Antoni Muntadas. La cultura como necesidad

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La cultura y sus modismos: entre el destino y la elección crítica
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

La cultura es una geografía invisible que nos habita. Desde esta posición inicial, tan determinante como inasible, debemos entender que lo cultural, como hecho, dimensión y ecosistema, nunca ha sido un edificio acabado ni un compendio de datos inertes que almacenamos por costumbre. Desde el primer instante en que empezamos a articular el pensamiento, nos vemos envueltos en un sustrato de liturgias, memorias y lenguajes que han sido urdidos lentamente durante generaciones.

Estos rastros, profundamente enraizados en nuestro entorno, se comportan como modismos vitales que pueden resultarnos ineludibles: giros particulares, tics heredados y formas de mirar que, sin ser plenamente conscientes de ello, nos guían, nos condicionan y terminan por determinar la horma y el contexto de nuestra existencia.

En las páginas de este mismo número de MAKMA, José Antonio Marina (Toledo, 1939) pone orden en este complejo entramado al definir la cultura con la precisión de quien disecciona un organismo vivo. Para el filósofo y pedagogo, la cultura es “el conjunto de soluciones que una sociedad ha dado a los problemas sociales y que han adquirido la estabilidad suficiente para transmitirse a la siguiente generación”.

Entendida así, la herencia recibida se presenta como el armazón sobre el que edificamos nuestra visión del mundo. Sin embargo, aceptar este legado de forma dócil, sin cuestionar el suelo que pisamos, entraña peligros extraordinarios.

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

En un tiempo donde los discursos se simplifican hasta la caricatura para favorecer el consumo rápido, Marina nos lanza una advertencia contra la inercia intelectual: “Considerar que cada cultura tiene su propia verdad resulta un absoluto disparate”. Esta sentencia nos obliga a abandonar la comodidad del relativismo absoluto y a retomar el compromiso con una verdad compartida, cimentada en la razón, la ética y el diálogo fecundo con los otros.

Para sortear esa apatía cultural que amenaza con adormecer nuestro criterio, se antoja necesario buscar respuestas que trasciendan los marcos teóricos tradicionales. Durante los últimos meses, mi labor periodística me ha permitido conversar con creadores como Antoni Muntadas, Jaume Plensa o Alberto Peral, cuyas palabras, bienvenidas aquí por su inspiración reflexiva, me han orientado en la compleja tarea de entender cómo funcionan esos rastros que nos habitan y por qué, en un presente marcado por una cacofonía constante que intoxica el pensamiento, necesitamos aferrarnos a la cultura como una forma de resistencia lúcida.

Frente a la asfixia informativa y la multiplicación de estímulos –perseverantes y vacíos– que saturan nuestra cotidianidad, la charla con Antoni Muntadas (Barcelona, 1942), al calor de su reciente exposición ‘Muntadas. Una selección: información y documentación’, en la Sala de Exposiciones ETSA de la Universitat Politècnica de València, me ofreció una brújula indispensable.

En aquella entrevista, el artista catalán abogaba por practicar la “subjetividad crítica”, un ejercicio de observación aguda que huye deliberadamente del conformismo. Su recordatorio de que “la percepción requiere implicación” resuena ahora con una vigencia inquietante en un tiempo donde la mirada suele ser meramente epidérmica, un simple roce superficial con los hechos.

El artista nos insta, de este modo, a tomar partido, a dedicar el tiempo necesario a la comprensión real; una exigencia consciente que constituye, posiblemente, el primer modismo cultural que deberíamos autoimponernos para sobrevivir al ruido del algoritmo. Sin implicación, no hay cultura, solo consumo; sin esa subjetividad crítica, nos convertimos en rehenes de los sistemas de información, que pretenden dictar, con el trazo grueso del maniqueísmo, qué debemos pensar y cómo debemos observar el mundo.

Esa misma atención resulta imperativa para asimilar las fronteras menos evidentes de nuestra propia identidad. Al dialogar con Jaume Plensa (Barcelona, 1955) a propósito de su pieza ‘Tempesta’, que preside la entrada del Centro de Arte Hortensia Herrero de València, me sobrecogió la honestidad de su confesión acerca de su principal inquietud artística: “Mi gran preocupación ha sido hablar de lo invisible”.

En efecto, las cuestiones verdaderamente determinantes de la condición humana –el amor, la voz, el pensamiento, el anhelo– carecen de materia. El arte, como vehículo para atravesar aquella primera geografía invisible de la cultura, debe ofrecer cuerpo a lo inmaterial, construyendo refugios para la empatía y la reflexión.

Plensa, invitado por el CAHH con motivo del segundo aniversario del centro de arte, me recordaba que, en una época hiperpolarizada y llena de incertidumbres, “el arte ha de tener siempre una voluntad de futuro; ha de crear una voluntad de esperanza”.

Su defensa de la obra artística como un ejercicio de poesía pura nos invita a transformar la confusión cotidiana en algo trascendente, recordándonos que el error es una parte vital de nuestro progreso y que la belleza, por encima de su naturaleza estética, funciona como una herramienta ética de primer orden.

Por tanto, esta vocación de trascendencia tras la voluntad no admite inflexibilidades; la cultura y cuantos rasgos vienen a determinarnos necesitan fluir. Una intuición que cobró forma durante mi entrevista con Alberto Peral, III Premio de Escultura Fundación Bosch Aymerich por su obra ‘Splashing Mies’, realizada para el Pabellón Mies van der Rohe de Barcelona en 2024.

En su intervención, a modo de diálogo conceptual y formal entre la escultura y la arquitectura, el agua funcionaba como una fuente de movimiento, logrando que la solidez del edificio se desvaneciera en un juego constante de sombras y reflejos.

Peral resumía la naturaleza de esta práctica al explicar que “el arte es algo que hay que cultivar, pero es singular… Tiene que ver con la energía”. Esa energía es precisamente la que nos empuja a caminar, a cuestionar nuestras certezas y a modificar nuestros propios modismos geográficos. La permeabilidad, el margen para lo inesperado y la capacidad de adaptarnos a nuevos flujos definen la verdadera aventura de existir en el seno de la cultura.

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Somos, en definitiva, el sedimento del territorio que pisamos y de las conversaciones que nos atraviesan. Los rastros de las ciudades que transitamos, las lecturas que nos cambian y las voces que nos interpelan tejen la malla de nuestras decisiones diarias.

Gracias a la implicación crítica de Muntadas, a la voluntad de dar cuerpo a lo invisible que persigue Plensa, a la energía en constante movimiento de Peral y al ancla racional que defiende Marina, constatamos que la cultura, en todas sus dimensiones semánticas posibles, es una práctica viva, un refugio exigente y una necesidad absoluta para habitar el mundo con la dignidad que otorga la lucidez.