Ultimatum. Dansa València

#MAKMAEscena
39ª edición de Dansa València
Lema: ‘Momentos de ternura’
Diversos espacios de València
Del 11 al 19 de abril de 2026

Aún estamos reposando el abrazo de Dansa València. Un abrazo de oso o de mariposa, fuerte o delicado, áspero o sedoso, depende de la sensibilidad de cada cuerpo, pero un abrazo al fin y al cabo, porque Dansa València te envuelve –si perteneces al mundo de la danza, te envuelve– durante nueve días.

En su 39ª edición, el festival se alzó bajo el lema ‘Moment de tendresa’, invitando al goce de detenerse y contemplar la belleza de los cuerpos en movimiento. Una posición en sintonía con el giro afectivo de las artes, presentándose como refugio al turbocapitalismo, pero ¿cuánto hay de estética y cuánto de compromiso en estos preceptos?

Pedirle que haga la revolución a un festival institucional es absurdo, igual que pedírselo a un creador. En este caso, la mirada crítica sirve para seguir cuestionando el canon, que por mucho que vista de verde, de rosa o de morado, canon es y su función sigue siendo la de disciplinar a los cuerpos, aunque sea dulcemente. Esta revisión crítica del festival no es tanto hacia el festival en sí, sino una mirada hacia la danza contemporánea en relación a los discursos que dice articular.

Asumo, antes de empezar, que esta crítica probablemente venga impulsada por este estado de alarma perpetuo ante los horrores humanos que nos rodean y la impotencia frente a ellos como individuos.

En la inauguración del festival pudimos ver ‘Ultimátum’, la última producción de la compañía navarra Led Silhouette, galardonada con el Premio Ojo Crítico 2024 en Danza de RNE. En esta pieza, sus creadores, Jon López y Martxel Rodríguez, se deciden por una estética que combina la danza-teatro con el cine. Efectos de luz espectaculares, una escenografía grandiosa que sitúa la representación en un oscuro bosque, una voz en off narradora y poética que anuncia el final del mundo como lo conocemos y un cuerpo de baile que se articula por lugares ignotos para los mortales.

El conjunto está perfectamente ensamblado para dejar al espectador pegado a su butaca incrédulo de que lo que está viendo esté sucediendo en directo, sin montajes, sin trucos. En cambio, para las consumidoras asiduas de danza hay algo que ya nos suena y, efectivamente, la pieza no ofrece ninguna ruptura con las expectativas que genera sobre sí misma. Se vuelve predecible. Ya no nos sorprende el colapso.

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El problema no es tanto la originalidad (un imposible en la creación artística), sino la explotación de fórmulas efectistas. Es innegable el virtuosismo que se despliega sobre ‘Ultimátum’, pero falta riesgo; riesgo discursivo. Esta reproducción manida de la imaginería del colapso encaja muy bien con el sentir generacional, pero en esas formas no hay nada que consiga traspasar el ojo y llegar al estómago, que es desde donde nos debemos activar.

Saltando al último día de festival, el 19 de abril pudimos ver el espectáculo de calle ‘Oroimen’, del bailarín Akira Yoshida. La calle tiene un punto muy favorable y es la cercanía de los cuerpos. Cuando ves un cuerpo bailar de cerca se activa ese sentido mágico que es la empatía kinestésica, una manera de resonar con un cuerpo en movimiento y viajar con él sin romper tu estatismo. Quien lo haya sentido, sabe que es mágico.

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Cuando pienso en la efectividad de un arte transformador, creo que debe pasar por aquí, por una conexión visceral. Yoshida presentó una coreografía con ese estilo que le caracteriza entre la danza contemporánea, el break y la teatralidad. La sinopsis de la obra menciona un viaje a través de la memoria, pero esto no tiene por qué saberlo el espectador ni por qué llegar a saberlo. Solo sabemos que hay un cuerpo muy cerca bailando, rompiéndose, moviendo el espacio, que nos entrega su danza y se sirve de nuestra atención. Este pequeño intercambio creo que es el momento de ternura al que se refiere el festival.

En esta misma jornada pudimos disfrutar de la performance ‘Gush is Great’, de la compañía francesa Production Xx, en el claustro del Centre del Carme. Un maravilloso ejemplo de cómo afectar desde la sencillez. La premisa era simple: cinco intérpretes avanzan a cámara muy lenta mientras van sacando objetos varios de entre sus ropas y dejándolos caer. La propuesta de Production Xx es un ejemplo de ese riesgo estético y discursivo al que me refiero. La mirada clavada más allá del horizonte.

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Un ritmo constante y anormalmente lento que enfatiza la caída de los objetos atraídos por la gravedad. La funcionalidad interrumpida de los objetos. Una banda sonora que transforma el espacio, llevándonos del mar a una terraza francesa y finalmente a una rave que se fusiona con un escenario bélico. Detrás de la risa y la atracción al descubrir los objetos aparece una denuncia ecologista, antibelicista y contra el sistema de consumo.

Para cerrar el festival, presenciamos la última producción de la compañía catalana Mal Pelo, ‘We. Nosotros y el tiempo’. La compañía presenta en su última pieza una obra coral con doce intérpretes de distintas generaciones y orígenes para repensar la continuidad de los problemas sociales. La soledad, el malestar, la inconformidad no son cuestiones exclusivas de las nuevas generaciones o de una cultura concreta; son casi algo inherente a la conciencia humana, pero hay contextos que se nutren de estos males para someter al ser humano a un estado constante de dependencia.

‘We.’ es una pieza muy atractiva visualmente, con unas imágenes de gran potencia poética, unos intérpretes brillantes y una locución en directo absorbente. Pero, de nuevo, la danza –la coreografía– aparece más como una ornamentación que como un elemento estructural. Es bonito, pero neutraliza el discurso, o lo adorna para hacerlo más asumible para el canon escénico. Es como si apareciera un cartel que dijera: “Ahora vamos a bailar, porque esto es una pieza de danza y hay que bailar como se espera que se baile”.

Quizá es porque este contexto global de inestabilidad e incertidumbre nos deja con una mirada especialmente crítica a quienes deseamos una transformación social urgente, pero debemos cuestionar la danza. Debemos cuestionar cualquier modo de representación, porque son la fuente de la que bebe el imaginario colectivo.

Si tengo alguna certeza, es que el cuerpo es revolucionario. Los cuerpos. El contacto. Como decían Alberto Escartí y Marina Lamosa en la presentación del festival, “el cuerpo sabe de ternura. Por eso tiembla si otro cuerpo se acerca de verdad. La ternura reconoce a la ternura. Por eso desarma”, y eso es una realidad que cualquiera puede experimentar. Pero ¿cómo activar esa potencia? Quizá hay que romper los discursos y pasar a la acción.