#MAKMAAudiovisual
Sección Oficial de Largometrajes
Cinema Jove
41ª edición del Festival Internacional de Cine de València
Del 19 al 27 de junio de 2026
Arrancaba la 41ª edición de Cinema Jove, Festival Internacional de Cine de València, bajo la sombra de un cambio de dirección apresurado que iba a condicionar su programación. Tras el abrupto relevo de Carlos Madrid por causas no especificadas todavía por la dirección del Institut València de Cultura (IVC), la actriz y directora María Albiñana se hacía cargo del barco a pocos meses de la celebración del certamen, una circunstancia que, unido a un descenso del presupuesto, marcaría una cita que, si bien quedaba algo huérfana de ciclos, cumplía con solvencia con sus secciones oficiales a concurso.
En cuanto a la Sección Oficial de Largometrajes, que es de lo que nos ocuparemos aquí, estuvo compuesta por nueve propuestas formalmente muy diferentes, pero con un denominador común: el protagonismo de unos personajes que se encuentran a la fuga, bien de un contexto geográfico, social, económico o político, bien de sí mismos o de ambas cosas a la vez (al fin y al cabo, cualquier viaje siempre implica una transformación interior). Y es que, ya sea como proyecto o expresión de un deseo, ¿quién no ha soñado alguna vez con dejarlo todo para empezar una nueva vida?

Los problemas del mundo del arte
A la fuga de sí misma se encontraba la protagonista de ‘The Patron’, la cinta inaugural del festival, que narra la historia de una mujer que trabaja como empleada de limpieza para una rica galerista. Un día, nuestra protagonista se hace pasar por su jefa en una fiesta de alto nivel y, tras convencer a dos trabajadores del servicio de catering de su falsa identidad, se los lleva a la casa de aquella para pasar la noche.
Con esta premisa, la sueca Julia Thelin nos propone una reflexión sobre las expectativas frustradas de la vida (de ahí la usurpación), sobre el mundo del arte y las relaciones de poder. Una pieza que arrancaba con buen pulso y en cuyos primeros minutos Thelin demostraba una gran capacidad para sorprender al espectador gracias a una serie de giros inesperados, pero que se iba desinflando según avanzaba el metraje de una obra que, si bien dejaba claras sus intenciones finales, divagaba en un desarrollo que no acababa de establecer, de todas las opciones posibles, su nudo central.
Un trabajo que pivotaba entre un Michel Haneke de ‘Funny games’ y el Bong Joon-ho de ‘Parásitos’, pero que, a diferencia de estos, no se atrevía a llevar su propuesta a las últimas consecuencias. Sin duda la pieza más débil de la selección. A partir de aquí, sin embargo, y con los inevitables altos y bajos (ninguna selección es perfecta), el programa se mantendría en un más que sobrado notable.

Ortodoxia vs heterodoxia
Siguiendo el orden de las proyecciones, nos topábamos con ‘No good men’ de la directora iraní Shahrbanoo Sadat, quizá la propuesta más convencional, desde un punto de vista formal, de la programación, pero no por ello la menos interesante.
Una cinta que nos llevaba hasta Afganistán para ponernos ante el duro retrato de una sociedad esencial y culturalmente machista a través de la figura de Naru, una mujer que trabaja como operadora de cámara para la televisión.
Nura trata de buscar el reconocimiento profesional en un mundo dirigido por varones, mientras mantiene a su hijo tras separarse de un marido maltratador. En el horizonte, la salida del ejército de Estados Unidos del país y, con ello, la amenaza del regreso al poder de los talibanes.
Una sociedad entera que se encuentra, de repente, a la fuga, y en la que Naru hallará tantos obstáculos como inesperados apoyos para subsistir. Y ahí está el punto fuerte de la película. Sadat sabe medir los extremos y, sin renunciar a la crítica, no se amilana en indagar en las contradicciones y prejuicios de todos sus personajes, incluida su protagonista y, con ella, el espectador, para dar una obra poliédrica en la descripción de esa sociedad que quiere retratar para concluir que, incluso en ese Afganistán patriarcal, sí existen esos hombres buenos de los que parecía renegar el título.
No todo es blanco y negro, dice Sadat. Una cinta que dejaba muy buen sabor de boca, como demostró los premios a la Mejor Dirección y del Público, y que nos regalaba una pregunta peliaguda, como reflexión final: ¿acaso Sadat, en su crítica a los Estados Unidos por su cobarde retirada del país, acaba avalando la ocupación?
No es tanto que la apoye, como el hecho de que, de su película, se desprende la idea de que, si hubo en Afganistán un tiempo de relativa libertad, fue precisamente durante ese periodo de la presencia norteamericana. Para meditar.

