambos países.
No en vano, mi socio y partenaire José Ramón Alarcón y una servidora tenemos la fortuna de encontrarnos con ella en el Hotel Chellah de Tánger, fundado por su familia a mediados de los años 60 del pasado siglo en el epicentro de la ciudad nueva, donde compartió conversaciones y amistad con el escritor Juan Goytisolo, huésped ilustre del hotel, y con el periodista y escritor Javier Valenzuela, responsable confeso de habernos conducido hasta sus dependencias en la Rue Allal Ben Abdellah hace más de una década.
Y es que Embarek pertenece a una estirpe profundamente enraizada en la creación; un linaje de sensibilidad desbordante cuyas ramas contemporáneas se extienden hacia el universo del jazz, con el músico y gestor cultural Yassine Abdel-wahab —director artístico del Jazzin Festival—, y hacia la vanguardia del arte y la moda, encarnada en la artista, diseñadora y actriz Salima Abdel-wahab.
Galardonada, entre otros reconocimientos, con el Premio Nacional a la Obra de un Traductor en 2017 y el II Premio Ibn Rushd de la Concordia en octubre de 2025 (otorgado por la Asociación de Amistad Andaluza Marroquí – Foro Ibn Rushd y patrocinado por la Fundación Balearia), Malika Embarek ha dedicado su extensa trayectoria a trasladar obras literarias –fundamentalmente, escritas en francés por autores marroquíes– al castellano.
Desde sus inicios profesionales, ha traducido y publicado casi un centenar de obras en editoriales como Alianza, Alfaguara, Debate, Cabaret Voltaire, Círculo de Lectores o Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. A lo largo de los años, ha prestado su voz a escritores de la talla del Premio Goncourt 1987 Tahar Ben Jelloun –de quien ha traducido prácticamente toda su producción–, Leila Slimani, Rachid Nini, Mouloud Feraoun o Boualem Sansal. Destacan, asimismo, sus traducciones de las novelas de Edmond Amran El Maleh (‘Recorrido inmóvil’ y ‘Mil años, un día’) y sus trabajos con el autor tangerino Mohamed Chukri.
A este formidable catálogo se suma su trabajo más reciente: ‘Bajo el cielo cuadrado‘, las memorias carcelarias escritas en francés por Mohamed Serifi Villar (Tánger, 1952), antiguo alumno suyo en la Facultad de Letras de la Universidad Mohamed V de Rabat, y publicadas en castellano por Nota al margen, para la que Embarek ha traducido, así mismo, ‘Gaza abrazada en el tiempo‘, de los jóvenes autores gazatíes Yara Nasser y Tareq Al-Sourani.

Un proyecto editorial solidario que destinará la totalidad de los ingresos obtenidos por su venta a la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo), en apoyo a su labor humanitaria en Gaza.
Habitual en multitud de foros, mesas redondas y congresos sobre literatura francófona, Malika Embarek compagina esta dedicación literaria con una firme defensa de los derechos del gremio desde la asociación ACE Traductores, desde donde reivindica una remuneración justa y mayor reconocimiento para un trabajo que, con frecuencia, resulta invisible en la industria editorial.
Es reconocida por su trabajo de traducción del árabe al castellano. ¿Cómo descubrió su inquietud y pasión por la traducción?
Debo aclarar, antes que nada, que traduzco fundamentalmente literatura magrebí, sobre todo, marroquí, pero de expresión francesa. Las veces que he traducido del árabe fus-ha, o clásico, ha sido en colaboración, pues mi nivel no me permitiría traducir en solitario.
Intentaré explicarlo. Los países árabes sufren un grave problema lingüístico: la diglosia. Es decir, la cohabitación de una lengua que solo tiene registro escrito, el árabe fus-ha (la lengua del Corán y común a todos los países árabes) y la lengua árabe materna (que en Marruecos se llama dariya), que solo tiene registro oral, salvo en dos géneros, el zayel (o zéjel) y el malhun (género cantado). No me detendré en el bereber o amazigh, que es una lengua nacional en Marruecos, pero su problemática es distinta.
