David Toscana. El ejército ciego. Premio Alfaguara de novela 2026

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‘El ejército ciego’, de David Toscana
Premio Alfaguara de novela 2026

David Toscana, el amanuense que robó los ojos del Imperio

Dice el mito medieval que el emperador Basilio II, el matabúlgaros, dejó ciegos a quince mil soldados, provocando que el zar Samuel muriera de pura impresión al ver regresar a su tropa de invidentes. Pero a la historia se le olvidó vaciarle las cuencas a uno: David Toscana (Monterrey, México, 1961).

Este ingeniero, que hasta los 90 calculaba estructuras mientras soñaba con el martirio de los escritores soviéticos, dispuestos a recibir un tiro en la nuca con tal de salvar la sintaxis, decidió sabotear sus propios proyectos lógicos para comprar tiempo y entregarse al vicio de la escritura.

En una infancia donde no había un solo libro en casa, la salvación de Toscana llegó, a mediados de los 70, vestida con el logo de un supermercado y una promoción de clásicos de la editorial Bruguera. Entre aquellas ofertas se agazapaba un hidalgo de La Mancha que, años después, le contagiaría ese trastorno definitivo que él se ocupó de alimentar a base de tinta.

Desde ‘Estación Tula’ (1995) hasta ‘El peso de vivir en la tierra’ (2022), pasando por ‘Olegaroy’ (2018) y ‘El ejército iluminado’ (2006), Toscana ha sabido desfigurar la realidad con el espíritu de aligerar la tragedia para evitar que nos derrumbemos.

Este verano, durante la Feria del Libro de Gijón, un escenario que invita a la conversación, charlamos sobre ‘El ejército ciego’, galardonada con el Premio Alfaguara de novela 2026. Esta monumental fábula oscura comete, según su propio autor, la última de las anomalías literarias: ser una novela que se lee, pero que nunca se ha escrito.

'El ejército ciego', de David Toscana
Premio Alfaguara de Novela 2026

Hablas de Alonso Quijano, Don Quijote de La Mancha, como un maestro que te convirtió en escritor. Dices que tus personajes comparten ese “trastorno quijotesco” y que abres el libro al azar de vez en cuando, como si fuera un texto sagrado. ¿Qué fragmento de ‘Don Quijote de la Mancha’ has tenido que leerte en bucle para soportar la escritura del regreso a casa de estos quince mil ciegos búlgaros?

‘Don Quijote’ siempre me acompaña, pero no recuerdo haber necesitado un pasaje específico de esa novela, sino su espíritu entre aventurero y trastornado. Para los episodios en que relato el regreso, pensé en la Anábasis de Jenofonte, muy específicamente juego con el momento en que encuentran el mar.

David, te presentaste al Premio Alfaguara bajo el seudónimo de Kozaro, el escriba. Sabiendo que el jurado se iba a encontrar con una fábula oscura numerada en lo que parece un código antiguo, ¿el alias era un escudo de prudencia, un juego o una provocación quijotesca para medir la resistencia del tribunal?

Kozaro es un personaje de la novela, un escriba, amanuense y traductor al que le sacan los ojos. Al final, supe que me equivoqué con el seudónimo, pues sugerí que el narrador de la novela era Kozaro, cuando, en realidad, no es así. Lo había elegido por la afinidad de los oficios y por la importancia que ambos le damos a la lectura y la escritura.

Desafías al lector numerando los capítulos de ‘El ejército ciego’ con el alfabeto glagolítico. Nos obligas a avanzar a ciegas. ¿Es una técnica de inmersión para que experimentemos la ceguera de tu ejército o, quizás, una dulce venganza contra los críticos literarios para obligarles a trabajar el doble?

Es un homenaje a los búlgaros de aquellos siglos. Siempre me interesó el paso que dieron para pasar de una cultura iletrada a otra con escritura. Los búlgaros fueron los creadores del alfabeto glagolítico y del cirílico, que ahora utilizan países como Ucrania, Serbia, Macedonia del Norte y Rusia. Antes de adoptar los números arábigos, muchas culturas hicieron números con sus letras. Conocemos bien la numeración romana, y lo mismo hicieron los búlgaros con su alfabeto.

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En la novela, Kozaro afirma que Dios creó las tinieblas a partir de la luz, y no al revés. Corregir los textos sagrados requiere una dosis de soberbia casi divina. ¿Tiene que creerse el novelista un poco Dios para sentarse a escribir, o es que los dioses redactan tan mal que no queda más remedio que editarlos?

No puedo creerme un poco Dios, pues no creo en los dioses, salvo en Dioniso. Allá, en el pasado, era importante la religión y, por lo tanto, la teología. Tomar en serio las cosas implica tener dudas. Hoy la gente repite “engendrado, no creado”, sin tener idea de lo que dice; pero esta es una idea escencial y hubo gente que murió por sostener que el Cristo fue creado, no engendrado. Si a un creyente del pasado le dicen que Cristo murió y bajó a los infiernos, querría saber qué hizo allá, si fue como hombre o como Dios, si le rechinaron los dientes.

Siempre me ha gustado cuestionar los textos sagrados, precisamente, porque los tomo en serio. No los corrijo, no podría, pero sí los cuestiono. Y claro que es inevitable la constante presencia de lo religioso en una novela que ocurre hace mil años.

El judío Moskono vende ojos de loza en el mercado, pero al final los niños búlgaros ya nacen con la mirada triste de serie. Si la tragedia viene codificada en el ADN, ¿el humor negro es la única anestesia eficaz para mirar de frente a la monstruosidad sin extirparse los ojos?