En una senda parecida en cuanto a su arquitectura, encontramos ‘Żejtune’ del director Alex Camilleri en la que otra mujer, Mar, trata de encontrar una salida a una vida tan estancada como su país, Malta, en el que la juventud ha visto cerradas todas las oportunidades, viéndose forzada a emigrar de manera masiva hacia el centro de Europa.
Esa oportunidad aparece para Mar tras la muerte de su madre, con la que nunca mantuvo una buena relación, pero que le ha dejado en herencia una serie de propiedades. Mar tendrá que visitar esos terrenos para valorarlos con el fin de venderlos y conseguir, así, el dinero suficiente para salir de las islas. En el camino se tropezará con las ambiciones de otros miembros de su familia y la compañía de un anciano cantante de għana, un estilo de canto tradicional de la isla, que la ayudará en su viaje.
Entre la búsqueda de un porvenir mejor y el descubrimiento del afecto por sus raíces culturales se debatirá una trama en cierto modo previsible, pero que tiene su fuerza en la encarnación de unos personajes de gran atractivo emocional, como demostró la respuesta positiva del público. Un soplo de aire fresco en un contexto de tensión mundial como el actual que agradecimos.

Voces subjetivas y objetivas
Si estas dos películas contenían las dos propuestas más ortodoxas de la programación, el extremo opuesto iban a representarlo otras dos cintas de títulos tan sugerentes como enigmáticos. Así, en ‘I heard that they are not going to see each other anymore’, la hongkonesa Ka Ki Wong nos quiso hacer reflexionar sobre la importancia de la memoria en nuestras vidas y las complejidades de las relaciones amorosas en la juventud líquida contemporánea.
Una propuesta que presentaba sus mejores bazas en un intricado trabajo de descomposición narrativo apoyado en el empleo de elementos simbólicos como base para elaborar su discurso. Una pieza muy interesante, sobre todo, como ejercicio de deconstrucción y, luego, reconstrucción textual sobre la base de todo tipo de asociaciones entre el dentro y el afuera del aparato ficcional, llegando incluso a enseñar al propio equipo de rodaje como un elemento más del relato (si es que se puede llamar así), y cuya cohesión depende de un elaborado trabajo de montaje en el que la suma de las partes y sus relaciones simbólicas hacen que la obra cobre sentido.
Una pieza abierta en su ejecución, a la que quizá le pesaba una mirada demasiado subjetiva, personal, como reconoció la directora durante la presentación de la película, que sin duda la forzó a recurrir a la palabra para ir dando las pistas necesarias para que el espectador se acerque a cualquier posible interpretación y/o apelación y establecer por sí mismo dichas conexiones.

Una voz subjetiva que se confrontaba, por oposición, a una idea de (¿falsa?) objetividad que ofreció ‘Chronovisor’, la otra pieza formalmente más radical del programa de este año. Si atendemos al argumento, la cinta de los estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen cuenta las peripecias de Béatrice, una investigadora universitaria que va tras la búsqueda de un extraño aparato inventado en los años cincuenta por un monje benedictino que, se supone, permite, como una especie de máquina del tiempo, reproducir el pasado.
La importancia del invento y los peligros que puede acarrear su uso, han hecho desaparecer toda pista de su existencia y de su creador. A través de un trabajo de investigación en bibliotecas y en todo tipo de publicaciones (aparece incluso la revista española ‘Más allá’), Béatrice busca algún rastro de su paradero.
El recurso a los distintos textos, reproducidos en pantalla, de fragmentos de libros y artículos en revistas y prensa de todo el mundo como eje del relato, junto a la presencia de esa biblioteca eterna en la que trabaja Béatrice, ha invitado a algunos comentaristas (en otras razones, por influencia de los propios directores, que dejan constancia de ello en los créditos de la película) a referirse a escritores como Borges, Roberto Bolaño o Paul Auster como fuente de inspiración.
Sin embargo, y a riesgo de equivocarme, si hay una obra con el que emparentar esta película quizá sería ‘Fake’, el clásico de Orson Wells. Como Wells, Kevin Walker y Jack Auen ponen en pantalla una serie de elementos en la confianza de que, en la adición, se vaya conformando la historia. ¿Existe realmente este Chronovisor? Quizá sí o quizá no. No importa. Lo que importa es cómo se construye el relato, cómo se elabora el misterio, una incógnita, la magia del hecho narrado por encima de lo real.
Siguiendo los textos representados en estas supuestas publicaciones, la verdad y la mentira o lo posible se mezclan en la cabeza del espectador cuestionando ese “qué sabemos” o cómo se construye eso que creemos saber, uno de los dilemas más acuciantes a los que se enfrenta la sociedad contemporánea, asaltada por esos otros tantos relatos que nos subyugan a través de las redes sociales y la televisión, pero que tampoco podemos contrastar y que, como a los usuarios de este Chronovisor, han acabado por parasitar nuestra mente hasta que, perdida nuestra identidad, no los distinguimos de nuestros propios pensamientos.
Un juego de orfebrería que, sin embargo, despejada esa capa formal, desvelaba una estructura dramática que nos remite a la estructura de un thriller de toda la vida, con sus pistas, sus líneas de investigación, sus giros de guion inesperados, etc. Un clásico.