A diferencia de lo que ocurrió con el latín, que fue derivando con naturalidad hacia distintas lenguas romance (castellano, catalán, gallego, portugués, italiano, francés, provenzal o rumano), el árabe fus-ha se mantuvo prácticamente igual, pues, por motivos religiosos (no atentar contra la sacralidad de la lengua del Corán) o políticos (mantener la unión de los países árabes), nunca se ha fomentado por parte de las instituciones responsables la estandarización, la normalización, la enseñanza del árabe materno en la escuela a los niños.
Existe, pues, un enorme divorcio entre una lengua que nadie habla en situaciones de cotidianidad y una lengua que nadie escribe, aunque hay intentos, pero no normalizados. Estamos asistiendo, por ejemplo, al uso del dariya en los anuncios publicitarios o a la difusión del arabizi, que utilizan mayormente los jóvenes en Internet, en los chats o en los móviles, en los que se transcribe la lengua dariya en alfabeto latino, y los sonidos que no se pueden reproducir con dicho alfabeto se sustituyen por cifras: el 3 equivale a la letra ع; el 7, a la ح; o el 9, a la ق.
Todo este rodeo para decir que yo no aprendí bien el árabe fus-ha, que es una lengua bellísima. Pero me resulta forzada al no tener registro hablado. Y lo mismo les ha ocurrido a los escritores marroquíes de expresión francesa, que prefieren utilizar en sus novelas la lengua del excolonizador, a pesar de que ya han pasado setenta años desde la independencia.
Con la novela, en concreto, resulta extraño ver cómo algunos escritores arabófonos, en las descripciones usan el árabe clásico y, al pasar a los diálogos, el árabe dariya, como si fuera un registro bajo, inferior, cuando, en realidad, es su lengua materna. Los lectores se han acostumbrado a esa anomalía. La mayoría de los ciudadanos considera que es un dialecto. Afortunadamente, un sector minoritario de la población se ha concienciado y reclama que la lengua árabe materna se normalice, estandarice y enseñe en las escuelas.
En resumen, traduzco literatura marroquí, pero escrita en francés; novela, sobre todo.
En cuanto a la segunda parte de la pregunta: llegué a la traducción de modo natural, por mi origen mestizo, pues he vivido en un dialogo constante, desde pequeñita, entre mis dos culturas, la marroquí y la española. Mi amor por la lectura y la literatura también me condujo a la traducción.

Traducir no es solo pasar palabras de un idioma a otro, sino también culturas, matices y sensibilidades. ¿De qué modo aborda la tarea de trasladar los elementos culturales propios de la literatura árabe al público hispanohablante?
En los talleres que doy de traducción, suelo empezar diciendo que, para traducir bien, hay que tener muy buen nivel de la lengua materna a la que se traduce (es obvio), muy buen conocimiento de la lengua y de la cultura de la que se traduce, pero, sobre todo, empatía.
Suelo recordar una cita preciosa de Michael Ignatieff, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2024:
“Los buenos traductores deben tener muy desarrollada la empatía: la capacidad de utilizar las palabras de los otros como un mapa que nos guía por su interior, que nos permite ver a través de sus ojos (…) El placer, el reconocimiento, la identificación y todas las emociones que recorren al lector cuando lee una buena traducción proclaman la existencia de una identidad humana básica que supera todas las diferencias (…) Los traductores consiguen que los blancos lean a los negros, que los creyentes lean a los incrédulos, que las mujeres lean a los hombres” (Letra Internacional, ‘¿Es posible traducir’, 1993).
En realidad, todo se puede traducir, por muy diferente que sea la lengua y la cultura de las que se traduce. Los traductores tenemos muchos recursos, basta con saber dosificarlos: calcos, préstamos, uso de la cursiva, de la nota a pie de página, transposición, modulación, equivalencia, traducción literal, glosario, etc.
