Juan Cruz

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‘Inolvidables. La pasión de entrevistar’, de Juan Cruz Ruiz
Galaxia Gutemberg, 2026

Hay libros que se devoran con pasión, pero que caducan con el tiempo y acaban arrumbados en un rincón de la biblioteca. Otros, muy pocos, poseen naturaleza perenne, son inmunes al paso de los años y hacen reverdecer la mente cada vez que los visitas.

Libros como ‘Inolvidables. La pasión de entrevistar‘ (Galaxia Gutemberg), de Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), que reúne las voces de una treintena de escritores del siglo XX y XXI, entre ellos, nueve premios nobel y siete premios cervantes. Algunos fallecidos y casi todos de avanzada edad. 

Españoles como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Javier Cercas; latinoamericanos como Vargas Llosa, García Márquez u Octavio Paz; y también europeos y norteamericanos –entre los que destaca la presencia de dos húngaros, Péter Esterházy e Inre Kertész–, Doris Lessing o Susan Sontang.

La mayoría de las entrevistas aquí reunidas fueron realizadas ya en plena madurez y publicadas en El País. «Las preguntas, en todo caso, no son nunca las de un veterano, sino las de una persona curiosa que, aunque sabe historias de cada uno de los personajes que aquí explican sus vidas, siempre intentó saber por primera vez qué había en el alma de aquellos que tuvo delante», dice Cruz en el preámbulo.

'Inolvidables. La pasión de entrevistar', de Juan Cruz Ruiz
Galaxia Gutemberg

Así, pregunta a pregunta, llegó a acuñar un estilo propio. «Lo que hago es mirar a los ojos, porque las personas hablan con los ojos y después lo hacen con la boca». Desde que a los 13 años se inició en el periodismo, entrevistando a un militar y entrenador de fútbol de su Tenerife natal para una publicación llamada Aire Libre, no ha dejado de preguntar.

«Jamás he sentido que preguntar fuera un oficio circunstancial; es, al contrario, la esencia de lo que sirve para saber. Si no preguntas, no llegarás a ninguna parte», resalta el autor de este libro “inolvidable”.

Empezaré por una pregunta que has lanzado a alguno de tus entrevistados a partir de una frase del editor y poeta Michael Krüger: «A veces, la infancia me manda una postal», ¿Qué postal o postales te envía ahora a ti?

La infancia no acaba nunca. Ahora, por ejemplo, mi madre es la persona que más me lleva a aquellos tiempos en los que, para saber, tenías que preguntarle a ella. En estos días, a veces, no sé a quién preguntarle y, sin duda, es aquel tiempo de la infancia el que me hace regresar a lo que entonces buscaba y que ahora, lo que son las cosas, sigo buscando.

Has publicado muchos libros, pero tengo la impresión de que ‘Inolvidables’ tiene un significado especial. ¿Cómo se desarrolló este proyecto, que muestra la brillante punta del iceberg de tu larga vida periodística?

La selección de las entrevistas no es enteramente mía; se debe, sobre todo, a Zita Arenillas, que hizo un trabajo descomunal. Ella es editora; Galaxia Gutenberg le encargó que pusiera orden en mi abundante pasado y lo que logró fue un orden extraordinario, muy superior al que yo hubiera encontrado en el inmenso lío que es el conjunto de mis recuerdos. En ese sentido, el resultado se debe a Zita, las entrevistas se deben a los entrevistados y a mí me tocó la curiosidad que se incluye en cada pregunta.

¿Por su profundo conocimiento del lenguaje, los escritores dan más juego que otros artistas o personajes públicos?

Me parece que lo que los escritores añaden a lo que los demás expresan con la naturalidad que les da la experiencia es la duda; a partir de la duda, buscan en lo que tiene de experiencia el resultado de sus propias preguntas, que se convierten, me parece, en lo que no puede ser sino de los escritores: la pasión por ir adentro de lo que aún no saben que tienen dentro. Quien les pregunta los hace sentir poetas.

¿Cómo surgen las preguntas? ¿Haces un cuestionario previo o improvisas sobre la marcha?

Desde que soy un muchacho que pregunta, siempre tengo la sensación de que cuando pregunto no soy yo, sino alguien que me inspira. El resultado es, siempre, logrado por otro, y ese otro desaparece en cuanto la pregunta ya está hecha. Inmediatamente, yo me convierto en el que escucha y toma notas, pero las preguntas son de otro yo: yo soy el otro.

Hablando de interrogatorios, parece que con García Márquez encontraste la horma de tu zapato, pues hacía incluso más preguntas que tú.