Por suerte, la tragedia no está impresa en el ADN. Una de las grandes patrañas de la humanidad ha sido el pecado original. Pero en caso de que llegue la tragedia, sí, el humor negro o de cualquier color sirve de anestesia, con el detalle de que la anestesia no cura.

Kozaro le roba descaradamente a la ‘Ilíada’ aquello de “no quiero morir sin gloria”. Teniendo en cuenta que Homero era el gran ciego de la antigüedad, ¿crees que el ego del escritor es una enfermedad hereditaria que nubla la vista, pero aclara la sintaxis?

Kozaro no roba la frase, sino que la cita. Y la hace suya, pues él mismo quiere su dosis de gloria. El ego del escritor no es una enfermedad, pues sin ego no se va a ninguna parte. La humildad del escritor ha de presentarse delante de los clásicos de la literatura, pero con una mezcla de ego que le dé la seguridad de acometer la batalla.

Decía Shopenhauer que la humildad ha de ser la virtud de quien no tiene otra. El ego no ha de desbordarse para que se convierta en arrogancia o hibris, pero ya desde la antigüedad los griegos advertían esto.

Tu escriba dice: “Para quienes lo conocieron, Cristo fue un dios encarnado; para nosotros es un dios apalabrado”. Si los imperios caen y los dioses dependen de la ortografía, ¿hay escritores enterradores y escritores creadores de memoria?

No hay escritores enterradores. Esa parte le corresponde a los poderosos, a la censura. Cristo es un dios apalabrado porque de él no queda nada sino las palabras.

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En tu novela, el ejército ciego hace música con los restos de sus propios compañeros. En una época en la que la literatura parece obsesionada con la corrección política y los espacios seguros, ¿te consideras un provocador o, simplemente, el director de una orquesta de lisiados?

La literatura ha de ser un ejercicio de completa libertad, por parte de los escritores y los lectores. La corrección política es un fenómeno extraño: hasta hoy no he encontrado a nadie que la defienda, pero ahí está con fuerza y rigiendo la conciencia, el miedo y la voluntad comercial de mucha gente.

Retuerces el refrán popular afirmando que en el reino de los ciegos el tuerto no es el rey, sino “un ciego incompleto”. ¿Es vivir a medias o ver a medias el verdadero castigo en este siglo XXI?

Mucha gente pasa la mayor parte del tiempo como espectador. Sobre todo, a través del ojo: ve series, cine, futbol y los entretenimientos de los teléfonos. También hay literatura que entretiene sin pedirle nada al lector, y suele ser la más popular. La gente apasionada por hacer cosas no quiere que pase el tiempo; los que se aburren, buscan pasatiempos. Pero, quizás, vivir a medias no sea un castigo. La turba lega no se siente castigada.

Al final, Kozaro le da la vuelta al tópico y confiesa que, en días oscuros, prefiere confiar en la espada antes que en la pluma. Ahora que ya tienes el premio en el bolsillo (el mismo en el que nos has metido a tus lectores) y la batalla ganada en las librerías, ¿de verdad crees que la literatura pierde siempre contra la burocracia y el acero?

Desde siempre, la literatura ha sido cosa de minorías. El ideal de ponerla al alcance de todos es una fantasía. Además, la literatura sale perdiendo con cualquier plan de masificación. En cuanto a las armas y las letras, hasta el propio don Quijote puso más en alto las armas. Hay momentos para cada cosa. Ahora, Ucrania necesita más armas que libros. Pero tampoco hay que elegir. No es armas o letras, sino armas y letras.

Eres un autor leído y celebrado a ambos lados del charco. ¿Encuentras diferencias entre el lector que te lee en México, quizás habituado a su pesar a convivir con el surrealismo de la violencia cotidiana, y el espíritu del lector español, que quizás busca en tu ejército una metáfora más institucional o europea?

Aunque se sabe que tenemos diferencias culturales, educativas y de temperamento que nos hacen distintos a la hora de leer, es difícil llevar cuenta de estas sutilezas. Escucho que el español se siente mejor con el realismo, que el mexicano entiende mejor la ironía, pero son intuiciones que no están debidamente probadas. Quizá los editores conozcan mejor el tema.

La mayor diferencia entre los lectores de México y España está en los intereses temáticos. Un ejemplo: los españoles son muy aficionados a las novelas sobre su Guerra Civil, y estas no interesan mucho en México. Lo mismo hay bestsellers sobre la violencia y corrupción en México que circulan muy poco en España.

Para terminar, David: Kozaro se negó a seguir inventariando habas y legumbres en el monasterio para buscar una historia grandiosa que quedara en la memoria de los hombres. Tú ya nos has dejado ciegos de admiración con esta epopeya oral de los vencidos. ¿En qué nuevo scriptorium te vas a encerrar ahora? Danos alguna pista de tus futuros proyectos a esta tropa ansiosa que somos los lectores de MAKMA.

Soy bastante reservando a la hora de hablar de mis proyectos, pero ahora tengo, además, la excusa de que no estoy trabajando en nada ni tengo claro el proyecto que acometeré en el futuro. Por lo pronto, soy un lector. Ya veré si vuelvo a ser también escritor.

Coda

David Toscana se despide de Gijón sin planes de inventariar habas, refugiado en la trinchera del lector y rindiendo culto al único dios en el que cree: Dioniso.

Tras este viaje guiado por el espíritu de Jenofonte y ordenado en alfabeto glagolítico, entendemos que su literatura no busca la masificación complaciente. David agita el ego justo para librar la batalla frente a los clásicos. Lo hace con un humor negro que no cura la barbarie, pero nos recuerda que, en tiempos oscuros donde las pantallas devoran al espectador, la dignidad, como los dioses, sigue siendo una cuestión puramente apalabrada.