De un aquí en ruinas a un allá no tan prometedor
Huidas íntimas o de la propia realidad circundante que formarán el centro de otras tres destacadas producciones que formaron parte de esta Sección Oficial. Es el caso de ‘On our own’ del rumano Tudor Cristian Jurgiu, cinta que nos convocaba ante la realidad de una juventud de nuevo sin expectativas por culpa de la situación económica de su país.
Obligados a dejar sus hogares, los adultos han tenido que emigrar a otras partes de Europa, bien para ganarse la vida, bien para encontrarse a sí mismos, dejando a sus hijos al cuidado de sus abuelos. Jurgiu dibuja una Rumania en la que traza con crudeza una gruesa línea de separación entre ambos mundos apoyándose en una realización muy precisa y, sobre todo, en unas interpretaciones realmente solventes (no es de extrañar que el jurado galardonara a todo el casting con el premio al Mejor Reparto).
Le pesa quizá el hecho de que sobrecargue demasiado a sus personajes con un exceso de autoconciencia que a veces pone en riesgo la relación de su propuesta con el principio de verosimilitud.
Nadie duda que exista en el mundo un tipo de padres tan despreocupados como los que se describen aquí, ni que existan jóvenes tan inteligentes y sensibles, pero Jurgiu quizá se excede en una descripción que por momentos roza la caricatura, no de un caso concreto, sino como espejo de toda una sociedad.

Este problema queda compensado en la producción coreana ‘Whispers in may’ de la también hongkonesa Dongnan Chen. La cinta nos sitúa en un lugar remoto de la China rural, en una zona montañosa situada al norte del país. Aquí, como sucedía en la cinta anterior, los niños viven también con sus abuelos, mientras sus padres se ganan la vida a miles de kilómetros de distancia.
En este marco, Qihuo, una chica de 14 años, escapa de su casa junto a un grupo de amigas para emprender un viaje a fin de encontrar una falda que necesita para un rito de iniciación. Misma situación, mismo conflicto, pero aquí Dongnan Chen recurre a una serie de actrices infantiles no profesionales que dotan de gran espontaneidad a sus personajes y a unos conflictos que no dependen tanto de qué piensan los personajes de sí mismos, de los demás, ni de su situación, sino de su propia experiencia vivencial y, desde ahí, en cómo van a sortear los obstáculos que encontrarán en el camino. Una pieza de gran sutileza sobre el paso de la infancia a la pubertad que sin duda brilló con mérito propio en la pantalla de La Filmoteca.