Lo principal es llevar al lector la mirada y la voz del autor. Que perciba, no que el texto ha sido traducido por un español, sino al español.
En su vasta trayectoria, ha traducido a autores de la talla de Tahar Ben Jelloun, Leila Slimani, Edmond Amran El Maleh, Mohamed Chukri, Albdellah Laroui o Rachid Nini, entre otros. ¿Existe alguna obra o autor que le haya presentado un desafío particular o que guarde un significado especial para usted?
Mi autor preferido sigue siendo el añorado Edmond Amran El Maleh (1917-2010). Es un autor insólito en el panorama de la literatura marroquí. Toda su obra es un intento de preservar la memoria y el patrimonio judeo-marroquí. Traduje dos novelas de él, ‘Recorrido inmóvil’ (Libertarias-Prodhufi, 1989) y ‘Mil años, un día’ (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2011).
En esta última, el autor relata el drama de la comunidad judía marroquí, enraizada en Marruecos desde hace más de mil años y que se ve arrancada de su tierra en un día, en un éxodo organizado por el Estado de Israel, drama que él vincula con el drama del pueblo palestino. Plantea un reto al lector por su prosa de enorme fuerza poética, marcada por la oralidad, por una puntuación poco normativa, la mezcla de tiempos, de idiomas.
¿Cómo es su proceso de trabajo cuando acomete sus traducciones? ¿Advierte similitudes o diferencias en la manera de escribir entre unos autores u otros?
Cuando termino una traducción en la que llevo trabajando meses, me cuesta bastante desembarazarme del estilo del autor y de sus personajes. Evidentemente, son estilos muy diferentes, entre un autor y otro, pero enseguida te haces con las distintas voces. Voy estableciendo un glosario para traducir del mismo modo las palabras clave que el autor repite voluntariamente.
Otra cosa son las repeticiones involuntarias, que suelen ser muy frecuentes y que elimino a la hora de la revisión. En francés, suelen repetir mucho la conjunción “pero”, mais. Quizá, al ser monosílabo, no molesta tanto. En ocasiones, es una muletilla del autor que ni siquiera tiene connotación adversativa. Por supuesto, si corresponde a “aunque”, la cambio, para no repetir demasiado “pero”, y, otras veces, simplemente, la elimino.
Algo parecido ocurre con los adverbios acabados en “ment”, “mente”, que suenan menos en francés, al tener menos sílabas. Por ejemplo, vraiment (dos sílabas) y su traducción, verdaderamente (seis sílabas…). A la hora de la revisión, que suelo hacer leyendo en voz alta, hago toda una labor de filtiré para ir eliminando esos adverbios acabados en “mente” o sustituirlos por otra expresión. También suelo leer libros en español que tienen que ver con el mismo asunto del libro que esté traduciendo, mismo ambiente, parecidas descripciones, jergas, etc. Me sirven de inspiración.
Son solo ejemplos de todo el trabajo que hay detrás de una traducción, que no se ve, pero al que dedicamos mucho tiempo, y, lamentablemente, como ya se comenta en otras respuestas, más adelante, está muy mal remunerado.
Es tal mi obsesión con las palabras, que llevo en el bolso un carnet pequeño para anotar las que pillo en alguna conversación en un trayecto en autobús, las que leo, las que oigo en la tele, y que pienso que me pueden servir en mis traducciones…
Concretamente, siempre estoy atenta a descubrir arabismos que desconozco. Una de mis estrategias de traducción es la de usar, en la traducción de los textos de escritores marroquíes francófonos, palabras procedentes del árabe que contiene la lengua española, Es una forma de que en el texto traducido aparezca, con legitimidad, el eco de la lengua materna del autor francófono, ese árabe dariya que no se escribe.
