#MAKMAAudiovisual
‘Mother Mary’, de David Lowery
Reparto: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs y Kaia Gerber
Música: Daniel Hart
Fotografía: Andrew Droz Palermo, Rina Tang
112′, Reino Unido, 2026
Llega un momento en la carrera de todo director de cine en el que parece que se topa con sus propios límites creativos. Límites que nos remiten, por un lado, a la esencia de su obra, a sus ejes artísticos, a su discurso, incluso a su misma concepción del mundo y de la vida en general. Límites también de un lenguaje que, a veces, no llega a servir del todo como vehículo de aquello que quieren contar. También sucede con frecuencia que, simplemente, hay buenas ideas que no encuentran su camino.
Si bien no estamos ante uno de esos nombres que iban a entrar de manera fuertemente disruptiva en el panorama cinematográfico internacional, la filmografía del estadounidense David Lowery empieza a destacar de manera notable con ‘En un lugar sin ley’, un drama con tintes de western interpretado por unos Casey Affleck y Rooney Mara que se comían la pantalla.
Ya en este trabajo, Lowery daría las claves de su cine: tramas de género y conflictos de carácter intimista, incluso filosófico. Todo ello aderezado con una gramática visual que, mirando al pasado, apuntaba a la emoción sin perder de vista el argumento.
El éxito (relativo, no estamos ante un blockbuster mundial) y la consagración de la crítica le abrirían a Lowery las puertas de los grandes estudios con ‘Peter y el dragón’, una relectura en modo live action del clásico de Disney al que sabría darle un toque propio, llevando el relato, más allá de la peripecia, al campo de la imaginación.

¿De qué están hechos los sueños?, parecía preguntarse Lowery. El (injusto) recibimiento de la crítica y el desafecto de la taquilla empujarían al director de Milwaukee hacia un proyecto más personal. Hablamos de ‘A Ghost Story’, sin duda, su obra más relevante hasta la fecha. Una pieza en la que Lowery repasaba el género de fantasmas, al tiempo que nos presentaba una interesante reflexión sobre el fin de nuestra vida. ¿Qué sucede después de nosotros?
De nuevo, el relativo éxito de esta obra llevaría a Lowery a su siguiente paso en el camino, otro interesante acercamiento al amor en la tercera edad envuelto en una cinta de atracos que contó con un cuarteto de lujo: Robert Redford (uno de sus valedores en la industria), Sissy Spacek, Casey Affleck y un recuperado Danny Glover. Una pieza delicada cimentada sobre un guion muy compacto rodado con gran contención y respeto a la ortodoxia.
Esta sólida carrera continuaría, si bien con menos fortuna, con ‘El caballero verde’, su propia versión de la leyenda del rey Arturo, y, otra vez, con un clásico de Disney en ‘Peter Pan y Wendy’, su particular mirada hacia la infancia y ese terrible destino que implica el desagradable inconveniente de crecer.
Y así llegamos a ‘Mother Mary’, su último trabajo. Aquí, Lowery, autor en exclusiva del libreto, nos presenta a Mary, una cantante pop en la cima de su carrera que debe afrontar su próxima actuación. El problema es que, para salir airosa de este trance, Mary necesita un nuevo vestuario y las propuestas que le presenta su equipo de ayudantes no la satisfacen.

Mary acude entonces a Sam, una diseñadora de moda a la que le une una antigua relación de amistad. Desesperada, Mary le suplica que diseñe un nuevo vestido para ella. Pero hay una condición: para llevar a buen fin el trabajo, solo tendrá dos días. A pesar de las dificultades, Sam acepta el encargo. En el camino, ambas mujeres darán cuenta de sus vidas, de su pasado común y de un presente plagado de nudos bien instalados en su psique de cuya resolución dependerá su futuro.
Desde el punto de vista discursivo, ‘Mother Mary’ quiere hacernos reflexionar sobre el costo de la fama. Según avanza la cinta, iremos descubriendo qué une a estas dos mujeres. Así, sabemos que ambas fueron amigas al comienzo de sus carreras. De hecho, de algún modo, fue Sam quien definió y diseñó la personalidad de Mary como cantante.
Con el éxito posterior, se irían distanciando. Esta separación dejaría una huella muy profunda, sobre todo en Sam, que vivió aquella pérdida con dolor. ¿Quizá un amor traicionado? No lo sabemos. Lo que sí parece seguro es que, tras esos primeros pasos, Mary abandonó a Sam, matando, por una parte, sus expectativas profesionales. Por otra, una confianza que creía inquebrantable y sincera. Pero, como suele ocurrir en la vida, la amistad es prima hermana de la traición.
Reconstruir esa vida será el objetivo de Sam, que tendrá que superar una relación que, ahora lo sabe, estaba condicionada por la admiración hacia Mary; una trampa. Pero denunciar o dar cuenta de este hecho no será suficiente para Sam, quien considera necesario que Mary tome conciencia de forma íntima, física, incluso, del largo proceso de auto conocimiento que ha transitado a lo largo de los años.
Un recorrido que, sin embargo, marcará su renacimiento como mujer y como profesional. Y algo parecido le sucede a Mary, cuya confrontación con Sam abrirá sus propias heridas. ¿Quién soy realmente?, se pregunta.
El éxito, pues, como cárcel, como un camino de no retorno. Mary se ha convertido en una estrella internacional, pero, al mismo tiempo, se siente perdida. ¿Y cómo salvarse a sí misma sin renunciar a aquello que ya forma parte de su ser? ¿Cómo recuperar algo de ti cuando ese yo real parece ya tan lejano? ¿Cómo volver a la esencia, a una cierta autenticidad sin despojarse de aquello que, precisamente, la ha pervertido?