Huidas de sí mismos, de su entorno y, de nuevo, de una situación económica lacerante en la muy sugerente producción alemana ‘When we saw each other more often’ de William Wrubel. Aquí los personajes, un grupo de jóvenes ya cerca de la treintena, deben plantearse si abandonar su modesta ciudad de provincias en busca de mejores oportunidades de trabajo en la capital.
Wrubel tiene el mismo problema que en las dos propuestas anteriores, es decir, cómo retratar una realidad social y exponer una impresión de abandono y abatimiento que asola a una Alemania en crisis, si bien lo resuelve de otra manera. Rodada en 16mm y en un formato 4:3, la cinta escoge presentar una serie de encuentros casuales entre distintos personajes de forma que, todos juntos, vayan componiendo un collage.
Con esta idea en mente, Wrubel, más que desarrollar un argumento, traza un mapa de situación, crudo y desesperanzado, que acaba envolviendo al espectador hasta atraparlo como una manta de lana en verano, sometido, como los personajes, por esa retórica del desaliento que irá cubriendo a la película a lo largo de su evolución.
Así entiende Wrubel las cosas y así logra transmitirlo, con mano firme y directa, al espectador. Si en ‘I heard that they are not going…”, el narrador omnisciente se ve obligado a darle al espectador alguna pista para entrar en su mundo, aquí se reconoce sin ningún problema. Europa (o una parte de ella) está en crisis, por si no nos hemos dado cuenta todavía.

La ganadora
Y así, llegamos al final de este repaso, dedicando un espacio a la ganadora de esta 41ª edición del festival. Un Premio Luna de Valencia que caía finalmente en manos del filipino Rafael Manuel y su obra ‘Filipiñana’, quizá una de los trabajos más sólidos de esta edición.
No lo tenía fácil el jurado para decidir en una convocatoria en la que la diversidad de propuestas, como dijimos, ponía en pie de igualdad piezas cuyos méritos podían jugar en planos completamente distintos, incluso divergentes, lo que hacía complejo el ejercicio de comparación.
Finalmente, el jurado se decantó por esta obra de sólida producción que, a través de la mirada de Isabel, una joven empleada del servicio en un resort de lujo en la Filipinas contemporánea, aborda las consecuencias de una sociedad dividida en fuertes diferencias de clase.
Manuel empieza con una imagen muy clara. La cámara está dentro de un autobús. La responsable de la agencia de viajes toma el micrófono para animar a un nutrido grupo de turistas que se encuentran atrapados en un atasco. En el exterior, reina el caos de cualquier ciudad del tercer mundo. La imagen cambia de escena y ya estamos en las instalaciones del resort, un espacio de una pulcritud agresiva, amenazante, teñida con el verde intenso de la yerba de los cuidados campos de golf.
El contraste es suficiente para establecer las premisas. A partir de aquí, las rutinas a las que se debe Isabel irán presentando un cruel juego de sometimiento cuyo único propósito es satisfacer las necesidades de los visitantes, generalmente ricos turistas estadounidenses. Con estas claves, Manuel nos habla de las consecuencias de un país que sigue sometido por un colonialismo que no acaba de superar.
Una propuesta que, si bien en un tono mucho más negro, nos recuerda al cine de Wes Anderson en la yuxtaposición de planos o escenas estáticas muy medidas, donde se juega con unas simetrías evidentes y en las que la interpretación hierática de los actores, sumada al contraste entre lo que sucede en el primer y el último término de cada imagen, permite un juego de ironías con el espectador. Ironía que, según avanza el metraje, no perderá su mordacidad, mientras describe, al mismo tiempo, un cuadro tenebroso. Tuviera cada uno las preferencias que tuviera, un premio gordo más que solvente.
Con este broche, Cinema Jove cerraba una cita en la que, en lo que respecta a las películas en formato largo, se percibió una continuidad con respecto a la etapa anterior, reconocida en esa diversidad de formas y una especial atención por retratar a la juventud, sus conflictos y, desde ahí, unos relatos que, salvo quizá en el caso de ‘Żejtune’, dejan más preguntas que respuestas y una cierta impresión de incertidumbre ante el porvenir. Pero así está hoy el mundo, entre un ayer no del todo esplendoroso y un mañana cubierto de nubarrones. No hay más que ver el telediario.
Una edición que, durante su presentación y como consecuencia de las extrañas circunstancias en las que ha quedado el futuro del festival, se entendió como una convocatoria puente, a la espera de que la nueva dirección marque quizá nuevas líneas creativas o continúe por la senda ya marcada. Todo queda, de momento, en manos del IVC que es quien tendrá que resolver la continuidad de este nuevo proyecto. Si nada cambia, ahí estaremos.
- Cinema Jove 2026: personajes en fuga - 7 julio, 2026
- ‘Obsession’ (Curry Barker): el cine de género que despierta la taquilla - 4 julio, 2026
- ‘El día de la revelación’ (Steven Spielberg): el Midas ha vuelto, ¡larga vida al rey! - 29 junio, 2026