Son palabras árabes que pasaron al romance en tiempos de Alándalus, que figuran actualmente en los diccionarios de la lengua española, aunque, a veces, con carácter de arcaísmos, y que perduran casi igual en el árabe marroquí. Tengo una carpeta donde voy introduciendo términos como albórbolas, almacabra, alheña, jaique, acicate, alafia, alfaqueque, aleya, almozala, aljofifa, almocadén, almalafa, azalá, ataifor, albarráneo, regaifa, arrequive, etc.
El Pemio Nacional a la Obra de un Traductor que le fue concedido en 2017 reconoce su “inmensa labor de acercar la literatura árabe al lector en castellano”. ¿Qué implicaciones tuvo este galardón en su carrera y en la visibilidad del trabajo del traductor literario?
Un premio da siempre mucha satisfacción, y este, en particular, para un traductor es lo más grande. Compensa los esfuerzos, la vocación, la entrega que cualquier traductor dedica a su trabajo. Un premio, aunque se conceda a un individuo, supone el reconocimiento a toda la profesión.
Lo primero que pensé cuando me dieron la noticia es que me hubiera gustado que mis padres siguieran aquí para darles esa alegría. Lo que soy es fruto del amor de ambos, que me inculcaron el respeto al otro, al diferente, y la importancia del diálogo. Quizá eso se trasluce en mis traducciones…
En el proceso de traducción, ¿cuáles considera que son las mayores dificultades que un traductor literario debe sortear para ser fiel al original y, al mismo tiempo, crear una obra que resuene en el nuevo idioma?
Siempre he compaginado la traducción técnica con la literaria, debido a lo mal retribuida que está esta última. Por ello, no he dependido económicamente de la literaria y he podido elegir a autores que me gustan: laicos, feministas, tolerantes. Como ya dije anteriormente, para mí, lo más importante es sentir empatía hacia el autor y el texto. Cuando ese sentimiento se da, creo que la traducción es mucho más fácil. Lo principal es hacer tuyo el texto, respetando, por supuesto, la identidad del autor.

La traducción literaria, a menudo, es un trabajo invisible. ¿Cómo cree que se podría aumentar la visibilidad y el reconocimiento del papel crucial que desempeñan los traductores en la difusión de la literatura mundial?
Para empezar, cuando pido un libro de literatura extranjera en las librerías, doy el título, el nombre del autor y el nombre del traductor, y aprovecho para decirle al dependiente lo buena que es la traducción… No sé si caerá en saco roto mi comentario, pero yo sigo con mi labor de concienciación de nuestro trabajo.
Afortunadamente, ya las reseñas en la prensa llevan el nombre del traductor, y, por ley, se incluye en el libro; además, algunas editoriales ya lo ponen en la cubierta. Nos queda pendiente que la remuneración esté mejor considerada, pero esa es una cuestión aún por resolver.
En cuanto al papel que cumplen los traductores, ya no se puede negar que sin ellos no existiría la literatura universal. ¿De hecho, quién piensa en qué lengua nacieron Don Quijote, Hamlet, Ulises, Shahrazad o Caperucita Roja? Son personajes que ya se han integrado en las culturas nacionales. Y ello gracias a las traducciones.
En una reciente entrevista para MAKMA, el novelista y traductor Enrique Murillo afirmaba, precisamente, que “eso de que el nombre del traductor aparezca en un lugar destacado es, de nuevo, algo ya previsto por la ley, y que se cumple muy a medias”. ¿Cuál es su parecer al respecto?
Soy miembro de la asociación ACE Traductores, que lleva a cabo una labor importantísima para defender nuestros derechos. Lucha para que se cumpla la Ley de Propiedad Intelectual y, poco a poco, va consiguiendo que se respete al traductor en la sociedad.
En los talleres de traducción que a veces coordino, suelo recomendar a los traductores noveles que se hagan miembros de esta asociación. Este es un oficio muy solitario y estar conectado con otros colegas y poder plantear consultas es importante.
Murillo también aseveraba que “la sociedad tendría que pedir a gritos que se pagara de forma justa a los traductores. A gritos”. ¿Se ha sentido suficientemente valorada en sus trabajos?