En la primera escena de la película, Mary sale al escenario delante de miles de personas en un concierto. Frente a ella, una miríada de luces, como un cielo estrellado, la recibe entre vítores de celebración. Un público al que no le vemos la cara, un ente anónimo, indefinido, que responde a cada uno de sus gestos. Pero ¿y ella?
Ahora bien, quizá el problema al que nos aboca esta ‘Mother Mary’ es que, una vez expuestas las claves del conflicto, cabe preguntarnos a dónde nos quiere llevar. Un problema del que el propio Lowery debía ser consciente, dado el giro que va a imponer a su propuesta en su último tercio de metraje.
A partir de ahí, Lowery quiere buscar, desde sus personajes, una especie de sentido trascendente de la vida. Pero ¿cómo representar aquello que está por encima de nosotros? ¿Cómo mostrar en imágenes eso que nos define espiritualmente como seres humanos? Una tarea difícil de la que Lowery no saldrá airoso.
Desde el punto de vista visual, ‘Mother Mary’ está separada en tres bloques bien definidos. En un primer bloque, Lowery reproduce de manera bastante fiel el universo de esta especie de trasunto de Taylor Swift. Lowery se mueve bien en ese terreno y llega a darle a las imágenes un alto nivel de verosimilitud.
El problema es cómo integra el director estas secuencias en el discurrir posterior de la trama. Como ocurría con su obra anterior, Lowery quiere llevar el género musical hacia un terreno más intimista. En esta ocasión, sin embargo, el maridaje resulta fallido.
En este sentido, ‘Mother Mary’ sigue la senda de otros intentos igualmente malogrados como ‘Emilia Pérez’, de Jacques Audiard, ‘Annete’, de Leos Carax, o ’The end’, de Joshua Oppenheimer, con las que esta cinta tiene bastantes elementos en común.

El segundo bloque contaría con una larga conversación entre Sam y Mary, en la que ambas dirimirán sus diferencias. En este largo pasaje, el mayor desafío consistía en sostener el interés de las palabras para dar cuerpo y reforzar el conflicto interior de los personajes. Poca confianza ha debido tener el propio Lowery en su texto cuando, en lugar de buscar su potencialidad visual, se dedica a aderezarlo con un agotador intercambio de planos que aportan muy poco a la narración.
Frente a otros trabajos, no queda aquí nada de aquel Lowery comedido que se ponía al servicio de los sentimientos. En esta ocasión, parece que no logra tomarle el pulso a aquello que está contando, poniendo su confianza en un montaje que, por mucho que fraccione las escenas, no consigue que el relato levante el vuelo.
Víctimas inmediatas de esta falta de concreción y contención son unas Anne Hathaway y Michaela Coel, en el papel de Mary y Sam, respectivamente, quienes, poniendo todo su empeño, no encuentran ese hilo conductor que debería unir a sus personajes. Sus rostros nos hablan de sufrimiento, pero el mecanismo dramático, tal y como está estructurado, impide que se traslade a la platea.
El mayor problema al que se enfrenta Lowery se encuentra, sin embargo, en un tercer bloque en el que, expuesto el asunto principal, debe darle una salida. Si la segunda parte estará definida por el diálogo, aquí será la imagen la que asuma toda la carga. En este también largo pasaje, Lowery nos plantea que existe una relación indisoluble entre las personas con las que nos relacionamos.
Las heridas de unos son las heridas de los otros y, para curarlas, habrá que intervenir en los dos extremos de dicha ecuación. Para ello, Lowery utiliza una serie de imágenes que le servirán de metáfora de ese cordón, y si bien, sobre esta excusa, nos ofrece algunos planos estéticamente poderosos, estos padecen de una profunda disociación sobre el conjunto, como si hubieran sido insertados desde otro lugar.
Todo ello da como resultado una obra que discurre a trompicones. Una cinta que parece que se busca a sí misma, sin acabar de encontrarse. Hay en las imágenes de Lowey una clara intencionalidad poética, pero esta no termina de hallar de manera natural, orgánica, su vía de expresión, derivando en una narración que acaba por enredarse en sus propias conjeturas.
Quizá Lowery no estaba del todo seguro de lo que quería contar. Es lo que pasa cuando uno quiere, sobre un argumento tan frágil, algo tan ambicioso como dar cuenta del mismo sentido de la existencia.
David Lowery es un gran director, lo ha probado muchas veces a lo largo de su carrera. Su mirada sobre los géneros nos ha dado una de las filmografías más prometedoras del cine moderno. Lowery tiene buenas ideas y sabe llevarlas a la pantalla cuando encuentra la vía apropiada.
Si preservara algo de contención, podría convertirse en un digno sucesor de directores como el ahora retirado Clint Eastwood. Para seguir esta estela, sin embargo, tendrá que volver a poner los pies en el suelo, atender a conflictos humanos y dejarse de tanta abstracción.
- ‘Mother Mary’ (David Lowery): tocar tus propios límites - 7 agosto, 2026
- ‘La Odisea’ (Christopher Nolan): volver a casa de los padres (pero ¿para qué?) - 24 julio, 2026
- Cristina Fernández: “‘La dona invisible’ me ha permitido adentrarme en un género en el que nunca me habría colocado” - 22 julio, 2026