Gabo nació preguntando; él no era buen entrevistado porque era un sobresaliente preguntón. Toda su vida. A veces, me llamaba desde larga distancia y antes de decirme cualquier cosa me lanzaba una pregunta: “Ven acá…”, decía, y era él quien preguntaba.

Una vez, lo llamé para preguntarle por una reunión que él y Carlos Fuentes habían tenido con Bill Clinton. Le dije que le llamaba desde Cáceres y, entonces, él empezó a recitarme ‘El Cristu Benditu’, de Gabriel y Galán, el poeta de Extremadura… Era un periodista que era más poeta que narrador.

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Da la impresión de que Susan Sontang fue un hueso duro de roer.

Era muy engreída y muy difícil, y también era, me parece, una persona insegura capaz de horrorizarse con aquello que ella misma había dicho si alguien le llamaba la atención…

En tu libro se habla de literatura, pero también de política, de guerras, dictaduras y exilios, especialmente los testimonios del húngaro Péter Esterházy o del griego Theodor Kallifatides, entre otros. ¿El compromiso social es ineludible en los artistas?

Creo que solo el estúpido (y hay muchísimos, quizá yo mismo) es capaz de sentir que puede estar lejos de la pasión por la política –y también por el horror de la política– cuando esta desoye la discusión y el respeto por lo que otros piensan o dicen. El compromiso vive con uno; si uno lo abandona, se queda con la estupidez.

A diferencia de esos periodistas culturales que plantean preguntas alambicadas para darse bombo, eres sencillo y directo. ¿Es algo que aprendiste con la práctica o te surge de manera espontánea?

Es lo que vi hacer o decir en mi casa cuando mi madre y yo nos quedábamos solos. Hoy sigo escuchando; en este caso, en mi casa, donde ahora ni mi nieto me perdona una bobada.

¿En tus precoces inicios en la adolescencia, hubo algún periodista veterano o alguien cercano que tomaras como referente?

Don Emilio Lledó, sobre todo, y mi madre más que nadie.

¿Alguna vez, en medio de una entrevista importante, has tenido un lapsus grave o te has visto en una de esas situaciones embarazosas en las que piensas: «tierra, trágame»?

Constantemente. Hice una entrevista política recientemente; me dio la impresión de que estaba roto, que no sabía preguntar, que todo se iba al garete. Terminé haciéndolo más o menos bien, pero me sentí caer por una barranquera que respondía, me parece, al súbito decaimiento que proviene del cansancio de pensar.

Si tuvieras poder para resucitar a un escritor del pasado, solo uno, para hacer la entrevista de tu vida, ¿a quién elegirías?

A Albert Camus. Camus vive, me parece, en todos los escritores, aunque ellos no lo sepan. Lo que somos viene de un abismo que Camus nos regaló.

Juan Cruz Ruiz, autor de 'Inolvidables. La pasión de entrevistar'
Juan Cruz Ruiz, autor de ‘Inolvidables. La pasión de entrevistar’.

Esta primavera el diario El País, al que has estado vinculado largo tiempo, cumplió medio siglo. ¿Qué te aportó trabajar en este prestigioso medio y cómo crees que contribuiste al equipo?

Es el periódico que me dio la vida de periodista. Yo nunca he dejado de ser de ese periódico, aunque ese periódico no me tuviera siempre entre los suyos por culpa de mis idas y venidas. Soy periodista desde los 13 años; nunca tuve otro trabajo, a pesar de que tuve muchos: fui foguetero, también fui editor, viajero, hablador; he sido tantas cosas. Pero no hay nada que me haya hecho tan feliz como el mundo en el que sigo estando: el periodismo. Trabajaría por volver a este oficio si alguna vez me olvido de que soy periodista. Y El País ha sido mi vida, aunque haya estado en muchas otras vidas.

También has sido director de la editorial Alfaguara. ¿Qué opinas de la situación de este sector en España?

Me parece que ahora el mundo del libro necesita reformarse. Ser más de la literatura y menos de cualquier literatura. Observo que el escritor está más pendiente de lo que publica que de lo que escribe. Muchos escritores y sus agentes están más hechos para cumplir con los contratos (o para hacerlos cumplir) que para fijarse en lo que de veras están escribiendo o haciendo escribir.

En el ámbito puro de nuestro oficio, el periodismo, se tiende más a buscar en lo que se publica acerca de lo que ya se sabe que en buscar en lo que no se sabe y se indaga. No es buen momento ni para un oficio ni para el otro, pero no hay que rendirse: hay que esperar. La espera es una norma que deben cumplir ambos oficios.

Juan Cruz
Juan Cruz junto a uno de los ventanales del Café Gijón. Foto: Gorka Lejarcegui (El País9, cortesía del escritor y periodista.