Es triste reconocer que algunas editoriales, no todas, efectivamente, no valoran nuestro trabajo. Es lamentable que tengas que pelear por que te actualicen las tarifas, te entreguen las liquidaciones anuales de derechos, te respeten como se respeta a cualquier profesional, ya sea médico, taxista, fontanero o empleada de hogar, que cumple un horario y dedica horas a su trabajo. Hay, sin embargo otras editoriales que consideran al traductor y lo remuneran adecuadamente.
Con la globalización, la creciente interconexión y el papel cada vez más omnipresente de la inteligencia artificial, ¿cómo ve el futuro de la traducción literaria y la importancia de seguir tendiendo puentes entre diferentes lenguas y culturas?
La inteligencia artificial va a tener un papel cada vez mayor, y para traducciones no literarias puede ser una herramienta muy útil. Pero es difícil que sustituya a la inteligencia y a la sensibilidad humanas. Mal reglamentada y mal utilizada es un gran peligro. Evidentemente, nuestro trabajo se verá reducido cada día más.
Al recibir, el pasado 2 de octubre de 2025, el II Premio Ibn Rushd de la Concordia en Rabat, ¿qué simbolismo especial tiene para usted que se reconozca su trayectoria como la cristalización del “espíritu conciliador” que buscan promover la Asociación de Amistad Andaluza-Marroquí y el legado de Averroes?
Para mí fue un gran honor recibir un premio que lleva no solo el nombre del gran filósofo Averroes, que tanto luchó contra el oscurantismo y la intolerancia, sino que también vaya acompañado de un sustantivo como “concordia”. Y recibirlo de una asociación que promueve la amistad entre Andalucía y Marruecos, magistralmente presidida por el gran poeta José Sarriá, fue un factor más de orgullo y alegría. Además, mi candidatura al premio la propusieron tres amigos que estimo y admiro: el novelista Mohamed El Morabet, el arabista y escritor Gonzalo Fernández Parrilla y el artista Said Messari. Mi gratitud hacia ellos es enorme.
Para colmo de alegría, la entrega del premio se desarrolló en el anfiteatro de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Mohamed V de Rabat, donde estudié y enseñé hace la friolera de cincuenta años… Con ese galardón se cerraba un ciclo importante de mi carrera profesional.

Y, para concluir, ¿podría hablarnos de su proyecto de traducción junto a Mohamed Serifi Villar y de lo que ha supuesto para usted reencontrarse con el autor a nivel personal y profesional?
Mi última traducción ha sido una experiencia muy emocionante: ‘Bajo el cielo cuadrado’, las memorias carcelarias escritas en francés de Mohamed Serifi Villar, que fue antiguo alumno mío de la Facultad de Letras de la Universidad Mohamed V de Rabat.
Culminar este proyecto fue una experiencia única que vivimos en el verano de 2025, cuando revisamos juntos el texto en Tánger. En ese proceso, Mohamed pudo escuchar su propia historia en la lengua materna de su madre, el español, e ir añadiendo matices y párrafos nuevos.
Como señalo en el texto introductorio del libro, titulado ‘Palabras de la traductora’, siempre preparaba las clases pensando en esa “mirada viva, alegre, pícara, curiosa, sonriente, que sigue teniendo, cincuenta años después”. Un día, dejó de asistir a clase por su militancia política, lo que desembocó en su paso a la clandestinidad y en una “terrible privación de libertad durante diecisiete largos y oscuros años”.
Traducir estas memorias fue un reto emocional enorme; de hecho, “algunos capítulos son tan duros que llegué a imaginar que estaba traduciendo ficción” para poder seguir adelante, tal y como confieso en prólogo. Sin embargo, a pesar de todo el dolor, de esta obra “están ausentes la victimización y el rencor”, desprendiendo en su lugar optimismo, humanidad, amor y compañerismo.
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